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Condicionales

“Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo»

                  José Ortega y Gasset, ‘Meditaciones del Quijote’, 1914

españa paragüas

El país del `como si´, el maquinista y su circunstancia

Por Ernesto Ekaizer

En la medianoche del pasado viernes, día 26 de julio, en el recién estrenado programa El dilema, en ETB 2, el periodista Juan Carlos Etxeberria solicitó a los invitados al debate sobre El caso Bárcenas,una rápida opinión sobre el accidente ferroviario en Santiago de Compostela, a saber, si el tema se quedaría en el maquinista o si iría a más.

La mía, la primera requerida, fue que el tema iría a más. Si el accidente del Metro de Valencia acaba de ser reabierto a raíz de la investigación periodística del programa Salvados que dirige Jordi Évole, ello será un acicate para que en este caso la indagación sea profunda en lo inmediato y no se cierre en falso como aquella.

Y ello exige, apunté, analizar el hecho de que ha habido, probablemente, por parte de dos administraciones, las de Zapatero y de Rajoy, responsabilidades en un peculiar trazado y  seguridad ferroviaria. Ya que en rigor, lo que parece un accidente del AVE en realidad no es del AVE sino de otra cosa híbrida más parecida a una chapuza nacional. ¡Ay la Gran Crisis!

Tanto en este intercambio de impresiones sobre el accidente como en el de Bárcenas, hubo una interesante polarización de opiniones. Simétrica, podríamos decir. Una mayoría de participantes se inclinó por profundizar el análisis de  lo que orteguianamente podríamos llamar “el maquinista y su circunstancia”.

Y en el caso Bárcenas, también ocurrió algo parecido. Se trataba de examinar a Bárcenas y su circunstancia, esto es, sus presuntos delitos, por un lado, y la presunta financiación ilegal del PP a la luz de la declaración del ex tesorero del 15 de julio de 2013, cuya transcripción judicial completa se conocía ese mismo día viernes 26 de julio, y del pago de dinero sucio (sí, sucio, por provenir de donativos presuntamente ilegales, según los indicios existentes) a la cúpula del PP y en negro (sí, negro por la inexistencia de retenciones sobre lo que se entrega a la cúpula ni su declaración a Hacienda por parte de los beneficiarios de los sobres).

Ya en el debate sobre Bárcenas, señalé que aquellos que quieren ver sólo al maquinista como el malo de este trágico y luctuoso accidente, también ven a Bárcenas a través del mismo cristal, pretendiendo hacer oídos sordos a su confesión.

Aquellos medios de comunicación que han sido portavoces de las declaraciones de Bárcenas durante más de cuatro años y de su completa inocencia ahora le atacan como mentiroso.

En realidad, están ahora en la misma posición que estaban. Porque su referencia no es Bárcenas. Su referencia es el PP. Y este partido y su presidente, Mariano Rajoy, han defendido incondicionalmente a su ex tesorero nacional dentro y fuera del caso Gürtel, hasta el intercambio de SMS que termina con las advertencias de Bárcenas a Rajoy el 14 de marzo de 2013. Ahora, para este partido, Bárcenas es el enemigo. Como para los medios de comunicación que antes lo trataban como amigo.

Bien. Esta mañana de domingo, al leer al columnista José Luis González Quirós en El Confidencial, me he retrotraído a la medianoche del viernes 26 en el estudio de ETB 2 en San Sebastián.

“Los que se pregunten por fallos del sistema, del trazado, del diseño del tren o de la política ferroviaria son unos antipatriotas, con Rajoy o con Zapatero, que tanto da”, ironiza.

Y al hablar del exceso de velocidad, añade: “Por si faltase algo para cerciorarnos del “crimen del maquinista” se ha revelado que presumía de ir deprisa, sin respetar los radares, cuando todo el mundo sabe que los trenes de alta velocidad han de ir lentamente para enlucir el paisaje. La velocidad es un argumento moral en España, constituye por si sola un exceso, de manera que no ha resultado difícil diagnosticar a ojo de buen cubero las causas del descarrilamiento. Este modo de enjuiciar es muy típico de nuestra cultura política, siempre hay un culpable al final de la cadena, nunca al principio, como con Bárcenas, por cambiar de tema”.

Ya EL PAÍS ha puesto algunas cosas en su sitio al denunciar, en un editorial publicado el pasado sábado, día 27 de julio, que casi tres días después de la tragedia ni los presidentes de Renfe y Adif, ni la ministra de Fomento se habían sentido aludidos hasta el punto de convocar una conferencia de prensa para hablar del asunto.

Pero es que vivimos en el “país del como si”.

En un país “como si” fuera transparente, porque tenemos una ley de transparencia a punto de salir adelante.

En un país donde el presidente del Gobierno va a comparecer el próximo jueves, día 1 de agosto, en la Cámara “como si” fuese a petición propia.

Todos, en cambio, sabemos la verdad: habrá de ser la comparecencia a “petición ajena”, incluida la opinión publicada internacional, más evidente de la historia parlamentaria española.

Y, por fin, en un país en el que ha habido un accidente “como si” fuese un siniestro en la red de AVE, de alta velocidad, cuando en rigor lo ha sido en un sistema híbrido que en el lenguaje liso y llano deberíamos llamar chapuza.

Es que en el planteamiento original, según constaba en el Plan Galicia de finales de 2002, la “compensación”, quizás por los errores de gestión, de fondo y de forma, en el accidente del  Prestige, se trataba de llevar el AVE a Galicia.

Sin embargo, con la Gran Crisis y otras prioridades, lo que conseguimos es una especie de un Frankenstein de AVE, un híbrido, en el cual se suceden tramos ultramodernos en rectas muy importantes del trayecto y restos de la vieja red de ferrocarril.

Esto es lo que hay.

Ese fue el criterio.

La justificación: la Gran Crisis. Y así se puso en marcha la red.

Un criterio que busca la imagen. La de que teníamos una línea “como si” fuera de alta velocidad toda ella. Pero si el sistema de alta velocidad mutaba justo antes de la estación de Santiago (7 km), el mecanismo de freno, el ERTMS, solo le sobrevivía 3 kilómetros adicionales ya que se inhibía a 4 km de la ciudad, en el kilómetro 80.

Y lo que ha pasado ocurre bajo la acción del otro sistema, que no es el del AVE, sino el del llamado ASFA.

El lunes día 22 de julio de 2013, tres días antes de la tragedia, el periodista Antonio Nespereira, del diario La Región, de Ourense, titulaba su información así: “Un AVE a ritmo de titulares”.

Escribe: “La hemeroteca saca pocos brillos y sí muchos colores a políticos de todo signo que cubrieron el expediente anunciando fechas imposibles, trazados inconcretos y, en muchas ocasiones, presupuestos irreales. El ritmo de las obras del AVE que algún día unirá Galicia con la Meseta se ha ralentizado en varios tramos de Ourense en las últimas semanas, como evidenció este periódico en días pasados, con lo que la última promesa de que la gigantesca infraestructura estará lista en el 2018 puede poner en evidencia al autor o autores del envite”.

En su crónica, el periodista recuerda la inauguración “del AVE”.

“El 10 de diciembre del 2011, ya como presidente de Asturias, Cascos fue invitado a la inauguración del AVE Ourense-Santiago-A Coruña y dijo que ‘ lo que se ha hecho aquí hoy es un paso muy importante que tiene que continuar hasta completar la integración de la red ferroviaria española y la gallega en la red internacional europea’.”Todos estos detalles son una buena descripción del “país del como si”.

caja nera

Si no abordamos la circunstancia, más allá de los errores que haya podido cometer el maquinista, no vamos a evitar que tragedias como la de Santiago vuelvan a ocurrir.

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Voluntad de superación

«Es difícil orientarse cuando hay tormenta, nadie sabe dónde está el capitán y la brújula está enloquecida. Lo primero parece que depende de las fuerzas telúricas europeas; lo segundo de las preferencias electorales de la ciudadanía, ajustadas por la buena o mala fortuna en el sorteo que parece determinar qué oficiales comandan nuestra nave; y lo tercero… bueno, en esto ya creo que la marinería de abordo puede aportar su conocimiento y experiencia para indicar el rumbo».

José Ramón Repullo (Médico y experto en Planificación Sanitaria y Economía de la Salud)

La expropiación política de los europeos

Por Hang Magnus Enzensberger

¿Crisis? ¿Qué crisis? Los cafés, los restaurantes y las cervecerías se visitan asiduamente, en los aeropuertos alemanes pululan los turistas, se habla de exportaciones récord y de caída de las cifras del paro. Exactamente como si la situación de la Unión Europea solo se desarrollara en la televisión. La gente toma nota con un bostezo de las “cumbres” políticas ascendidas semanalmente y de las confusas polémicas de los expertos. Todo esto parece desenvolverse en una tierra de nadie retórica repleta de convenciones lingüísticas incomprensibles, que nada tienen que ver con la cotidianidad del llamado mundo de la vida.

Evidentemente, son los menos quienes reparan en que los países europeos, desde hace bastante tiempo, ya no son regidos por instituciones legitimadas democráticamente, sino por una serie de abreviaturas que las han suplantado. Sobre la dirección a tomar deciden el FEEF, el MEDE, el BCE, la ABA o el FMI. Solo los expertos están en condiciones de desgranar esas siglas. Del mismo modo, solo los iniciados pueden deducir quién decide qué y cómo en la Comisión y en el Eurogrupo. Común a todos estos organismos es que no aparecen en ninguna Constitución del mundo y que ningún elector tiene algo que decir sobre sus decisiones. El único actor al que escuchan son los denominados “mercados”, cuyo poder se expresa en las oscilaciones de los tipos de cambio y los intereses y en los ratings de algunas agencias estadounidenses.

Parece fantasmal con qué tranquilidad los habitantes de nuestro pequeño continente han aceptado su expropiación política. Quizá eso se deba a que estamos ante una novedad histórica. En contraste con las revoluciones, golpes de Estado y asonadas militares en las que es rica la historia europea, ahora las cosas suceden sin ruido ni violencia. En eso estriba la originalidad de este asalto al poder. ¡Ni marchas con antorchas, ni desfiles, ni barricadas, ni tanques! Todo se desarrolla pacíficamente en la trastienda.

A nadie extraña que, ante todo esto, no se puedan tomar en consideración los tratados. Las reglas existentes, como el principio de subsidiariedad de los Tratados de Roma, o la cláusula de rescate de Maastricht se dejan sin efecto a capricho. El principio Pacta sunt servanda [Hay que respetar los pactos] queda como una frase vacía ideada por cualquier remilgado jurista de la antigüedad.

La abolición del Estado de derecho se proclama con toda franqueza en el Tratado sobre el Mecanismo de Estabilidad Financiera (MEDE). Las decisiones de los miembros que marcan la pauta en este organismo de rescate son inmediatamente efectivas desde el punto de vista del derecho internacional y no están vinculadas a la aprobación de los Parlamentos. Estos miembros se autodesignan, igual que en el antiguo régimen colonial, como gobernadores y, al igual que los directores, no tienen que rendir cuenta alguna frente a la opinión pública. Al contrario, están expresamente obligados a mantener el secreto. Esto recuerda a la omertà, que forma parte del código de honor de la mafia. Nuestros padrinos se sustraen a cualquier control judicial o legal. Gozan de un privilegio que ni siquiera está al alcance de un jefe de la Camorra: la absoluta inmunidad frente al Derecho Penal. (Eso es lo que se dispone en los artículos 32 a 35 del Tratado del MEDE).

La expropiación política de los ciudadanos ha alcanzado con esto su culmen transitorio. Ya había empezado mucho antes, como tarde con la introducción del euro. Esta moneda es el resultado de un chalaneo político que ha penalizado con la indiferencia todos los requisitos económicos de semejante proyecto. Se ignoraron los desequilibrios de las economías nacionales participantes, sus muy divergentes capacidades para competir y sus desbocadas deudas públicas. El plan de homogeneizar Europa tampoco tomó en consideración las diferencias históricas de las culturas y mentalidades del continente.

Pronto hubo que remodelar a capricho, como plastilina, los criterios que se habían acordado para el acceso a la Eurozona, con la complicación de que se incluyó en ella a países como Grecia o Portugal, que carecen de las posibilidades más elementales de afirmarse en esta unión monetaria.

Muy lejos de reconocer y corregir los defectos de nacimiento de esta construcción, el régimen de los rescatadores insiste en perseverar a toda costa en el rumbo adoptado. La recurrente afirmación de que “no hay alternativa” niega la virtualidad explosiva de las crecientes diferencias entre las naciones participantes. Ya desde hace años se muestran las consecuencias: división en lugar de integración, resentimientos, animadversiones y reproches mutuos en lugar de entendimiento.

“Si el euro fracasa, fracasa Europa”: bajo este lunático eslogan debe juramentarse un continente de 500 millones de habitantes con la aventura de una clase política aislada, exactamente como si dos milenios fueran un mero clic en comparación con un papel moneda recién inventado.

En la llamada crisis del euro se demuestra que la situación de expropiación política de los ciudadanos no se detiene ahí. Según su lógica, desemboca en su correlato: la expropiación económica. Solo allí donde salen a la luz los costes económicos queda claro qué significa todo esto. La gente de Madrid y Atenas solo sale a la calle cuando, literalmente, no le queda otra elección. Y eso no dejará de producirse en otras regiones.

No importa con qué metáforas adorne la política su novísimo monstruo —paracaídas, bazuca, Gran Berta, eurobonos, unión fiscal, bancaria o de deuda—, a más tardar cuando haya que hablar de cuentas los pueblos despertarán de su siesta política. Intuyen que antes o después tendrán que salir garantes de lo que hayan organizado los rescatadores.

En esta situación, el número de opciones imaginables es limitado. La forma más sencilla de liquidar tanto las deudas como los ahorros es la inflación. Pero también se contemplan subidas de impuestos, recortes de las pensiones, quitas de la deuda y tasas obligatorias, medidas que ya se han tomado en consideración anteriormente y que encuentran eco diverso según las preferencias de cada partido, y para cuya designación existe la expresión “represión financiera”. Y finalmente cabe recurrir a un último instrumento, la reforma monetaria. Es un medio ya probado para castigar a los pequeños ahorradores, dejar a salvo a los bancos y liquidar las obligaciones de los presupuestos estatales.

No se vislumbra una salida fácil de la trampa. Todas las posibilidades insinuadas cautelosamente han sido bloqueadas con éxito hasta el momento. El discurso sobre una Europa de velocidades variables ha caído en saco roto. Las cláusulas de descuelgue propuestas tímidamente jamás se recogieron en un tratado. Pero, sobre todo, la política europea se burla del principio de subsidiariedad, una idea demasiado evidente como para que haya sido jamás tomada en serio. Esa palabra afirma, nada más ni nada menos, que desde el municipio hasta la provincia, del Estado nacional hasta las instituciones europeas, es la instancia más próxima al ciudadano la que siempre tiene que regular todo aquello que sea capaz de regular, y que a cualquier nivel superior solo deben transferirse las competencias regulativas de las que los anteriores no puedan hacerse cargo. Pero esa subsidiaridad nunca dejó de ser, como demuestra la historia de la UE, más que una palabra huera. En caso contrario, a Bruselas no le habría resultado tan fácil despedirse de la democracia, y la expropiación política y económica de los europeos no habría llegado hasta donde ha llegado hoy.

¿Lúgubres perspectivas, pues? ¡Buenos tiempos para los amantes de las catástrofes que predicen el colapso del sistema bancario, la quiebra de los Estados endeudados, o, mejor que cualquier otra cosa, el fin del mundo! Sin embargo, como la mayoría de los augures del hundimiento, estos profetas quizá se alegren prematuramente. Porque los 500 millones de europeos no van a sentir la tentación de rendirse sin resistencia, defenderse, según los mantras favoritos de sus salvadores: “No hay alternativa a nosotros” y “si fracasa nuestra empresa, fracasa Europa”. Este continente ya ha instigado, vivido y superado otros conflictos muy distintos y mucho más sangrientos. La marcha atrás del callejón sin salida en el que nos han metido los ideólogos de la incapacitación no transcurrirá sin costes, enfrentamientos y dolorosas privaciones. El pánico es, en esta situación, el peor consejero, y quien entone el canto de despedida de Europa no conoce sus fortalezas. Ya lo dijo Antonio Gramsci: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.

Hans Magnus Enzensberger– escritor y ensayista alemán

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Bombas de relojería

Ocho cosas que no hay que olvidar

Por Eduard Punset

Lo peor que le puede ocurrir a los españoles en este mes de agosto es creerse que les viene un mal año encima. Es paradójico que el conocimiento más sencillo indique a las claras que «se acabó lo que se daba» y que no hay más remedio que volver a empezar, esta vez en serio; y que podemos hacerlo perfectamente si no nos empeñamos en decir que la culpa es de los alemanes. Tal vez por ello valga la pena recordar las ocho cosas que no debiéramos haber olvidado nunca.

Primera. Aunque pocos se acuerden, hubo una cosa llamada «el milagro español», que, obviamente, muchos creían que se había instalado para siempre. Ni aquello podía durar toda la vida, como creían muchos políticos y un gran número de ciudadanos, ni la crisis de ahora va a durar eternamente. El milagro español empezó a mediados de los años 60 con los primeros turistas; el famoso boom inmobiliario lo mantuvo hasta 2007.

Segunda. La demanda de pisos fue la mayor registrada por ningún país industrializado, de tal manera que el sector público y, sobre todo, el sector privado no pararon de aceptar préstamos del extranjero hasta situarse en el segundo puesto de países más endeudados del mundo. Solo nos ganaba en deuda con el extranjero Estados Unidos, con la gran diferencia de que el dólar seguía siendo una moneda que cualquiera quería aceptar como reserva y que el endeudamiento en porcentaje del producto no representaba ni de lejos el estrafalario porcentaje de España.

Tercera. Poco a poco fuimos aceptando que con el euro habíamos empezado la casa por el tejado, constituyendo la unión monetaria antes de la unión económica; de manera que cada uno podía ir a su bola y anular el invento si no se imponían medidas de precaución.

Cuarta. Habrá habido quien haya recordado el pasado nazi de los alemanes y su responsabilidad en las dos guerras mundiales, olvidándose de que España estuvo al lado de los supuestamente culpables y por mucho más tiempo.

Quinta. El Gobierno alemán, gracias a su influencia en Bruselas y en el Banco Central Europeo, ha sabido recordar a los políticos españoles que había llegado el momento de la verdad. Que era imposible volver a empezar a pedir prestado sin apenas condiciones y sin iniciar en serio las reformas necesarias para salir del atolladero.

Sexta. Que la negociación con la Unión Europea no es una negociación similar a la que tiene un estado autonómico con su Gobierno central. Ni el Gobierno de Cataluña ni el Gobierno andaluz pueden comportarse como niños malcriados alegando que, pase lo que pase, ellos tienen sus propias prioridades que pasan por encima de todo el resto. La Unión Europea es la suma de varios Estados que en su conjunto tienen un peso específico y un proyecto de futuro bastante más serio que el nuestro.

Séptima. El Fondo Monetario Internacional ha comprobado el sistema elemental para medir la situación económica y financiera de un país. Mi experiencia de economista del Fondo Monetario Internacional –en la que cada dos meses estaba de analista de lo que le pasaba a un país del universo– es que muy a menudo los economistas y políticos instalados en el país observado no sabían o no querían aprender lo que les pasaba. Y sin embargo, bastaba con conciliar las cuatro tablas de la balanza de pagos, del sistema bancario, del acumulado fiscal y de la evolución del producto para saberlo.

Octava. Si en lugar de insultarse, este país decidiera sacar pecho no para arremeter contra los demás, sino para poner en marcha procesos tan serios como los que fue capaz de llevar a cabo en el pasado –salir de la dictadura a la democracia e iniciar el proceso de apertura al exterior–, los españoles podrían pasar un buen año.

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El Rescate conlleva recortes y termina en recesión.

Rajoy es el profeta de las malaventuranzas.

A los bancos que han malversado los fondos de sus clientes, se les recompensa con el dinero de todos. Y a los parados que cotizaron cuando tenían curro, para moverles a buscar un empleo chungo y mal pagado se les mangará al menos dieciocho meses de lo que es suyo. A este paso, la jubilación quedará reducida a cinco años, para animar a los viejos a espicharla y así ahorrarnos hospitales o excursiones del Imserso.

Robin Hood no existe. Bobín, sí.

Subimos el IVA para que baje el turismo y suba el fraude. Privatizaremos la Renfe, que es lo único que funciona en este país. Puestos a elegir, frente al “que se jodan” de la niña de Fabra, prefiero el “manda huevos” de Federico Trillo. “¿De qué se ríe, señor ministro, de qué se ríe?”, que diría Mario Benedetti. Nos prometen pobreza y les compramos la moto: “Pobre es aquel que necesita demasiado”, dijo en la cumbre sobre sostenibilidad de Río, Pepe Mújica, el presidente de Uruguay.

Habría que pensar qué es realmente lo más recomendable. Si elegir entre ‘lo malo o de lo malo lo peor’. Lo malo es no decir la verdad desde un principio.

Pobre pueblo español, tan silencioso y obediente. Vibra de patriotismo cuando gana La Roja, pero enmudece cuando su gobierno le miente y le traiciona.

La prima toca máxicos históricos mientras el fortín del Congreso cierra por vacaciones.

© Iñigo Ortiz de Guzmán

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Super Cool Biz

Desde el pasado mes de abril, la factura de la luz en España ha aumentado un 7%. Pero eso no queda ahí. Además de este aumento, los consumidores deberán hacer frente a lo que resulte de revisar todos los recibos del período comprendido entre el 1 de octubre de 2011 hasta el 31 de marzo de este.

En Japón, hace tiempo que se lleva desarrollando una iniciativa precisamente para que la rueda del contador no gire de más. De lo que tratan es de desprenderse de tanta ropa en sus puestos de trabajo.

Es de cajón. Si hace frío, uno se abriga y si hace calor, se usa menos ropa. Esto es exactamente lo que el gobierno japonés dijo a la población que hiciese el verano pasado cuando presentó Super Cool Biz, una campaña para animar a los ciudadanos nipones a cambiar sus trajes y corbatas por vestimenta más ligera y veraniega.

De este modo, los climatizadores de las oficinas se mantuvieron a 28 grados. Esto, unido a otras medidas, ha ayudado a ahorrar un 20% de electricidad pero también ha supuesto un cambio cultural para muchos asalariados acostumbrados a llevar ropa clásica al trabajo.

Todo comienza hace poco más de un año -un 11 de marzo- cuando Japón vive uno de sus terremotos más fuertes, con una magnitud 9 en la escala de Richter. El posterior tsunami arrasa con varios pueblos en la costa noreste.

El país se enfrenta a una crisis enérgetica y nuclear debido a los daños causados por la ola en el reactor de Fukushima.

El gobierno se ve obligado a suspender algunas centrales nucleares por precaución, mermando la capacidad del país para sostener la demanda eléctrica. En Tokio, la capacidad para generar energía disminuye un 20%.  Es así cómo las autoridades se ven obligadas a tomar medidas.

Desde 2005 ya existía una iniciativa similar llamada Cool Biz, que animaba a los trabajadores nipones a ponerse ropa más ligera durante el verano. Pero nunca tuvo mucha repercusión.

Esta vez el plan es mucho más ambicioso y la crisis une a los japoneses. Cool Biz se convierte en Super Cool Biz con el objetivo de recortar el consumo energético en un 15%.

En vez de vestir traje y corbata durante el verano, se permite llevar ropa más informal al trabajo con el objetivo de reducir el consumo de aire acondicionado. Se impone un límite de 28 grados en el interior de las oficinas para conseguirlo.

El gobierno se implica. Organiza pasarelas para dar ideas a los ciudadanos sobre cómo vestir ligero durante el verano. Se contratan páginas de publicidad con fotos de funcionarios acudiendo al trabajo con esta nueva indumentaria.

Y voilà, objetivo cumplido. Se consigue reducir el consumo de energía en un 20%.

Por © Iñigo Ortiz de Guzmán

Grafismo- Romualdo Faura

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¿Desciende la pobreza?

Hace unas semanas el Banco Mundial publicó una breve nota de prensa de seis páginas, que causó gran impacto.

Señalaba que, a pesar de la recesión mundial, la pobreza extrema había bajado en el mundo. El título de la nota de prensa lo decía todo “Nuevas Estimaciones Revelan una Disminución de la Pobreza Extrema durante el periodo 2005-2010”. Ni que decir tiene que los mayores medios de información del mundo occidental, de sensibilidad liberal, ansiosos de buenas noticias, echaron campanas al vuelo. Los mayores diarios y semanarios del mundo publicaron noticias y artículos en lugar prominente, con titulares muy llamativos, anunciando la noticia. El del The New York Times era representativo: “La pobreza mundial desciende a pesar de la recesión económica mundial”. Titulares parecidos aparecieron en los mayores medios. Un tanto semejante ocurrió en la prensa liberal económica, desde el Financial Times al The EconomistÉste último señalaba que “por primera vez, el número de pobres desciende en todo el mundo”.

El problema con toda esta movilización mediática es que los datos, incluyendo los propios datos del informe del Banco Mundial, no reflejan esta realidad.

Lo primero que aparece es que los que el informe presenta van del año 1981 al 2008. El estudio del Banco Mundial es la evolución de la pobreza extrema durante este periodo. El último año analizado es -sí, no hay error- 2008, el primero de la recesión. En realidad, la crisis y la recesión se iniciaron aquel año, y a nivel mundial todavía continúa en muchas partes del mundo. Para llegar a la conclusión a la que llegaron los medios, el estudio tendría que haber analizado la evolución de la pobreza durante el periodo 2008-2012, y ver si realmente bajó durante esos años.

Pero el informe del Banco Mundial comete otro error que, como el anterior, le permite llegar a una conclusión equivocada. Analiza cuánta gente vive en el mundo con menos de 1.25 dólares al día. Y dado que el total, según sus cálculos, es  que en 2008 había 662 millones menos que estaban en esta condición que en 1981, concluye que la pobreza ha disminuido a nivel mundial. Puesto que este periodo ha sido el periodo liberal, es decir, el periodo que la mayoría de países del mundo, presionados por el Fondo monetario Internacional y por el Banco Mundial, han llevado a cabo políticas neoliberales, este descenso se presenta como la prueba del gran éxito de tales políticas. ¿O no?

Tal euforia ignora algunos hechos elementales. Uno de ellos es que la mayoría de este descenso del porcentaje de la población que vive con menos de 1,25 dólares al día se concentra en China (y en segundo lugar en la India), y China no ha seguido las políticas neoliberales en su desarrollo.

En contra de la sabiduría convencional neoliberal conocida como Consenso de Washington en EEUU, y Consenso de Bruselas en la UE, el Estado de China es altamente intervencionista, con pleno control público de la banca y del crédito.

En otros países donde la pobreza disminuyó a principios de este siglo, tales como Venezuela, Brasil, Argentina y otros países de América Latina, este descenso se debió precisamente a la revuelta en contra de las políticas neoliberales, rompiendo con ellas, mediante políticas intervencionistas de orientación redistribuidora, con activa participación del Estado en su actividad económica.

En definitiva, ¿funciona el sistema neoliberal entendido como tal? Todo apunta a que no.

De hecho, su impacto en la pobreza ha sido devastador y la crisis está acentuando todavía más esta situación. España es un claro ejemplo de ello.

La pobreza se está disparando, no reduciendo.

Por © Iñigo Ortiz de Guzmán

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