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Trump, el inmigrante

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Ellis

El presidente Trump ha decidido vetar la entrada a cientos de miles de personas que, como su madre, solo buscan una oportunidad.

Por Ana Pastor @_anapastor_

«Recuerdo el ruido del viento mientras me estaba quedando dormido. Las ramas de los árboles rozaban el tejado como si fuera gente que susurraba. Llegué aquí una mañana de invierno o quizá fuera primavera. Mi madre me dejó una nota en la maleta. Me pedía que hiciera algo de lo que pudiera sentirse orgullosa, que fuera un buen hombre». La imponente voz de Robert De Niro atrona entre las paredes de una de las naves abandonadas en la isla de Ellis, en Nueva York. El actor aparece en un conmovedor cortometraje documental que pretende servir como homenaje a los 12 millones de inmigrantes que hace 125 años llegaron a las costas de Estados Unidos desde lugares como Irlanda, Grecia, Turquía o Líbano. Homenaje a quienes lo intentaron y lo consiguieron, a los que iniciaron la travesía y se quedaron por el camino, a los que alguna vez lo soñaron y se atrevieron.

Doce millones de personas llegadas en barcos huyendo de la violencia o de la pobreza. Doce millones de personas que han construido EEUU, que sembraron la esperanza de una vida mejor para sus descendientes y que, según datos recogidos por el ‘Washington Post’, son los bisabuelos, abuelas o padres del 40% de la población actual de ese país.

Desde aquellos primeros años del siglo XX hasta hoy han seguido llegando de muy diferentes maneras cientos de miles de personas a Estados Unidos. Una riqueza cultural y humana que alcanza incluso a quien no sabe apreciarla, como el actual presidente Donald Trump. En el maravilloso Museo de la Inmigración de la Isla de Ellis se pueden hacer búsquedas por apellidos para encontrar familiares. Su página web es una joya con documentos de audio, fotos y archivos de aquellos refugiados que llegaban en barco y eran atendidos en barracones tras pasar exámenes médicos y entrevistas personales. Y ahí, entre esa cantidad ingente de nombres he podido comprobar que está Mary Anne MacLeod.

EL HIJO DEL PRESIDENTE

El 11 de mayo de 1930 llegaba a la isla en un ferry esta joven de 18 años con apenas 50 dólares según el documento que aún conserva el museo. Mary Anne era entonces una adolescente inmigrante que declaró aquel día no querer volver a su país, Inglaterra. Años después se casó en territorio norteamericano y tuvo varios hijos. A uno de ellos le puso el nombre de Donald. Hoy es el presidente que ha decidido vetar la entrada a cientos de miles de personas que, como su madre, solo buscan una oportunidad. El mismo presidente que ha tenido hijos con dos mujeres nacidas en Europa, como su madre.

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De nuevo escucho de fondo la voz de Robert De Niro: «Vine aquí porque quería tener un hogar, un lugar donde pudiera hallar la paz, donde me trataran como a cualquier otra persona, donde pudiera ser quien yo quiera ser».

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Circus Mundi

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Han llegado los payasos

Cuando la civilización polinesia de la Isla de Pascua (hoy parte de Chile) empezó a quedarse sin árboles, lluvia ni alimentos, los jefes empezaron a ver peligrar sus plumas y medallas. Su tarea histórica era traer riqueza y tener línea directa con los dioses, pero en plena crisis no tenían ni idea de cómo hacerlo. No conocían la ciencia ni la ecología y solo un milagro de multiplicación de panes y peces –y allí el cristianismo no había asomado las narices– habría salvado a la isla de su catástrofe ecológica. Décadas de multiplicación humana, deforestación, cambio climático y la explotación exagerada de cultivos, como relata Jared Diamond en ‘Colapso’, habían llevado a la isla a la parálisis.

Las famosas y misteriosas esculturas moais que tallaban, monolitos gigantes con los que los diferentes clanes querían pavonearse de su poder, acabaron agotando el paraíso: exigían tala de árboles, un sobreesfuerzo de transporte y sobreconsumo de comida. Se presentó el canibalismo, y la veneración de los jefes se tornó en saqueo e indignación contra ellos. En el siglo XXI nuestros moais son ideas de felicidad que se compran y se venden, experiencias a crédito y objetos de consumo. Cuanto más, mejor, así como los moais eran mejores cuanto más grandes. Como en la Isla de Pascua, también nos hemos multiplicado furiosamente en un planeta sin cara B: somos 7.000 millones. En 1950, antes de ayer, éramos 2.500. Demasiados homo sapiens queriendo progresar y consumir en un mundo de recursos y espacio limitados. Con tanta competencia se exacerba el egoísmo, la autoprotección y el miedo al otro. El ascensor social está en reparación y el sediento capitalismo salvaje se está bebiendo los pozos de la ética. Nuestros reyes, como los de Pascua, no resuelven. La indignación está prendiendo y hay ganas de castigarlos y bajarlos de sus pedestales, de quitarles galardones, honores y romperles las estatuas. En Pascua hubo violencia contra ellos y les arrebataron sus casas. Como el magnicidio es intolerable, lo que estamos haciendo en las sociedades modernas es sustituir a los jefes de siempre por payasos, a ver si llueve. Elegir perfiles como el de Trump es tirarse un farol o una moneda al aire y a la cara. Es subirse de hombros, todo al rojo y a ver qué pasa. Hay una nueva tendencia de elegir para que ejerzan de políticos a quienes menos se les parezcan y a los más primarios (que me defiendan a mí y lo mío), por eso también el avance de los líderes xenófobos y del Brexit. Es una solución disruptiva pero estúpida. Como resumirían los geniales Monty Python: “And now… For something completely different!”. Sin más razón que porque sí.

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Escrito por Raquel Ejerique @raquelejerique

Editado por Iñigo Ortiz de Guzmán @inigortizguzman

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2º Asalto

Pactar es ceder un poco

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Mariano Rajoy sigue sin contar con ningún apoyo a su candidatura tras unas conversaciones en las que se ha confirmado el distanciamiento del PP con el resto de formaciones, a las que no ofrece medidas concretas

Lo intuyó Dámaso Alonso: Madrid es una ciudad de más de un millón de pactistas, pero sin tradición de pactos. Por eso los pactos no salen. Ya fallaron en la pasada legislatura y, si nadie lo remedia, la situación va camino de repetirse, aunque no a petición del distinguido público. El PP tiene claras las cosas: o se acepta que Mariano Rajoy sea presidente o habrá nuevas elecciones. ¿Qué ofrece a cambio? No se sabe. Dijo, eso sí, que debe haber un gobierno estable, pero se olvidó de explicar las acciones que acometería el ejecutivo para el que pide apoyo parlamentario. Sus portavoces hablan de matizar el programa electoral, e incluso de modificar la ley de educación, aprobada durante los años de mayoría absoluta contra todos los demás partidos y movimientos sociales. Pero eso es ofrecer la piel de un oso que no ha cazado y que no tiene medio de cazar: no puede aplicar su programa electoral porque carece de apoyos suficientes y, aunque Rajoy consiga ser presidente del gobierno, este tendrá que asumir las modificaciones que el Parlamento introduzca en las leyes que aprobó en su día en solitario (solo la laboral contó con los diputados de la entonces CiU). Mientras, visto que en la primera repetición el discurso del miedo a la inestabilidad y a Podemos le permitió crecer en número de diputados, Rajoy ha decidido insistir en la estrategia confiando en atemorizar a los que vieron sus fuerzas disminuidas.

Complicado acercamiento

Hay en la Cámara formaciones más afines a la derecha. En primer lugar, Ciudadanos (que el miércoles daba un giro a su estrategia al anunciar su abstención

El discurso exhibido por el PP hace que el acercamiento a los nacionalistas resulte casi imposible

en segunda vuelta), pero también el PNV o el Partit Demòcrata Català (PDC), que agrupa las cenizas de Convergència. Pero los populares han esgrimido el discurso del españolismo recentralizador con tal vehemencia que el acercamiento a ellos resulta imposible en el caso del PDC y muy difícil con los nacionalistas vascos, sobre todo porque en Euskadi habrá elecciones en otoño. Es cierto que el PNV ha sido siempre un partido de orden y que incluso su primera negativa fue educada, pero el acercamiento a cualquier nacionalismo periférico resulta indigesto para Ciudadanos, único partido que ha cuestionado el cupo vasco. Algo que ni siquiera el PP hace porque, como dijo en campaña el filósofo y candidato jeltzale Daniel Innerarity, “no conviene patear un avispero”.

El socio natural

Así las cosas, el probable aliado del PP es Ciudadanos. Sus dirigentes ya han entendido que su misión es encontrar la vía que facilite prestar sus votos al Partido Popular.Albert Rivera ha aprovechado estos días para trabajarse el discurso de modo que donde dijo que nunca permitiría (ni con el voto ni con la abstención) que Mariano Rajoy repitiera como presidente figure que había dicho todo lo contrario, naturalmente, por el bien de España. El problema es conseguir, como pretende, que le ayude el PSOE (aunque sea absteniéndose), de modo que Ciudadanos no quede como único apoyo a un PP con el que no quiere pactar nadie, entre otros motivos porque los populares no quisieron pactar nada durante los cuatro años en los que no les fue necesario. La insistencia de Rivera en que el PSOE debe colaborar en la investidura de Rajoy hay que entenderla como una acción en defensa propia: si Ciudadanos se convierte en la muleta del PP, con Rajoy al frente, sin compensaciones en una supuesta lucha contra la corrupción, su futuro puede quedar en entredicho. ¿Para qué dos partidos de derechas si el comportamiento es similar?

La papeleta del PSOE

El papel más difícil, sin embargo, es el de los socialistas. Aunque Pedro Sánchez sugiera que no habría terceras elecciones si no hubiera habido segundas, lo cierto es que el PSOE lo arriesga todo, tome la decisión que tome, tras un primer voto (al que Rajoy puso fecha en el 3 de agosto para aumentar la presión) que será necesariamente negativo. El líder socialista dejó muy claro que la obligación de encontrar apoyos para el gobierno del PP es del propio PP y no puede cargar a los demás con la culpa de sus incapacidades. Sánchez reiteró que el voto de los socialistas será siempre negativo, pero no por Rajoy, sino porque el programa del PP es incompatible con el del PSOE. Los socialistas no pueden conceder en modo alguno que Rajoy salga a la primera y solo muy a regañadientes pueden aceptar abstenerse en la segunda votación (o en la tercera, si fuera el caso) si obtuviesen claras contrapartidas que presentar a su electorado. Lo contrario sería el suicidio o la ruptura de un partido que, por otra parte, no está especialmente cohesionado.

Para permitir que Rajoy (u otro candidato del PP) sea el nuevo presidente del gobierno, el PSOE necesita concesiones de los populares. Concesiones de contenido: en educación, por supuesto, pero también en lo relativo a libertades (ley mordaza), en el modelo laboral (cambios en la contratación y en la negociación colectiva), en economía (financiación autonómica, fiscalidad y pensiones) y en asuntos aparentemente menores pero, al final, esenciales para la organización de la convivencia, como acabar con el sometimiento del poder judicial y de los medios de información públicos al Partido Popular.

El PSOE puede aceptar abstenerse solo si obtiene claras contrapartidas para mostrar a sus votantes

Es probable que Ciudadanos exija cambios en la ley electoral y nuevas medidas anticorrupción. En ambos casos podrá contar con Pedro Sánchez y sumar, además, el apoyo de Podemos, a quien los socialistas no querrán dejar el monopolio de la oposición. En el pasado el PSOE podría no haber sido receptivo a una reforma que afecte al sistema de representación electoral, pero tras el susto de las últimas elecciones los tres partidos pueden defender con argumentos una modificación que haga el reparto de escaños más proporcional a los votos reales. Menos partidario será, en cambio, el Partido Popular, gran beneficiado en el presente.

Buscar por esta u otras vías la colaboración de Unidos Podemos es esencial para los socialistas porque si un día quieren gobernar difícilmente podrán hacerlo solos, y no está claro que la derecha piense ayudarles. Nunca lo ha hecho. Por su parte, los partidos nucleados en torno a Pablo Iglesias, pasado el sarampión, tendrán que aceptar que en el Parlamento cabe algo más que el mero no a lo que hagan los otros. Y para eso necesitarán pactar. Los más cercanos y con mayores coincidencias programáticas son los socialistas.

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Asunto sensible

Queda la patata caliente de la reforma constitucional. Rivera ha querido presentarse como el adalid de lo que él llama el “frente constitucionalista”. Eso tiene poco recorrido. Tan constitucionalista es quien defiende que la Constitución no se toque (o se toque poco) como quien propone (Unidos Podemos) modificarla respetando los mecanismos que la propia Constitución prevé. Y esta modificación tendrá que hacerse contemplando el problema territorial que se vive en Cataluña, donde la pasiva indolencia de Rajoy ha sido un maná para el independentismo. Los socialistas (o una parte de ellos) hablan de reforma federal; Unidos Podemos, de una España plurinacional. No todo parecen divergencias. Y también se abre aquí un campo donde exigir gestos al PP a cambio de permitir su gobierno en minoría.

Vistas las cosas, no todo está perdido. Nadie puede imponer sus proyectos a los demás. Queda la vía de la negociación y hasta, quizás, puedan alcanzarse acuerdos.

Por Francesc Arroyo, AHORA SEMANAL

IlustraciónRaúl Arias

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Caza de brujas

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Si no votas al PP, votas a ETA

Por Ignacio Escolar

Manuela Carmena fue una de las fundadoras del despacho de abogados laboralistas que sufrió la matanza de Atocha, es premio nacional de Derechos Humanos y cofundadora de Jueces para la Democracia; fue magistrada del Tribunal Supremo, jueza decana de Madrid y relatora de la ONU, entre otras muchas cosas. Cuando se jubiló, abrió una tienda social de ropa para niños hecha por reclusas en reinserción. Pero cuando la presentan en el debate de Telemadrid, la parte más importante de su currículum es que fue jueza y asesoró al Gobierno Vasco.

Se entiende mejor el detalle biográfico vasco que recupera la ‘imparcial’ moderadora cuando al minuto Esperanza Aguirre acusa a Carmena de llevar “abertzales en sus listas”, de preocuparse por “el sufrimiento de los etarras”, de haber excarcelado a terroristas y, por supuesto, de “despreciar a las víctimas”. Jugada en equipo: la moderadora pasa y Aguirre chuta. TeleEspe funciona así.

 La estrategia de Esperanza Aguirre en ese aberrante formato de debate electoral que ella misma impuso en Telemadrid ha sido bastante clara: embarrar aún más campo, a ver si así consigue manchar la imagen de Manuela Carmena, su principal rival en estas elecciones, y que aparece como la candidata mejor valorada en las encuestas.

Esperanza Aguirre estuvo maleducada, impertinente, hipócrita y exasperante en el debate electoral. Acusó a Carmena de estar en sintonía de ETA; ese es todo su programa –que a cinco días de las elecciones sigue sin presentar–: si no votas al PP, votas a ETA. La lideresa siguió la ola de una portada de El Mundo tan indigna que hasta el nuevo director del periódico –que aún no ha tomado posesión– se desvinculó de tan rastrera acusación.

Relacionar con ETA a todo aquel que no sea del PP no es una estrategia nueva de la derecha, aunque ahora ese espantajo se use contra Podemos y Ahora Madrid; antes ya lo hicieron contra “zETAp” y esa “traición a los muertos” que indignamente acusó Rajoy. Utilizar el terrorismo de forma tan sucia e inmoral, banalizar sobre ETA de esta manera, sí es un insulto a las víctimas; una verdadera traición.

Lo escribí hace dos años en un artículo que, por desgracia, sigue vigente. Tú eres ETA. Yo soy ETA. Nosotros somos ETA y cualquiera que proteste es siempre ETA. Solo ellos no son ETA. En esencia, los españoles nos dividimos en dos grupos: los “ciudadanos de bien” (marca registrada) y el resto, los etarras.

Solo hay algo más lamentable que este populismo de brocha gorda de Esperanza Aguirre. Que este domingo le pueda funcionar.

manuela esperanza

Vídeo– a partir de 1:48:00 TELEMADRID

Viñeta- por Bernardo Vergara

+Info- Artículo de Ernesto Ekaizer

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El anuncio de una muerte anunciada

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Cospedal abofetea en público a Javier Arenas

Por Antonio Avendaño

¿A quién se refería exactamente la portavoz de María Dolores de Cospedal cuando en la nota-bomba emitida este Viernes Santo hablaba de “los que perdieron en Andalucía”? No es preciso tener fuentes directas del PP en Madrid, Toledo o Albacete para adivinar que Carmen Riolobos, sin duda por indicación expresa de Cospedal, se estaba refiriendo a Javier Arenas. La guerra tanto tiempo latente entre la todavía presidenta de Castilla-La Mancha y el todavía líder de hecho del PP andaluz se ha convertido de la noche a la mañana en una guerra abierta. Aunque por persona interpuesta, Cospedal ha sacado las navajas, lo que significa que, esta vez sí, va a haber sangre.

INTRIGAS CONJETURALES

Para los analistas políticos no es fácil seguir la pista a las intrigas internas del PP porque todos sospechan que en realidad se trata de intrigas ficticias, o por lo menos de intrigas conjeturales: en el PP todo el poder se concentra en Mariano Rajoy, de manera que las sordas peleas entre las sorayas, los arenas y las cospedales han venido siendo hasta ahora como ese ruido de fondo que hacen los niños en las reuniones familiares: algo a lo que ningún adulto hace mucho caso… hasta que alguno de los niños empieza a llorar en serio.

Pues bien, Cospedal ha empezado a llorar en serio, y ello obligará a Rajoy a prestar atención a la chavalería, bien sea enjugando las amargas lágrimas  de Cospedal bien dejándola con su llantina hasta que se le pase.

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El origen del odio viene de lejos, pero habría tenido su culminación más elaborada hace cosa de un año, con ocasión del sorpresivo nombramiento de Juan Manuel Moreno como presidente del PP de Andalucía, en contra del criterio de Cospedal, cuya apuesta era José Luis Sanz, que tampoco era por cierto una gran apuesta teniendo en cuenta que el Tribunal Supremo puede en cualquier momento confirmar su imputación por prevaricación.

No es probable que Sanz hubiera mejorado mucho los pobres resultados del candidato de Arenas y la vicepresidenta Santamaría, pero eso ahora no importa. Moreno ha sido un fracaso y Cospedal quiere sangre. Y no tanto la sangre de Moreno, que no es una sangre demasiado importante, como la sangre Arenas, que sí que lo es.

VERDUGOS NATURALES Y DE LOS OTROS

Pero si Cospedal quiere sangre, que sepa la número dos del PP que Mariano Rajoy no se la va a dar. Al menos no ahora. Otra cosa bien distinta es que logre conservar el poder en Castilla-La Mancha tras el 24-M: si tal cosa ocurre, Rajoy no podrá negarle nada de lo que le pida, en cuyo casoel destino de Javier Arenas quedaría, paradójicamente, en manos de los votantes manchegos. Habría ahí una cierta justicia poético-electoral, pues lo que no consiguieron sus verdugos naturales, que son los andaluces, lo conseguirirán esos verdugos sobrevenidos que serían los manchegos.

Ahora bien, si Cospedal no renueva cargo en Toledo la difunta será ella: una difunta perpleja que no podrá dejar de preguntarse por qué su enemigo íntimo Javier Arenas ha seguido tanto tiempo vivo -hibernado pero vivo- después de perder tantas veces mientras que ella estaría muerta tras perder solo una. La respuesta es: porque Arenas sí es un líder y Cospedal no lo es.

UN TIPO DURO DE PELAR

El PP andaluz esta huérfano desde que Arenas se marchó en 2012; ni Juan Ignacio Zoido primero ni Juan Manuel Moreno después han sido verdaderos sustitutos. Ninguno de ellos tiene madera de líder. ¿Que qué es un líder? Alguien a quien la gente sigue queriendo aunque pierda elecciones. Arenas tiene ese don pero sus sucesores, no. Por eso es un tipo duro de pelar.

No obstante y digan lo que digan Cospedal y Riolobos, quien esta vez ha perdido en Andalucía no ha sido Javier Arenas. Esta vez no. Ni, por supuesto, Moreno Bonilla. Quien ha perdido ha sido el PP, es decir, quien ha perdido ha sido Mariano Rajoy y solo Mariano Rajoy, a quien el 22-M ha sumido en una debilidad que no se le conocía desde su derrota de 2008, cuando Esperanza Aguirre y Pedro J. Ramirez intentaron acabar con él pero finalmente logró salvarse gracias al apoyo de Francisco Camps y Javier Arenas.

Si, como el 22-M, también el 24-M es un desastre para el PP, Mariano Rajoy no estará en condiciones de matar a nadie porque el muerto será él.Se cerraría en ese caso el ciclo infernal de cuatro años que se inició en 2011 con la injusta derrota de tantos alcaldes socialistas por culpa de Zapatero y concluiría en 2015 con la no menos injusta de tantos alcaldes populares por culpa de Rajoy.

LA TRAMPA

El presidente hizo trampas en 2011 al afirmar una y mil veces que la culpa de la crisis era de Zapatero y ahora aquellas trampas se vuelven contra él, pues, según aquella lógica despiadadamente ventajista, la culpa de que la crisis siga existiendo cuatro años después es ahora suya. Naturalmente, ni hace cuatro años la culpa era de ZP ni ahora lo es de RJ, pero tanto entonces como ahora alguien tenía que pagar por ella y quien paga suele ser el que gobierna, ya sea en España, en Francia, en Grecia o en Portugal. No pagan los gobernantes, pagan los gobiernos.

A todo esto, ¿qué va a pasar con Moreno Bonilla y con el partido en Andalucía? La pregunta sería importante si no hubiera otra todavía mucho mas importante pendiente de contestación, y es: ¿qué va a pasar con Mariano Rajoy y con el partido en España? La primera pregunta no puede tener respuesta mientras que no la tenga la segunda. Y la segunda no puede tenerla antes de las elecciones del próximo 22 de mayo. La sangre fácil que exige Cospedal no va a ser posible de momento. Y puede que cuando sea posible no le sirva ya de nada porque para entonces puede que todos estén muertos.

Ilustración– Por Bernardo Vergara

 

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YOU

El plan C de las mujeres

Por Sonsóles Ónega

Hace más de un año y medio, cuando la novela Nosotras que lo quisimos todo (Editorial Planeta) no era más que un taco de folios sin compromiso editorial, se cruzó en mi vida un hombre con responsabilidades, cuya identidad omitiré porque no aporta nada a lo que quiero contar. Le hablé del taco de folios y del tema que en ellos trataba: el timo de la mujer trabajadora. El hombre me miró con cara de estupefacción y me dijo:

-El mundo no ha cambiado porque los hombres no hemos querido que cambie.

Por aquel entonces, yo ya había llegado a esa conclusión, pero no la introduje en la novela. Fue algo deliberado. Ni siquiera la puse en boca de Beatriz, la protagonista.

Tras aquella conversación, empecé a desear, más que nunca, publicar. Nunca antes, y esta es mi cuarta aventura editorial, me ha interesado tanto que un taco de folios se convierta en libro. Desde el 15 de enero está en las librerías.

Han pasado poco más de dos semanas en las que he asistido a una noria de reacciones. Desde el trasnochado discurso que nos sigue colgando el cartel de víctimas, hasta el comentario de “opta por no tener hijos”, pasando por quien sugiere que culpe a mi madre por no haberme hecho “un croquis sobre lo que significaba la maternidad”. Frente a eso, también me he encontrado un pelotón de mujeres cómplices que siente y padece el dilema, sí dilema, que se plantea la protagonista de la novela y que no difiere mucho del dilema, sí dilema, que atenaza a las mujeres más libres y con más derechos de la historia. Una generación de mujeres con las mismas oportunidades que los hombres, incapaz de conseguir los mismos resultados. Una generación de mujeres que se cobija bajo una realidad de leyes que sólo son leyes y no hacen milagros. Y una generación, en definitiva, que se lanzó a conquistar el mundo y se chocó de bruces con él. A todo eso yo lo llamo timo.

Es un timo descubrir que las promesas de igualdad no son reales. Saber que volverás a casa y empezarás una especie de segunda jornada sin remuneración extra. Aunque las cosas están cambiando, la mujer trabaja dentro y fuera de casa. Es una realidad estadística. Los datos recogidos en el Plan de Igualdad de Oportunidades 2014-2016 del Instituto de la Mujer dicen que dedicamos casi cinco horas diarias a tareas del hogar y la familia, frente a la hora y cincuenta y cuatro minutos de los hombres. Eso genera una desigualdad de manual que todos los organismos internacionales sitúan como nuestro primer obstáculo para concluir con éxito una carrera profesional. Habrá quien relativice los efectos de todo esto, pero quien tiene que encender la plancha a las tantas de la noche o quien roba horas al sueño para hacer purés se siente un poco timada… además de muy cansada.

La Organización Internacional del Trabajo señala en un reciente informe que el 100% de las mujeres que inicia un proyecto personal confía en el reparto equitativo del trabajo en casa, mientras que el 70% de los hombres cree que el peso recaerá sobre sus parejas. Esta expectativa de igualdad es otra de las barreras transparentes que confeccionan el timo. Es cierto que nos criamos en un entorno de igualdad relativa porque nuestras madres se ocupaban de todo. Pero creíamos que sería diferente cuando nos tocará ser madres y profesionales. Creímos también que las estructuras empresariales habrían evolucionado, como mínimo, al mismo ritmo que nosotras. Nada es exactamente así.

¿Qué hacemos? Movernos. Siento que hay partido porque hay ganas. Hay una revolución pendiente que pasa por dos palabras feas, pero eficaces: racionalidad y flexibilidad. Flexibilidad horaria y flexibilidad en el discurso. La sociedad nos debe a hombres y a mujeres un rediseño de las jornadas laborales. Nos debe también una despenalización de la madre profesional y una despenalización de la profesional que quiere ser madre. Es lo que yo llamo plan C. Existe. Tiene que existir. Lo que da sentido a este libro es la desdramatización del drama. La propia protagonista se salva de la destrucción construyendo su plan C contra todo y contra todos. La novela es un golpe en la mesa: si quieres, puedes; hazlo a tu manera. Ve y habla con tu jefe. No le llores. Los hombres no quieren lágrimas, quieren soluciones. “Ve y hazlo”, concluye Beatriz en su epílogo.

Quizá ese plan C empieza por hablar de la maternidad sin prejuicios y por plantear nuestras necesidades en cada momento. Así evitaremos que nos timen y que nos sintamos timadas. Cualquier opción será buena antes que arrojar la toalla, agotada de no llegar a nada queriendo llegar a todo. La sociedad no puede permitirse fugas de talento y nosotras no deberíamos dejar ni un hueco libre. No es una obligación tener una carrera, pero tampoco debería ser una opción renunciar a la maternidad. ¡Ya somos el país con uno de los índices de natalidad más bajo!
Hay un campo de batalla en el que la mujer no tiene papel y sobre el que Europa está poniendo el foco: la carreras técnicas. El 87,4% de ingenieros españoles son hombres. No hace mucho tiempo tuve la oportunidad de hablar sobre estos asuntos con Carlota Reyners, miembro del gabinete de la comisaria NeelieKroes. Me contó que en el sector de las TICs habrá unos ¡900.000 puestos en 2020! Hay que promocionar las formaciones y empleos científicos y tecnológicos entre las mujeres porque permiten más conciliación y, además, no lo neguemos, están mejor pagados. La Comisión Europea organiza un premio anual llamado Girlson ICT Award que, el año pasado, estuvo apoyado además por la iniciativa Codingweek, una semana dedicada a la programación para dar visibilidad a sus posibilidades. En Estados Unidos se enseña en los colegios. En Reino Unido hicieron un Hour of Code con mucho éxito y participaron tanto ellos como de ellas. España espera en el andén.

Así que sí, ha llegado la hora de las mujeres. Quizá también haya llegado la hora de que nos gobierne una mujer para cambiar ese mundo que no ha cambiado del todo. Sé que está manido, pero también siento que una mujer con poder es capaz de entender que sentirse timada no es una licencia literaria, ni siquiera una pose. Es una sensación. Un sentimiento. Y, para muchas mujeres, una realidad.

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Todo perdonado

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El saber de la risa

Por Luis García Montero

Está claro que reírse es una cosa muy seria y que el saber de la risa sirve para iluminar los sentidos de una cultura. El humor tiene un sentido que suele cargar de significado el sentido del humor. Esto siempre ha sido así desde que sonó en el mundo la primera carcajada.

La risa tuvo en el cristianismo medieval una clara vocación carnavalesca. La sociedad necesitaba reírse en la entrada de la cuaresma para recordar la existencia de la tentación, la carne y el demonio. El mundo sacralizado une de forma inseparable el alma y el cuerpo, la risa y la oración, dios y el demonio. El Arcipreste de Hita buscó la risa en lo más sagrado porque consideraba un acto de hipocresía negar el mal, la convivencia del ser humano con las imperfecciones terrenales. Cara y cruz, al derecho o al revés, la oración y la risa formaron parte de un mismo mundo.

Luego llegó el mundo moderno del humanismo y aprendió muy pronto a reírse según su propia lógica. Con buen humor contó el Lazarillo de Tormes las desgracias de su vida para convencernos de que la ética de cada individuo responde a su propia experiencia. Y con buena risa dibujó Cervantes las locuras de un hidalgo ingenioso que se había empeñado a destiempo en vivir bajo códigos y libros medievales cuando la realidad del mundo había cambiado de sentido.

La ilustración, como horizonte de la modernidad madura, necesitó pronto de su propio sentido del humor para no convertir los valores de la razón en una fe religiosa. Porque una razón convencida de su poder universal y absoluto podía negar con facilidad la condición humana de las personas que no viviesen bajo el diseño de su mundo. El relativismo y la capacidad de reírse hasta del orgullo de un conocimiento científico tienen sus incomodidades, a veces obligan a convivir con las sombras. Pero es mucho más sombría la carencia de humor que acaba en el dogma de la modernidad como coartada para sostener discursos totalitarios, campos de concentración o bombas atómicas.

El significado de la revista Charlie Hebdo ha sido triple en lo que se refiere al humor y al periodismo desde que se fundó en 1992. Quizás por eso muchos de los líderes y de los medios de comunicación que hoy se duelen justamente de la masacre intentaron denigrarla de forma injusta definiéndola como una publicación de extrema izquierda. Las democracias degradadas suelen calificar la defensa de la raíz democrática como un ejercicio de extremismo y radicalidad.

Charlie Hebdo supo reírse de los fanatismos irracionales de la religión y puso una carcajada en el interior de las mezquitas, las sinagogas y las iglesias. Eso es importante. Charlie Hebdo supo reírse de los que propagan el miedo al fanatismo como una forma racista de negar las diferencias de civilización para convertir la cultura ilustrada en una fe dogmática. Y eso también es importante. Charlie Hebdo supo ponerse en riesgo con su risa enfrentándose a las amenazas de muerte y asumiendo que la opinión libre es un acto cívico de carácter irrenunciable. Y eso es un ejemplo en un panorama triste en el que la libertad de prensa suele ser una quimera por culpa de los poderes económicos que imponen sus líneas editoriales y de los poderes políticos que no respetan la independencia de la información pública.

La cultura europea necesita ser consciente de aquello a lo que no debe renunciar. Eso es más importante que precipitarse en elegir cosas a imponer. La risa tiene su sabiduría y su significado. El síntoma más claro del estado de la prensa oficial en España, y de su crédito, es el prestigio que el humor ha alcanzado como fuente informativa. Humoristas como Joaquín Reyes con sus parodias y programas como El Intermedio tienen éxito por su talento. Reyes, Wyoming y Miguel Sánchez- Romero, creador de El Intermedio, tienen mucho talento, desde luego. Pero su importancia social y su popularidad se debe a algo más que al talento: es un indicio del descrédito de la prensa oficial y de la necesidad de convertir la risa en un informativo para combatir unos informativos de risa. Charlie Hebdo tuvo mucho de eso.

Lo que pide con melancolía la risa es que el periodismo serio recupere su dignidad.

web- Charlie Hebdo

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Y, de repente, soy la Farrah Fawcett de la televisión

Lean, hablen, amen, coman y, si pueden, háganlo todo a la vez.

Por El Hombre Confuso

EL HOMBRE CONFUSO

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 Anoche sonaban las canciones de Hedwig and the Angry Inch mientras fuera llovía sin parar. La realidad, con un musical de fondo, parece mucho menos cruel. O eso es lo que algunos queremos pensar. Salimos a la calle creyendo que, en cualquier momento, empezará a sonar la música, los casuales transeúntes iniciarán una coreografía y todo formará parte de un sueño orquestado desde lo más hondo de nuestro corazón. Porque ahí es donde habitan los musicales. No esperen una lógica -de ser así, les garantizo que están muertos por dentro-, ni una explicación coherente. Tan sólo pónganse un poco de maquillaje, una buena peluca y créanse la Farrah Fawcett de su barrio. ¿Acaso tienen algo mejor que hacer? ¿Van a conformarse con ver la vida pasar mientras los demás protagonizan su propio musical? Pensaba que todavía tenían ganar de vivir…

El tiempo se detiene mientras Hedwig trata de recuperar el amor…

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Nacionalismos, movida de ficha

traza

Lo que no se quiere oír sobre Cataluña

El problema del encaje catalán en España es el del encaje de un pueblo norteño en un país sureño

Por César Molina

Hay cuestiones de fondo sobre Cataluña que no se quieren oír y, mucho menos, escuchar. No puedo obligar a nadie a escucharme pero, al menos, voy a intentar hacerme oír. En este artículo quiero aportar cuatro reflexiones sobre Cataluña y sobre la relación de Cataluña con España. Bien a un lado del Ebro, bien al otro o bien a los dos, estas cosas no se quieren oír. En primer lugar discutiré el “hecho diferencial” catalán desde la dialéctica Norte-Sur en la Europa actual. El problema del encaje de Cataluña en España, como el de Lombardía en Italia, es el del encaje de un pueblo norteño en un país sureño. A continuación caracterizaré a Cataluña como una sociedad compleja aún vertebrada por una mentalidad menestral cuyas raíces se remontan a la baja Edad Media. Cataluña se desarrolló y llegó a ser lo que es gracias al decreto de Nueva Planta de 1714, no a pesar de él. En tercer lugar argumentaré que el contencioso Cataluña-España oculta otro contencioso entre catalanes que tiene importantes consecuencias para la sociedad catalana. A España y a Cataluña les irá mejor juntas que separadas si consiguen un acuerdo de convivencia que potencie el futuro de ambas. Por último daré unas pinceladas sobre qué hacer en la situación actual. Mis argumentos surgen de consideraciones geográficas e históricas que considero razonables.

LOS CATALANES, EUROPEOS PATA NEGRA

Los catalanes son europeos desde el siglo IX. A eso, en castellano, se le llama ser pata negra. El concepto actual de Europa nació con Carlomagno, cuya capital Aquisgrán dista solo un centenar de kilómetros de las actuales capitales de la Unión Europea Bruselas y Luxemburgo. Esta coincidencia geográfica no es casual. Robert Kaplan señala en su reciente libro La venganza de la geografía que la columna vertebral de Europa sigue estando en la diagonal que va del Canal de la Mancha a los Alpes, ruta de comunicación principal del imperio franco. En ese mapa, carolingio y actual, Cataluña ocupa una situación peculiar. Desde finales del siglo VIII fue parte de la Marca Hispánica, zona defensiva entre el Imperio y Al-Ándalus que, según Vicens Vives, se caracterizaba no por ser una fortaleza de montaña sino por ser un corredor protegido por montañas. Este carácter de corredor y de portal de la península Ibérica hacia Europa ha conformado, para Vicens, el europeísmo distintivo de la mentalidad catalana y su “permanente éxtasis transpirenaico”. Esta mentalidad y este éxtasis constituyen, en mi opinión, el llamado “hecho diferencial catalán”.

Tony Judt se refiere repetidamente a Cataluña en su ensayo de 1996 ¿Una gran ilusión? Judt establece un paralelismo entre las regiones europeas de Baden-Württemberg, Rhône-Alpes, Cataluña y la antigua Lombardía carolingia, autodenominadas los Cuatro Motores de Europa en un acuerdo que firmaron en 1988. Son regiones prósperas, ninguna de las cuales incluye a la capital del Estado, que se consideran culturalmente más próximas entre sí que con otras regiones de sus respectivos países. Según Judt se sienten europeas, pagan sus impuestos, están mejor educadas, tienen una ética del trabajo y una industriosidad que no comparten otras regiones de los Estados a los que pertenecen —regiones a las que se ven obligadas a subvencionar— y tienen poco peso en la toma de decisiones de sus gobiernos. Como señala Kaplan, son regiones “norteñas, que no se sienten identificadas con las que creen regiones atrasadas, perezosas y subsidiadas del sur mediterráneo”. Vicens Vives nunca lo hubiese escrito tan crudamente. El problema del encaje catalán en España es el del encaje de un pueblo norteño en un país sureño. Es un problema de muy difícil solución, agravado por la ausencia histórica de un Cavour catalán que impulsase un proyecto nacional capaz de integrar a los demás pueblos de la Península. Es un problema que se arrastra desde hace siglos y que no se arreglará ignorándolo o negándolo.

Una anécdota del ya centenario Swann ayuda a entender quién es qué en la relación con Europa. Unos parvenus amigos suyos habían tenido la ocurrencia de contratar a unos aristócratas arruinados para ponerlos de porteros en su mansión. Swann se lo desaconsejó, advirtiéndoles que las visitas de calidad nunca pasarían del portal. En el debate sobre la integración en Europa de una Cataluña independiente, los independentistas tendrían todo que perder si el debate se situara en el terreno de la estricta legalidad de los Tratados, pero tendrían todo que ganar si se situase en el terreno de la legitimidad, es decir, si el debate fuese sobre quién es el parvenu. Lo más probable es que la discusión se sitúe, llegado el caso, en un punto intermedio entre las dos alternativas. Lo que desde Madrid se ve como un problema jurídico es, en realidad, un problema político en el que las autoridades españolas pueden llevarse más de una sorpresa. Quizá sea útil recordar, como precedente, la alfombra roja que se puso a otro pata negra europeo, la también carolingia Eslovenia, para su integración en la Unión Europea y en el euro en un tiempo récord. O la posición europea sobre el corredor mediterráneo.

UNA MENTALIDAD MENESTRAL

Sigo con Vicens Vives, buen conocedor de los catalanes. Y sigo con su ensayo Noticia de Cataluña, que debería ser leído y releído con mucha atención tanto al norte como al sur del Ebro. Para Vicens lo más distintivo de la mentalidad catalana, junto a su europeísmo, es su carácter menestral. La menestralía, con fuerte presencia ya en la Cataluña del siglo XIII, es “una mentalidad más que una situación, un concepto de la vida más que una forma de ganársela”. Surge de la “gente de gremio, pueblo menor, hombre y herramienta”. Los menestrales “acabaron ocupando un lugar entre las minorías dirigentes del país, desde el que difundieron el espíritu originario de clase: la dedicación al trabajo, la inclinación práctica de la vida y la limitación de horizontes” y “constituyeron la reserva humana y social de Cataluña, la plataforma sobre la que iban a montarse los siglos XVIII y XIX”. La mentalidad menestral sigue articulando hoy en día una sociedad catalana que, a pesar de su complejidad actual, se sigue reconociendo en el trabajo entendido no como “castigo divino” sino como “signo de elección” y sigue mostrando una característica falta de ambición en su proyección hacia el mundo exterior.

El feudalismo catalán, surgido dentro del imperio carolingio, tuvo muy poco que ver con el del resto de la Península. Fue mucho más robusto y “europeo”, y creó unas instituciones que, en lo esencial, perduraron hasta principios del siglo XVIII. Hasta el 11 de septiembre de 1714, para ser más precisos. Cuando Ortega achaca la anomalía histórica de España a la anomalía de su feudalismo y a la baja calidad de los godos que la invadieron, se olvida del caso catalán. Las instituciones medievales franco-catalanas fueron solidísimas, hasta el punto de poder asimilar la mentalidad menestral sin cambiar sustanciándote, porque la menestralía encajaba bien en el corporativismo de la época. Pero esa solidez institucional, en ausencia de un monarca absoluto que la pusiera en cuestión para afirmar su propio poder, fue la causa principal del estancamiento y declive de Cataluña desde mediados del siglo XV hasta principios del XVIII. Este declive fue tanto económico como cultural. Por poner un ejemplo de cada, ambos apuntados por Vicens, si Cataluña no se aprovechó del comercio con América hasta el siglo XVIII fue por falta de ambición y de emprendimiento, no porque tuviese ningún impedimento legal para hacerlo. Se aprovechaban los genoveses, portugueses, franceses, holandeses… pero no los catalanes. En el ámbito cultural, los siglos XVI y XVII, siglos de oro del castellano, el inglés y el francés, fueron un desierto para el catalán. Aherrojada por sus instituciones medievales, respetadas hasta por el Conde-Duque de Olivares, Cataluña dormitó durante dos siglos y medio hasta que un Borbón, Felipe V, precipitó el cambio y la empujó hacia la modernidad. ¿Qué hubiera pasado si en vez del Borbón hubiese ganado la guerra el Habsburgo? A mí me parece probable que Cataluña, constreñida por sus instituciones, se hubiese perdido la revolución industrial. Cataluña se desarrolló gracias al decreto de Nueva Planta, no a pesar de él.

La mentalidad menestral —trabajo, sentido práctico de la vida y limitación de horizontes— ha vertebrado Cataluña durante cinco siglos y sigue siendo la más relevante hoy en día. Esto es particularmente cierto para el independentismo catalán actual. Menestrales son la monja Forcades, Carme Forcadell y Oriol Junqueras, todos ellos en la versión casa pairal. En versión pro domo mea, menestrales son Jordi Pujol y Artur Mas, entre muchos otros. El denominador común de la menestralía es la nostalgia de un medioevo idealizado, el gusto por una fuerte regulación de la sociedad y de la actividad económica —de lo que es buena muestra el Estatuto catalán en vigor, con sus 223 artículos y 152 páginas— la limitación de horizontes y la falta de ambición para proponer un proyecto capaz de integrar a todos los catalanes y, también, a todos los españoles. El modelo de sociedad del independentismo menestral parece inspirado en el pueblo de loshobbits.

Sin embargo, proyectos ambiciosos de catalanizar España construyendo una sociedad moderna basada en el trabajo existieron en las segunda mitades de los siglos XVIII y del XIX. Relata Vicens cómo, en la primera circunstancia, se produjo una auténtica diáspora de catalanes por tierras de la antigua Corona de Castilla, colonizando Sierra Morena, renovando las artes de pesca en Galicia y Andalucía, estableciendo sus oficios en las ciudades de la meseta… Ilustrados como Campomanes soñaron con transformar España adoptando instituciones catalanas. En el siglo XIX “Cataluña predicó a las otras Españas el evangelio de la redención por el trabajo” para conseguir el resurgimiento económico y la industrialización. El fracaso de estos intentos provocó el retraimiento de los catalanes, que todavía dura, su aversión a participar en el gobierno del Estado tanto a nivel político como burocrático, que también perdura, y el fortalecimiento de la mentalidad menestral ante la quiebra de alternativas más ambiciosas.

cataluña necesidad

CATALUÑA Y ESPAÑA SE NECESITAN

Tanto España como Cataluña necesitan desesperadamente un proyecto nacional. Como he recordado en otras ocasiones, para Ortega una nación es un proyecto de futuro con capacidad integradora. Ese proyecto no lo tienen ahora mismo ni España ni Cataluña. En el primer caso no hay proyecto para afrontar la cuádruple crisis —económica, institucional, territorial y moral— que tiene gripada a la sociedad española. El régimen político de 1978 está basando su supervivencia en la táctica del avestruz, negando las crisis para no tener que hacer ningún cambio significativo. Si no cambia de actitud, durará poco. En el caso catalán el único proyecto político explícito es el independentista. En cierto modo, también es una manera de negar una crisis que afecta a Cataluña de manera muy parecida a la del resto de España. En cualquier caso, el proyecto independentista no es un proyecto integrador puesto que divide profundamente a la sociedad catalana en dos partes de tamaño similar y de convivencia complicada. No es, por tanto, un proyecto nacional, al menos en el sentido que le da Ortega a este término.

España necesita a Cataluña por dos motivos, uno en negativo y otro en positivo. En negativo, porque la ruta previsible del presente conflicto territorial lleva a una bunkerización de posiciones en España y en Cataluña que será la excusa perfecta para que la clase política no aborde ninguna de las reformas imprescindibles para afrontar con éxito los retos del siglo XXI, en particular la mejora del capital humano necesaria para evitar la proletarización de la sociedad española en la economía global. En positivo, porque la gran asignatura pendiente de España es la adopción de una cultura del trabajo como opción de realización personal y no como castigo divino. Eso lo hizo Cataluña hace muchos siglos y la emulación con Cataluña en una casa común puede ser un estímulo importante para que España consiga hacerlo.

Cataluña necesita a España también por dos motivos y también hay uno en negativo y otro en positivo. En negativo Cataluña necesita a España por una razón simétrica a la del párrafo anterior. Las reformas que hay que hacer en Cataluña son similares a las que hay que hacer en el conjunto de España, empezando por la de la clase política. La bunkerización conduce a no hacerlas y a culpar al adversarios de todos los males propios. Además, una confrontación creciente deja al independentismo como único proyecto político posible y eso tendría efectos divisivos muy grandes para la sociedad catalana. Lo que ahora se presenta interesadamente como una confrontación entre Cataluña y España se revelaría como una confrontación entre catalanes en la que los que ambicionan pensar y actuar “en grande” en mundo globalizado quedarían marginados. En positivo, Cataluña necesita ambición. Necesita que sus grandes empresas se hagan mucho mayores y se globalicen. Al contrario que Baden-Württemberg o Rhône-Alpes, Cataluña no tiene grandes empresas con proyección global y no las tiene por falta de ambición, no porque esté oprimida o expoliada. España, cuyas grandes empresas son globales, tiene la ambición que a Cataluña le falta. La emulación con España en una casa común puede ser un estímulo importante para que Cataluña consiga hacerlo.

QUÉ HACER CON CATALUÑA

Por las razones aducidas en el epígrafe anterior, el debate sobre qué hacer con Cataluña sólo tiene pleno sentido en el marco más amplio del debate sobre qué hacer con España. Ahora bien, si este último debate no pudiera tener lugar, porque la clase política se negase a ello, o si fracasara el intento de construir un proyecto de futuro atractivo para los españoles, lo mejor que podrían hacer los catalanes es soltar lastre y plantearse el debate por separado. Por lo dicho hasta aquí, tampoco está claro a priori que a nivel catalán pudiera consensuarse un proyecto integrador y ambicioso pero, en mi opinión, estaría justificado intentarlo.

La actual discusión sobre Cataluña, restringida a dos interlocutores bunkerizados, sólo sirve para disimular tras las respectivas banderas la falta de proyectos nacionales a nivel español y catalán. El Gobierno de España considera la cuestión catalana como un problema estrictamente jurídico, no halla lugar en la Constitución para autorizar una consulta y no ve necesario ni conveniente tomar ninguna iniciativa política para proponer un nuevo encaje de Cataluña en la casa común. Los catalanes deben conformarse con lo que hay y, además, resignarse a una ofensiva recentralizadora y “españolizadora”. Por otra parte, el independentismo catalán, encabezado por el Gobierno de la Generalitat, acelera un plan para proclamar unilateralmente la independencia en algún momento de 2015. El choque de trenes parece muy probable, porque ambos gobiernos esperan sacar grandes réditos políticos del conflicto en el corto plazo, que es el único horizonte que parece importarles. Si el choque se produce, la independencia de Cataluña será prácticamente inevitable, a pesar de que irá en contra del interés general de los catalanes y de todos los españoles.

Es necesario superar esta situación. El contencioso no debe dejarse en las solas manos de quienes no tienen ningún interés en resolverlo. La sociedad civil debería tener un papel mucho más activo, impulsando los necesarios debates —que van mucho más allá de independentismo sí o independentismo no— y dando mucho más protagonismo a la ambición en los proyectos de futuro. La clase política no está por la labor. Las grandes empresas y las personalidades del mundo económico catalán deberían hacer oír su voz con más fuerza, con el pluralismo que ello entraña, y lo mismo deberían hacer las del resto de España. Madrid y Barcelona son, junto con Milán, las grandes concentraciones humanas, económicas e industriales del sur de Europa. Un eje de cooperación a todos los niveles entre las dos grandes ciudades españolas es necesario para complementar y contrapesar a la gran Banana Azul europea, que tiene su extremo sur en la ciudad del Po y termina por el norte en Liverpool.

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No parece haber nadie en el mapa político que asuma la idea de España como nación de naciones para reconstruir sobre ella la casa común. A mí me parece que ya es demasiado tarde —no lo era hace cuatro años— para intentar una reforma federal de la constitución. Hay que ser más ambiciosos y la sociedad civil también tiene que tener un papel decisivo en este debate. No bastan albañiles: se necesitan arquitectos para evitar que se nos caiga la casa encima.

César Molinas, es economista y matemático.

Ha escrito Qué hacer con España

IlustraciónRiccardo Guasco y Emiliano Ponzi

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Una solución de dos Estados

jerusalén

Árboles en la nieve

Por Amos Oz (escritor, novelista y periodista israelí)

Existe un relato breve de Kafka que se titula Los árboles. En él, el autor dice que somos semejantes a unos árboles en la nieve, que parecen flotar, como si no tuvieran raíces. Es pura apariencia, escribe Kafka, porque todo el mundo sabe que los árboles tienen raíces bien enterradas. Y dice a continuación: pero eso también es pura apariencia.

Hace 60 años, una noche de invierno, en el kibutz Hulda, un chico de 15 años leyó este fragmento de Kafka, y se sintió transformado: los árboles, las colinas, los aullidos de los chacales en la noche invernal, todo había dejado de ser sencillo. Hay una realidad, y hay una realidad interior, y más. Los hechos pueden convertirse en el peor enemigo de la verdad. Este relato, Los árboles, no solo fue mi primer contacto con Kafka, sino que leerlo, como leer sus demás obras, contribuyó enormemente a mi formación. Además, Kafka tiene cierta manera de poner al descubierto una pesadilla en un lenguaje de lo más burocrático. Sus demonios llevan traje y corbata. Su infierno es un despacho vulgar y destartalado.

Hace tiempo leí que hacia el final de su vida, cuando estaba ya muy enfermo, Kafka coqueteó con la idea de seguir los pasos de varios judíos que habían ido a la escuela con él en Praga y emigrar a Israel. Incluso vi un cuaderno de ejercicios con el que intentó aprender hebreo por su cuenta. Llegué incluso a imaginar una situación en la que Kafka vivía en un kibutz de habla alemana en Israel, llevaba las cuentas de la comunidad y escribía en sus ratos libres, en una cabaña situada al borde del kibutz, que le habían concedido para que le sirviera de estudio.

Habría tenido nostalgia de Europa, como sus condiscípulos y como tantos otros que dejaron Europa y se fueron a Israel antes de Hitler. Todos aquellos —entre los que estaban mis padres y mis abuelos— que se fueron de Europa oriental o, mejor dicho, a las que expulsaron por la fuerza de Europa oriental, en los años treinta. Amaban Europa, pero Europa nunca les quiso a ellos. Hoy, todo el mundo es europeo, y el que no lo es está haciendo cola para serlo. Hace 80 o 90 años, los únicos que eran auténticos europeos en Europa eran los judíos como mis padres. Todos los demás eran patriotas búlgaros, patriotas irlandeses, patriotas noruegos… Los judíos eran europeos devotos. Eran políglotas, les encantaba que hubiera historias distintas, y los legados literarios, y los tesoros artísticos y, sobre todo, amaban la música. Y amaban los paisajes, los prados y los bosques, los torrentes y los bosques nevados, los estrechos callejones de las ciudades antiguas, las universidades y los cafés. Pero Europa nunca les quiso a ellos. Por ser genuinos europeos les tacharon de “cosmopolitas”, “parásitos”, “intelectuales sin raíces”. Cuando el antisemitismo se volvió violento en Polonia, en los años treinta, mis padres y mis abuelos, llenos de tristeza, decidieron irse de Europa y emigrar a Jerusalén. Escogieron Jerusalén, no porque quisieran desplazar a los árabes, sino porque no tenían ningún otro sitio donde ir. En los años treinta, todos los países del mundo cerraban sus puertas a los judíos. Canadá dijo que no iba a acoger a ninguno. Suiza mostró aún más dureza. Las calles europeas tenían pintadas en las que se leía: “Los judíos a Palestina” (sesenta años después, esas mismas paredes en Europa tenían pintadas contrarias: “Fuera los judíos de Palestina”…).

En cualquier caso, mi familia se estableció en Jerusalén en 1934 y gracias a ello sobrevivió al genocidio nazi alemán. Pero siempre echaron de menos Europa. Estaban furiosos con Europa, pero al mismo tiempo añorantes, unos sentimientos que se pueden describir como de amor decepcionado, amor no correspondido. Cuando era pequeño, mis padres me decían siempre: “Un día, no en nuestra vida pero quizá sí en la tuya, Jerusalén crecerá y se convertirá en una ciudad de verdad”. No entendía qué querían decir: para mí, Jerusalén era la única ciudad del mundo. Pero ahora sé que, cuando mis padres decían que Jerusalén se convertiría en una ciudad de verdad, se referían a una ciudad con un río en medio, con puentes sobre ese río, con bosques frondosos alrededor. Es decir: una ciudad europea.

kafka

Soy hijo de unos refugiados judíos a los que expulsaron de Europa con violencia. Por suerte para ellos: si no les hubieran echado de Europa en los años treinta, habrían muerto asesinados en la Europa de los años cuarenta.

Todavía llevo dentro de mí la ambivalencia de mis padres respecto a Europa: añoranza y rabia, fascinación y frustración.

En toda mi obra literaria se encontrarán con esos europeos desarraigados que luchan para crear un minúsculo enclave europeo, con librerías y salas de conciertos, en el calor y el polvo del desierto, en Jerusalén o el kibutz. Personajes que quieren reformar el mundo y no saben ni atarse los zapatos. Idealistas que debaten y discuten sin fin entre sí. Refugiados y supervivientes que se esfuerzan para construirse una patria pese a todas las adversidades.

Israel es un campo de refugiados. Palestina es un campo de refugiados. El conflicto entre israelíes y palestinos es un choque trágico entre dos derechos, entre dos antiguas víctimas de Europa. Los árabes fueron víctimas del imperialismo europeo, del colonialismo, la opresión y la humillación. Los judíos fueron víctimas de la persecución europea, de la discriminación, los pogromos y, al final, una matanza de dimensiones nunca vistas. Es una tragedia que esas dos antiguas víctimas de Europa tiendan a ver, cada una en la otra, la imagen de su pasada opresión.

El conflicto palestino-israelí es un choque trágico entre dos derechos. Los judíos israelíes no tienen ningún otro lugar donde ir, y los árabes palestinos tampoco tienen ningún otro lugar donde ir. No pueden unirse en una gran familia feliz porque no lo son, ni son felices ni son una familia: son dos familias desgraciadas. Creo firmemente en un compromiso histórico entre Israel y Palestina, una solución de dos Estados. No una luna de miel, sino un divorcio justo, que coloque a Israel al lado de Palestina, con Jerusalén oeste como capital de Israel y Jerusalén este como capital de Palestina. Algo similar al pacífico divorcio entre checos y eslovacos.

Muchos de mis relatos y novelas están situados en Israel, pero tratan de cosas grandes y sencillas: amor, pérdida, soledad, añoranza, muerte, deseo, desolación. Soy un testigo escéptico de mi época y un observador irónico y caritativo de la comedia humana. En mi opinión, Kafka fue el mayor profeta del siglo XX, capaz de prever la deshumanización y las tiranías, la crueldad del poder y la impotencia del ser humano. Él me enseñó que los árboles, y todas las demás cosas, no son nunca lo que parecen.

Discurso de Amos Oz pronunciado al recoger el Premio Kafka, el 24 de octubre de 2013 en Praga.

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