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No a la indiferencia

A esto le llaman humanidad

Por Elvira Lindo

Los tiempos difíciles animan a la trascendencia, a la rotundidad. Los tiempos difíciles provocan artículos que nos quieren resumir el mundo: las 10 razones por las que hemos llegado hasta aquí; las 10 causas del hundimiento de la economía; las 10 medidas urgentes que se deberían tomar; los 10 fallos de la democracia española; las 10 mentiras que todos nos creímos; los diez motivos por los que el euro es inviable o los diez motivos por los que hay que salvar el euro. Por alguna razón, la contundencia tiende a casar sus argumentos con un número redondo, ese 10 que contiene la explicación del universo. Pero no. No me lo creo. La deriva de un país no es resumible. Menos ahora, con tan poca perspectiva. Solo las mentes conspirativas encuentran 10 razones en las que están incluidos el análisis y la solución. Pero suele ocurrir que los tiempos difíciles son el hábitat natural de dichas mentes dado que hay un público que desesperadamente desea que alguien les pase a limpio en 10 puntos aquello que no consigue entender.

Lo comprendo. Yo también quiero encontrar ese artículo que sea como un Santo Grial, una guía, porque confieso que no entiendo este presente en el que nos ha tocado vivir. Y he debido de ser muy torpe, porque tampoco me esperaba este fatal desenlace. Hay quien atribuye la situación exclusivamente a los mercados y a la codicia financiera, otros incluyen el sistema autonómico; unos, a que vivíamos por encima de nuestras posibilidades y otros a que la clase dirigente vivía por encima de nuestras posibilidades; unos, hablan de responsabilidad colectiva, otros, señalan nombres y apellidos de los responsables. Sea como sea, los expertos suelen ordenar sus explicaciones en 10 apartados. Todo es ponerse.

Esta semana he encontrado varias razones para el desconsuelo, pero no estoy de humor como para cuadrarlas en 10 puntos: son suficientemente poderosas, no es necesario andarse con amaneramientos columnistiles. Tampoco pretendo ser original al citarlas, ni voy a fingir que he visto aquello en lo que los demás no habían reparado. Al contrario, me dispongo a recordar titulares que la actualidad nos ha arrojado y que a usted, probablemente, también le han quitado el sueño. O casi. Porque lo persistente de esta penosa situación de la que nuestros dirigentes no saben salir ha acabado robándonos horas de sueño hasta a aquellos que tenemos un espíritu animoso.

En la prensa, que hay que leer en estos días previa ingestión de un lexatín, convivían noticias que se daban de tortas. Por un lado, los pingües beneficios del negocio de la enseñanza privada, cuyos colegios concertados (mayoritariamente religiosos) están generosamente subvencionados por el Estado, o por decirlo de otra manera, subvencionados, entre otros, por aquellos que sufren los recortes en la escuela pública. Sin salir de la sección de “Sociedad” (la sección del momento), nos encontrábamos también con que se acabó la gratuidad en la vacuna del neumococo. De nada ha servido que los pediatras adviertan que saldrá más caro afrontar las infecciones que su ausencia provocará en bebés no vacunados. Que los padres se paguen sus “mamandurrias”, como diría esa creadora de lenguaje que es Esperanza Aguirre. Y, por último, de los niños y bebés retrocedíamos esta semana al embrión, asunto que ha llevado al ministro de justicia a meterse en un jardín más frondoso de lo que imaginaba. Dicen que, dada la falta de popularidad que acusa estos días el Gobierno, el ministro trataba de recuperar el apoyo de su bancada. Para ello, anunciaba una insólita revisión de la ley del aborto, que criminalizaría incluso a las mujeres que hubieran de abortar por una seria malformación del feto. No sé si esperaba el exalcalde desayunarse con un artículo como el que escribió el doctor Esparza, neurocirujano infantil, Nadie tiene derecho a obligar al sufrimiento, pero las razones de Esparza eran tan demoledoras contra las de Gallardón que es posible que este último, aun siendo un viejo zorro de la política, no aguantara un debate público con un profesional que ha convivido durante años con niños abocados a una vida desgraciada.

Lo que tengo claro es que no se debe permitir que el lenguaje se pervierta de tan cínica manera: ¿por qué dejar que se llame “humanidad” a lo que sin duda es exactamente lo contrario? Y, menos aún, en momentos como estos en los que el Gobierno está arrebatando derechos a los más débiles. Y esta vez no me refiero a funcionarios, ni a mineros, ni a los sufridores de futuros ERE. Permítanme que solo me centre en estas tres noticias, recortes en la educación pública y ganancias en la privada, retirada de atención médica a bebés, criminalización de mujeres que no quieren traer al mundo a una criatura sufriente. Me centro en estos tres titulares que afectan a los niños. Tres noticias que contienen la política de quien nos gobierna. No necesito analizarlas, solo las repito, para que no caigan en el olvido.

En tiempos difíciles el mundo se llena de mentes preclaras que entienden la naturaleza de todo lo que ocurre. Enhorabuena. Yo jamás pensé que el mundo se me volvería tan incomprensible. Como una niña con asignaturas suspensas, me volveré a presentar en septiembre.

IlustraciónAlex Perez

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¡Identifíquese!

Por Fernando Savater en EL CORREO (22 de Enero de 2012)

Solo los racismos, los integrismos religiosos y los totalitarismos pretenden hacer depender la ciudadanía de una identidad única y excluyente, obligando a quienes no la comparten a vivir como extranjeros en su propio país

El otro día, en la tertulia matutina de la SER, se comentaba elogiosamente la entrevista entre Antonio Basagoiti y Pello Urizar, celebrando lo mucho que había cambiado el PP «desde los tiempos de Mayor Oreja y María San Gil». Vamos, como si la situación política en el País Vasco fuese hoy igual que la de entonces y como si en su transformación no hubieran sido decisivas, entre otras cosas, la firmeza de personas como Mayor Oreja o María San Gil. Otro botón de muestra de la lectura sesgada, voluntarista y amnésica que suelen hacer de los ‘nuevos tiempos’ incluso los medios de comunicación más respetables…

Los resúmenes de prensa de la citada entrevista decían que Basagoiti había reconocido que, aunque ETA no tiene legitimación política alguna, existe en Euskadi «un conflicto político entre identidades». Como es natural, no sé hasta que punto esta información es exacta y en qué contexto debe ser entendida como expresión de las ideas del líder del PP vasco. Que entre nosotros hay conflictos políticos, no uno sino varios como en cualquier otra parte, es cosa que aceptan Basagoiti, Urizar, ustedes que me leen y yo que les escribo. Si no fuera así, aparte de que constituiríamos una rara excepción planetaria que nos asemejaría más a un panal de abejas que a una comunidad humana, vendrían ya sobrando todas las instituciones democráticas de nuestra sociedad, tanto generales como locales. Nos levantaríamos cada mañana pensando todos lo mismo y los medios de comunicación ya no sabrían a cuantos accidentes navales y crímenes pasionales recurrir para hacer entretenidos sus informativos…

Lo curioso es que el conflicto político que aquí se destaca por antonomasia sea «entre identidades». Porque precisamente reducir la necesaria dialéctica entre proyectos políticos en enfrentamiento entre identidades es lo que caracteriza al nacionalismo que hemos conocido. Como si la cuestión importante fuese lo que cada cual es en su esencia y no lo que proponen unos y otros para resolver los problemas y encauzar la vida en común. Todavía en su reciente discurso al asumir de nuevo el liderazgo del PNV, Iñigo Urkullu proponía desbancar de Ajuria Enea a sus actuales ocupantes a fin de alcanzar «un Gobierno vasco de verdad, un Gobierno del PNV», lo que sonaba a reprochar a los socialistas falta de identidad ‘vasca’. Después Urkullu aclaró que se refería a mejorar su gestión, aunque no pone en duda su condición de vascos, lo que a algunos nos ha parecido una excelente noticia. Pero no puede extrañarse el jeltzale del equívoco: son cosas que oímos todos los días y que ya han arraigado incluso en la forma de expresarse de los no nacionalistas. Como cuando se habla de ‘parlamentarios vascos’ o ‘senadores vascos’ para señalar a los nacionalistas, como si no hubiera vascos tan dignos de ese gentilicio como ellos en otros grupos políticos.

Es cosa sabida que todos podemos considerarnos revestidos de múltiples identidades, unas duraderas y otras fugaces, unas que nos avergüenzan y otras que nos enorgullecen, unas relevantes y otras triviales, en su mayor parte convencionales y casi siempre superpuestas. Nuestras identidades expresan nuestras obligaciones, nuestras apetencias, nuestras relaciones y nuestras actividades, tanto ocasionales como permanentes. Ya en 1908 observaba G. K. Chesterton: «Casi cada uno de nosotros es a la vez un contribuyente, un alma inmortal, un inglés, un bautizado, un mamífero, un poeta menor, un juez, un hombre casado, un ciclista, un cristiano, un comprador de periódicos y un crítico de Mr. Alfred Austin. Deberíamos tener un uniforme para cada cosa». La idea del uniforme no está nada mal (a continuación Chesterton propone algunos muy divertidos y hasta el más austero de nosotros tiene varios en casa para distintas ocasiones ceremoniales, deportivas o simplemente climatológicas), pero lo malo es cuando alguien se empeña en uniformizarnos de un único modo, convirtiendo una de nuestras identidades posibles en obsesivamente obligatoria y predominante sobre todas las demás. Y sobre todo cuando se reserva el derecho de autorizarnos a usar ese uniforme o prohibírnoslo.

En los Estados democráticos actuales (y en cada ciudadano) conviven diversidad de identidades, o sea formas de ser o de creer que somos. Solo los racismos, los integrismos religiosos y los totalitarismos pretenden hacer depender la ciudadanía de una identidad única y excluyente, obligando a quienes no la comparten a vivir como extranjeros en su propio país o herejes aborrecidos. Los necesarios conflictos de la política en democracia nunca son colisiones entre identidades (formas de ser) sino entre propuestas de organización de la convivencia (o sea, formas de estar juntos). O incluso formas de separarse civilizadamente, porque el independentismo no es un rasgo identitario de los auténticos vascos sino un proyecto de los nacionalistas. Que por cierto en el caso de Escocia y Gran Bretaña el premier Cameron ha enfocado de un modo interesante, al proponer un referéndum vinculante inmediato e inequívoco.

Puede ser un camino entre otros para regresar de la inextricable cháchara identitaria a una cierta racionalidad política.

Ilustración- Iker Ayestarán

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Life in a Day

La vida en un Día‘ (2010)

Más que un documental, historias entrelazadas, sentimientos encontrados, risas solapadas.

Porque hay más de una, de dos, varias maneras de vivir.

En total, 80.000 vídeos procedentes de aficionados de 192 países.

Un proyecto de YouTube producido por los hermanos Ridley y Tony Scott, y dirigido por Kevin MacDonald.

(…) A medida que pasan los años, la vida no es más que un constante proceso de pérdida

(por Haruki Murakami, en ‘1Q84‘)

© Iñigo Ortiz de Guzmán


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