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Brexit time

‘To Brexit or not to Brexit’

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Reino Unido no está plenamente dentro de la UE, no participa de la moneda común ni del espacio Schengen

No existe un peligro real de que Reino Unido salga de la Unión Europea. Por una razón elemental: Reino Unido no está plenamente dentro de la UE. No participa de la moneda común ni del espacio Schengen. Y ha logrado amañar con Bruselas unas condiciones inaceptables para chantajear con la permanencia: ni cesión de soberanía, ni libertad de movimientos a los ciudadanos comunitarios, ni siquiera igualdad en los derechos laborales.

Eran los presupuestos desde los que David Cameron estaba seguro de haberse granjeado la victoria del referéndum. No proponía a sus compatriotas permanecer en la UE, reivindicaba una situación de privilegio y de excepción que discriminaba a los demás países y que retrataba al proyecto comunitario en su extrema fragilidad.

Está claro que la Unión Europea no puede permitirse la salida de Reino Unido. Por razones económicas. Por motivos geopolíticos y psicológicos. Y por cuestiones conceptuales, pero es la misma UE la que ha emprendido un camino de involución y ha degradado sus razones fundacionales. Lo demuestra la psicosis de la inmigración. Lo prueba el alzamiento de las fronteras. Lo explica el rebrote de los nacionalismos y de los neofascismos en la frontera Este. Lo acredita la vergüenza del pacto con Turquía.

Se le han dado al autócrata y teócrata Erdogan expectativas de integración en la UE como prebenda a la externalización de la crisis de los refugiados. Más lejos está Turquía de los estándares comunitarios —libertad de expresión, presos políticos, islamización—, más cerca se encuentra de incorporarse al sindiós comunitario.

El problema de idiosincrasia, de sentido, de crisis existencial, le sorprende a Europa en la tesitura de aferrarse a la victoria de Cameron, cuya euforia y temeridad en el momento de proponer el referéndum se resiente ahora de la tragedia personal que supondría perderlo. Debería abdicar, purgar su irresponsabilidad, expiar el abuso del estrés plebiscitario en las cuestiones viscerales, de Escocia a Bruselas.

Tony Judt tiene escrito que los británicos no son realmente europeos en la connotación y evolución comunitarias. La peculiaridad insular, la historia y el sentimentalismo del imperio explican que un vecino de Bristol sienta más cercana una playa de la India o un paisaje neozelandés que una aldea de Eslovenia o una isla griega.

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Se explica así la ineficacia de los mensajes apocalípticos que han coreografiado todas las instituciones, tratando de seducir a los escépticos con el miedo y la aprensión. La cuestión es que no se vota con la cabeza. Ni siquiera puede decirse que la victoria del Brexit constituya un revulsivo a la xenofobia. Nigel Farage se atribuirá todos los méritos en la eventualidad de la ruptura y en la simplificación del debate, pero no se explica el euroescepticismo sin el euroescepticismo que ha fomentado la UE.

Por Rubén Amón

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Panama Papers

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La patria son los impuestos

Reflexión, por Pepa Bueno

La era del secreto bancario ha terminado, dijeron solemnemente los líderes del G20 reunidos en abril de 2009 bajo la impresión todavía de la caída de Lehman Brothers y el tsunami financiero que le sucedió. Y el entonces primer ministro de Reino Unido Gordon Brown fue muy lejos: “Hemos acordado acabar con los paraísos fiscales que no comunican la información que se les reclama. El secreto bancario del pasado tiene que acabar”.

Y en el año 2012 la Unión Europea aprobó un plan para luchar contra la evasión fiscal. Y aquí estamos, siete años después de aquella solemnidad, hablando de miles de documentos y cientos de personas con actividades opacas en Panamá.

Lo peor es que no es ninguna sorpresa. La sorpresa es desde luego comprobar la impunidad de todo un primer ministro islandés invirtiendo en bonos contra su propio país o un presidente argentino poniendo en marcha una campaña para pedir a los argentinos que retornen su dinero al país mientras su familia, con su nombre incluido, registra sociedades en oasis sin transparencia. Muchas de las actividades que se cuentan ahora gracias a la filtración masiva del despacho Mossack Fonseca son legales. Pero la legalidad se cambia y eso se anunció cuando Sarkozy decía hace siete años que había que refundar el capitalismo.

Todo ha cambiado en estos 7 años de la gran crisis, todo menos que el dinero, el gran dinero, se sigue moviendo sin control democrático, mientras las arcas públicas necesitan más recursos que nunca.

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VÍDEO INTERACTIVO

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Por un mundo mejor

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París nos desnuda

Las sociedades sin memoria no pueden ganar la guerra. Y menos aún la paz

Por Ramón Lobo

Existen tres respuestas a un ataque como el de París. La primera nace de las tripas, que ya esgrime el Frente Nacional de Marie Le Pen –cerrar mezquitas, prohibir organizaciones islámicas–. La segunda, afirmar que estamos en guerra, intensificar los bombardeos en Siria, vengar los muertos. La tercera se centra en eliminar las causas que nutren el islamismo radical, apoyar a los musulmanes moderados, fomentar la educación. Es posible que ninguna de las tres sirva, y menos aún por separado. Vamos por partes.

No hay protección ante un suicida

Por mucho que se activen los colores y los números de las alertas de seguridad, por muchos policías y militares que se desplieguen en las calles y en las fronteras, no hay defensa posible contra un atacante que está dispuesto a morir. Él tiene una ventaja: sabe que va a matar; su objetivo está en desventaja: no sabe que va a morir.

El terrorista clásico trata de atentar, salvar su vida y escapar. Con él es posible la disuasión. El atacante fanatizado con premio celestial busca causar el máximo daño entre la población civil. Sus objetivos no tienen necesariamente una carga política –edificios simbólicos y centros oficiales que suelen estar más protegidos–, basta con que sean fáciles. Cualquiera puede ser la víctima, como sucedió en Londres en mayo de 2013: dos hombres rebanaron el cuello a un soldado de paisano.

Pese a todo, la seguridad es necesaria. Un ejemplo lo tenemos en el estadio de Francia, en el que los controles de acceso detectaron a uno de los atacantes que se inmoló en su huida. Es posible que los otros dos que estaban en las inmediaciones tuvieran también como misión hacerse estallar dentro de un recinto con más de 80.000 personas. Se puede proteger un estadio, pero no cada sala de conciertos, restaurante o café en una ciudad como París.

Defendemos la democracia y la libertad

Esta es la declaración más repetida por los líderes europeos y estadounidenses. El problema es dónde aplicamos tan nobles valores, a veces ni siquiera dentro de nuestras fronteras (ley mordaza, impunidad judicial). No los trasladamos a los territorios en los que explotamos las riquezas que alimentan nuestro sistema de vida. Donde abundan el petróleo, los minerales estratégicos y el trabajo esclavo no funcionan los principios porque los reemplazamos por los intereses.

Cuando se lanzan este tipo de declaraciones ampulosas, de consumo interno, se amplía la brecha con los mundos de la pobreza, la injusticia, el hambre, el machismo y la explotación porque demuestra que no entendemos nada, que seguimos aupados en un pedestal de superioridad moral que una parte del planeta no nos reconoce.

¿Qué tipo de democracia defendimos en Egipto al descabalgar a los Hermanos Musulmanes del poder pese a haber ganado las elecciones? ¿Qué tipo de libertad se defiende en los territorios ocupados por Israel? ¿Qué tipo de valores esgrimimos tras el 11-S con las cárceles secretas, los secuestros y los asesinatos selectivos?  ¿Qué tipo de principios impulsaron la invasión de Irak, el derrocamiento de Gadafi y la guerra civil en Siria? ¿Qué moralidad puede esgrimir el Consejo de Seguridad si en él tienen asiento permanente y derecho de veto los principales exportadores de armas? Carecemos de la auctoritas, solo tenemos la podestás. Y a la podestás se le puede contestar con otra fuerza. Es lo que está sucediendo.

Qué bombardeamos en Siria

Después de más de cuatro años de guerra, entre 250.000 y 300.000 muertos y cuatro millones de refugiados, seguimos sin saber qué defendemos en Siria, quiénes son nuestros aliados, cuáles son los objetivos. Al principio se apoyó al Ejército Libre de Siria con la esperanza de que pudieran derrotar al régimen de Basar el Asad. Nunca les dimos las armas y los medios necesarios para vencer a un Ejército profesional. Ante la incapacidad operativa de este grupo surgieron otros, casa vez más radicales como el Frente al Nusra (que rinde pleitesía a Al Qaeda) y el ISIS (actual Estado Islámico o Daesh). Algunos de nuestros amigos del Golfo como Qatar y Arabia Saudí han estado muy activos en el envío de dinero y armas. Podríamos preguntar al Ministerio de Defensa por las ventas de municiones españolas a Riad y seguirles la pista hasta Siria. Aquí nadie es inocente.

Barack Obama había advertido al dictador Asad sobre las consecuencias de lanzar armas químicas contra su población. Lo llamaron la línea roja. En agosto de 2013, el régimen utilizó este tipo de armas contra una posición del Ejército Libre de Siria en Ghouta. Murieron 1.400, muchos de ellos niños. EEUU no atacó tras sopesarlo durante semanas. Se acogió a un plan ruso para destruir las armas químicas del régimen.

El motivo de su inacción es sencillo: no sabía qué grupo representaba sus intereses. A quién beneficiaría un ataque contra Asad: ¿a Al Qaeda o al ISIS? Han pasados dos años y seguimos en el mismo punto. Del Ejército Libre de Siria quedan bolsas aisladas. Todos los intentos de crear una fuerza armada alternativa a los radicales y al régimen han fracasado.

Los bombardeos se centran en el ISIS pero carecemos de soldados o aliados en el terreno que hagan el trabajo de la infantería. A pesar de los ataques, el ISIS se ha hecho fuerte en amplias partes de Siria y en Irak, donde domina algunas zonas petroleras (financiación).

Desde hace un par de meses hay un nuevo actor bélico: Rusia, el aliado de Damasco. Ha pasado de un apoyo político, diplomático y militar, pero discreto, a bombardear en su nombre. Es el único que sabe lo que quiere: fortalecer a Asad a quien considera esencial para derrotar al ISIS. La única salida inteligente es que EEUU, Rusia, Francia, Reino Unido y Turquía, los más activos militarmente, coordinen sus acciones y objetivos.

La paradoja para Occidente es que después de impulsar una guerra contra Asad, sea hoy su única esperanza a corto plazo para derrotar al ISIS en Siria. Se busca desesperadamente una componenda con Moscú que permita salvar la cara: que al menos se vaya Basar.

También están los kurdos: tomaron Kobane en Siria y Sinjar en Irak. Son una fuerza de combate formidable. Pero apoyarse en ellos plantea problemas con Turquía, a quien le hemos comprado desde décadas la existencia de unos kurdos malos (los suyos) y unos buenos (los que luchaban contra Sadam Husein ). Y ahí seguimos atrapados.

Primero habría que derrotar al ISIS y después cambiar de régimen, democratizar Siria; pero ¿con qué herramientas sociales y políticas? La sociedad ha sido destruida, como en amplias zonas de Irak. Esa destrucción moral y emocional alimenta el ISIS y a los grupos radicales.

Refugees welcome

Será la investigación judicial la que determine la exactitud de los hechos, los nombres de los atacantes, su procedencia y el modo en que llegaron a las diversas escenas de los crímenes, pero existe la posibilidad de que uno o varios de los participantes en la matanza hayan entrado en Europa confundidos entre los refugiados sirios. Un pasaporte junto a un cadáver no prueba una vinculación: puede ser un documento robado, una trampa de los asesinos.

Los radicales, ultraconservadores y xenófobos europeos no esperan a las confirmaciones ni respetan los duelos. Se han apresurado a demandar el cierre de las fronteras, la reducción de las cuotas de refugiados e impedir la entrada de nuevos solicitantes de asilo. Volvemos al viejo debate: ¿seguridad o derechos humanos?, como si fuesen incompatibles. ¿Se deben cerrar las fronteras para impedir que entren algunos terroristas pese a que los refugiados son víctimas que escapan del mismo terror que hemos vivido en París?

Son tiempos propicios para los argumentos racistas, las mentiras y la Europa fortaleza. Si se prohibiera la llegada de nuevos refugiados y se expulsara a los que llegaron este año, no tendríamos más seguridad. Lo ocurrido el viernes seguiría siendo posible porque el mayor peligro potencial son los 20.000 combatientes extranjeros que luchan en Siria e Irak bajo la bandera negra de Daesh y los jóvenes que se radicalizan en nuestros barrios y compran el relato del ISIS . Es su salida de la crisis: ser un mártir frente a un mundo que les ignora.

La solución para los refugiados sirios es la misma que antes del 13-N: más fondos para ACNUR que gestiona los campamentos de Turquía, Líbano y Jordania, apoyo a los gobiernos que acogen a cuatro millones de personas cerca de las fronteras sirias, apertura de oficinas en la zona para tramitar las solicitudes de asilo y determinar quiénes tienen derecho al estatuto de refugiado junto a la investigación policial correspondiente sobre su pasado, ya que aquellos que han cometido crímenes de guerra no tienen derecho a asilo.

Todo es fruto de una gran improvisación: la crisis de los refugiados y los bombardeos. Se actúa a golpe de titular o de fotografía de niños ahogados sin un plan definido. Esta Siria desangrada existe desde hace más de cuatro años, pero nos acabamos de enterar este verano. ¿Quién se acuerda hoy de Aylan Kurdi? Él es otra víctima de la locura que han padecido Nueva York, Londres, Madrid, Beirut o París. Las sociedades sin memoria no pueden ganar la guerra. Y menos aún la paz.

Hay más guerras más allá de nuestras fronteras, más miserias, más almas que malviven… Es el momento de que nos dejemos de tantas patrañas individualistas. Pensemos en nosotros, en todos, en comunidad.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

 

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Genocidio en Gaza

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Israel, Palestina: Cómo empezó todo

“Si eres neutral ante situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor” (Desmond Tutu)

Esto, lo que está ocurriendo en Gaza, se inició hace mucho tiempo. Comenzó con los pogromos, las persecuciones racistas de judíos primero en Rusia, después en Europa. Comenzó con el antisemitismo europeo, con el nazismo, con el genocidio contra los judíos y con la posterior decisión de Europa, motivada por la culpa de lo ocurrido, de apoyar y fomentar el sionismo -surgido en el siglo XIX- y la masiva emigración judía a Palestina.

Comenzó cuando el protectorado británico de Palestina miraba hacia otro lado mientras los judíos se organizaban en bandas armadas que cometieron atentados terroristas, matando a gente, contra objetivos británicos y árabes.

En 1947 la ONU, motivada por la responsabilidad y culpa europea del horror contra los judíos, aprobó un plan de partición que asignó el 54% de la Palestina del mandato británico a la comunidad judía (llegada la mayoría tras el Holocausto) y el resto, a los palestinos. Jerusalén quedaba como enclave internacional.

En los primeros meses de 1948 las fuerzas armadas judías clandestinas -escribo judías porque así se autodenominaban, y aún no se había declarado la independencia de Israel- elaboraron el Plan Dalet, cuyo fin era, entre otras cosas, hacerse con el control de la vía que unía Jerusalén con Tel Aviv, una zona que no figuraba como futuro territorio israelí en el plan de partición de la ONU. De ese modo expulsaron a miles de personas y asesinaron a cientos. Es decir, ya hubo entonces un plan de limpieza étnica.

Después, cuando los países árabes vecinos declararon la guerra a Israel tras su nacimiento en mayo de 1948, las fuerzas armadas israelíes aprovecharon para ocupar más tierras y expulsar a cientos de miles de palestinos. De ese modo Israel pasó a tener un 78% del territorio (posteriormente, en 1967 Israel ocuparía el 22% restante: Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este).

Tras la guerra del 48, muchos palestinos intentaron regresar a sus casas, pero las tropas israelíes se lo impidieron, a pesar de que en diciembre de 1948 Naciones Unidas aprobó la resolución 194, incumplida hasta hoy, confirmada en repetidas ocasiones y ratificada en la resolución 3236 de 1974, que establecía el derecho de los refugiados a regresar a sus hogares o a recibir indemnizaciones.

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Solo pudieron permanecer dentro de Israel, en muchos casos como desplazados, unos 150.000 palestinos, el 15% de la población, que en 1952 accedieron a la ciudadanía. Son los llamados árabes israelíes.

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Gran parte de los palestinos de Gaza son refugiados, expulsados o descendientes de los expulsados en 1948 a través de lo que constituyó, según historiadores israelíes como Ilan Pappé, una limpieza étnica, con el objetivo de levantar un Estado de mayoría judía. Incluso el historiador israelí sionista Benny Morris, ha escrito que “con la suficiente perspectiva resulta evidente que lo que se produjo en Palestina en 1948 fue una suerte de limpieza étnica perpetrada por los judíos en las zonas árabes”.

Los palestinos de Gaza viven hacinados, castigados, limitados. Israel controla qué productos y personas acceden a la Franja y prohíbe la entrada de materiales fundamentales. Practica un castigo colectivo.

Esto, lo que está pasando en Gaza, se inició hace 66 años, cuando se optó por una concepción de Israel como un Estado judío con mayoría judía. Para mantener esa mayoría Israel practica la ocupación, aparta y discrimina a los palestinos y, de vez en cuando, lleva a cabo operaciones militares que matan a cientos o miles y provocan el desplazamiento de miles más.

Para mantener la mayoría judía…

El Estado israelí, para ser fiel a su autodefinición -Estado judío- excluye el concepto de ciudadanía universal. Si aceptara como ciudadanos a los palestinos de Gaza y Cisjordania -territorios que controla u ocupa- su concepción como Estado judío estaría en peligro, ya que la población judía dejaría de ser la mayoritaria.

La elevada natalidad entre los palestinos es una de las preocupaciones principales de Israel. Lo llaman la cuestión demográfica. Ya hoy los judíos dentro de la llamada Línea Verde -las fronteras de antes del 67- conforman el 70% de la población, y se calcula que dentro de veinte años podrían ser el 50%.

Israel se opone a la creación de un Estado palestino pero también se niega a conceder derechos plenos y ciudadanía a los palestinos de Gaza y Cisjordania, porque si lo hiciera, estaría renunciando a su carácter judío como Estado. Es decir, a lo que algunos historiadores y politólogos llaman etnocracia.

Como subrayaba el israelí Sergio Yahni, integrante del Alternative Information Center, en una conversación que mantuvimos en Jerusalén:

 “Israel solo puede ser un Estado judío si mantiene la supremacía demográfica o legal de la población judía, pero para ello tiene o que llevar a cabo una nueva limpieza étnica, como la de 1948, o practicar la segregación étnica legalizada, es decir, el apartheid. Mientras Israel no asuma una verdadera transformación democrática, no viviremos en paz y seguirá la represión”. ( “El hombre mojado no teme la lluvia”, Ed.Debate, 2009).

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La Ley de Bienes Ausentes

Para que Israel pudiera ser un Estado judío, el gobierno del primer ministro David Ben Gurion organizó la recolonización de las tierras y distribuyó los bienes inmuebles que llamaron “abandonados”. Para ello se aprobó en 1950 la Ley de los Bienes Ausentes, que gestionó el traspaso a manos judías de las casas de los palestinos, no solo de los que se habían ido fuera de las fronteras israelies, sino también de aquellos que habían sido reubicados dentro del Estado israelí.

También se aprobaron otras leyes que prohibieron la venta o transferencia de tierras para garantizar que no cayeran en manos palestinas, y que permitían decretar la expropiación de bienes por interés público o declarar una superficie como “zona militar cerrada”, lo que impedía a los propietarios de la misma reclamarla como suya. De ese modo, 64.000 viviendas de palestinos ya habían pasado a manos judías en 1958.

La Ley del Retorno

Otra de las leyes fundamentales y una de las más controvertidas es la Ley del Retorno, que confirma esa insistencia en el carácter judío del Estado a través de la concesión de privilegios a los judíos. Esta ley concede el derecho a la ciudadanía de todos los judíos del mundo, de los hijos, nietos y cónyuges de los judíos, así como de quienes se conviertan al judaísmo. Sin embargo, no incluye a los judíos de nacimiento convertidos a otra religión y de hecho se ha denegado la ciudadanía a varios judíos convertidos al cristianismo.

La polémica en torno a esta ley reside en que Israel no permite regresar a su hogar a los palestinos expulsados ni a sus descendientes. Pero, por poner un ejemplo, un sueco que se convierta al judaismo sí tiene derecho a residir en Israel y a obtener la ciudadanía. Además, es probable que pudiera acceder a ayudas económicas del Estado para financiar estudios o adaptación a su nuevo hogar.

En 2003 se construyó un escalón más en esta política exclusivista con la aprobación de la Ley de Ciudadanía y Entrada en Israel, que indica que los palestinos de Cisjordania o Gaza menores de 35 años y las palestinas de Cisjordania o Gaza menores de 25 años no podrán residir en territorio israelí aunque se casen con un/a israelí. Sin embargo, si cualquier europeo contrae matrimonio con un ciudadano israelí tendrá derecho tanto a la residencia como a la ciudadanía.

La ocupación

La ocupación es la esencia del Estado israelí tal y como se concibe a sí mismo a día de hoy. Los colonos conforman una especie de ejército israelí paralelo al oficial, ya que ejercen una función paramilitar, la de invadir y ocupar, motivados por razones políticas, religiosas y también económicas, ya que el Estado concede préstamos y subvenciones a aquellos judíos que se instalan en la tierra de los palestinos.

En el territorio palestino de Cisjordania viven 450.000 colonos judíos, con una población total de más de dos millones de habitantes. Las colonias judías consumen un promedio de 620 metros cúbicos de agua por persona al año frente a los menos de 100 metros cúbicos de los palestinos. Esto sucede porque los asentamientos se apropian de parte de los acuíferos y de las áreas con más reservas.

Los colonos pueden llevar armas. Además, sus asentamientos están protegidos por el Ejército israelí, que de este modo legitima la ocupación. Es el propio Estado el que administra los terrenos de Cisjordania.

A través de las colonias, Cisjordania se ha convertido en una zona acantonada, sin continuidad territorial, donde los pueblos y ciudades están desconectados entre sí, convertidos en islotes rodeados por controles militares israelíes y por asentamientos judíos. Un Estado palestino con esta Cisjordania actual no contaría con conexión territorial y tendría tantas fronteras como colonias hay.

Exclusión y discriminación

Para controlar a la población palestina, Israel limita sus movimientos, lleva a cabo arrestos arbitrarios, aplica la llamada ley de detención administrativa, que permite mantener encarcelado a un palestino sin cargos ni juicio hasta al menos dos años, impide a los palestinos salir de su localidad o les obliga a esperar horas para hacerlo, les niega servicios públicos fundamentales, les prohibe construir viviendas y de hecho destruye algunas de sus casas, con la excusa de que no cuentan con permisos de construcción que se les deniegan de forma sistemática.

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En la práctica aplica un apartheid y se guía por la ley del talión. Si alguien mata a un israelí, es el propio Estado el que se encarga de la venganza, derribando la casa de la familia del presunto culpable, torturándole a él, a sus amigos o familiares, o impulsando una ofensiva militar en su barrio o en otro, como la actual contra Gaza. Al contrario de lo que debería ser la actuación de un Estado democrático, Israel opta por la venganza en vez de por la vía judicial.

El precio de la paz

Ante ello, Estados Unidos o la Unión Europea se limitan a murmurar con tibias condenas que son simple tinta sobre papel, porque mientras las emiten, mantienen a Israel como socio comercial preferente, le venden armas, le brindan apoyo diplomático y estratégico. Nuestros gobiernos son corresponsables -desde hace décadas- del destino de palestinos e israelíes.

Como me dijo Rami Elhanan, israelí que perdió a su hija en un atentado de Hamás, los judíos que apuestan por excluir a los palestinos se excluyen a sí mismos, “están volviendo al gueto. La solución está encima de la mesa, pero solo llegará cuando Israel se dé cuenta de que el precio de no tener paz es más elevado que el de tenerla”.

Este año Hamás y Al Fatah anunciaron su reconciliación y un acuerdo incipiente para un gobierno de unidad nacional. Las autoridades palestinas han hablado incluso de estar dispuestas a recurrir a la vía judicial para denunciar a Israel en tribunales internacionales. Ante ello, la respuesta de Tel Aviv ha sido más mano dura. No quiere al pueblo palestino unido, porque eso también amenaza el carácter judío de su Estado.

La radicalización está llegando a tal punto que han brotado nuevos grupos extremistas israelíes que atacan a los manifestantes israelíes que salen a la calle para pedir paz y libertad para Palestina.

En su ansia por querer más, Israel sigue renunciando a un acuerdo más que beneficioso para él, por el cual los palestinos tendrían un Estado con tan solo el 22% de la Palestina inicial, lo que supondría ordenar la salida de Cisjordania de los 450.000 colonos judíos, algo a lo que Tel Aviv no está dispuesto, al menos hasta ahora.

De todo esto va lo que ocurre estos días en Palestina, en Gaza, en Cisjordania.

Otro Israel es posible

Cada día que pasa los palestinos son reducidos a números o al olvido, recubiertos por esa perversa sospecha que persigue a tantas víctimas, y que susurra “algo habrán hecho”, “algo habrán hecho”, porque resulta increíble que los crímenes se cometan con tanta impunidad. La entidad que se erige a sí misma como árbitro moral para decidir qué debería ocurrir y qué no en Palestina es la misma que robó y sigue robando la tierra de otros.

No hay solución militar posible porque a pesar de todo, a pesar de lo que dijera Golda Meir en 1969, Palestina y los palestinos existen. La única solución pasa por poner fin a la ocupación, a los asentamientos, a la exclusión. El racismo, según el semiólogo Walter Mignolo, es la decisión de aquellos que están en el poder de clasificar y evaluar el grado de humanidad de los otros con el objetivo de controlar y dominar.

Dicho en palabras de la académica israelí Nurit Peled, “el Estado de Israel, que se declaró oficialmente un Estado de apartheid, se distingue por lo que ha sido siempre el método del racismo más típico y exitoso: la clasificación de los seres humanos”.

Otro Israel es posible, al igual que otra Sudáfrica fue posible.

Por Olga Rodríguez– periodista

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Machismo

Un vicio social difícil de combatir

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Ahora sabemos por qué estaba tan nervioso Arias Cañete en el debate del jueves con Elena Valenciano: tolera las diferencias ideológicas siempre que el interlocutor sea un varón, porque en la competición por la virilidad superior está el fondo de la masculinidad y hace cómplices a los contendientes (se sentiría más cómodo debatiendo con Rubalcaba, dice); también puede soportar la diferencia sexual, siempre que la afinidad ideológica le permita tratar a las mujeres con deferencia (alaba a Loyola de Palacio, Cospedal o García Tejerina, que son de su cuerda). Pero cuando se juntan las dos cosas, la diferencia de género y la divergencia política, se bloquea.

Sus asesores debieron de insistirle mucho en que ocultase su hombría, y él les obedeció, pero enseguida tuvo la certeza de que había sido eso —que no le dejaran ser como es— lo que le había perjudicado en la justa dialéctica. ¿Significa eso que es machista? Él cree que no, porque piensa que el machismo es una doctrina como el cristianismo, o una postura política, como el feminismo, y él no se adhiere a tal cosa. Pero es que el machismo es otra cosa: un vicio social que se contrae en el medio familiar y comunitario, mientras uno aprende a atarse los zapatos o a sonarse las narices; se incorpora a la conducta como un hábito y se experimenta como natural, como pasa con los gustos gastronómicos.

Por eso es difícil de combatir. Tiene la forma de un entendimiento tácito e inconfesable entre varones (una forma sutil de homosexualidad, como comprendió Georges Devereux) que excluye —e infama— a las mujeres, y exhala el pegajoso olor a sudor de la camaradería, es decir, de quienes duermen en la misma cámara. Entre los dirigentes políticos que no usan desodorante se les notaba mucho a Hugo Chávez y a Sarkozy, y se le nota mucho a Putin. En la URSS, cuando se consideraba a alguien disidente, se le retiraba el título de “camarada” y se le llamaba despectivamente ciudadano. Esta condición es la que se exige para participar en un debate político: que se deje uno en casa su camaradería y que no pretenda sacar ventaja pública de sus señas privadas y viscerales. No hace falta, pues, que Elena Valenciano insista en que es una mujer (como hizo en el debate), lo que haría falta es que Arias Cañete consiguiese olvidarse de sus vísceras, que el otro día le hacían sudar esperando el momento de quitarse el apretado disfraz de ciudadano y volver a estar entre sus camaradas, donde las mujeres no hacen política o, si la hacen, no le llevan la contraria.

Por el filósofo José Luis Pardo

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Una solución de dos Estados

jerusalén

Árboles en la nieve

Por Amos Oz (escritor, novelista y periodista israelí)

Existe un relato breve de Kafka que se titula Los árboles. En él, el autor dice que somos semejantes a unos árboles en la nieve, que parecen flotar, como si no tuvieran raíces. Es pura apariencia, escribe Kafka, porque todo el mundo sabe que los árboles tienen raíces bien enterradas. Y dice a continuación: pero eso también es pura apariencia.

Hace 60 años, una noche de invierno, en el kibutz Hulda, un chico de 15 años leyó este fragmento de Kafka, y se sintió transformado: los árboles, las colinas, los aullidos de los chacales en la noche invernal, todo había dejado de ser sencillo. Hay una realidad, y hay una realidad interior, y más. Los hechos pueden convertirse en el peor enemigo de la verdad. Este relato, Los árboles, no solo fue mi primer contacto con Kafka, sino que leerlo, como leer sus demás obras, contribuyó enormemente a mi formación. Además, Kafka tiene cierta manera de poner al descubierto una pesadilla en un lenguaje de lo más burocrático. Sus demonios llevan traje y corbata. Su infierno es un despacho vulgar y destartalado.

Hace tiempo leí que hacia el final de su vida, cuando estaba ya muy enfermo, Kafka coqueteó con la idea de seguir los pasos de varios judíos que habían ido a la escuela con él en Praga y emigrar a Israel. Incluso vi un cuaderno de ejercicios con el que intentó aprender hebreo por su cuenta. Llegué incluso a imaginar una situación en la que Kafka vivía en un kibutz de habla alemana en Israel, llevaba las cuentas de la comunidad y escribía en sus ratos libres, en una cabaña situada al borde del kibutz, que le habían concedido para que le sirviera de estudio.

Habría tenido nostalgia de Europa, como sus condiscípulos y como tantos otros que dejaron Europa y se fueron a Israel antes de Hitler. Todos aquellos —entre los que estaban mis padres y mis abuelos— que se fueron de Europa oriental o, mejor dicho, a las que expulsaron por la fuerza de Europa oriental, en los años treinta. Amaban Europa, pero Europa nunca les quiso a ellos. Hoy, todo el mundo es europeo, y el que no lo es está haciendo cola para serlo. Hace 80 o 90 años, los únicos que eran auténticos europeos en Europa eran los judíos como mis padres. Todos los demás eran patriotas búlgaros, patriotas irlandeses, patriotas noruegos… Los judíos eran europeos devotos. Eran políglotas, les encantaba que hubiera historias distintas, y los legados literarios, y los tesoros artísticos y, sobre todo, amaban la música. Y amaban los paisajes, los prados y los bosques, los torrentes y los bosques nevados, los estrechos callejones de las ciudades antiguas, las universidades y los cafés. Pero Europa nunca les quiso a ellos. Por ser genuinos europeos les tacharon de “cosmopolitas”, “parásitos”, “intelectuales sin raíces”. Cuando el antisemitismo se volvió violento en Polonia, en los años treinta, mis padres y mis abuelos, llenos de tristeza, decidieron irse de Europa y emigrar a Jerusalén. Escogieron Jerusalén, no porque quisieran desplazar a los árabes, sino porque no tenían ningún otro sitio donde ir. En los años treinta, todos los países del mundo cerraban sus puertas a los judíos. Canadá dijo que no iba a acoger a ninguno. Suiza mostró aún más dureza. Las calles europeas tenían pintadas en las que se leía: “Los judíos a Palestina” (sesenta años después, esas mismas paredes en Europa tenían pintadas contrarias: “Fuera los judíos de Palestina”…).

En cualquier caso, mi familia se estableció en Jerusalén en 1934 y gracias a ello sobrevivió al genocidio nazi alemán. Pero siempre echaron de menos Europa. Estaban furiosos con Europa, pero al mismo tiempo añorantes, unos sentimientos que se pueden describir como de amor decepcionado, amor no correspondido. Cuando era pequeño, mis padres me decían siempre: “Un día, no en nuestra vida pero quizá sí en la tuya, Jerusalén crecerá y se convertirá en una ciudad de verdad”. No entendía qué querían decir: para mí, Jerusalén era la única ciudad del mundo. Pero ahora sé que, cuando mis padres decían que Jerusalén se convertiría en una ciudad de verdad, se referían a una ciudad con un río en medio, con puentes sobre ese río, con bosques frondosos alrededor. Es decir: una ciudad europea.

kafka

Soy hijo de unos refugiados judíos a los que expulsaron de Europa con violencia. Por suerte para ellos: si no les hubieran echado de Europa en los años treinta, habrían muerto asesinados en la Europa de los años cuarenta.

Todavía llevo dentro de mí la ambivalencia de mis padres respecto a Europa: añoranza y rabia, fascinación y frustración.

En toda mi obra literaria se encontrarán con esos europeos desarraigados que luchan para crear un minúsculo enclave europeo, con librerías y salas de conciertos, en el calor y el polvo del desierto, en Jerusalén o el kibutz. Personajes que quieren reformar el mundo y no saben ni atarse los zapatos. Idealistas que debaten y discuten sin fin entre sí. Refugiados y supervivientes que se esfuerzan para construirse una patria pese a todas las adversidades.

Israel es un campo de refugiados. Palestina es un campo de refugiados. El conflicto entre israelíes y palestinos es un choque trágico entre dos derechos, entre dos antiguas víctimas de Europa. Los árabes fueron víctimas del imperialismo europeo, del colonialismo, la opresión y la humillación. Los judíos fueron víctimas de la persecución europea, de la discriminación, los pogromos y, al final, una matanza de dimensiones nunca vistas. Es una tragedia que esas dos antiguas víctimas de Europa tiendan a ver, cada una en la otra, la imagen de su pasada opresión.

El conflicto palestino-israelí es un choque trágico entre dos derechos. Los judíos israelíes no tienen ningún otro lugar donde ir, y los árabes palestinos tampoco tienen ningún otro lugar donde ir. No pueden unirse en una gran familia feliz porque no lo son, ni son felices ni son una familia: son dos familias desgraciadas. Creo firmemente en un compromiso histórico entre Israel y Palestina, una solución de dos Estados. No una luna de miel, sino un divorcio justo, que coloque a Israel al lado de Palestina, con Jerusalén oeste como capital de Israel y Jerusalén este como capital de Palestina. Algo similar al pacífico divorcio entre checos y eslovacos.

Muchos de mis relatos y novelas están situados en Israel, pero tratan de cosas grandes y sencillas: amor, pérdida, soledad, añoranza, muerte, deseo, desolación. Soy un testigo escéptico de mi época y un observador irónico y caritativo de la comedia humana. En mi opinión, Kafka fue el mayor profeta del siglo XX, capaz de prever la deshumanización y las tiranías, la crueldad del poder y la impotencia del ser humano. Él me enseñó que los árboles, y todas las demás cosas, no son nunca lo que parecen.

Discurso de Amos Oz pronunciado al recoger el Premio Kafka, el 24 de octubre de 2013 en Praga.

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Voluntad de superación

«Es difícil orientarse cuando hay tormenta, nadie sabe dónde está el capitán y la brújula está enloquecida. Lo primero parece que depende de las fuerzas telúricas europeas; lo segundo de las preferencias electorales de la ciudadanía, ajustadas por la buena o mala fortuna en el sorteo que parece determinar qué oficiales comandan nuestra nave; y lo tercero… bueno, en esto ya creo que la marinería de abordo puede aportar su conocimiento y experiencia para indicar el rumbo».

José Ramón Repullo (Médico y experto en Planificación Sanitaria y Economía de la Salud)

La expropiación política de los europeos

Por Hang Magnus Enzensberger

¿Crisis? ¿Qué crisis? Los cafés, los restaurantes y las cervecerías se visitan asiduamente, en los aeropuertos alemanes pululan los turistas, se habla de exportaciones récord y de caída de las cifras del paro. Exactamente como si la situación de la Unión Europea solo se desarrollara en la televisión. La gente toma nota con un bostezo de las “cumbres” políticas ascendidas semanalmente y de las confusas polémicas de los expertos. Todo esto parece desenvolverse en una tierra de nadie retórica repleta de convenciones lingüísticas incomprensibles, que nada tienen que ver con la cotidianidad del llamado mundo de la vida.

Evidentemente, son los menos quienes reparan en que los países europeos, desde hace bastante tiempo, ya no son regidos por instituciones legitimadas democráticamente, sino por una serie de abreviaturas que las han suplantado. Sobre la dirección a tomar deciden el FEEF, el MEDE, el BCE, la ABA o el FMI. Solo los expertos están en condiciones de desgranar esas siglas. Del mismo modo, solo los iniciados pueden deducir quién decide qué y cómo en la Comisión y en el Eurogrupo. Común a todos estos organismos es que no aparecen en ninguna Constitución del mundo y que ningún elector tiene algo que decir sobre sus decisiones. El único actor al que escuchan son los denominados “mercados”, cuyo poder se expresa en las oscilaciones de los tipos de cambio y los intereses y en los ratings de algunas agencias estadounidenses.

Parece fantasmal con qué tranquilidad los habitantes de nuestro pequeño continente han aceptado su expropiación política. Quizá eso se deba a que estamos ante una novedad histórica. En contraste con las revoluciones, golpes de Estado y asonadas militares en las que es rica la historia europea, ahora las cosas suceden sin ruido ni violencia. En eso estriba la originalidad de este asalto al poder. ¡Ni marchas con antorchas, ni desfiles, ni barricadas, ni tanques! Todo se desarrolla pacíficamente en la trastienda.

A nadie extraña que, ante todo esto, no se puedan tomar en consideración los tratados. Las reglas existentes, como el principio de subsidiariedad de los Tratados de Roma, o la cláusula de rescate de Maastricht se dejan sin efecto a capricho. El principio Pacta sunt servanda [Hay que respetar los pactos] queda como una frase vacía ideada por cualquier remilgado jurista de la antigüedad.

La abolición del Estado de derecho se proclama con toda franqueza en el Tratado sobre el Mecanismo de Estabilidad Financiera (MEDE). Las decisiones de los miembros que marcan la pauta en este organismo de rescate son inmediatamente efectivas desde el punto de vista del derecho internacional y no están vinculadas a la aprobación de los Parlamentos. Estos miembros se autodesignan, igual que en el antiguo régimen colonial, como gobernadores y, al igual que los directores, no tienen que rendir cuenta alguna frente a la opinión pública. Al contrario, están expresamente obligados a mantener el secreto. Esto recuerda a la omertà, que forma parte del código de honor de la mafia. Nuestros padrinos se sustraen a cualquier control judicial o legal. Gozan de un privilegio que ni siquiera está al alcance de un jefe de la Camorra: la absoluta inmunidad frente al Derecho Penal. (Eso es lo que se dispone en los artículos 32 a 35 del Tratado del MEDE).

La expropiación política de los ciudadanos ha alcanzado con esto su culmen transitorio. Ya había empezado mucho antes, como tarde con la introducción del euro. Esta moneda es el resultado de un chalaneo político que ha penalizado con la indiferencia todos los requisitos económicos de semejante proyecto. Se ignoraron los desequilibrios de las economías nacionales participantes, sus muy divergentes capacidades para competir y sus desbocadas deudas públicas. El plan de homogeneizar Europa tampoco tomó en consideración las diferencias históricas de las culturas y mentalidades del continente.

Pronto hubo que remodelar a capricho, como plastilina, los criterios que se habían acordado para el acceso a la Eurozona, con la complicación de que se incluyó en ella a países como Grecia o Portugal, que carecen de las posibilidades más elementales de afirmarse en esta unión monetaria.

Muy lejos de reconocer y corregir los defectos de nacimiento de esta construcción, el régimen de los rescatadores insiste en perseverar a toda costa en el rumbo adoptado. La recurrente afirmación de que “no hay alternativa” niega la virtualidad explosiva de las crecientes diferencias entre las naciones participantes. Ya desde hace años se muestran las consecuencias: división en lugar de integración, resentimientos, animadversiones y reproches mutuos en lugar de entendimiento.

“Si el euro fracasa, fracasa Europa”: bajo este lunático eslogan debe juramentarse un continente de 500 millones de habitantes con la aventura de una clase política aislada, exactamente como si dos milenios fueran un mero clic en comparación con un papel moneda recién inventado.

En la llamada crisis del euro se demuestra que la situación de expropiación política de los ciudadanos no se detiene ahí. Según su lógica, desemboca en su correlato: la expropiación económica. Solo allí donde salen a la luz los costes económicos queda claro qué significa todo esto. La gente de Madrid y Atenas solo sale a la calle cuando, literalmente, no le queda otra elección. Y eso no dejará de producirse en otras regiones.

No importa con qué metáforas adorne la política su novísimo monstruo —paracaídas, bazuca, Gran Berta, eurobonos, unión fiscal, bancaria o de deuda—, a más tardar cuando haya que hablar de cuentas los pueblos despertarán de su siesta política. Intuyen que antes o después tendrán que salir garantes de lo que hayan organizado los rescatadores.

En esta situación, el número de opciones imaginables es limitado. La forma más sencilla de liquidar tanto las deudas como los ahorros es la inflación. Pero también se contemplan subidas de impuestos, recortes de las pensiones, quitas de la deuda y tasas obligatorias, medidas que ya se han tomado en consideración anteriormente y que encuentran eco diverso según las preferencias de cada partido, y para cuya designación existe la expresión “represión financiera”. Y finalmente cabe recurrir a un último instrumento, la reforma monetaria. Es un medio ya probado para castigar a los pequeños ahorradores, dejar a salvo a los bancos y liquidar las obligaciones de los presupuestos estatales.

No se vislumbra una salida fácil de la trampa. Todas las posibilidades insinuadas cautelosamente han sido bloqueadas con éxito hasta el momento. El discurso sobre una Europa de velocidades variables ha caído en saco roto. Las cláusulas de descuelgue propuestas tímidamente jamás se recogieron en un tratado. Pero, sobre todo, la política europea se burla del principio de subsidiariedad, una idea demasiado evidente como para que haya sido jamás tomada en serio. Esa palabra afirma, nada más ni nada menos, que desde el municipio hasta la provincia, del Estado nacional hasta las instituciones europeas, es la instancia más próxima al ciudadano la que siempre tiene que regular todo aquello que sea capaz de regular, y que a cualquier nivel superior solo deben transferirse las competencias regulativas de las que los anteriores no puedan hacerse cargo. Pero esa subsidiaridad nunca dejó de ser, como demuestra la historia de la UE, más que una palabra huera. En caso contrario, a Bruselas no le habría resultado tan fácil despedirse de la democracia, y la expropiación política y económica de los europeos no habría llegado hasta donde ha llegado hoy.

¿Lúgubres perspectivas, pues? ¡Buenos tiempos para los amantes de las catástrofes que predicen el colapso del sistema bancario, la quiebra de los Estados endeudados, o, mejor que cualquier otra cosa, el fin del mundo! Sin embargo, como la mayoría de los augures del hundimiento, estos profetas quizá se alegren prematuramente. Porque los 500 millones de europeos no van a sentir la tentación de rendirse sin resistencia, defenderse, según los mantras favoritos de sus salvadores: “No hay alternativa a nosotros” y “si fracasa nuestra empresa, fracasa Europa”. Este continente ya ha instigado, vivido y superado otros conflictos muy distintos y mucho más sangrientos. La marcha atrás del callejón sin salida en el que nos han metido los ideólogos de la incapacitación no transcurrirá sin costes, enfrentamientos y dolorosas privaciones. El pánico es, en esta situación, el peor consejero, y quien entone el canto de despedida de Europa no conoce sus fortalezas. Ya lo dijo Antonio Gramsci: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.

Hans Magnus Enzensberger– escritor y ensayista alemán

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Bombas de relojería

Ocho cosas que no hay que olvidar

Por Eduard Punset

Lo peor que le puede ocurrir a los españoles en este mes de agosto es creerse que les viene un mal año encima. Es paradójico que el conocimiento más sencillo indique a las claras que «se acabó lo que se daba» y que no hay más remedio que volver a empezar, esta vez en serio; y que podemos hacerlo perfectamente si no nos empeñamos en decir que la culpa es de los alemanes. Tal vez por ello valga la pena recordar las ocho cosas que no debiéramos haber olvidado nunca.

Primera. Aunque pocos se acuerden, hubo una cosa llamada «el milagro español», que, obviamente, muchos creían que se había instalado para siempre. Ni aquello podía durar toda la vida, como creían muchos políticos y un gran número de ciudadanos, ni la crisis de ahora va a durar eternamente. El milagro español empezó a mediados de los años 60 con los primeros turistas; el famoso boom inmobiliario lo mantuvo hasta 2007.

Segunda. La demanda de pisos fue la mayor registrada por ningún país industrializado, de tal manera que el sector público y, sobre todo, el sector privado no pararon de aceptar préstamos del extranjero hasta situarse en el segundo puesto de países más endeudados del mundo. Solo nos ganaba en deuda con el extranjero Estados Unidos, con la gran diferencia de que el dólar seguía siendo una moneda que cualquiera quería aceptar como reserva y que el endeudamiento en porcentaje del producto no representaba ni de lejos el estrafalario porcentaje de España.

Tercera. Poco a poco fuimos aceptando que con el euro habíamos empezado la casa por el tejado, constituyendo la unión monetaria antes de la unión económica; de manera que cada uno podía ir a su bola y anular el invento si no se imponían medidas de precaución.

Cuarta. Habrá habido quien haya recordado el pasado nazi de los alemanes y su responsabilidad en las dos guerras mundiales, olvidándose de que España estuvo al lado de los supuestamente culpables y por mucho más tiempo.

Quinta. El Gobierno alemán, gracias a su influencia en Bruselas y en el Banco Central Europeo, ha sabido recordar a los políticos españoles que había llegado el momento de la verdad. Que era imposible volver a empezar a pedir prestado sin apenas condiciones y sin iniciar en serio las reformas necesarias para salir del atolladero.

Sexta. Que la negociación con la Unión Europea no es una negociación similar a la que tiene un estado autonómico con su Gobierno central. Ni el Gobierno de Cataluña ni el Gobierno andaluz pueden comportarse como niños malcriados alegando que, pase lo que pase, ellos tienen sus propias prioridades que pasan por encima de todo el resto. La Unión Europea es la suma de varios Estados que en su conjunto tienen un peso específico y un proyecto de futuro bastante más serio que el nuestro.

Séptima. El Fondo Monetario Internacional ha comprobado el sistema elemental para medir la situación económica y financiera de un país. Mi experiencia de economista del Fondo Monetario Internacional –en la que cada dos meses estaba de analista de lo que le pasaba a un país del universo– es que muy a menudo los economistas y políticos instalados en el país observado no sabían o no querían aprender lo que les pasaba. Y sin embargo, bastaba con conciliar las cuatro tablas de la balanza de pagos, del sistema bancario, del acumulado fiscal y de la evolución del producto para saberlo.

Octava. Si en lugar de insultarse, este país decidiera sacar pecho no para arremeter contra los demás, sino para poner en marcha procesos tan serios como los que fue capaz de llevar a cabo en el pasado –salir de la dictadura a la democracia e iniciar el proceso de apertura al exterior–, los españoles podrían pasar un buen año.

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Vivir por encima de…

Solo hay dos futuros para Europa y cualquiera de los dos llegará pronto.

O Alemania quita el freno de mano y permite una verdadera unión económica que garantice la solvencia de los países miembros y de sus sistemas financieros; o el euro se rompe, vuelven la peseta, el dracma, la lira y el marco, con unas consecuencias durísimas para todos, también para el estado germano.

Hace falta que los países del sur cumplan con sus cuentas públicas, pero también una Europa solidaria con un Tesoro común que proteja al euro: el que circula en Berlín y el que guardan en el colchón los aterrados atenienses. No queda ya ni mucho tiempo ni muchas más salidas. Si Alemania no permite otras políticas, tras el fracaso del rescate parcial a España viene el rescate completo.

Y tras España, la siguiente en caer es Italia.

Un dosier para Merkel y Lagarde

Por Elvira Lindo

Hace tres años escribí en esta misma columna en la que estoy sentada (si me pusiera en pie, daría un mitin) que antes de la crisis yo tiraba las páginas ocres de los suplementos de economía a la papelera. Despeluchaba el periódico como se despelucha un pollo antes de llegar a casa. Exageraba, como pueden imaginar, pero detrás de cada exageración se atisba la verdad, y lo cierto es que las páginas de economía me daban pereza. O perezón, que describe mejor la galbana dominguera. Llegó la crisis, y una se sentó, como se sentaron muchos de ustedes, pertrechada con las gafas de ver (como antes se decía) para ilustrarme sobre lo que nos estaba pasando y sobre lo que nos quedaba por pasar. En un principio me sentí motivada, por aquello de que la dichosa manía de racionalizarlo todo conduce a pensar que la información es el primer paso para el hallazgo de soluciones, pero una vez que los analistas nos han dejado claro que los economistas llevan camino de encabezar el ranking de diagnósticos garrafales y predicciones incumplidas, y una vez que se nos ha contado que algunos de ellos, muy notables, han sido cómplices de la situación en la que nos encontramos aliándose con la perversión financiera, ya no leo las páginas ocres con el ansia de encontrar información que incluya un halo de esperanza; todo lo contrario, lo que siento yo, lo que usted siente, es zozobra y temor. Incluso los artículos del laureado

Krugman me han empezado a dar susto: aun estando de acuerdo con él en lo esencial, que las sociedades ahogadas por las deudas no tienen posibilidad de recuperación, me espanta cada vez que le leo la palabra corralito, y pienso que, sabiendo como él sabe que esta puñetera economía se basa en la confianza y en la especulación, amenazar con corralitos es añadir tres barrotes a la valla en la que podríamos vernos acorralados. Un amigo economista me decía el otro día que los premios Nobel son muy peligrosos, por cuanto provocan demasiada fe en los lectores. Digo yo que entre el catastrofismo de Krugman y el optimismo insensato que mostró Rajoy cuando le concedieron el ya denostado préstamo tiene que haber un clavo ardiendo al que agarrarse.

En los últimos tiempos procuro centrarme en la sección de Sociedad. Al menos me informa de cómo afecta a los seres humanos la puñetera economía. Inmigrantes que han de regresar a su país de origen porque pierden el trabajo, desahucios, comedores de Cáritas, niños que sufren el paro de sus padres, familias que viven de la pensión de los abuelos, abuelos que tienen que abandonar la residencia y volver a casa, jóvenes que regresan a la casa paterna, trabajadores interinos de hospitales que se quedan sin trabajo a los cincuenta años, profesores interinos que han de abandonar una escuela pública que ve aumentar su ratio de alumnado por clase. Todo eso a diario. Para entender esa realidad no hace falta tener formación de economista ni trabajar en un organismo europeo. “Esto es simple, querida, como un globo de luz del hotel en que vives”, como decía el poeta González Tuñón. Deberían guardarse convenientemente todas esas historias y archivarlas en una carpeta, clasificadas por países, según el orden de intervención: Portugal, Irlanda, Grecia, Italia, España. Los países castigados. Y una vez que estuvieran recogidas esas penurias individuales que expresan tanto de las consecuencias de este puñetero martirio económico, le mandaría el dosier a personas como Christine Lagarde, directora del FMI, que debe de observar desde muy lejos el desamparo en el que se encuentran muchas familias europeas del sur como para atreverse a decir que hemos de reservar la piedad para los niños africanos. O a Angela Merkel, en la que no conviene personalizar la decisión de este castigo, puesto que ella obedece a una ideología concreta, o a una idea respaldada por muchos: los países mediterráneos solo aprendemos la letra cuando nos la inculcan con sangre.

Son muchas las ocasiones en las que he escrito sobre el despilfarro español. Tantas como para que no se me pueda acusar de defender ahora lo que sin duda fue un disparate económico. Basta con salir al extranjero, pisar un aeropuerto de una ciudad europea y compararlo con la T-4 para percibir cómo el gasto en España ha sido irritante. También he defendido que la austeridad debe llegarnos a todos y que debemos enseñar a nuestros hijos de una vez por todas que los derechos no existen sin deberes. Hay que aprender a vivir de otra manera, sabiendo lo que cuesta un curso en la universidad o una visita al médico. Pero eso no tiene nada que ver con que nos vayan encogiendo la sanidad pública o empeorando el sistema educativo. Porque somos también muchos los ciudadanos que hemos trabajado duro, pagado nuestros impuestos e inculcado a nuestros hijos que nadie les debe nada y que la democracia es un ejercicio recíproco de generosidad. Hacer que una parturienta griega no tenga comadrona o que un español de casi sesenta años pierda un trabajo que es a su vez necesario en la sanidad española es hacer pagar a justos por pecadores. Cada vez que nos rebajan el sueldo sentimos como que estamos pagando la factura de esa irresponsable clase política que dilapidó el dinero de nuestros impuestos.

¡Encima!

Artículo de opinión publicado en EL PAIS (24 Junio)

Ilustración- Iker Ayestaran

Por © Iñigo Ortiz de Guzman

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‘Bailout’

Pregunta un periodista: “Si según usted la sociedad no va a sufrir, ¿por qué no se ha pedido antes el rescate?”.

Responde De Guindos: “A usted no le tocaba preguntar ahora”.

Desde que la crisis se inició en 2007, la población española ha estado sometida a toda una serie de políticas públicas que han significado un gran recorte de sus derechos laborales y sociales, que han afectado de una manera muy notable al bienestar social y a la calidad de vida de las clases populares.

Hemos visto durante estos años de crisis la congelación y pérdida de la capacidad adquisitiva de las pensiones, el retraso de la edad de jubilación, la reducción del gasto público en las transferencias y servicios del Estado del bienestar (con recortes muy acentuados de la sanidad pública, de la educación pública, de los fondos y servicios a las personas con dependencia, de las escuelas de infancia, de los fondos para la prevención de la pobreza y de la exclusión social, de los servicios sociales, de las viviendas sociales, del nivel de cobertura de los seguros de desempleo y de las ayudas a la integración de los inmigrantes).

Pues bien, hoy día sabemos a ciencia cierta que todas estas intervenciones han empobrecido todavía más al conjunto de la clases trabajadoras.

Tanto el gobierno de Zapatero primero y ahora el de Rajoy han insistido constantemente en realizar esos recortes por encima de todo por el miedo a que no pudiéramos recuperar la famosa confianza de los mercados financieros y entonces fuésemos intervenidos por la llamada Troika: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Pero ahora resulta que a pesar de que se han llevado a cabo todos esos recortes, a pesar de que se han ejecutado una tras otra las imposiciones de los mercados, expresadas a cada momento muy claramente por esa Troika, España ha sido intervenida por esas tres instituciones.

Digan lo que digan, lo cierto es que todos estos enormes sacrificios y recortes han sido en balde y cuando se ha producido su fracaso estrepitoso en forma de rescate o, lo que es lo mismo, bailout en inglés.

En contra de lo que se está diciendo, el rescate aumentará la deuda pública, pues el Estado –el receptor de la supuesta ayuda- tendrá que pagar por las pérdidas de las bancas fallidas en el rescate y asumir sus intereses y el principal.

La deuda inmobiliaria con los bancos no es menor de 400.000 millones de euros, así que 100.000 millones (el techo más alto del rescate) serán insuficiente incluso en los escenarios más optimistas de su recuperación.

Hay que decirlo claramente: el rescate constituye un auténtico golpe de Estado bajo la apariencia de ayuda a la banca. A partir de ahora, el gobierno Rajoy hará lo que digan la Troika y el gobierno alemán. El federalismo de Merkel (“queremos más Europa… y los Estados tendrán que ceder soberanía”) es una manera amable de definir una relación colonial en la que a España le toca ahora ser la colonia.

Guste o no.

Según Vicenç Navarro (catedrático de Políticas Públicas) la razón de que haya sido justamente ahora cuando se ha producido el rescate es otra, y como siempre, no aparece en los medios. Es el temor de la Troika a que en las próximas elecciones griegas gane la izquierda, y se cuestionen con mucha más fuerza las políticas de austeridad que han llevado a Grecia (y a España) al desastre.

Cuesta creerlo, pero así de claro parece ser. Nadie ha dicho lo contrario.

© Iñigo Ortiz de Guzmán

Viñetas- Por Manel Fontdevilla

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