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Stupid Paro

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El bote del desempleo ya supera los cinco millones. La generación que va a entrar en el mercado laboral se verá abocada a marcharse o a acceder en condiciones penosas. La generación que alcanza ahora su madurez laboral perderá lo mejor de su vida intentando recuperar sus niveles de renta. La generación que se encamina hacia el final de su vida laboral, saldrá del mercado a precio de saldo. Bueno para los negocios y la patronal. Malo para la economía y el país.

El paro supone un desastre económico, pero sobre todo implica un desastre social. El coste no se limita solo a la dimensión económica. Se distribuye a través de la confianza en las instituciones, el capital social o la calidad de la democracia. Si el sistema no se ocupa de sus problemas, cuando la red social de subsistencia no aguante más, mucha gente acabará buscando algo o alguien que sí lo haga.

Mientras, el gobierno solo tiene ojos para el déficit y solo tiene un relato y un mensaje en la boca: austeridad. En sus discursos habla del empleo como la gran prioridad, pero en sus políticas la creación del empleo va la última de la lista. Cuando todo lo demás se haya arreglado, entonces nos ocuparemos del paro.

En frente, la oposición mayoritaria se pierde en un discurso paralelo donde ofrece lo mismo que el PP, pero mejor, una especie de “austeridad con rostro humano”. Se puede crear empleo y reducir el déficit, dicen. No es cierto. O déficit o empleo. O devolver las deudas ahora, o crecer para devolverlas cuando se pueda. Sin un discurso alternativo, no puede haber alternativa.

Solo hay un parado que preocupa de verdad al Partido Popular y al gobierno: Luis Bárcenas. Por él, se hace lo que sea. Desde una simulación en diferido a una conexión en directo. Si al ejecutivo le preocupasen tanto los derechos y oportunidades de los otros parados, seguramente nos iría a todos mucho mejor.

Por © Iñigo Ortiz de Guzmán

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En sangrar anda el juego

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Lo peor de ser pobres

Por Andrés Trapiello

Cuando llegó el crac de 1929, algunos banqueros y bolsistas se arrojaron al vacío desde los rascacielos. Fueron las víctimas de las finanzas. Lo mismo ocurría con los ejércitos. Durante la primera Gran Guerra, generales y soldados marchaban al frente a pelear y matar o a que los matasen. Pero comprendieron que ni eran tan listos ni tan fuertes si las primeras víctimas tenían que ser ellos mismos, de modo que desarrollaron tácticas financieras y militares que les permitieran salvar su dinero y su pellejo en caso de que viniesen mal dadas. Les ha llevado mucho tiempo, pero puede decirse que los resultados son óptimos: se suicidan otros y mueren otros. Aunque los causantes de la ruina financiera sigan siendo los mismos que en 1929 y movidos por razones parecidas, la codicia y la usura, harían el ridículo suicidándose: eso se lo han dejado a los pobres, por lo mismo que en las guerras procuran que no mueran los soldados, como había ocurrido siempre, sino la población civil que no ha podido escapar de bombardeos y fuegos cruzados, o sea, también los pobres. A todos se nos hiela la sangre cuando oímos el número de víctimas civiles en las guerras de Iraq o Afganistán; a todos se nos ha apretado el corazón cuando se nos ha dicho que tal o cual persona se ha arrojado al vacío al írsele a desalojar por un desahucio de la casa donde vivía.

Los lectores (…) acaso recuerden que en ella se ha hablado alguna vez de las ventajas de una vida austera y sencilla, de la frugalidad frente a la glotonería, de la austeridad frente al despilfarro y del aprovechamiento de los recursos como alternativa a su consumo indiscriminado, del crecimiento en profundidad o elevación frente al crecimiento extensivo, en definitiva, de la virtud de aprender a ser feliz con poco para evitar ser desdichados en la abundancia, si acaso no lo somos como consecuencia de ella. No le importaba a uno que hubiera tales o cuales ricos, no envidiaba sus mansiones de gusto saudí ni sus yates o aviones ni sus fiestas. Le bastaban a uno bien pocas cosas: un trabajo justamente remunerado, lo preciso para poder tener un techo, unos cuantos libros, tres comidas al día no por frugales menos sazonadas, tiempo libre para dar de vez en cuando un paseo por el campo o visitar alguna ciudad especial, abrigo para el invierno y refresco para el verano y, claro, la salud para poder disfrutar de unos pocos amigos y una pequeña familia bien avenida. Puede alguien desear muchas más cosas, desde luego, pero dudo que pudiese nadie desearlas mejores.

Pues bien, estamos llegando a un punto en que ya ni siquiera les servimos pobres. Nos quieren en paro, sin casa, sin libros y, a ser posible, muertos. Preferirían, desde luego, que los muertos se quitaran de en medio con mayor discreción (lo de suicidarse deben de considerarlo un plagio de mal gusto y trasnochado), y seguramente en este momento están trabajando codo con codo los gobiernos y los banqueros para lograr una reducción tan apreciable como discreta de la población mundial, porque deben de encontrar irritante que una sola mujer que se arroja al vacío haya podido detener todos los desahucios.

Publicado en Magazine

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Vivir por encima de…

Solo hay dos futuros para Europa y cualquiera de los dos llegará pronto.

O Alemania quita el freno de mano y permite una verdadera unión económica que garantice la solvencia de los países miembros y de sus sistemas financieros; o el euro se rompe, vuelven la peseta, el dracma, la lira y el marco, con unas consecuencias durísimas para todos, también para el estado germano.

Hace falta que los países del sur cumplan con sus cuentas públicas, pero también una Europa solidaria con un Tesoro común que proteja al euro: el que circula en Berlín y el que guardan en el colchón los aterrados atenienses. No queda ya ni mucho tiempo ni muchas más salidas. Si Alemania no permite otras políticas, tras el fracaso del rescate parcial a España viene el rescate completo.

Y tras España, la siguiente en caer es Italia.

Un dosier para Merkel y Lagarde

Por Elvira Lindo

Hace tres años escribí en esta misma columna en la que estoy sentada (si me pusiera en pie, daría un mitin) que antes de la crisis yo tiraba las páginas ocres de los suplementos de economía a la papelera. Despeluchaba el periódico como se despelucha un pollo antes de llegar a casa. Exageraba, como pueden imaginar, pero detrás de cada exageración se atisba la verdad, y lo cierto es que las páginas de economía me daban pereza. O perezón, que describe mejor la galbana dominguera. Llegó la crisis, y una se sentó, como se sentaron muchos de ustedes, pertrechada con las gafas de ver (como antes se decía) para ilustrarme sobre lo que nos estaba pasando y sobre lo que nos quedaba por pasar. En un principio me sentí motivada, por aquello de que la dichosa manía de racionalizarlo todo conduce a pensar que la información es el primer paso para el hallazgo de soluciones, pero una vez que los analistas nos han dejado claro que los economistas llevan camino de encabezar el ranking de diagnósticos garrafales y predicciones incumplidas, y una vez que se nos ha contado que algunos de ellos, muy notables, han sido cómplices de la situación en la que nos encontramos aliándose con la perversión financiera, ya no leo las páginas ocres con el ansia de encontrar información que incluya un halo de esperanza; todo lo contrario, lo que siento yo, lo que usted siente, es zozobra y temor. Incluso los artículos del laureado

Krugman me han empezado a dar susto: aun estando de acuerdo con él en lo esencial, que las sociedades ahogadas por las deudas no tienen posibilidad de recuperación, me espanta cada vez que le leo la palabra corralito, y pienso que, sabiendo como él sabe que esta puñetera economía se basa en la confianza y en la especulación, amenazar con corralitos es añadir tres barrotes a la valla en la que podríamos vernos acorralados. Un amigo economista me decía el otro día que los premios Nobel son muy peligrosos, por cuanto provocan demasiada fe en los lectores. Digo yo que entre el catastrofismo de Krugman y el optimismo insensato que mostró Rajoy cuando le concedieron el ya denostado préstamo tiene que haber un clavo ardiendo al que agarrarse.

En los últimos tiempos procuro centrarme en la sección de Sociedad. Al menos me informa de cómo afecta a los seres humanos la puñetera economía. Inmigrantes que han de regresar a su país de origen porque pierden el trabajo, desahucios, comedores de Cáritas, niños que sufren el paro de sus padres, familias que viven de la pensión de los abuelos, abuelos que tienen que abandonar la residencia y volver a casa, jóvenes que regresan a la casa paterna, trabajadores interinos de hospitales que se quedan sin trabajo a los cincuenta años, profesores interinos que han de abandonar una escuela pública que ve aumentar su ratio de alumnado por clase. Todo eso a diario. Para entender esa realidad no hace falta tener formación de economista ni trabajar en un organismo europeo. “Esto es simple, querida, como un globo de luz del hotel en que vives”, como decía el poeta González Tuñón. Deberían guardarse convenientemente todas esas historias y archivarlas en una carpeta, clasificadas por países, según el orden de intervención: Portugal, Irlanda, Grecia, Italia, España. Los países castigados. Y una vez que estuvieran recogidas esas penurias individuales que expresan tanto de las consecuencias de este puñetero martirio económico, le mandaría el dosier a personas como Christine Lagarde, directora del FMI, que debe de observar desde muy lejos el desamparo en el que se encuentran muchas familias europeas del sur como para atreverse a decir que hemos de reservar la piedad para los niños africanos. O a Angela Merkel, en la que no conviene personalizar la decisión de este castigo, puesto que ella obedece a una ideología concreta, o a una idea respaldada por muchos: los países mediterráneos solo aprendemos la letra cuando nos la inculcan con sangre.

Son muchas las ocasiones en las que he escrito sobre el despilfarro español. Tantas como para que no se me pueda acusar de defender ahora lo que sin duda fue un disparate económico. Basta con salir al extranjero, pisar un aeropuerto de una ciudad europea y compararlo con la T-4 para percibir cómo el gasto en España ha sido irritante. También he defendido que la austeridad debe llegarnos a todos y que debemos enseñar a nuestros hijos de una vez por todas que los derechos no existen sin deberes. Hay que aprender a vivir de otra manera, sabiendo lo que cuesta un curso en la universidad o una visita al médico. Pero eso no tiene nada que ver con que nos vayan encogiendo la sanidad pública o empeorando el sistema educativo. Porque somos también muchos los ciudadanos que hemos trabajado duro, pagado nuestros impuestos e inculcado a nuestros hijos que nadie les debe nada y que la democracia es un ejercicio recíproco de generosidad. Hacer que una parturienta griega no tenga comadrona o que un español de casi sesenta años pierda un trabajo que es a su vez necesario en la sanidad española es hacer pagar a justos por pecadores. Cada vez que nos rebajan el sueldo sentimos como que estamos pagando la factura de esa irresponsable clase política que dilapidó el dinero de nuestros impuestos.

¡Encima!

Artículo de opinión publicado en EL PAIS (24 Junio)

Ilustración- Iker Ayestaran

Por © Iñigo Ortiz de Guzman

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‘Bailout’

Pregunta un periodista: “Si según usted la sociedad no va a sufrir, ¿por qué no se ha pedido antes el rescate?”.

Responde De Guindos: “A usted no le tocaba preguntar ahora”.

Desde que la crisis se inició en 2007, la población española ha estado sometida a toda una serie de políticas públicas que han significado un gran recorte de sus derechos laborales y sociales, que han afectado de una manera muy notable al bienestar social y a la calidad de vida de las clases populares.

Hemos visto durante estos años de crisis la congelación y pérdida de la capacidad adquisitiva de las pensiones, el retraso de la edad de jubilación, la reducción del gasto público en las transferencias y servicios del Estado del bienestar (con recortes muy acentuados de la sanidad pública, de la educación pública, de los fondos y servicios a las personas con dependencia, de las escuelas de infancia, de los fondos para la prevención de la pobreza y de la exclusión social, de los servicios sociales, de las viviendas sociales, del nivel de cobertura de los seguros de desempleo y de las ayudas a la integración de los inmigrantes).

Pues bien, hoy día sabemos a ciencia cierta que todas estas intervenciones han empobrecido todavía más al conjunto de la clases trabajadoras.

Tanto el gobierno de Zapatero primero y ahora el de Rajoy han insistido constantemente en realizar esos recortes por encima de todo por el miedo a que no pudiéramos recuperar la famosa confianza de los mercados financieros y entonces fuésemos intervenidos por la llamada Troika: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Pero ahora resulta que a pesar de que se han llevado a cabo todos esos recortes, a pesar de que se han ejecutado una tras otra las imposiciones de los mercados, expresadas a cada momento muy claramente por esa Troika, España ha sido intervenida por esas tres instituciones.

Digan lo que digan, lo cierto es que todos estos enormes sacrificios y recortes han sido en balde y cuando se ha producido su fracaso estrepitoso en forma de rescate o, lo que es lo mismo, bailout en inglés.

En contra de lo que se está diciendo, el rescate aumentará la deuda pública, pues el Estado –el receptor de la supuesta ayuda- tendrá que pagar por las pérdidas de las bancas fallidas en el rescate y asumir sus intereses y el principal.

La deuda inmobiliaria con los bancos no es menor de 400.000 millones de euros, así que 100.000 millones (el techo más alto del rescate) serán insuficiente incluso en los escenarios más optimistas de su recuperación.

Hay que decirlo claramente: el rescate constituye un auténtico golpe de Estado bajo la apariencia de ayuda a la banca. A partir de ahora, el gobierno Rajoy hará lo que digan la Troika y el gobierno alemán. El federalismo de Merkel (“queremos más Europa… y los Estados tendrán que ceder soberanía”) es una manera amable de definir una relación colonial en la que a España le toca ahora ser la colonia.

Guste o no.

Según Vicenç Navarro (catedrático de Políticas Públicas) la razón de que haya sido justamente ahora cuando se ha producido el rescate es otra, y como siempre, no aparece en los medios. Es el temor de la Troika a que en las próximas elecciones griegas gane la izquierda, y se cuestionen con mucha más fuerza las políticas de austeridad que han llevado a Grecia (y a España) al desastre.

Cuesta creerlo, pero así de claro parece ser. Nadie ha dicho lo contrario.

© Iñigo Ortiz de Guzmán

Viñetas- Por Manel Fontdevilla

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