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Ciudadana Cristina

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Una infanta en el banquillo

Por Arturo González

En algunas cosas la democracia funciona. Por ejemplo, en la Justicia. A pesar del Poder político.

A lo tonto, a lo tonto, entre descreimientos y artimañas, ya la tenemos sentada en el banquillo de los reos. El juez Castro argumenta de modo irrebatible y fácilmente comprensible: si la fiscalía y Hacienda acusan por los mismos delitos a Urdangarin y su socio Torres y esposa, no hay razón por la que no se pueda juzgar a la hermana del Rey y tampoco se le puede aplicar la llamada doctrina Botín del Tribunal Supremo que señala que si no acusan la fiscalía y la abogacía estatal en un delito que alude al Estado, no puede juzgarse. O todos o ninguno.

Ahora vendrá un largo periodo de intentar recursos, pero el momento estelar de apertura de juicio oral ya es una realidad. Como recriminó la Audiencia de Valencia, sorprendente e indebidamente se libran la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, y el anterior Presidente de la Comunidad, Francisco Camps. Serán 17 los acusados. Veremos si por fin la Infanta renuncia a sus derechos sucesorios y si la Caixa le mantiene su trabajo en Suiza.

Con esto, la Monarquía no va a caer. Pero se la reconduce a lo asignado en la Constitución: solo el Rey es inviolable, y durante su mandato. Por eso el Gobierno se precipitó a proteger la figura del rey Juan Carlos cuando abdicó.

No se trata de que la condenen o no. Se trata de que sea juzgada como los demás ciudadanos, y como afirmó su padre. En unos momentos de deterioro político tan severo como el que padecemos, cuando la Ruleta de la fortuna electoral ha comenzado a girar, es un punto de normalidad y satisfacción. Ayer, Pedro Sánchez dio pena en su comida con una familia catalana en el programa Salvados; Pablo Iglesias se escaqueó en su defensa del derecho a decidir de los catalanes en su primer mitin en Barcelona con la triquiñuela de ‘derecho a decidir, sí, pero para todo’; el representante de Izquierda Unida, Alberto Garzón, acusó a Podemos de ambigüedad ideológica y apuntarse a posiciones socialdemócratas, como el PSOE; el ministro de Industria cursó una lección de nula inteligibilidad sobre el precio de la energía en el programa El Objetivo, sin que la audaz Ana Pastor le recuerde que el déficit tarifario viene de Aznar y no de la época de Zapatero; y el nuevo portavoz parlamentario del PP, Rafael Hernando, se sumó con entusiasmo a lo grosero en sus (falsas) críticas a Podemos, igualándose a Cospedal, Floriano y González-Pons.

Estamos, pues, ante una Infanta con amor, pero sin romance que la evoque en el futuro. Ante una monarquía descapitalizada, una familia desestructurada, unos seres sin ropajes, como refleja el pintor Antonio López en su cuadro recién entregado, que rompe, aunque aún no del todo, con la Historia. Una Infanta que quiso ser mujer objeto y un juez no se lo permitió.

Publicado- 21 Diciembre/ Blog- Puntadas sin Hilo

Ilustración- ‘La Gran Familia’ Alfons López

 

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Cambio de Sistema

borbones

Monarquía o República

Por Julián Casanova

No resulta fácil ofrecer una visión general de la sociedad española, de esta larga crisis, de los límites de la democracia y de la decadencia del sistema de representación política. Parecemos un país moribundo, con menos riqueza y poder de lo que presumíamos, con corrupción y mala administración, sin instituciones en las que confiar. Como si de una vieja historia se tratara, repetida ya otras veces a lo largo del siglo XX, hemos pasado del triunfalismo al desengaño. Mucha gente vomita cabreo, decepción, incluso protesta. Pero frente a los diagnósticos catastrofistas y el pesimismo sobre el futuro, no aparecen soluciones, más allá de ese término en boca de muchos, regeneración, poco original en un país que ya intentó varias. ¿Está el sistema agotado? ¿Necesitamos un cambio de régimen?

Lo primero que hay que decir es que, desde arriba, hay muy poca voluntad de emprender el camino del cambio. Los políticos forman partidos de notables y clientelas, que repiten los mismos nombres y vicios adquiridos y solo movilizan a la opinión pública en tiempos de elecciones. Y desde abajo, pese a lo mucho que podemos gritar o escandalizarnos, y al tono de condena moral presente en muchas declaraciones, hemos aceptado con bastante conformidad, y hasta deferencia, la trama de intereses, corruptelas y negocios privados que, desde la política local al Parlamento, se ha tejido en varios lustros de bonanza económica. Por arriba y por abajo, el espacio para la acción política alternativa, de oposición, es ahora, como consecuencia también de años de inmovilismo y apatía, escaso, casi inexistente.

La derecha en el poder, amparada por una amplia red de medios de comunicación afines, va a mover pocas fichas, porque sabe que el problema lo tiene la izquierda, donde cunde el desaliento, fragmentada, sin liderazgo y a la que puede echar sobre sus espaldas el origen de la crisis, las expresiones de disidencia y la radicalización de la movilización social en la calle —desde el 15-M al escrache—. Y aunque esas acusaciones sean falsas, es indiscutible que la izquierda parlamentaria tiene hoy serios problemas para representar el descontento popular y plantar cara al acoso y derribo del Estado de bienestar.

Nadie parece dispuesto a renunciar a sus prerrogativas. La política institucional está en crisis y para regenerarla ya no se puede contar con el concurso de la Corona. Desde la muerte de Franco, y sobre todo a partir del fallido golpe de Estado de febrero de 1981, a muchos les dio por presumir de Rey, protegerlo frente a las críticas y el debate público, para preservar lo conseguido y cambiar el pobre bagaje democrático que la historia de la Monarquía borbónica podía exhibir antes de 1931. Para ello se ocultó, rompiéndolo, el cordón umbilical que unía a don Juan Carlos con la dictadura de Franco, de donde procedía en ese momento su única legitimidad, y se estigmatizó a la República, ya liquidada por las armas y la represión, como la causante de todos los conflictos y enfrentamientos que llevaron a la Guerra Civil. No puede negarse el éxito de esa operación de lavado del pasado, capaz de sobrevivir, sin grandes cambios, hasta en los libros de texto, durante más de tres décadas de democracia.

Al mismo tiempo, una buena parte de la clase política trató de borrar los recuerdos más incómodos de la dictadura de Franco y cuando, ya en el siglo XXI, el Estado puso en marcha, aunque con mucha timidez, políticas públicas de memoria, recordar el pasado para aprender, y no para castigar o condenar, una parte importante de la sociedad reaccionó en contra. No resulta extraño escuchar a los políticos del PP afirmar que la Segunda República fue un desastre, reproducir en ese tema las ideas de los vencedores de la guerra civil y de los voceros neofranquistas, falsear la historia a gusto de la Iglesia, la Monarquía y las buenas gentes de orden.

La crisis actual, los escándalos en torno a la Casa del Rey, graves para la buena salud de la democracia, al margen de cómo acabe la imputación de la infanta Cristina, y la falta de transparencia y de respuesta ante ellos van a marcar, no obstante, un punto de inflexión para la legitimidad de la Monarquía. El cambio en España tiene que ir acompañado de una renovación cultural y educativa, de nuevas ideas sobre el mundo del trabajo y de una lucha por la democratización de las instituciones. Un movimiento político que reaccione frente a los excesos del poder, que persiga el establecimiento de un Estado laico, que recupere el compromiso de mantener los servicios sociales y la distribución de forma más equitativa de la riqueza. Esa nueva cultura cívica y participativa puede, y debe, alejarse del marco institucional monárquico y retomar la mejor tradición del ideal republicano. Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos públicos. En eso consiste la república.

Por Julián Casanova (catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, autor de ‘España partida en dos’).

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Política bajo mínimos

mundo justo

Otra democracia

Por Ignacio Escolar

“¿Tú sabes cómo hizo Adolfo Suárez para lograr que las Cortes franquistas votasen su disolución?” La anécdota me la cuenta un veterano periodista. Dice que se la explicó el propio Suárez, en una cena privada, años atrás. “Se puso de acuerdo con varias embajadas, con la de Estados Unidos, la de Reino Unido, la de Israel… Les pasó una lista de los procuradores en Cortes más difíciles de convencer, los más duros, los que podían arrastrar al resto. Los embajadores les fueron invitando a viajes con su familia en el extranjero para conseguir que ninguno de ellos estuviese en el Parlamento el día en que Suárez planeaba convocar la votación. Lo consiguió. Casi todos picaron y se fueron de viaje. La ley para la reforma política salió adelante por mayoría, pero hubo unos cuantos procuradores que no llegaron a votar”.

La anécdota probablemente sea buena. No la he podido comprobar, pero es verdad que hubo un importante número de procuradores franquistas que no estaba en las Cortes aquel día; solo votó el 77%, según el boletín de las Cortes. Sea cierta esta historia, sea una exageración de Suárez o del periodista que me la contó, define a la perfección el mito de la Transición (sin pecado concebida): cómo España logró, contra pronóstico y por una suerte de batallitas, hazañas y heroicidades, pasar de la dictadura a la democracia por consenso y sin violencia.

El mito fundacional es falso por dos razones: porque hubo violencia, y mucha: más de 700 muertos, como recuerda en esta misma revista Ignacio Sánchez-Cuenca. Y porque lo verdaderamente inusual habría sido que España hubiese continuado siendo por mucho más tiempo una dictadura, la única de su tiempo en toda Europa occidental. ¿De verdad el rey Juan Carlos y el resto de los protagonistas de la transición tenían otra opción que transformar ese régimen caduco y anacrónico en una democracia europea más o menos como las demás? ¿Realmente había otra alternativa para las élites españolas cuando incluso Portugal había llegado a la democracia, en condiciones mucho más difíciles y con una economía menos desarrollada? ¿En serio hay que agradecer al rey que no se sumase al golpe de Estado del 23-F que, con sus desprecios a Suárez, había contribuido a engordar? ¿Es el modelo político, económico y cultural que parió aquella Transición el fin de la historia? ¿No hay nada más? ¿Acaso la Constitución bajó en unas tablas del monte Sinaí y es un texto sagrado que solo se puede tocar cuando lo ordena el BCE?

Aquel sistema democrático que nació de la Transición ha sido un éxito para España. Pese a sus muchos defectos, pese a la crisis actual, las tres décadas que vinieron después son, de largo, el periodo más próspero de nuestra historia. España no es lo que era, en la mayor parte de los casos para mejor. Incluso si nos comparamos con la terrible situación actual, en estos 35 años se ha avanzado en igualdad, en renta media, en acceso a la educación, en prosperidad… Pero el modelo sin duda está marchito y no es solo culpa de la depresión económica y ese abismo del paro en el que nos encontramos tras la resaca de la burbuja del ladrillo. Aunque la economía se recupere –si es que tal milagro se produce antes de 2018, que es la fecha que hoy pronostica el FMI para el fin de esta pesadilla–, hay otros problemas que no se van a resolver esperando que se arreglen solos sin más.

La España de las Autonomías es una fórmula agotada, incapaz de encajar ese país de “nacionalidades y regiones” del que habla la Constitución, un eufemismo con el que se quiso emboscar la realidad de un Estado plurinacional. La monarquía está tocada. No es solo por el talonmanista Urdangarin: también se ha roto el tabú sobre la figura del rey y hasta se habla de sus negocios y sus “amigas entrañables” en horario de máxima audiencia en televisión. El sistema bipartidista hace agua: nunca antes los dos grandes partidos han estado tan cuestionados ni ha sido tan baja su imagen en las encuestas. Solo un político recibe un suspenso mayor que el presidente del Gobierno peor valorado de la historia de la democracia: su supuesta alternativa, el líder de la oposición.

La corrupción dinamita la credibilidad de todas las instituciones, desde el Ejecutivo, hasta la Casa Real, hasta el Poder Judicial. Y los recortes, que imponen organismos por encima de nuestros ámbitos de soberanía –por encima del propio Parlamento–, están debilitando un Estado del bienestar español que aún estaba por terminar. La combinación de todos estos factores crea una enorme falla ciudadana; un divorcio que gestiona un Gobierno con una sólida mayoría absoluta en el Congreso, pero con un menguante apoyo social.

Sin duda estamos ante un cambio de régimen. Si esto fuese Francia, pasaríamos de la cuarta a la quinta República. Como esto es España, el resultado es más difícil de pronosticar. ¿Un estallido social violento? Parece improbable. Como argumenta Nicolás Sartorius, España es un país vacunado contra la violencia por los históricos fracasos de todos los intentos de lucha armada del pasado siglo: ETA, el maquis antifranquista o el terrorismo anarquista. ¿Un nuevo liderazgo político? No se vislumbra, aunque casi mejor que no aparezca si la solución es un Berlusconi español. ¿Una regeneración en los grandes partidos? Llegará, más tarde o más temprano, pero probablemente solo con eso no bastará.

De una manera u otra, la situación es tan insostenible que solo puede cambiar. Los años de la crisis van a ser el catalizador de un nuevo régimen, de un nuevo acuerdo social. Al igual que el periodo 1979-1982 configuró unas estructuras políticas, económicas, mediáticas y culturales que han sido hegemónicas durante las siguientes tres décadas, la actual gran recesión española acabará transformando el país, aún no sabemos si por reforma o por ruptura.

La única certeza del nuevo régimen es una palabra: democracia. Nadie pide otra cosa. Otra democracia mejor, más transparente, más avanzada, más participativa y más limpia. Las encuestas demuestran (ver infografía en página 70) que el apoyo a la democracia ha crecido en estos 35 años. Sin embargo, la palabra democracia no significa lo mismo para toda la sociedad. No todos la ven igual. Los estudios del CIS demuestran que para las personas de mayor edad, democracia equivale a prosperidad económica. Ligan el concepto a lo material, y están dispuestos a aceptar cierto nivel de corrupción o de injusticia si a cambio se garantiza el bienestar. Es la democracia del régimen de la Transición. Sin embargo, para los jóvenes, democracia es algo relacionado con los valores: con la participación, con el respeto, con ser escuchados, con la justicia, con la honestidad… Es algo sentimental, tal vez utópico. Pero si algo demuestra la historia es que los jóvenes, a la larga, siempre tienen todas las cartas para ganar.

Escolar.net

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Desencanto en España

¿Conoce a alguien que no esté cabreado?

Por Arturo González

Es curioso: el país cabreado al completo y todo el mundo traga:

Los médicos y todo el personal sanitario, porque los privatizan o despiden.

Los jueces, porque las leyes que se ven obligados a aplicar son un disparate.

Los que no creen en la justicia.

Los funcionarios, sin paga, sueldos mermados, y moscosos eliminados.

Los trabajadores privados, abocados a EREs masivos.

Los medios de comunicación, casi todos en la ruina.

Los clubs de fútbol, desmadres y sorteando el concurso de acreedores.

Las mujeres, que no pueden abortar.

Los inmigrantes, retornando desencantados y vencidos.

Los sin papeles, con atención médica disminuida.

Los jóvenes, emigrantes, como en aquellos tiempos sus padres o abuelos, aunque ahora sea sin maleta de madera.

Los militares, preocupados con Catalunya.

Los catalanes, divididos.

Los maestros, humillados, desautorizados, sin que ya queden interinos.

El 66% que tenía coche oficial, con humor de perros porque se lo han quitado.

Los sindicatos, porque nadie se afilia ni les hace caso.

Los políticos, perdida su credibilidad.

El Rey, vaya usted a saber cómo está el Rey de cabreado.

El Príncipe, hablando del Compromiso de Caspe.

La alcaldesa Botella, porque le chafaron el puente.

Los farmacéuticos, porque no les abonan las facturas.

Montoro, porque no recauda.

Rouco, porque los homosexuales han ganado.

Los banqueros, porque ganan un poquitín menos.

Cinco millones setecientos mil españoles, porque no tienen trabajo (y es dudoso que vayan a tenerlo).

Dos millones, porque no reciben ninguna prestación.

Los despedidos, porque perciben una miseria con la nueva ley laboral.

Los solicitantes de trabajo, porque para diez plazas se presentan diez mil candidatos y ya no saben dónde presentar su currículum.

El 25% de la población, en la pobreza.

El pequeño comercio, porque no se defienden con lo que venden ni pueden tener un empleado.

Los chinos, porque ya desconfiamos de ellos.

Los artistas, por los recortes bestiales.

Las amas de casa, porque ya no saben cómo estirar el presupuesto.

47 millones de españoles, por el gasto militar.

47 millones de españoles, por la tremenda subida del IVA.

Las agencias de viaje, sin apenas viajes.

Los pensionistas, juguetes rotos y objeto de disputas.

Las prostitutas, porque las multan y detienen.

Los clientes de las prostitutas, porque los multan y detienen.

Los antidisturbios, porque cobran poco para lo que arrean.

Los ministros (salvo Wert), porque los ciudadanos no les quieren.

Los ahorradores, porque están en vías de perderlo todo.

Los que tenían acciones preferentes.

Los muy ricos, porque es difícil elegir un paraíso fiscal sin peligro.

Urdangarin, porque él no ha hecho nada.

Los autónomos, porque escasea el trabajo.

Los diez millones que han votado el PP, porque las cosas no son como ellos esperaban ni lo ven claro.

Los que han votado al PSOE, porque ven clarísimo su desastre y porvenir.

Los marxistas, los ácratas y abstencionistas, porque no cristalizan sus ideas.

Miles de niños, porque tienen que llevar su comida al colegio en un tupper.

ETA, porque no puede matar.

Las víctimas del terrorismo y sus familiares, porque les tratan injustamente.

Los universitarios, porque les han quitado la becas.

Los enfermos dependientes en mala situación económica, porque les han suprimido o reducido al mínimo la ayuda.

Telefónica, porque ha perdido 253.000 líneas.

Los mendigos, porque ya nadie da limosna.

Los padres, porque sus niños no apuntan maneras de futbolistas.

Los miles de huelguistas sectoriales.

Los asistentes a las 2.500 manifestaciones que según Cifuentes ha habido este año en Madrid.

Los desahuciados o en ciernes.

Los que no tienen vivienda, a pesar de lo que dice la Constitución.

Ustedes. Yo.

Todos saben que no es pasajero.

¿Puede vivir cabreado un país? Hay el cabreo manifiesto y el cabreo sordo y resignado. Hasta ahora hay más cabreados sordos y pasotas que manifiestos. Pero…¿alguien se atreve a predecir el futuro?

Puntadas sin hilo‘, en PÚBLICO

¿Lo más triste? Que hoy una mujer se ha arrojado al vacío cuando la iban a desalojar de su casa; la segunda muerte relacionada con una ejecución hipotecaria en las últimas tres semanas.

Algo debemos estar haciendo mal.

Por © Iñigo Ortiz de Guzmán

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Hombre de Estado

“A pesar de las vanas teorías neocapitalistas, el Estado es cada vez menos el de todos y cada vez más el de unos pocos”

“El capitalismo puede llegar a destruir a la especie humana”

SANTIAGO CARRILLO (1915-2012)

“Yo no creo que el presidente Suárez sea un amigo de los comunistas. Le considero más bien un anticomunista, pero un anticomunista inteligente que ha comprendido que las ideas no se destruyen con represión e ilegalizaciones. Y que está dispuesto a enfrentar a las nuestras, las suyas” 

Sus declaraciones tras la legalización del Partido Comunista por el Gobierno de Suárez el 9 de abril de 1977, pasaron directamente a la historia.

En pie, en el 23-F Junto a Suárez y Gutiérrez Mellado, fue uno de los tres que no se tiraron al suelo o agacharon la cabeza cuando Tejero entró en el Congreso de los Diputados en 1981.

Audio: “No hay convivencia sin pacto y no hay pacto sin cesión” (Por Iñaki Gabilondo)

Declaración sobre Carrillo, y sobre el Rey y su “quimera”.

© Iñigo Ortiz de Guzmán

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¿Pero qué mentira es esta?

Ahora lo llaman racionalización.

Llamen como lo llamen. El caso es que se puede nombrar de muchas maneras: reducción, supresión, recorte, reforma, bajada/subida, austeridad,… Es lo que se podría empezar a conocer como el Estado del Malestar. Sí, ese estado al que nos tendremos que acostumbrar a partir de hoy. En total, entre éste y el anterior recorte, 92.000 millones de euros de ahorro -en principio- que el Gobierno de España va a acometer en los próximos años. Es el resultado de las mayorías absolutas.

Las pensiones, el sistema funcionarial, las prestaciones por desempleo, los incentivos a los autónomos-al empresariado joven, las ayudas a la dependencia, la representatividad sindical o municipal (o sea, la voz de los ciudadanos), la asistencia sanitaria o el acceso a la educación pública y gratuita. Todo esto, y mucho más, se está yendo al garete. Todo por haber mirado de soslayo a las cuentas de un país que gastaba por encima de sus posibilidades. Una permisividad de gasto a ciertas Comunidades Autónomas inimaginable, por cierto.

Todo por no haber controlado esos gastos superfluos en abrir aeropuertos y más aeropuertos, en AVEs, en creación de mega-palacios de congresos, campos de golf, super-Vegas españolas, macro-cárceles… y sus correspondientes facturas de mantenimiento. Y poco en inversión cultural y en I+D también, por cierto.

Se están además trastocando las libertades y los derechos, claramente. Libertades y derechos que conseguimos en los 80, y adonde precisamente ahora parece que estamos abocados a volver. No ya a ese Estado del Bienestar de hace treinta años, sino al siglo XIX. Ya lo advirtieron los sindicatos y los economistas heterodoxos tras la última reforma laboral: hemos retrocedido más de un siglo en privilegios sociales, entregando todo el poder al patrón, dejando en sus manos la modificación de las condiciones laborales y desactivando la fuerza colectiva al devaluar los convenios. Si a ello le sumamos el creciente ejército del montante de seis millones de parados, que consigue el efecto de abaratar la mano de obra y obligar a los trabajadores a aceptar lo que les echen, el viaje al pasado es total.

Había otras propuestas de tijeretazo, como gravar grandes fortunas, recortar el dinero a la Iglesia o reducir más la asignación de la Casa Real. Pero Rajoy dice que no.

Mientras tanto, se lleva a cabo una amnistía fiscal a los defraudadores.

100.000 millones de inyección a la Banca nacional. Que nadie dice que no sea necesaria, pero no tenía que haber sido necesario si los políticos (de derechas, de centro, de izquierdas) hubiesen hecho su trabajo. ¿Dónde ha estado el Banco de España? ¿Y tantas Cajas politizadas? ¿Y tanta manga ancha en dar créditos para inflar aún más la burbuja inmobiliaria y las deudas de los ciudadanos? Ahora se habla de crear ‘Bancos malos‘. Lo dice Bruselas. Es el resultado de no cumplir bien los deberes precisamente por estar en la UE.

El modelo basado en el crédito ahora no tiene cómo volver a crecer y crear empleo. Demasiado poco control para que unos hincharan sus arcas y otros tantos se vean abocados a pagar viviendas que ya no tienen. Es el resultado de la vanidad típica de esta cultura latina. De poseer, de tener, de querer más y más.

Y, para más inri, sube el IVA. Ya en el BOE, se aplicará de facto a partir de septiembre. Lo que significará una pérdida del poder adquisitivo y del consumo, se quiera admitir o no. Una medida ya de por sí injusta. Un impuesto que será uno de los mayores mayores en Europa, sólo por detrás de Grecia, Portugal, Irlanda y los tres estados nórdicos (Dinamarca, Suecia y Finlandia). Se estima que supondrá de media un aumento de gasto de unos 500€ por familia al año. O sea que estaremos igual o peor como hasta ahora, eso seguro.

Una subida que cuando lo llevó acabo el anterior Ejecutivo se criticó desde las filas populares.

Improvisación permanente, ocultación de la letra pequeña. Todo ello acompaña al plan de estabilización más fuerte de la historia contemporánea.

Todo me recuerda a aquella frase de Sara Montiel, hace ahora diez años, cuando negaba que se había casado, con ese”¿Pero qué pasa? ¿Pero qué invento es esto?“.

Por © Iñigo Ortiz de Guzmán

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Maneras de ser

Rompecabezas

Por Arturo González

17 Comunidades Autónomas desavenidas. Y dos ciudades autónomas, que siempre se olvidan.
Políticos desacreditados.
Justicia injusta y masivamente desprestigiada. Separación de poderes en entredicho. Y sin embargo los jueces son independientes en sus sentencias. Los jueces no hacen las leyes; las aplican. Se ignora que el Presidente del Consejo General del Poder Judicial, por muchas tropelías que pueda cometer en su cargo, no pone sentencias.
Parlamento sumiso a lo que diga el Gobierno. A diferencia de las grandes democracias. Un partido con tal mayoría absoluta que hace estéril cualquier debate. ¿Rajoy se ha vuelto loco con su movimiento perpetuo de reformas sin control?
Un partido principal de oposición traidor a sus principios y con un líder que es el más derrotado y con menos apoyo popular de la democracia.
Izquierda indefinida y disgregada.
Monarquía no ejecutiva pero puesta en cuestión.
Las nuevas generaciones, y parte de la anterior, rechazan la Constitución.
Presunción de corrupción generalizada. ‘Largo viaje al infinito’.
Injerencia y gran fuerza de la Iglesia Católica.
Más de 1.000 ejecutivos bancarios y cargos institucionales se han enriquecido de manera ignominiosa.
Los banqueros, un atraco diario contra los ciudadanos.
Medios de comunicación manipuladores y manipulados y comprados.
Nepotismo.
Herencias infinitas.
Independentistas vigilantes y mercaderes.
Movimiento 15-M, voluntarioso, una incógnita en ebullición, no respaldado mayoritariamente por la sociedad.
Fundaciones y Asociaciones y hasta ONG sospechosas.
Fabricantes y vendedores de armas.
País de camareros y albañiles, dignísimas profesiones, pero insuficientes para remontar.
País del ‘y tú más’. Los culpables son siempre los otros. El caso es que haya un culpable. Ciudadanos perfectos. Nadie admite la crítica.
Amante de la crueldad contra los animales.
Tradicionalista hasta el tuétano.
Fanatismo rampante.
Un país que dice que no existe la extrema derecha.
Cinco horas diarias frente al televisor.
El fútbol como bien cultural.
Hemos pasado del vivir por encima de nuestras posibilidades a vivir por encima de nuestras imposibilidades.
Fraude fiscal masivo. El que no defrauda es porque no puede.
Nos compramos un apartamentito en la playa por 30 y al rato nos daban 45 y ahora no nos dan ni 10.
Lo importante es mandar, no servir, ni para el cargo ni al pueblo.
Falsamente solidario.

¿Se puede cuadrar este puzle?

Ilustración- Iker Ayestarán

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