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Por un mundo mejor

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París nos desnuda

Las sociedades sin memoria no pueden ganar la guerra. Y menos aún la paz

Por Ramón Lobo

Existen tres respuestas a un ataque como el de París. La primera nace de las tripas, que ya esgrime el Frente Nacional de Marie Le Pen –cerrar mezquitas, prohibir organizaciones islámicas–. La segunda, afirmar que estamos en guerra, intensificar los bombardeos en Siria, vengar los muertos. La tercera se centra en eliminar las causas que nutren el islamismo radical, apoyar a los musulmanes moderados, fomentar la educación. Es posible que ninguna de las tres sirva, y menos aún por separado. Vamos por partes.

No hay protección ante un suicida

Por mucho que se activen los colores y los números de las alertas de seguridad, por muchos policías y militares que se desplieguen en las calles y en las fronteras, no hay defensa posible contra un atacante que está dispuesto a morir. Él tiene una ventaja: sabe que va a matar; su objetivo está en desventaja: no sabe que va a morir.

El terrorista clásico trata de atentar, salvar su vida y escapar. Con él es posible la disuasión. El atacante fanatizado con premio celestial busca causar el máximo daño entre la población civil. Sus objetivos no tienen necesariamente una carga política –edificios simbólicos y centros oficiales que suelen estar más protegidos–, basta con que sean fáciles. Cualquiera puede ser la víctima, como sucedió en Londres en mayo de 2013: dos hombres rebanaron el cuello a un soldado de paisano.

Pese a todo, la seguridad es necesaria. Un ejemplo lo tenemos en el estadio de Francia, en el que los controles de acceso detectaron a uno de los atacantes que se inmoló en su huida. Es posible que los otros dos que estaban en las inmediaciones tuvieran también como misión hacerse estallar dentro de un recinto con más de 80.000 personas. Se puede proteger un estadio, pero no cada sala de conciertos, restaurante o café en una ciudad como París.

Defendemos la democracia y la libertad

Esta es la declaración más repetida por los líderes europeos y estadounidenses. El problema es dónde aplicamos tan nobles valores, a veces ni siquiera dentro de nuestras fronteras (ley mordaza, impunidad judicial). No los trasladamos a los territorios en los que explotamos las riquezas que alimentan nuestro sistema de vida. Donde abundan el petróleo, los minerales estratégicos y el trabajo esclavo no funcionan los principios porque los reemplazamos por los intereses.

Cuando se lanzan este tipo de declaraciones ampulosas, de consumo interno, se amplía la brecha con los mundos de la pobreza, la injusticia, el hambre, el machismo y la explotación porque demuestra que no entendemos nada, que seguimos aupados en un pedestal de superioridad moral que una parte del planeta no nos reconoce.

¿Qué tipo de democracia defendimos en Egipto al descabalgar a los Hermanos Musulmanes del poder pese a haber ganado las elecciones? ¿Qué tipo de libertad se defiende en los territorios ocupados por Israel? ¿Qué tipo de valores esgrimimos tras el 11-S con las cárceles secretas, los secuestros y los asesinatos selectivos?  ¿Qué tipo de principios impulsaron la invasión de Irak, el derrocamiento de Gadafi y la guerra civil en Siria? ¿Qué moralidad puede esgrimir el Consejo de Seguridad si en él tienen asiento permanente y derecho de veto los principales exportadores de armas? Carecemos de la auctoritas, solo tenemos la podestás. Y a la podestás se le puede contestar con otra fuerza. Es lo que está sucediendo.

Qué bombardeamos en Siria

Después de más de cuatro años de guerra, entre 250.000 y 300.000 muertos y cuatro millones de refugiados, seguimos sin saber qué defendemos en Siria, quiénes son nuestros aliados, cuáles son los objetivos. Al principio se apoyó al Ejército Libre de Siria con la esperanza de que pudieran derrotar al régimen de Basar el Asad. Nunca les dimos las armas y los medios necesarios para vencer a un Ejército profesional. Ante la incapacidad operativa de este grupo surgieron otros, casa vez más radicales como el Frente al Nusra (que rinde pleitesía a Al Qaeda) y el ISIS (actual Estado Islámico o Daesh). Algunos de nuestros amigos del Golfo como Qatar y Arabia Saudí han estado muy activos en el envío de dinero y armas. Podríamos preguntar al Ministerio de Defensa por las ventas de municiones españolas a Riad y seguirles la pista hasta Siria. Aquí nadie es inocente.

Barack Obama había advertido al dictador Asad sobre las consecuencias de lanzar armas químicas contra su población. Lo llamaron la línea roja. En agosto de 2013, el régimen utilizó este tipo de armas contra una posición del Ejército Libre de Siria en Ghouta. Murieron 1.400, muchos de ellos niños. EEUU no atacó tras sopesarlo durante semanas. Se acogió a un plan ruso para destruir las armas químicas del régimen.

El motivo de su inacción es sencillo: no sabía qué grupo representaba sus intereses. A quién beneficiaría un ataque contra Asad: ¿a Al Qaeda o al ISIS? Han pasados dos años y seguimos en el mismo punto. Del Ejército Libre de Siria quedan bolsas aisladas. Todos los intentos de crear una fuerza armada alternativa a los radicales y al régimen han fracasado.

Los bombardeos se centran en el ISIS pero carecemos de soldados o aliados en el terreno que hagan el trabajo de la infantería. A pesar de los ataques, el ISIS se ha hecho fuerte en amplias partes de Siria y en Irak, donde domina algunas zonas petroleras (financiación).

Desde hace un par de meses hay un nuevo actor bélico: Rusia, el aliado de Damasco. Ha pasado de un apoyo político, diplomático y militar, pero discreto, a bombardear en su nombre. Es el único que sabe lo que quiere: fortalecer a Asad a quien considera esencial para derrotar al ISIS. La única salida inteligente es que EEUU, Rusia, Francia, Reino Unido y Turquía, los más activos militarmente, coordinen sus acciones y objetivos.

La paradoja para Occidente es que después de impulsar una guerra contra Asad, sea hoy su única esperanza a corto plazo para derrotar al ISIS en Siria. Se busca desesperadamente una componenda con Moscú que permita salvar la cara: que al menos se vaya Basar.

También están los kurdos: tomaron Kobane en Siria y Sinjar en Irak. Son una fuerza de combate formidable. Pero apoyarse en ellos plantea problemas con Turquía, a quien le hemos comprado desde décadas la existencia de unos kurdos malos (los suyos) y unos buenos (los que luchaban contra Sadam Husein ). Y ahí seguimos atrapados.

Primero habría que derrotar al ISIS y después cambiar de régimen, democratizar Siria; pero ¿con qué herramientas sociales y políticas? La sociedad ha sido destruida, como en amplias zonas de Irak. Esa destrucción moral y emocional alimenta el ISIS y a los grupos radicales.

Refugees welcome

Será la investigación judicial la que determine la exactitud de los hechos, los nombres de los atacantes, su procedencia y el modo en que llegaron a las diversas escenas de los crímenes, pero existe la posibilidad de que uno o varios de los participantes en la matanza hayan entrado en Europa confundidos entre los refugiados sirios. Un pasaporte junto a un cadáver no prueba una vinculación: puede ser un documento robado, una trampa de los asesinos.

Los radicales, ultraconservadores y xenófobos europeos no esperan a las confirmaciones ni respetan los duelos. Se han apresurado a demandar el cierre de las fronteras, la reducción de las cuotas de refugiados e impedir la entrada de nuevos solicitantes de asilo. Volvemos al viejo debate: ¿seguridad o derechos humanos?, como si fuesen incompatibles. ¿Se deben cerrar las fronteras para impedir que entren algunos terroristas pese a que los refugiados son víctimas que escapan del mismo terror que hemos vivido en París?

Son tiempos propicios para los argumentos racistas, las mentiras y la Europa fortaleza. Si se prohibiera la llegada de nuevos refugiados y se expulsara a los que llegaron este año, no tendríamos más seguridad. Lo ocurrido el viernes seguiría siendo posible porque el mayor peligro potencial son los 20.000 combatientes extranjeros que luchan en Siria e Irak bajo la bandera negra de Daesh y los jóvenes que se radicalizan en nuestros barrios y compran el relato del ISIS . Es su salida de la crisis: ser un mártir frente a un mundo que les ignora.

La solución para los refugiados sirios es la misma que antes del 13-N: más fondos para ACNUR que gestiona los campamentos de Turquía, Líbano y Jordania, apoyo a los gobiernos que acogen a cuatro millones de personas cerca de las fronteras sirias, apertura de oficinas en la zona para tramitar las solicitudes de asilo y determinar quiénes tienen derecho al estatuto de refugiado junto a la investigación policial correspondiente sobre su pasado, ya que aquellos que han cometido crímenes de guerra no tienen derecho a asilo.

Todo es fruto de una gran improvisación: la crisis de los refugiados y los bombardeos. Se actúa a golpe de titular o de fotografía de niños ahogados sin un plan definido. Esta Siria desangrada existe desde hace más de cuatro años, pero nos acabamos de enterar este verano. ¿Quién se acuerda hoy de Aylan Kurdi? Él es otra víctima de la locura que han padecido Nueva York, Londres, Madrid, Beirut o París. Las sociedades sin memoria no pueden ganar la guerra. Y menos aún la paz.

Hay más guerras más allá de nuestras fronteras, más miserias, más almas que malviven… Es el momento de que nos dejemos de tantas patrañas individualistas. Pensemos en nosotros, en todos, en comunidad.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

 

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Venganza cumplida

Por Fernando Reinares

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El 11-M comenzó a urdirse a finales de 2001 en Pakistán, dos años antes de la guerra de Irak

Los atentados del 11-M fueron ideados en Karachi a finales de 2001 como venganza por el desmantelamiento de la célula que Al Qaeda había establecido siete años antes en España, un grupo bautizado con el nombre de Abu Dahdah en alusión al que fue su líder desde 1995. El ánimo de venganza fue esencial en la decisión inicial de atentar en España y en la temprana movilización, concretamente a partir de marzo de 2002, de lo que será la red que ejecutó el 11-M.

Así lo corroboran una serie de hechos. En primer lugar, que Amer Azizi, antiguo miembro de la desarticulada célula de Abu Dahdah, que no fue detenido por encontrarse en Irán cuando se desarrolló la Operación Dátil, fuese quien adoptó en su origen la decisión de atentar en España. En segundo lugar, que otro allegado de la misma, Mustafa Maymouni, se ocupase de recomponer una nueva y decididamente operativa célula yihadista en Madrid a partir de los restos de aquella. Por último, que tres seguidores más de Abu Dahdah —Serhane ben Abdelmajid Fakhet, el Tunecino; Said Berraj y Jamal Zougam— desempeñaron papeles fundamentales en la preparación y ejecución de la matanza en los trenes de Cercanías.

Además, en el caso del 11-M, no solo Azizi y otros implicados que procedían de la célula de Abu Dahdah albergaban deseos de venganza contra España y los españoles. También los guardaba Allekema Lamari, quien fue miembro de una célula del Grupo Islámico Armado (GIA), desarticulada en Valencia en 1997, que cumplía condena hasta su extemporánea excarcelación en 2002, juró que “los españoles pagarían muy caro su detención”.

Lamari no ocultaba su “resentimiento hacia España” y manifestaba que tras salir de prisión su “único objetivo” era “llevar a cabo en territorio nacional atentados terroristas de enormes dimensiones, con el propósito de causar el mayor número de víctimas posibles”, según se lee en distintos documentos del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) elaborados antes y después del 11-M. En uno de ellos se afirmaba que, de no haber sido uno de los fallecidos en la explosión suicida ocurrida en Leganés el 3 de abril de 2004, estaría decidido a “continuar con su venganza” contra “la población y los intereses españoles” con “la ejecución de nuevos atentados terroristas”.

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Primeros auxilios a las víctimas del atentado terrorista del 11-M en Atocha.

¿Unos moritos de Lavapiés?

Pero los atentados en los madrileños trenes de Cercanías se llevaron a cabo no solo con la participación de individuos previamente relacionados con la célula de Abu Dahdah y con quienes estos atrajeron. La red terrorista del 11-M, que calculo estuvo compuesta en la práctica por más de treinta personas, tuvo un segundo componente, introducido a partir de las estructuras europeas del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), cuyos dirigentes habían optado en febrero de 2002 por reorientar su actividad operativa, atendiendo a criterios de oportunidad, hacia países donde residieran sus miembros. Eso tuvo implicaciones directas en los parámetros de amenaza terrorista para Marruecos y España. En el verano de 2003 se sumó a la red terrorista un tercer componente: una banda de delincuentes comunes radicalizados en mayor o menor medida en el salafismo yihadista por lealtad a su jefe, Jamal Ahmidan, El Chino.

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Finalmente, los propios líderes de Al Qaeda en Pakistán asumieron los planes terroristas en curso unos cinco o seis meses antes del 11-M, mientras Amer Azizi se había convertido en adjunto al jefe de operaciones externas de esa organización yihadista y cuando la guerra de Irak ofreció un contexto favorable para presentarlos en el marco de su estrategia general.

A pesar de ello, en los años que siguieron al 11-M se extendió, tanto en ámbitos académicos como también entre las comunidades de inteligencia y los medios de comunicación, la siguiente interpretación: los atentados de Madrid fueron producto de una célula independiente, carente de conexiones internacionales significativas con organizaciones terroristas establecidas lejos de nuestras fronteras, y que cuantos de un modo u otro intervinieron en llevarlos a cabo eran inmigrantes musulmanes radicalizados a sí mismos en el contexto de la contienda iraquí por entonces en curso.

Tanto los implicados como su entramado, despectivamente retratados en España como “moritos de Lavapiés” serían exponentes, en definitiva, de lo que se denominó “una yihad sin líder”. Pues bien, la evidencia que proporciono en ¡Matadlos! refuta sobradamente esa interpretación del 11-M, tanto respecto a las características de los actores individuales y colectivos que estuvieron detrás de lo sucedido como al verdadero porqué de la decisión de atentar en España. La matanza en los madrileños trenes de Cercanías fue, en realidad, una expresión temprana a la vez que compleja de las capacidades con que podía llegar a contar Al Qaeda en Europa occidental dos años y medio después del 11-S.

Condiciones favorables

Pero si los terroristas pudieron cumplir su venganza y llevar a cabo la matanza en los trenes de Cercanías, pese al conocimiento previo que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado tenían de una sustanciosa porción de quienes pertenecieron a la red del 11-M e incluso al seguimiento al que habían sido sometidos algunos de ellos, fue porque se dieron varias condiciones favorables. Para empezar, los desajustes judiciales, el limitado conocimiento sobre el nuevo terrorismo internacional por parte del ministerio público durante demasiado tiempo y la inexistencia de una legislación adecuada para abordar los desafíos de dicho fenómeno global, hicieron posible que distintos individuos vinculados a células y grupos yihadistas en nuestro país, como la de Abu Dahdah, eludieran su detención o condena para terminar implicándose en la preparación y ejecución de los atentados de Madrid. Y es que las disposiciones sobre delitos de terrorismo que contempla el Código Penal no se modificaron, para mejor corresponder a las características y manifestaciones del actual terrorismo yihadista, hasta diciembre de 2010, más de nueve años después del 11-S y transcurridos casi siete desde el 11-M.

Por otro lado, los terroristas del 11-M mostraron una gran habilidad, a buen seguro derivada de la capacitación que algunos de ellos había adquirido en campos de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán, a la hora de preservar la naturaleza de sus intenciones. Por ejemplo, comunicándose entre sí mediante un uso del correo electrónico o de la telefonía móvil hasta entonces desconocido no solo para la policía o los servicios de inteligencia españoles sino también para otros europeos y occidentales en general. En cualquier caso, una coordinación —no ya óptima sino a la altura de las auténticas necesidades— entre las correspondientes secciones del Cuerpo Nacional de Policía y de la Guardia Civil dedicadas a la lucha contra el terrorismo yihadista, el tráfico de drogas y el comercio ilícito de sustancias explosivas, muy probablemente hubiese permitido cruzar datos, hacer sonar las alarmas y desbaratar los preparativos para perpetrar los atentados de Madrid.

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Pero no fue hasta mayo de 2004, dos meses después del 11-M y transcurrido más de un cuarto de siglo desde que la democracia española hacía frente al terrorismo de ETA, cuando se hizo realidad el hasta esos momentos inexistente acceso conjunto y compartido a las bases de datos policiales para ambos cuerpos con competencias antiterroristas en todo el territorio nacional, al tiempo que se fundó el Centro Nacional de Coordinación Antiterrorista (CNCA).

Tampoco la cooperación intergubernamental en relación con la amenaza del terrorismo internacional —aunque se habían registrado avances desde los atentados del 11-S y era un campo al que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado venían prestando una cuidadosa atención, en especial por lo que se refiere a la Comisaría General de Información (CGI), contribuyó a impedir los atentados de Madrid como sí permitió frustrar los planes para perpetrar un segundo 11-M a inicios de 2008 en el metro de Barcelona. Pese a que los directa o indirectamente implicados en los atentados de Madrid eran extranjeros, residentes o no en nuestro país, sobre todo marroquíes, un buen número de ellos eran conocidos por las agencias de seguridad de sus países de origen e incluso algunos destacados integrantes de la red del 11-M fueron detenidos o investigados, antes de que se iniciara su formación o durante el proceso, en Francia, Reino Unido, Marruecos o Turquía. Pero del mismo modo que una Comisión Rogatoria internacional dirigida a las autoridades de este último país demoraba su tramitación en exceso, haciendo posible que Said Berraj no fuese detenido por pertenencia a la célula de Abu Dahdah y se convirtiera en uno de los terroristas del 11-M, los servicios antiterroristas marroquíes no trasladaron indicio alguno en base al cual sospechar de lo que se estaba preparando en España, pese a que en 2003 detuvieron al iniciador de la red del 11-M, Mustafa Maymouni, y a que las autoridades turcas entregaron ese mismo año a las de Rabat a Abdelatif Mourafik, quien inicialmente le transmitió las instrucciones de Amer Azizi desde Pakistán.

Una sociedad vulnerable

Sería un error, en otro sentido, ignorar que buena parte de los individuos implicados en la red del 11-M eran también conocidos, en el seno de la colectividad musulmana residente en Madrid, precisamente por el extremismo de sus actitudes y creencias religiosas. Tampoco resultaría acertado obviar el hecho de que fueron bastantes quienes en el seno de las mismas, acudiendo regularmente a lugares de culto islámico y teniendo contacto con sus responsables, en algún momento tuvieron razones para pensar que entre sus conocidos o amigos había quienes estaban preparándose para cometer atentados, dentro o fuera de España. La justificación que a menudo se hace del terrorismo en esos ámbitos, dependiendo de dónde, contra qué blanco o con qué propósito se ejecute un atentado, o la pretensión de que la lealtad basada en la pertenencia a una misma religión está por encima del respeto al Estado de Derecho y a la convivencia democrática, no son excusa para incumplir el deber de informar a las autoridades del país en que habitan. Estremece que, aún dos años después de la matanza en los trenes de Cercanías, un 16% de los musulmanes residentes en España exhibían actitudes positivas hacia los atentados contra civiles en supuesta defensa del islam o hacia el entonces líder de Al Qaeda, Osama bin Laden.

A diferencia de lo que ocurrió en el Reino Unido tras los atentados suicidas del 7 de julio de 2005 en Londres, la matanza del 11-M dividió a los españoles, incluso dividió a las víctimas de la matanza en los trenes de Cercanías y a sus familiares. Cabe asociar esta lacerante realidad a tres factores. En primer lugar, a la ausencia de un mínimo de sensibilización colectiva previa acerca de la amenaza que el terrorismo yihadista, además del de ETA, suponía para España y los españoles desde mediados los años noventa; en segundo lugar, a una cultura política en sí misma proclive a la polarización; en tercer lugar, a la ausencia de consensos de Estado en sectores fundamentales para las instituciones representativas, la sociedad civil y el conjunto de los ciudadanos, como la política exterior, la política de defensa o la propia política antiterrorista. Hay lecciones todavía por extraer de las consecuencias que acarrearon los atentados de Madrid, en el ánimo de edificar una sociedad española menos vulnerable a la par que más consciente y resiliente ante desafíos del actual terrorismo global que bien pueden derivar, como en el 11-M, de la venganza.

Fernando Reinares es catedrático de Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos, e investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano. Galaxia Gutenberg acaba de publicar su libro ‘¡Matadlos! Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España’.

– Especial EL PAÍS

El olvido es el túnel donde mueren los trenes.

En el olvido dejan de oírse las campanas,

se mira hacia otro lado, se ciegan las ventanas,

se toma a la justicia y a la luz de rehenes.

El olvido es un viento que engaña a las banderas;

una mano que borra los nombres de los muros;

un país donde sólo hay memoria o futuro

y algunas fotos lloran dentro de las carteras.

El olvido es un libro con las hojas en blanco;

es donde el egoísta celebra su victoria.

El olvido es un perro que da vueltas a un banco.

El olvido es robarle las llaves a la historia.

– Poema Benjamín Prado

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Bakerantza

prison peace

De paz por presos, a paz por nada

Por José María Calleja

Hubo un tiempo, primeros noventa, en el que los presos de ETA reivindicaban su derecho a cumplir íntegras sus condenas. Un tiempo de grasiento dominio de lo colectivo, en el que las soluciones individuales eran traición. Un tiempo de calor de establo, cuando creían aún en la victoria, y los presos de la banda soñaban con una amnistía triunfal y para todos a la vez.

Los abogados de la banda decían a los presos que se negaran a acogerse a las vías individuales de redención de penas, que les hubieran puesto en la calle sin agotar la condena. El miedo que ETA sembraba en toda España a base de asesinatos, también paralizaba a los presos disidentes, que no se atrevían a salir del rebaño por temor a que la banda les asesinara —como le ocurrió a Yoyes— o por miedo a sufrir rechazo social al volver al pueblo, unidad de medida de pureza revolucionaria.

Si en los años noventa un miembro de la banda hubiera dicho que los presos de ETA tenían que reconocer el daño causado, asumir la ley penitenciaria de un Estado calificado por ellos como opresor, romper el colectivo de presos y recorrer una vía individual pequeño-burguesa para acogerse a los beneficios penitenciarios y salir a la calle, los mismos que hoy han reconocido todo lo anterior, le hubieran asesinado.

La historia de la banda terrorista ETA es la historia de una organización que se ha pasado la vida matando y llegando tarde. Matando también a los miembros de la propia banda (asesinato de Pertur) que llegaron con antelación a las conclusiones en las que hoy están los que han hecho durante años del asesinato una forma de vida.

Kepa Pikabea —24 asesinatos, dos secuestros, 30 años de cárcel en su currículum, expulsado de la banda—, reconoce que la estrategia de asesinar ha sido “inhumana y cruel” y que “hemos cometido muchos actos contra la dignidad humana”. (La luz al final del túnel– ‘Bakerantza’, documental de Eterio Ortega). Al final, cuarenta años de crímenes, secuestros, extorsiones, siembra de odio y miedo, no han servido para nada, decimos cada vez más.

Es duro el balance político y el balance personal. Después de asesinar a diez, quince, veinte personas, después de pasar más de media vida en la cárcel, se llega a la conclusión de que todo eso no ha servido para nada, de que Euskadi podría estar en el mismo nivel político que tiene hoy sin haber apilado casi mil cadáveres.

La reciente declaración del colectivo de presos etarras supone un certificado explícito de la derrota de la banda. Dos años después de que la dirección de ETA anunciara, en octubre de 2011, que no se producirían más asesinatos y asumiera su derrota, lo hacen ahora sus propios presos. Posiblemente, esta declaración se produce también porque hoy la banda esta encarcelada y solo unas decenas de etarras están en la calle, esperando a ser detenidos.

ETA ha pasado, en pocos años, de negarse a aceptar paz por presos, porque exigía la independencia y creía que la lograría doblegando al Estado, a la paz sin libertad para los presos. Medio millar de miembros de ETA siguen en la cárcel sin que ETA haya logrado ni uno solo de sus objetivos. Ni uno.

En unos años hemos pasado del Amnistia Osoa (Amnistía total), al “sálvese quien pueda” de las medidas individuales, a una reinserción que se promueve y que ya no se califica de traición. Lo colectivo ha dejado paso a lo individual. Todo ello sin la menor concesión política por parte del Estado. Todo ello sin haber logrado ni un solo punto de la manida alternativa KAS, los mandamientos por los que ETA asesinaba —¿se acuerdan?— y que ahora ni los propios etarras se atreven a mentar para no caer en el ridículo.

A la otrora denominada “vía armada”, reclamada con orgullo por generaciones de etarras como necesaria, urgente y revolucionaria, se la despacha ahora con un escueto “método” que, si bien no reconoce la dimensión del destrozo, huye de la retórica liberadora y asume implícitamente el fracaso.

ETA presos map

Lo que hizo ETA (p-m) en los años ochenta: negociar la vuelta a España de sus integrantes, organizar la rendición, incorporarse a la política renunciando a usar la violencia, —todo ello sin haber alcanzado ni uno solo de sus objetivos—, lo está haciendo ahora ETA (m) ¡con treinta años de retraso! Con treinta años de retraso y después de haber ensangrentado el país. Este es su nefasto balance. No deja de ser significativo que Arnaldo Otegi, que fue de ETA p-m, esté ahora proponiendo el fin de la violencia desde la cárcel.

Estamos a un rato de que ETA entregue sus armas, un gesto que tendrá un efecto simbólico y supondrá otro reconocimiento de la liquidación por cese del negocio de matar. Será otro certificado más que acreditará, como lo ha hecho el comunicado de los presos, que ETA se rinde sin conseguir ni uno solo de los objetivos por los que hace más de cuarenta años empezó a asesinar. Será otro gesto que acreditará el final de la violencia, un paso más en una banda que, después de cuatro décadas de asesinatos, solo ha conseguido muerte, terror y sufrimiento.

TXORIA TXORI

Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen aldegingo.
Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango
eta nik…
txoria nuen maite

Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habría escapado.
Pero así,
habría dejado de ser pájaro.
Y yo…
yo lo que amaba era un pájaro

Música- Mikel Laboa y El Orfeón Donostiarra

Ilustración- Emiliano Ponzi

Humor- Peridis

eta rajoy

+ info- en Euskadi en PAZ

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