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Política bajo mínimos

mundo justo

Otra democracia

Por Ignacio Escolar

“¿Tú sabes cómo hizo Adolfo Suárez para lograr que las Cortes franquistas votasen su disolución?” La anécdota me la cuenta un veterano periodista. Dice que se la explicó el propio Suárez, en una cena privada, años atrás. “Se puso de acuerdo con varias embajadas, con la de Estados Unidos, la de Reino Unido, la de Israel… Les pasó una lista de los procuradores en Cortes más difíciles de convencer, los más duros, los que podían arrastrar al resto. Los embajadores les fueron invitando a viajes con su familia en el extranjero para conseguir que ninguno de ellos estuviese en el Parlamento el día en que Suárez planeaba convocar la votación. Lo consiguió. Casi todos picaron y se fueron de viaje. La ley para la reforma política salió adelante por mayoría, pero hubo unos cuantos procuradores que no llegaron a votar”.

La anécdota probablemente sea buena. No la he podido comprobar, pero es verdad que hubo un importante número de procuradores franquistas que no estaba en las Cortes aquel día; solo votó el 77%, según el boletín de las Cortes. Sea cierta esta historia, sea una exageración de Suárez o del periodista que me la contó, define a la perfección el mito de la Transición (sin pecado concebida): cómo España logró, contra pronóstico y por una suerte de batallitas, hazañas y heroicidades, pasar de la dictadura a la democracia por consenso y sin violencia.

El mito fundacional es falso por dos razones: porque hubo violencia, y mucha: más de 700 muertos, como recuerda en esta misma revista Ignacio Sánchez-Cuenca. Y porque lo verdaderamente inusual habría sido que España hubiese continuado siendo por mucho más tiempo una dictadura, la única de su tiempo en toda Europa occidental. ¿De verdad el rey Juan Carlos y el resto de los protagonistas de la transición tenían otra opción que transformar ese régimen caduco y anacrónico en una democracia europea más o menos como las demás? ¿Realmente había otra alternativa para las élites españolas cuando incluso Portugal había llegado a la democracia, en condiciones mucho más difíciles y con una economía menos desarrollada? ¿En serio hay que agradecer al rey que no se sumase al golpe de Estado del 23-F que, con sus desprecios a Suárez, había contribuido a engordar? ¿Es el modelo político, económico y cultural que parió aquella Transición el fin de la historia? ¿No hay nada más? ¿Acaso la Constitución bajó en unas tablas del monte Sinaí y es un texto sagrado que solo se puede tocar cuando lo ordena el BCE?

Aquel sistema democrático que nació de la Transición ha sido un éxito para España. Pese a sus muchos defectos, pese a la crisis actual, las tres décadas que vinieron después son, de largo, el periodo más próspero de nuestra historia. España no es lo que era, en la mayor parte de los casos para mejor. Incluso si nos comparamos con la terrible situación actual, en estos 35 años se ha avanzado en igualdad, en renta media, en acceso a la educación, en prosperidad… Pero el modelo sin duda está marchito y no es solo culpa de la depresión económica y ese abismo del paro en el que nos encontramos tras la resaca de la burbuja del ladrillo. Aunque la economía se recupere –si es que tal milagro se produce antes de 2018, que es la fecha que hoy pronostica el FMI para el fin de esta pesadilla–, hay otros problemas que no se van a resolver esperando que se arreglen solos sin más.

La España de las Autonomías es una fórmula agotada, incapaz de encajar ese país de “nacionalidades y regiones” del que habla la Constitución, un eufemismo con el que se quiso emboscar la realidad de un Estado plurinacional. La monarquía está tocada. No es solo por el talonmanista Urdangarin: también se ha roto el tabú sobre la figura del rey y hasta se habla de sus negocios y sus “amigas entrañables” en horario de máxima audiencia en televisión. El sistema bipartidista hace agua: nunca antes los dos grandes partidos han estado tan cuestionados ni ha sido tan baja su imagen en las encuestas. Solo un político recibe un suspenso mayor que el presidente del Gobierno peor valorado de la historia de la democracia: su supuesta alternativa, el líder de la oposición.

La corrupción dinamita la credibilidad de todas las instituciones, desde el Ejecutivo, hasta la Casa Real, hasta el Poder Judicial. Y los recortes, que imponen organismos por encima de nuestros ámbitos de soberanía –por encima del propio Parlamento–, están debilitando un Estado del bienestar español que aún estaba por terminar. La combinación de todos estos factores crea una enorme falla ciudadana; un divorcio que gestiona un Gobierno con una sólida mayoría absoluta en el Congreso, pero con un menguante apoyo social.

Sin duda estamos ante un cambio de régimen. Si esto fuese Francia, pasaríamos de la cuarta a la quinta República. Como esto es España, el resultado es más difícil de pronosticar. ¿Un estallido social violento? Parece improbable. Como argumenta Nicolás Sartorius, España es un país vacunado contra la violencia por los históricos fracasos de todos los intentos de lucha armada del pasado siglo: ETA, el maquis antifranquista o el terrorismo anarquista. ¿Un nuevo liderazgo político? No se vislumbra, aunque casi mejor que no aparezca si la solución es un Berlusconi español. ¿Una regeneración en los grandes partidos? Llegará, más tarde o más temprano, pero probablemente solo con eso no bastará.

De una manera u otra, la situación es tan insostenible que solo puede cambiar. Los años de la crisis van a ser el catalizador de un nuevo régimen, de un nuevo acuerdo social. Al igual que el periodo 1979-1982 configuró unas estructuras políticas, económicas, mediáticas y culturales que han sido hegemónicas durante las siguientes tres décadas, la actual gran recesión española acabará transformando el país, aún no sabemos si por reforma o por ruptura.

La única certeza del nuevo régimen es una palabra: democracia. Nadie pide otra cosa. Otra democracia mejor, más transparente, más avanzada, más participativa y más limpia. Las encuestas demuestran (ver infografía en página 70) que el apoyo a la democracia ha crecido en estos 35 años. Sin embargo, la palabra democracia no significa lo mismo para toda la sociedad. No todos la ven igual. Los estudios del CIS demuestran que para las personas de mayor edad, democracia equivale a prosperidad económica. Ligan el concepto a lo material, y están dispuestos a aceptar cierto nivel de corrupción o de injusticia si a cambio se garantiza el bienestar. Es la democracia del régimen de la Transición. Sin embargo, para los jóvenes, democracia es algo relacionado con los valores: con la participación, con el respeto, con ser escuchados, con la justicia, con la honestidad… Es algo sentimental, tal vez utópico. Pero si algo demuestra la historia es que los jóvenes, a la larga, siempre tienen todas las cartas para ganar.

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Bombas de relojería

Ocho cosas que no hay que olvidar

Por Eduard Punset

Lo peor que le puede ocurrir a los españoles en este mes de agosto es creerse que les viene un mal año encima. Es paradójico que el conocimiento más sencillo indique a las claras que «se acabó lo que se daba» y que no hay más remedio que volver a empezar, esta vez en serio; y que podemos hacerlo perfectamente si no nos empeñamos en decir que la culpa es de los alemanes. Tal vez por ello valga la pena recordar las ocho cosas que no debiéramos haber olvidado nunca.

Primera. Aunque pocos se acuerden, hubo una cosa llamada «el milagro español», que, obviamente, muchos creían que se había instalado para siempre. Ni aquello podía durar toda la vida, como creían muchos políticos y un gran número de ciudadanos, ni la crisis de ahora va a durar eternamente. El milagro español empezó a mediados de los años 60 con los primeros turistas; el famoso boom inmobiliario lo mantuvo hasta 2007.

Segunda. La demanda de pisos fue la mayor registrada por ningún país industrializado, de tal manera que el sector público y, sobre todo, el sector privado no pararon de aceptar préstamos del extranjero hasta situarse en el segundo puesto de países más endeudados del mundo. Solo nos ganaba en deuda con el extranjero Estados Unidos, con la gran diferencia de que el dólar seguía siendo una moneda que cualquiera quería aceptar como reserva y que el endeudamiento en porcentaje del producto no representaba ni de lejos el estrafalario porcentaje de España.

Tercera. Poco a poco fuimos aceptando que con el euro habíamos empezado la casa por el tejado, constituyendo la unión monetaria antes de la unión económica; de manera que cada uno podía ir a su bola y anular el invento si no se imponían medidas de precaución.

Cuarta. Habrá habido quien haya recordado el pasado nazi de los alemanes y su responsabilidad en las dos guerras mundiales, olvidándose de que España estuvo al lado de los supuestamente culpables y por mucho más tiempo.

Quinta. El Gobierno alemán, gracias a su influencia en Bruselas y en el Banco Central Europeo, ha sabido recordar a los políticos españoles que había llegado el momento de la verdad. Que era imposible volver a empezar a pedir prestado sin apenas condiciones y sin iniciar en serio las reformas necesarias para salir del atolladero.

Sexta. Que la negociación con la Unión Europea no es una negociación similar a la que tiene un estado autonómico con su Gobierno central. Ni el Gobierno de Cataluña ni el Gobierno andaluz pueden comportarse como niños malcriados alegando que, pase lo que pase, ellos tienen sus propias prioridades que pasan por encima de todo el resto. La Unión Europea es la suma de varios Estados que en su conjunto tienen un peso específico y un proyecto de futuro bastante más serio que el nuestro.

Séptima. El Fondo Monetario Internacional ha comprobado el sistema elemental para medir la situación económica y financiera de un país. Mi experiencia de economista del Fondo Monetario Internacional –en la que cada dos meses estaba de analista de lo que le pasaba a un país del universo– es que muy a menudo los economistas y políticos instalados en el país observado no sabían o no querían aprender lo que les pasaba. Y sin embargo, bastaba con conciliar las cuatro tablas de la balanza de pagos, del sistema bancario, del acumulado fiscal y de la evolución del producto para saberlo.

Octava. Si en lugar de insultarse, este país decidiera sacar pecho no para arremeter contra los demás, sino para poner en marcha procesos tan serios como los que fue capaz de llevar a cabo en el pasado –salir de la dictadura a la democracia e iniciar el proceso de apertura al exterior–, los españoles podrían pasar un buen año.

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Vivir por encima de…

Solo hay dos futuros para Europa y cualquiera de los dos llegará pronto.

O Alemania quita el freno de mano y permite una verdadera unión económica que garantice la solvencia de los países miembros y de sus sistemas financieros; o el euro se rompe, vuelven la peseta, el dracma, la lira y el marco, con unas consecuencias durísimas para todos, también para el estado germano.

Hace falta que los países del sur cumplan con sus cuentas públicas, pero también una Europa solidaria con un Tesoro común que proteja al euro: el que circula en Berlín y el que guardan en el colchón los aterrados atenienses. No queda ya ni mucho tiempo ni muchas más salidas. Si Alemania no permite otras políticas, tras el fracaso del rescate parcial a España viene el rescate completo.

Y tras España, la siguiente en caer es Italia.

Un dosier para Merkel y Lagarde

Por Elvira Lindo

Hace tres años escribí en esta misma columna en la que estoy sentada (si me pusiera en pie, daría un mitin) que antes de la crisis yo tiraba las páginas ocres de los suplementos de economía a la papelera. Despeluchaba el periódico como se despelucha un pollo antes de llegar a casa. Exageraba, como pueden imaginar, pero detrás de cada exageración se atisba la verdad, y lo cierto es que las páginas de economía me daban pereza. O perezón, que describe mejor la galbana dominguera. Llegó la crisis, y una se sentó, como se sentaron muchos de ustedes, pertrechada con las gafas de ver (como antes se decía) para ilustrarme sobre lo que nos estaba pasando y sobre lo que nos quedaba por pasar. En un principio me sentí motivada, por aquello de que la dichosa manía de racionalizarlo todo conduce a pensar que la información es el primer paso para el hallazgo de soluciones, pero una vez que los analistas nos han dejado claro que los economistas llevan camino de encabezar el ranking de diagnósticos garrafales y predicciones incumplidas, y una vez que se nos ha contado que algunos de ellos, muy notables, han sido cómplices de la situación en la que nos encontramos aliándose con la perversión financiera, ya no leo las páginas ocres con el ansia de encontrar información que incluya un halo de esperanza; todo lo contrario, lo que siento yo, lo que usted siente, es zozobra y temor. Incluso los artículos del laureado

Krugman me han empezado a dar susto: aun estando de acuerdo con él en lo esencial, que las sociedades ahogadas por las deudas no tienen posibilidad de recuperación, me espanta cada vez que le leo la palabra corralito, y pienso que, sabiendo como él sabe que esta puñetera economía se basa en la confianza y en la especulación, amenazar con corralitos es añadir tres barrotes a la valla en la que podríamos vernos acorralados. Un amigo economista me decía el otro día que los premios Nobel son muy peligrosos, por cuanto provocan demasiada fe en los lectores. Digo yo que entre el catastrofismo de Krugman y el optimismo insensato que mostró Rajoy cuando le concedieron el ya denostado préstamo tiene que haber un clavo ardiendo al que agarrarse.

En los últimos tiempos procuro centrarme en la sección de Sociedad. Al menos me informa de cómo afecta a los seres humanos la puñetera economía. Inmigrantes que han de regresar a su país de origen porque pierden el trabajo, desahucios, comedores de Cáritas, niños que sufren el paro de sus padres, familias que viven de la pensión de los abuelos, abuelos que tienen que abandonar la residencia y volver a casa, jóvenes que regresan a la casa paterna, trabajadores interinos de hospitales que se quedan sin trabajo a los cincuenta años, profesores interinos que han de abandonar una escuela pública que ve aumentar su ratio de alumnado por clase. Todo eso a diario. Para entender esa realidad no hace falta tener formación de economista ni trabajar en un organismo europeo. “Esto es simple, querida, como un globo de luz del hotel en que vives”, como decía el poeta González Tuñón. Deberían guardarse convenientemente todas esas historias y archivarlas en una carpeta, clasificadas por países, según el orden de intervención: Portugal, Irlanda, Grecia, Italia, España. Los países castigados. Y una vez que estuvieran recogidas esas penurias individuales que expresan tanto de las consecuencias de este puñetero martirio económico, le mandaría el dosier a personas como Christine Lagarde, directora del FMI, que debe de observar desde muy lejos el desamparo en el que se encuentran muchas familias europeas del sur como para atreverse a decir que hemos de reservar la piedad para los niños africanos. O a Angela Merkel, en la que no conviene personalizar la decisión de este castigo, puesto que ella obedece a una ideología concreta, o a una idea respaldada por muchos: los países mediterráneos solo aprendemos la letra cuando nos la inculcan con sangre.

Son muchas las ocasiones en las que he escrito sobre el despilfarro español. Tantas como para que no se me pueda acusar de defender ahora lo que sin duda fue un disparate económico. Basta con salir al extranjero, pisar un aeropuerto de una ciudad europea y compararlo con la T-4 para percibir cómo el gasto en España ha sido irritante. También he defendido que la austeridad debe llegarnos a todos y que debemos enseñar a nuestros hijos de una vez por todas que los derechos no existen sin deberes. Hay que aprender a vivir de otra manera, sabiendo lo que cuesta un curso en la universidad o una visita al médico. Pero eso no tiene nada que ver con que nos vayan encogiendo la sanidad pública o empeorando el sistema educativo. Porque somos también muchos los ciudadanos que hemos trabajado duro, pagado nuestros impuestos e inculcado a nuestros hijos que nadie les debe nada y que la democracia es un ejercicio recíproco de generosidad. Hacer que una parturienta griega no tenga comadrona o que un español de casi sesenta años pierda un trabajo que es a su vez necesario en la sanidad española es hacer pagar a justos por pecadores. Cada vez que nos rebajan el sueldo sentimos como que estamos pagando la factura de esa irresponsable clase política que dilapidó el dinero de nuestros impuestos.

¡Encima!

Artículo de opinión publicado en EL PAIS (24 Junio)

Ilustración- Iker Ayestaran

Por © Iñigo Ortiz de Guzman

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‘Bailout’

Pregunta un periodista: “Si según usted la sociedad no va a sufrir, ¿por qué no se ha pedido antes el rescate?”.

Responde De Guindos: “A usted no le tocaba preguntar ahora”.

Desde que la crisis se inició en 2007, la población española ha estado sometida a toda una serie de políticas públicas que han significado un gran recorte de sus derechos laborales y sociales, que han afectado de una manera muy notable al bienestar social y a la calidad de vida de las clases populares.

Hemos visto durante estos años de crisis la congelación y pérdida de la capacidad adquisitiva de las pensiones, el retraso de la edad de jubilación, la reducción del gasto público en las transferencias y servicios del Estado del bienestar (con recortes muy acentuados de la sanidad pública, de la educación pública, de los fondos y servicios a las personas con dependencia, de las escuelas de infancia, de los fondos para la prevención de la pobreza y de la exclusión social, de los servicios sociales, de las viviendas sociales, del nivel de cobertura de los seguros de desempleo y de las ayudas a la integración de los inmigrantes).

Pues bien, hoy día sabemos a ciencia cierta que todas estas intervenciones han empobrecido todavía más al conjunto de la clases trabajadoras.

Tanto el gobierno de Zapatero primero y ahora el de Rajoy han insistido constantemente en realizar esos recortes por encima de todo por el miedo a que no pudiéramos recuperar la famosa confianza de los mercados financieros y entonces fuésemos intervenidos por la llamada Troika: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Pero ahora resulta que a pesar de que se han llevado a cabo todos esos recortes, a pesar de que se han ejecutado una tras otra las imposiciones de los mercados, expresadas a cada momento muy claramente por esa Troika, España ha sido intervenida por esas tres instituciones.

Digan lo que digan, lo cierto es que todos estos enormes sacrificios y recortes han sido en balde y cuando se ha producido su fracaso estrepitoso en forma de rescate o, lo que es lo mismo, bailout en inglés.

En contra de lo que se está diciendo, el rescate aumentará la deuda pública, pues el Estado –el receptor de la supuesta ayuda- tendrá que pagar por las pérdidas de las bancas fallidas en el rescate y asumir sus intereses y el principal.

La deuda inmobiliaria con los bancos no es menor de 400.000 millones de euros, así que 100.000 millones (el techo más alto del rescate) serán insuficiente incluso en los escenarios más optimistas de su recuperación.

Hay que decirlo claramente: el rescate constituye un auténtico golpe de Estado bajo la apariencia de ayuda a la banca. A partir de ahora, el gobierno Rajoy hará lo que digan la Troika y el gobierno alemán. El federalismo de Merkel (“queremos más Europa… y los Estados tendrán que ceder soberanía”) es una manera amable de definir una relación colonial en la que a España le toca ahora ser la colonia.

Guste o no.

Según Vicenç Navarro (catedrático de Políticas Públicas) la razón de que haya sido justamente ahora cuando se ha producido el rescate es otra, y como siempre, no aparece en los medios. Es el temor de la Troika a que en las próximas elecciones griegas gane la izquierda, y se cuestionen con mucha más fuerza las políticas de austeridad que han llevado a Grecia (y a España) al desastre.

Cuesta creerlo, pero así de claro parece ser. Nadie ha dicho lo contrario.

© Iñigo Ortiz de Guzmán

Viñetas- Por Manel Fontdevilla

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Francia y Grecia, en la cuerda floja

Se decide tu futuro (y lejos de tu casa)

Por Borja Ventura

En este mundo global que tenemos a nadie extraña que el futuro no dependa de uno mismo. Ahí fuera hay señores que toman decisiones que nos afectan y determinan. Y ese ‘fuera’ atañe tanto a otra ciudad, como a otro país y, en no pocos casos, a señores que toman decisiones en otro continente.

Nuestra vida es así. De hecho, suerte tenemos si tras algunos rumbos tomados hay señores y no ‘mercados’, que tan funestas ideas han tenido con países como el nuestro. Pero pocas veces el futuro de todos nosotros se decide de forma tan directa en dos escenarios simultáneos y en un solo día. Francia y Grecia deciden, nosotros iremos detrás.

Domingo de elecciones. No aquí, sino fuera. Domingo de elecciones en dos países bien distintos, en situaciones bien distintas, con formas de influir bien distintas. Pero que mano a mano nos van a determinar. Este domingo otros ciudadanos van a decidir por nosotros, porque de lo que salga del voto de galos y helenos dependerá en gran medida lo que suceda estos años y el rumbo que tome la crisis. Y no, no es uno de esos eslabones de la cadena. Es, posiblemente, una decisión en dos escenarios que cambiará todo de una forma u otra. Francia puede decidir un cambio de rumbo económico para todos, y Grecia puede votar a un partido que termine de pegar fuego al euro. Siéntate, coge un cuenco de palomitas y disfruta. El apocalipsis de la UE será televisado.

¿En qué puede cambiar mi futuro el voto de los franceses?

Si has notado que la crisis se ha recrudecido tras un periodo de estabilización es en gran medida porque en Europa se ha impuesto una política de austeridad total en forma de recortes, presión fiscal y saneamientos de cuentas. Y si Europa ha hecho eso es porque Alemania lo ha decidido y Francia ha aplaudido. La presión de los recortes ha sido tan fuerte que algunas voces discrepantes han empezado a surgir, diciendo que sólo con recortes se terminará de ahogar a la gente y que hay que tomar medidas de estímulo.

Si no te has enterado de lo del punto anterior, te lo traduzco. ¿Recortes? Sí, menos dinero para determinadas cosas, como educación, sanidad, becas, investigación… ¿Presión fiscal? Sí, aumento de impuestos, sea en el IRPF, sea en el IVA a partir del año que viene. ¿Saneamiento de cuentas? Sí, obligar a bancos y autonomías a reducir sus deudas o a ahorrar más dinero para responder, lo que hace que tengan menos dinero para, por ejemplo, prestar a los ciudadanos. ¿Medidas de estímulo? Sí, medidas económicas que permitan que empiece a circular dinero, aun a costa de descuadrar las cuentas, para intentar que la economía se mueva (que la gente consiga préstamos, compre, invierta, se cree empleo y todas esas cosas)

  • ¿Qué puede cambiar si Hollande gana a Sarkozy? Todo. Para empezar, el color político de Europa, que en los últimos años ha pasado del rojo socialdemócrata al azul conservador y liberal bajo el que se han puesto en marcha esas medidas que tanto nos han hecho apretarnos el cinturón. La locomotora europea es Alemania, pero su comparsa es Francia. El tándem Sarkozy-Merkel, ambos bajo un mismo signo político, ha actuado por su cuenta y ha arrastrado a todo el continente. Pero con Hollande, socialista, Merkel tendría un contrapeso importante que, probablemente, aumentaría su poder rodeándose de las voces críticas a la política económica de Merkel que llega de algunos países poderosos, como Italia.
  • ¿Y quién es Hollande? Hollande es el resultado de una serie de casualidades. Un tipo discreto, prudente, educado, casi gris, que sobrevivió de milagro en política. Pasó un primer trago tras su divorcio de Ségolène Royal, que a la postre sería su rival en el partido y, además, le derrotaría. Cuando Royal se estrelló contra Sarkozy en las elecciones de hace cinco años supo salir a flote en pleno marasmo socialista francés, pero nadie pensaba que sería él y no Dominique Strauss-Kahn quien lideraría el partido. Cómo iba un tipo tan gris a conseguir hacer frente a un tipo duro, sólido y con la experiencia de dirigir el FMI. Pero llegó el escándalo sexual de DSK y Hollande se impuso como siempre, con calma y sin hacer ruido.
  • ¿De qué depende quién gane? De muchas cosas. Para empezar, el sistema electoral galo es diferente al nuestro, con un sistema de dos vueltas en el que para la segunda sólo concurren los dos candidatos más votados. En la primera vuelta apenas hubo distancia entre Sarkozy y Hollande, y la clave estaba en los otros partidos. Sarkozy endureció aún más su discurso para robar votos a la ultraderecha, que quedó tercera con su mejor resultado hasta la fecha. Sin embargo, su líder, Marine Le Pen, ya dijo que iba a votar en blanco. Hollande intentó lanzar guiños a centristas, liderados por Bayrou, e izquierdistas, liderados por Melenchon, con cierto éxito: ambos le apoyarán y puede que su electorado también.
  • ¿Cuál puede ser la clave? Ese sistema a doble vuelta es el que condiciona todo porque se elimina de un plumazo la posibilidad de castigo a los dos grandes partidos, como suele suceder cuando hay descontento con la clase política. Sólo ha habido una excepción, hace más de una década, cuando la ultraderecha llegó a la segunda vuelta a costa de los socialistas, algo que fue una bomba el la línea de flotación de la Francia democrática. Del mismo modo, elimina de la ecuación a los partidos populistas que tan bien se manejan en contextos de crisis y acaban enrareciendo el ambiente y destabilizando gobiernos. Sólo hay que ver el ejemplo holandés.

¿En qué puede cambiar mi futuro el voto de los griegos?

La situación de Grecia es justo la contraria de la francesa. Ellos no deciden lo que se hace en Europa, sino que sufren lo que Europa decide que hagan. Son el farolillo rojo del continente, quienes han lastrado a buena parte de la economía europea, iniciando la cascada de rescates y haciendo que los ‘mercados’ desconfíen de otros países periféricos, como Portugal, Irlanda, Italia o España. La situación en Grecia es tan extrema que no les gobierna quien ellos eligieron, sino un Ejecutivo artificial impuesto por Europa y pactado por los partidos sin que los ciudadanos hayan dado su opinión. Esta situación antidemocrática llegó después de que los conservadores falsearan todas sus cuentas y escondieran el agujero negro del país a las autoridades económicas europeas y los socialistas fueran incapaces de recortar todo lo que Bruselas exigía para darles el dinero prometido.

El resultado es impredecible. La ciudadanía, harta, decepcionada, incendiando la calle huelga general tras huelga general, ha visto que su clase política es incapaz de resolver sus problemas y que viven bajo la imposición de un gobierno de títeres que ellos mismos no han elegido. Es de esperar, pues, que partidos minoritarios con líderes carismáticos encuentren su caldo de cultivo perfecto para emerger. Puede ser el populismo de derechas o el de izquierdas, puede ser un movimiento social radical, puede que un partido ultranacionalista. Lo único que es más o menos esperable es que el color del Parlamento griego sea notoriamente euroescéptico. O no.

  • ¿Qué puede pasar? Lo más probable es que los dos grandes, que llevan alternándose en el poder, salgan castigados y emerjan partidos extremos de izquierda o derecha que puedan desestabilizar aún más al país y, en consencuencia, a la Unión Europea, de la que muchos de ellos querrían salirse sin pagar sus deudas pendientes. Lo más salomónico, que los dos grandes vuelvan a intentar un gobierno de coalición para seguir aplicando las recetas de Bruselas, aumentando así el descontento social y quizá agravando aún más el problema de cara a las próximas elecciones, lleguen cuando lleguen.
  • ¿Quiénes son los dos grandes partidos? A un lado los socialistas del PASOK, que gobernaban antes de este Ejecutivo ‘impuesto’. De la mano de Evangelios Venizelos, ministro de economía en la actualidad y mano ejecutora de los recortes. Al otro, los conservadores de Nueva Democracia, con Antonis Samaras al frente, el favorito de la Unión Europea, pero quizá no de unos griegos que vieron que su partido falseó las cuentas públicas para mantenerse en el euro.
  • ¿Quiénes están a la izquierda de los grandes? Formaciones como el Partido Comunista, de Aleka Papariga, una veterana comunista venida de tiempos pasados que ha subido como la espuma en los sondeos. O como Syriza, una coalición de izquierda radical liderada por un joven político surgido de la fragua de las protestas estudiantiles.
  • ¿Quiénes están a la derecha de los grandes? El partido populista ortodoxo LAOS, dirigido por Georgos Karatzaferis, una escisión del partido conservador liderada por el emergente Panos Kammenos y, especialmente, los neonazis de ‘Amanecer Dorado’ que acaudilla el exmilitar Nikolaos Michaloliakos.

Lo dicho: ve a por unas palomitas y siéntate en el sofá a esperar a ver qué música tocan ahora los violinistas del Titanic europeo.

Noticia recogida por © Iñigo Ortiz de Guzmán

+ info en Alemania dice, el resto calla

+ en EUROPA, pasado y presente

+ en Grecia. Tiempo de cambios

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¿Desciende la pobreza?

Hace unas semanas el Banco Mundial publicó una breve nota de prensa de seis páginas, que causó gran impacto.

Señalaba que, a pesar de la recesión mundial, la pobreza extrema había bajado en el mundo. El título de la nota de prensa lo decía todo “Nuevas Estimaciones Revelan una Disminución de la Pobreza Extrema durante el periodo 2005-2010”. Ni que decir tiene que los mayores medios de información del mundo occidental, de sensibilidad liberal, ansiosos de buenas noticias, echaron campanas al vuelo. Los mayores diarios y semanarios del mundo publicaron noticias y artículos en lugar prominente, con titulares muy llamativos, anunciando la noticia. El del The New York Times era representativo: “La pobreza mundial desciende a pesar de la recesión económica mundial”. Titulares parecidos aparecieron en los mayores medios. Un tanto semejante ocurrió en la prensa liberal económica, desde el Financial Times al The EconomistÉste último señalaba que “por primera vez, el número de pobres desciende en todo el mundo”.

El problema con toda esta movilización mediática es que los datos, incluyendo los propios datos del informe del Banco Mundial, no reflejan esta realidad.

Lo primero que aparece es que los que el informe presenta van del año 1981 al 2008. El estudio del Banco Mundial es la evolución de la pobreza extrema durante este periodo. El último año analizado es -sí, no hay error- 2008, el primero de la recesión. En realidad, la crisis y la recesión se iniciaron aquel año, y a nivel mundial todavía continúa en muchas partes del mundo. Para llegar a la conclusión a la que llegaron los medios, el estudio tendría que haber analizado la evolución de la pobreza durante el periodo 2008-2012, y ver si realmente bajó durante esos años.

Pero el informe del Banco Mundial comete otro error que, como el anterior, le permite llegar a una conclusión equivocada. Analiza cuánta gente vive en el mundo con menos de 1.25 dólares al día. Y dado que el total, según sus cálculos, es  que en 2008 había 662 millones menos que estaban en esta condición que en 1981, concluye que la pobreza ha disminuido a nivel mundial. Puesto que este periodo ha sido el periodo liberal, es decir, el periodo que la mayoría de países del mundo, presionados por el Fondo monetario Internacional y por el Banco Mundial, han llevado a cabo políticas neoliberales, este descenso se presenta como la prueba del gran éxito de tales políticas. ¿O no?

Tal euforia ignora algunos hechos elementales. Uno de ellos es que la mayoría de este descenso del porcentaje de la población que vive con menos de 1,25 dólares al día se concentra en China (y en segundo lugar en la India), y China no ha seguido las políticas neoliberales en su desarrollo.

En contra de la sabiduría convencional neoliberal conocida como Consenso de Washington en EEUU, y Consenso de Bruselas en la UE, el Estado de China es altamente intervencionista, con pleno control público de la banca y del crédito.

En otros países donde la pobreza disminuyó a principios de este siglo, tales como Venezuela, Brasil, Argentina y otros países de América Latina, este descenso se debió precisamente a la revuelta en contra de las políticas neoliberales, rompiendo con ellas, mediante políticas intervencionistas de orientación redistribuidora, con activa participación del Estado en su actividad económica.

En definitiva, ¿funciona el sistema neoliberal entendido como tal? Todo apunta a que no.

De hecho, su impacto en la pobreza ha sido devastador y la crisis está acentuando todavía más esta situación. España es un claro ejemplo de ello.

La pobreza se está disparando, no reduciendo.

Por © Iñigo Ortiz de Guzmán

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La UE se re-inventa

Por © Iñigo Ortiz de Guzmán

Más bien se podría decir que la Unión Europea se rompe.

Aunque si fuéramos rigurosos con la realidad, se re-rompe porque nunca terminó de existir. Al menos, no tal y como quiso ser concebida.

Pero, ¿por qué? La lista de motivos es larga, sin duda: desde las diferencias culturales e idiomáticas a, sobre todo, la renuncia de los países -sobre todo de los poderosos- a renunciar a la cuota de soberanía que sería necesario para funcionar como Unión.

Precisamente por este último motivo, la UE se re-rompe ahora con la salida de Reino Unido -y cuatro países más- de la reforma de los Tratados.

Sarkozy se ha desquitado hablando de “nuestros amigos británicos” al anunciar la medida de crear un nuevo tratado de austeridad, imperativo en el caso de la Eurozona y voluntario para quien quiera compartir la política fiscal que dicta el tándem Merkozy.

Dicho de otro modo, la UE a la carta de Berlín y París.

Sarkorzy ya ha utilizado a Londres de cabeza de turco por si la jugada sale mal, acusándole de bloquear la unanimidad, pero lo cierto es que a Cameron no le quedaba otra salida para que a su regreso a la City no se lo comieran crudo los propios miembros de su partido.

Desde hace meses se enfrenta a un motín interno en su propio partido liderado por los euroescépticos.

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Kaputt

(por Ernesto Ekaizer)

Ay Bernabé, perdón, Mariano, quién te ha visto y quién te ve! Hasta el 20-N, todo era recuperar la confianza con el cambio de Gobierno para comenzar a superar la crisis y dejar así atrás la prima (de riesgo) de Zapatero.

Pero veamos lo que ayer por la tarde explicó Rajoy a sus conmilitones del Partido Popular Europeo. Dijo: “Necesitamos reformas estructurales… Pero para que estas reformas puedan asegurar una Europa nueva, es preciso, ya sin más dilación, poner en marcha todos los medios y recursos disponibles para contener la hemorragia de la deuda soberana”.

Vaya, vaya, ¿en qué acto de la campaña del 20-N hemos oído hablar a Rajoy de la crisis española en el contexto de esta “hemorragia de la deuda soberana”? ¿Acaso en su debate con Rubalcaba? Por supuesto que no. Y, uno, claro, se pregunta: esta hemorragia que ya lleva su tiempo y que era evidente en plena campaña electoral, ¿cuándo la ha descubierto Rajoy?

Ahora que va a asumir la presidencia del Gobierno, esta hemorragia requiere una operación urgente. Rajoy: “Soy consciente de que estas intervenciones requieren de un entorno de seguridad y de una mayor disciplina que eviten la irresponsabilidad presupuestaria. Pues adelante, hagámoslo. España lo apoyará…”.

En román paladino: ahora que Zapatero (aplaudido por Durão Barroso, Merkel, Sarkozy, Trichet y Obama) ya se va, saque el BCE su bazuca y arregléme a mi, Rajoy, que inspiro toda la confianza que se puede pedir, el soberano problema de la deuda. Fíjense ustedes: Rajoy, que había criticado a Zapatero por proponer el “atajo” de los eurobonos, habla ahora de “intervenciones”, sin atreverse, claro, a apuntar al BCE, no sea que su presidente se ofenda. Pero he aquí que este discurso quedó desfasado ya no digamos desde que fuera escrito sino incluso antes de ser pronunciado en Marsella en la tarde de ayer. Porque el presidente del BCE, Mario Draghi, fulminó esas expectativas en su rueda de prensa celebrada en Fráncfort varias horas antes de la alocución de Rajoy.

Se mostró Draghi sorprendido de que se interpretasen sus palabras ante el Parlamento Europeo, en el sentido de que si la cumbre aprueba un refuerzo de la disciplina fiscal, el BCE intervendría masivamente en los mercados para fijar límites a los tipos de interés de los bonos o a las primas de riego. De bazucas o intervenciones decisivas, y un eventual préstamo del BCE al FMI, para contener hemorragias, nada de nada.

Barroso en un diálogo captado por los micrófonos, mientras se hacían las fotos, explicó a Rajoy que el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, con el que se entrevistó el próximo presidente español el miércoles, es junto a Obama partidario de la expansión fiscal. “Esto de la expansión fiscal”, se oye farfullar a Rajoy. “Yo no tengo alternativa a la reducción del déficit…”. Barroso le da ánimos: “La nuestra (alternativa) es la buena”.

Ya Margaret Thatcher dijo al lanzar su programa de austeridad y liberalización salvaje de 1979 que “no hay alternativa”. En inglés se convirtió en un acrónimo muy popular: TINA (There Is No Alternative). Tanto la fallida petición de Rajoy a cortar la hemorragia como el show de Merkozy coinciden en lo mismo: Kaputt.

Es decir: todo se ha perdido, estropeado o arruinado.

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