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Carmena sin paliativos

manuela carmena

Desayuno en Zahara 

Por Manuel Jabois

Inglaterra, siglo XIX. Una dama entra a vivir en una casa y allí la recibe la sirvienta. La dama da por hecho que la sirvienta se hará su propia comida; la sirvienta piensa que su obligación es alimentarse de los restos que deje la señora. Por eso el primer día, exageradamente, le sirve para desayunar cinco lonchas de tocino. Pero otra convención de sociedad se interpone entre ellas: la dama ha sido educada en la tradición de que nada puede quedar en el plato. Con los días la sirvienta pasa a ponerle siete lonchas, y luego nueve. Cada vez más agotada, pero digna, la señora ventila todo. “No me atrevo a suponer cómo acabó aquello”, escribe Chesterton, familiar de la dama, “pero lo lógico es que la sirvienta hubiera muerto de hambre y la señora hubiera reventado”. Aquella tragedia habría sido la consecuencia del “educado silencio de las dos clases sociales”. Cada una se comportaba como creía que debía comportarse, aunque fuese derecha a la muerte.

Pocas anécdotas ilustran mejor la ausencia de clase media. Sin embargo, en la época de la que hablaba Chesterton sí existía esa clase: era auténtica, además, porque era “realmente una clase y realmente estaba en medio”. Una clase tan orgullosa de sus conquistas culturales que la distancia respecto a la clase inferior era la pronunciación y la ortografía: “Había un mundo en el que era tan impensable deshacerse de un sonido como hacerse con un título nobiliario”. Dice Chesterton que ese universo acabó degradándose no sé si realmente o producto de la escritura: cuando miramos atrás, y éstas son las memorias de un autor, tendemos a cerrar paraísos.

En España sobrevive un franquismo sociológico muy tímido, salvo los desacomplejados habituales, que se activa con algunas cosas. Una de ellas es la conquista fantasmágorica que según ellos hizo el dictador: la clase media. Pareciera que en lugar de ganar la guerra ganaron la telefunken. Ahora que la crisis ha aumentado la desigualdad entre sirvienta y dama, se ha vuelto a poner de moda un prestigio social que tiene que ver poco con la clase media auténtica: el del acomodado que puede permitirse tener un coche peor y un sueldo peor para tener más razón, como si esa precariedad cool otorgara más credibilidad. A la corrupción y el derroche del PP se le ha respondido con una beatería que los nuevos se autoimponen bajándose los sueldos y presumiendo de bicicletas prestadas, como si comprar una pusiese bajo sospecha.

La foto que mejor define este estado de opinión es la de la alcaldesa de Madrid en Zahara de los Atunes (Cádiz). La imagen reúne los ingredientes de la facilidad con que se hace política hoy: un concejal del PP ha dicho que Carmena no puede irse de vacaciones hasta que pueda permitírselas el último madrileño. El sol y la playa predisponen a la hostilidad, como si fuesen lujos de árabes. La flor que lleva en la mano provoca el mismo impacto que si arrastrase el cadáver de un lince. Ni siquiera ha hecho falta que estuviese imputada como Rato para mover al escándalo, pues los imputados, como los gremlins, no pueden mojarse. Ahora también sabemos que no es recomendable que lo hagan los de izquierdas.

Y sin embargo Manuela Carmena, jueza de 71 años, medio siglo trabajando, se ha puesto a dar explicaciones de por qué ella no paga 4.000 euros en su semana de vacaciones. Como si en el hecho de poder pagarlos estuviese implícito un desaire social a los necesitados que defiende y una contradicción respecto a los corruptos que su partido denuncia.

Hace un siglo Chesterton hablaba así de la clase media perdida de su país: “Nunca se les ocurrió mantener con la aristocracia otras relaciones que no fueran de negocios. Había algo en ellos que desde entonces es muy raro encontrar en Inglaterra: estaban orgullosos de sí mismos”.

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En el límite entre el bien y el mal

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Este es Zapata

Por Nacho Vigalondo

La carrera política de Guillermo Zapata está en entredicho, probablemente para siempre, por culpa de un puñado de tweets que publicó hace años. Nadie pone en duda lo desagradables que son, y a partir de ahí quizás nos deberíamos preguntar cómo es que tamañas ofensas pasaron desapercibidas en su momento, y cómo su autor ha podido permanecer impune durante tanto tiempo.

Es fácil adivinar la respuesta. Las salidas de tono de Zapata no tuvieron ningún eco en su momento porque fueron publicadas ante un público reducido que, conociendo del sobra al autor, por su faceta activista y como escritor brillante con unos temas y estilo muy reconocibles, jamás se las hubiese tomado en serio, ni les hubiese proporcionado el doloroso eco que tienen ahora. Ha hecho falta que Zapata fuese nombrado concejal en Madrid en un partido que hace nada ni siquiera existía para que estas frases acabasen teniendo alguna repercusión. Poca broma.

Casos como el de Guillermo Zapata, similar al que yo mismo protagonicé en el 2011, siguen sonando a moda pasajera, cuando quizás deberíamos asimilar que han llegado para quedarse. Porque, aunque de aquí a unos meses muchos se lo pensarán dos veces antes de escribir bromas potencialmente dolorosas, el uso de las redes sociales como medio de comunicación inmediato, visceral y a veces muy, muy irreflexivo no ha frenado. De hecho está definiendo la vida de las nuevas generaciones hasta un límite que nosotros, por falta de distancia, somos incapaces de adivinar. Los que descubrimos Internet después de nuestra pubertad, a los que el fenómeno youtuber nos viene grande, somos como la primera generación que experimentó el tabaco sin conocer su relación con el cáncer de pulmón. Vamos identificando los problemas a medida que los padecemos, pero todavía no le hemos puesto nombre a los síndromes. De repente contamos con un número creciente de escándalos, imprudencias, agresiones, acosos y linchamientos y no parecemos aprender nada nuevo de un año para otro.

Ante este futuro incierto, pero con toda seguridad problemático, la respuesta podría ser un sistema de reglas estrictas que todos tuviésemos que acatar desde niños, una vigilancia que se proyectase sobre todas nuestras actualizaciones y estados de ánimo. Pero, siendo optimista, quiero pensar que la solución pasará por un proceso educativo que nos dé herramientas para defendernos, pero también nos ayude a traducir y entender la expresión del otro. Que aprendamos a ser críticos sin ser sádicos. Que sepamos cuestionar sin agredir, denunciar sin linchar. Que tengamos una visión lo suficientemente y firme del antisemitismo, de la homofobia, del machismo, del racismo y demás motores del odio como para condenarlos de manera incondicional pero, a la vez, sin consentir que se utilicen como moneda de cambio en maniobras oportunistas, por muy próximas que estén a nuestra agenda política. Que ser de izquierdas o de derechas no te vuelva ciego o hipersensible en función de quién y cómo ha patinado. Que, sobre todo, redescubramos la posibilidad de disculparnos y perdonar, dos comportamientos que nos inculcan de niños, pero que se convierten en objeto de indiferencia, desprecio o burla en las columnas y titulares que leemos de adultos.

Si alguien siente un interés real por cómo es y piensa Guillermo Zapata tiene una montaña de declaraciones y artículos que desgranan su visión sobre el bien común, el civismo y la posibilidad de la empatía a día de hoy. Recomiendo, por ejemplo, su hermosa lectura de la película Balada triste de trompeta o el entusiasmo con el que desgrana Freakangels, un bello tebeo británico en el que los superhéroes no se dedican a pelear entre sí, sino a recomponer un tejido social moribundo.

Sólo hace falta una conexión a Internet, unos cuantos minutos y un mínimo de curiosidad (o compasión).

+ info Carmena entra al trapo

carmela espe poder

Vídeo‘Desde el primer segundo’ La Voz de Iñaki Gabilondo

Artículo– “Los condenados a muerte por Franco se lo merecían”, afirma un alcalde de Lugo

IlustraciónManel Fontdevila & Bernardo Vergara

 

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Caza de brujas

pp eta

Si no votas al PP, votas a ETA

Por Ignacio Escolar

Manuela Carmena fue una de las fundadoras del despacho de abogados laboralistas que sufrió la matanza de Atocha, es premio nacional de Derechos Humanos y cofundadora de Jueces para la Democracia; fue magistrada del Tribunal Supremo, jueza decana de Madrid y relatora de la ONU, entre otras muchas cosas. Cuando se jubiló, abrió una tienda social de ropa para niños hecha por reclusas en reinserción. Pero cuando la presentan en el debate de Telemadrid, la parte más importante de su currículum es que fue jueza y asesoró al Gobierno Vasco.

Se entiende mejor el detalle biográfico vasco que recupera la ‘imparcial’ moderadora cuando al minuto Esperanza Aguirre acusa a Carmena de llevar “abertzales en sus listas”, de preocuparse por “el sufrimiento de los etarras”, de haber excarcelado a terroristas y, por supuesto, de “despreciar a las víctimas”. Jugada en equipo: la moderadora pasa y Aguirre chuta. TeleEspe funciona así.

 La estrategia de Esperanza Aguirre en ese aberrante formato de debate electoral que ella misma impuso en Telemadrid ha sido bastante clara: embarrar aún más campo, a ver si así consigue manchar la imagen de Manuela Carmena, su principal rival en estas elecciones, y que aparece como la candidata mejor valorada en las encuestas.

Esperanza Aguirre estuvo maleducada, impertinente, hipócrita y exasperante en el debate electoral. Acusó a Carmena de estar en sintonía de ETA; ese es todo su programa –que a cinco días de las elecciones sigue sin presentar–: si no votas al PP, votas a ETA. La lideresa siguió la ola de una portada de El Mundo tan indigna que hasta el nuevo director del periódico –que aún no ha tomado posesión– se desvinculó de tan rastrera acusación.

Relacionar con ETA a todo aquel que no sea del PP no es una estrategia nueva de la derecha, aunque ahora ese espantajo se use contra Podemos y Ahora Madrid; antes ya lo hicieron contra “zETAp” y esa “traición a los muertos” que indignamente acusó Rajoy. Utilizar el terrorismo de forma tan sucia e inmoral, banalizar sobre ETA de esta manera, sí es un insulto a las víctimas; una verdadera traición.

Lo escribí hace dos años en un artículo que, por desgracia, sigue vigente. Tú eres ETA. Yo soy ETA. Nosotros somos ETA y cualquiera que proteste es siempre ETA. Solo ellos no son ETA. En esencia, los españoles nos dividimos en dos grupos: los “ciudadanos de bien” (marca registrada) y el resto, los etarras.

Solo hay algo más lamentable que este populismo de brocha gorda de Esperanza Aguirre. Que este domingo le pueda funcionar.

manuela esperanza

Vídeo– a partir de 1:48:00 TELEMADRID

Viñeta- por Bernardo Vergara

+Info- Artículo de Ernesto Ekaizer

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