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Machismo

Un vicio social difícil de combatir

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Ahora sabemos por qué estaba tan nervioso Arias Cañete en el debate del jueves con Elena Valenciano: tolera las diferencias ideológicas siempre que el interlocutor sea un varón, porque en la competición por la virilidad superior está el fondo de la masculinidad y hace cómplices a los contendientes (se sentiría más cómodo debatiendo con Rubalcaba, dice); también puede soportar la diferencia sexual, siempre que la afinidad ideológica le permita tratar a las mujeres con deferencia (alaba a Loyola de Palacio, Cospedal o García Tejerina, que son de su cuerda). Pero cuando se juntan las dos cosas, la diferencia de género y la divergencia política, se bloquea.

Sus asesores debieron de insistirle mucho en que ocultase su hombría, y él les obedeció, pero enseguida tuvo la certeza de que había sido eso —que no le dejaran ser como es— lo que le había perjudicado en la justa dialéctica. ¿Significa eso que es machista? Él cree que no, porque piensa que el machismo es una doctrina como el cristianismo, o una postura política, como el feminismo, y él no se adhiere a tal cosa. Pero es que el machismo es otra cosa: un vicio social que se contrae en el medio familiar y comunitario, mientras uno aprende a atarse los zapatos o a sonarse las narices; se incorpora a la conducta como un hábito y se experimenta como natural, como pasa con los gustos gastronómicos.

Por eso es difícil de combatir. Tiene la forma de un entendimiento tácito e inconfesable entre varones (una forma sutil de homosexualidad, como comprendió Georges Devereux) que excluye —e infama— a las mujeres, y exhala el pegajoso olor a sudor de la camaradería, es decir, de quienes duermen en la misma cámara. Entre los dirigentes políticos que no usan desodorante se les notaba mucho a Hugo Chávez y a Sarkozy, y se le nota mucho a Putin. En la URSS, cuando se consideraba a alguien disidente, se le retiraba el título de “camarada” y se le llamaba despectivamente ciudadano. Esta condición es la que se exige para participar en un debate político: que se deje uno en casa su camaradería y que no pretenda sacar ventaja pública de sus señas privadas y viscerales. No hace falta, pues, que Elena Valenciano insista en que es una mujer (como hizo en el debate), lo que haría falta es que Arias Cañete consiguiese olvidarse de sus vísceras, que el otro día le hacían sudar esperando el momento de quitarse el apretado disfraz de ciudadano y volver a estar entre sus camaradas, donde las mujeres no hacen política o, si la hacen, no le llevan la contraria.

Por el filósofo José Luis Pardo

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Venganza cumplida

Por Fernando Reinares

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El 11-M comenzó a urdirse a finales de 2001 en Pakistán, dos años antes de la guerra de Irak

Los atentados del 11-M fueron ideados en Karachi a finales de 2001 como venganza por el desmantelamiento de la célula que Al Qaeda había establecido siete años antes en España, un grupo bautizado con el nombre de Abu Dahdah en alusión al que fue su líder desde 1995. El ánimo de venganza fue esencial en la decisión inicial de atentar en España y en la temprana movilización, concretamente a partir de marzo de 2002, de lo que será la red que ejecutó el 11-M.

Así lo corroboran una serie de hechos. En primer lugar, que Amer Azizi, antiguo miembro de la desarticulada célula de Abu Dahdah, que no fue detenido por encontrarse en Irán cuando se desarrolló la Operación Dátil, fuese quien adoptó en su origen la decisión de atentar en España. En segundo lugar, que otro allegado de la misma, Mustafa Maymouni, se ocupase de recomponer una nueva y decididamente operativa célula yihadista en Madrid a partir de los restos de aquella. Por último, que tres seguidores más de Abu Dahdah —Serhane ben Abdelmajid Fakhet, el Tunecino; Said Berraj y Jamal Zougam— desempeñaron papeles fundamentales en la preparación y ejecución de la matanza en los trenes de Cercanías.

Además, en el caso del 11-M, no solo Azizi y otros implicados que procedían de la célula de Abu Dahdah albergaban deseos de venganza contra España y los españoles. También los guardaba Allekema Lamari, quien fue miembro de una célula del Grupo Islámico Armado (GIA), desarticulada en Valencia en 1997, que cumplía condena hasta su extemporánea excarcelación en 2002, juró que “los españoles pagarían muy caro su detención”.

Lamari no ocultaba su “resentimiento hacia España” y manifestaba que tras salir de prisión su “único objetivo” era “llevar a cabo en territorio nacional atentados terroristas de enormes dimensiones, con el propósito de causar el mayor número de víctimas posibles”, según se lee en distintos documentos del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) elaborados antes y después del 11-M. En uno de ellos se afirmaba que, de no haber sido uno de los fallecidos en la explosión suicida ocurrida en Leganés el 3 de abril de 2004, estaría decidido a “continuar con su venganza” contra “la población y los intereses españoles” con “la ejecución de nuevos atentados terroristas”.

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Primeros auxilios a las víctimas del atentado terrorista del 11-M en Atocha.

¿Unos moritos de Lavapiés?

Pero los atentados en los madrileños trenes de Cercanías se llevaron a cabo no solo con la participación de individuos previamente relacionados con la célula de Abu Dahdah y con quienes estos atrajeron. La red terrorista del 11-M, que calculo estuvo compuesta en la práctica por más de treinta personas, tuvo un segundo componente, introducido a partir de las estructuras europeas del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), cuyos dirigentes habían optado en febrero de 2002 por reorientar su actividad operativa, atendiendo a criterios de oportunidad, hacia países donde residieran sus miembros. Eso tuvo implicaciones directas en los parámetros de amenaza terrorista para Marruecos y España. En el verano de 2003 se sumó a la red terrorista un tercer componente: una banda de delincuentes comunes radicalizados en mayor o menor medida en el salafismo yihadista por lealtad a su jefe, Jamal Ahmidan, El Chino.

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Finalmente, los propios líderes de Al Qaeda en Pakistán asumieron los planes terroristas en curso unos cinco o seis meses antes del 11-M, mientras Amer Azizi se había convertido en adjunto al jefe de operaciones externas de esa organización yihadista y cuando la guerra de Irak ofreció un contexto favorable para presentarlos en el marco de su estrategia general.

A pesar de ello, en los años que siguieron al 11-M se extendió, tanto en ámbitos académicos como también entre las comunidades de inteligencia y los medios de comunicación, la siguiente interpretación: los atentados de Madrid fueron producto de una célula independiente, carente de conexiones internacionales significativas con organizaciones terroristas establecidas lejos de nuestras fronteras, y que cuantos de un modo u otro intervinieron en llevarlos a cabo eran inmigrantes musulmanes radicalizados a sí mismos en el contexto de la contienda iraquí por entonces en curso.

Tanto los implicados como su entramado, despectivamente retratados en España como “moritos de Lavapiés” serían exponentes, en definitiva, de lo que se denominó “una yihad sin líder”. Pues bien, la evidencia que proporciono en ¡Matadlos! refuta sobradamente esa interpretación del 11-M, tanto respecto a las características de los actores individuales y colectivos que estuvieron detrás de lo sucedido como al verdadero porqué de la decisión de atentar en España. La matanza en los madrileños trenes de Cercanías fue, en realidad, una expresión temprana a la vez que compleja de las capacidades con que podía llegar a contar Al Qaeda en Europa occidental dos años y medio después del 11-S.

Condiciones favorables

Pero si los terroristas pudieron cumplir su venganza y llevar a cabo la matanza en los trenes de Cercanías, pese al conocimiento previo que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado tenían de una sustanciosa porción de quienes pertenecieron a la red del 11-M e incluso al seguimiento al que habían sido sometidos algunos de ellos, fue porque se dieron varias condiciones favorables. Para empezar, los desajustes judiciales, el limitado conocimiento sobre el nuevo terrorismo internacional por parte del ministerio público durante demasiado tiempo y la inexistencia de una legislación adecuada para abordar los desafíos de dicho fenómeno global, hicieron posible que distintos individuos vinculados a células y grupos yihadistas en nuestro país, como la de Abu Dahdah, eludieran su detención o condena para terminar implicándose en la preparación y ejecución de los atentados de Madrid. Y es que las disposiciones sobre delitos de terrorismo que contempla el Código Penal no se modificaron, para mejor corresponder a las características y manifestaciones del actual terrorismo yihadista, hasta diciembre de 2010, más de nueve años después del 11-S y transcurridos casi siete desde el 11-M.

Por otro lado, los terroristas del 11-M mostraron una gran habilidad, a buen seguro derivada de la capacitación que algunos de ellos había adquirido en campos de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán, a la hora de preservar la naturaleza de sus intenciones. Por ejemplo, comunicándose entre sí mediante un uso del correo electrónico o de la telefonía móvil hasta entonces desconocido no solo para la policía o los servicios de inteligencia españoles sino también para otros europeos y occidentales en general. En cualquier caso, una coordinación —no ya óptima sino a la altura de las auténticas necesidades— entre las correspondientes secciones del Cuerpo Nacional de Policía y de la Guardia Civil dedicadas a la lucha contra el terrorismo yihadista, el tráfico de drogas y el comercio ilícito de sustancias explosivas, muy probablemente hubiese permitido cruzar datos, hacer sonar las alarmas y desbaratar los preparativos para perpetrar los atentados de Madrid.

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Pero no fue hasta mayo de 2004, dos meses después del 11-M y transcurrido más de un cuarto de siglo desde que la democracia española hacía frente al terrorismo de ETA, cuando se hizo realidad el hasta esos momentos inexistente acceso conjunto y compartido a las bases de datos policiales para ambos cuerpos con competencias antiterroristas en todo el territorio nacional, al tiempo que se fundó el Centro Nacional de Coordinación Antiterrorista (CNCA).

Tampoco la cooperación intergubernamental en relación con la amenaza del terrorismo internacional —aunque se habían registrado avances desde los atentados del 11-S y era un campo al que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado venían prestando una cuidadosa atención, en especial por lo que se refiere a la Comisaría General de Información (CGI), contribuyó a impedir los atentados de Madrid como sí permitió frustrar los planes para perpetrar un segundo 11-M a inicios de 2008 en el metro de Barcelona. Pese a que los directa o indirectamente implicados en los atentados de Madrid eran extranjeros, residentes o no en nuestro país, sobre todo marroquíes, un buen número de ellos eran conocidos por las agencias de seguridad de sus países de origen e incluso algunos destacados integrantes de la red del 11-M fueron detenidos o investigados, antes de que se iniciara su formación o durante el proceso, en Francia, Reino Unido, Marruecos o Turquía. Pero del mismo modo que una Comisión Rogatoria internacional dirigida a las autoridades de este último país demoraba su tramitación en exceso, haciendo posible que Said Berraj no fuese detenido por pertenencia a la célula de Abu Dahdah y se convirtiera en uno de los terroristas del 11-M, los servicios antiterroristas marroquíes no trasladaron indicio alguno en base al cual sospechar de lo que se estaba preparando en España, pese a que en 2003 detuvieron al iniciador de la red del 11-M, Mustafa Maymouni, y a que las autoridades turcas entregaron ese mismo año a las de Rabat a Abdelatif Mourafik, quien inicialmente le transmitió las instrucciones de Amer Azizi desde Pakistán.

Una sociedad vulnerable

Sería un error, en otro sentido, ignorar que buena parte de los individuos implicados en la red del 11-M eran también conocidos, en el seno de la colectividad musulmana residente en Madrid, precisamente por el extremismo de sus actitudes y creencias religiosas. Tampoco resultaría acertado obviar el hecho de que fueron bastantes quienes en el seno de las mismas, acudiendo regularmente a lugares de culto islámico y teniendo contacto con sus responsables, en algún momento tuvieron razones para pensar que entre sus conocidos o amigos había quienes estaban preparándose para cometer atentados, dentro o fuera de España. La justificación que a menudo se hace del terrorismo en esos ámbitos, dependiendo de dónde, contra qué blanco o con qué propósito se ejecute un atentado, o la pretensión de que la lealtad basada en la pertenencia a una misma religión está por encima del respeto al Estado de Derecho y a la convivencia democrática, no son excusa para incumplir el deber de informar a las autoridades del país en que habitan. Estremece que, aún dos años después de la matanza en los trenes de Cercanías, un 16% de los musulmanes residentes en España exhibían actitudes positivas hacia los atentados contra civiles en supuesta defensa del islam o hacia el entonces líder de Al Qaeda, Osama bin Laden.

A diferencia de lo que ocurrió en el Reino Unido tras los atentados suicidas del 7 de julio de 2005 en Londres, la matanza del 11-M dividió a los españoles, incluso dividió a las víctimas de la matanza en los trenes de Cercanías y a sus familiares. Cabe asociar esta lacerante realidad a tres factores. En primer lugar, a la ausencia de un mínimo de sensibilización colectiva previa acerca de la amenaza que el terrorismo yihadista, además del de ETA, suponía para España y los españoles desde mediados los años noventa; en segundo lugar, a una cultura política en sí misma proclive a la polarización; en tercer lugar, a la ausencia de consensos de Estado en sectores fundamentales para las instituciones representativas, la sociedad civil y el conjunto de los ciudadanos, como la política exterior, la política de defensa o la propia política antiterrorista. Hay lecciones todavía por extraer de las consecuencias que acarrearon los atentados de Madrid, en el ánimo de edificar una sociedad española menos vulnerable a la par que más consciente y resiliente ante desafíos del actual terrorismo global que bien pueden derivar, como en el 11-M, de la venganza.

Fernando Reinares es catedrático de Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos, e investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano. Galaxia Gutenberg acaba de publicar su libro ‘¡Matadlos! Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España’.

– Especial EL PAÍS

El olvido es el túnel donde mueren los trenes.

En el olvido dejan de oírse las campanas,

se mira hacia otro lado, se ciegan las ventanas,

se toma a la justicia y a la luz de rehenes.

El olvido es un viento que engaña a las banderas;

una mano que borra los nombres de los muros;

un país donde sólo hay memoria o futuro

y algunas fotos lloran dentro de las carteras.

El olvido es un libro con las hojas en blanco;

es donde el egoísta celebra su victoria.

El olvido es un perro que da vueltas a un banco.

El olvido es robarle las llaves a la historia.

– Poema Benjamín Prado

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La Mujer

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¿Cómo llegar a la mitad?

Por Violeta Assiego

Tres hombres encabezan la lista de las personas más poderosas del mundo: Vladimir Putin, presidente de Rusia; Barack Obama, de EEUU; y Xi Jinping, de China. La lista Forbes nombra cada año a los más poderosos, uno por cada 100.000 habitantes. Este año la forman 72 nombres entre los cuáles se encuentran los de 9 mujeres: Ángela Merkel (5), Dilma Roussef (20), Sonia Gandhi (21), Christine Lagarde (35), Park Geun-hye (52), Virginia Rometty (56), Margaret Chan (59), Jill Abramson (68) y Janet Yellen (72). La representación de mujeres en el 2014 (12 %) ha sido más alta de las hasta ahora publicadas. Una cifra significativamente superior a la del año 2009 cuando se publicó la primera lista y solo aparecían 4 mujeres, el 4% de las personas que en aquella ocasión se mencionaron.

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Victoria Kent tomando posesión de su puesto como Directora General de Prisiones en mayo de 1931. Fue la primera mujer nombrada directora. Imagen del documental ‘Las maestras de la República’ 
 

Este no es el único listado en el que la representación femenina no se corresponde al número de mujeres que hay en la población mundial. La primera semana de enero el periódico El Mundo dio a conocer su particular listado de los personajes españoles más influyentes del año 2014Entre los diez primeros nombres encontramos los de dos mujeres, y entre los cien primeros los de 20 representantes del género femenino. Un porcentaje (20%) alejado de la llamada democracia paritaria que —en palabras del Plan Estratégico de Igualdad de Oportunidades— significa “una representación equilibrada de hombres y mujeres del 60%-40% o, lo que es lo mismo, que ninguno de los dos sexos supere en representación el 60%”.

Tampoco se alcanza la paridad entre los altos cargos de la Administración del Estado y sus órganos públicos. Y aunque el total de efectivos de la Administración General del Estado está formado por un 49 % de hombres y un 51 % de mujeres, estas no representan ni el 23% de los altos cargos del Estado. El recién publicado informe de seguimiento al Plan de Igualdad dentro de la Administración del Estado —que fija la paridad laboral en el 40% de presencia femenina— subraya este y otros datos como señales evidentes de las dificultades que tiene las mujeres para recibir un trato igual en el desarrollo de su carrera profesional en la función pública.

Aunque tampoco en el mundo empresarial se logran superar los obstáculos que frenan el desarrollo profesional de las mujeres. Por ejemplo, en las empresas que forman el Ibex 35  la presencia de las mujeres en los Consejos no representa ni el 13%, datos del 2013 elaborados por IESE. Destaca especialmente el que haya cuatro compañías, de las 31 empresas, que no cuenten con ninguna mujer en sus máximos órganos de Administración: Endesa, Gas Natural Fenosa, Sacyr Vallehermoso y Técnicas Reunidas. La Comisión Europea recientemente ha propuesto que al menos el 40% de los puestos no ejecutivos de los Consejos de Administración sean ocupados por mujeres para 2020. Parece que —aun quedando lejos la meta— no es imposible alcanzarla cuando hay mujeres cualificadas más que suficientes.

Prestar atención a este tipo de datos no es fruto de una inusitada ambición de las mujeres por ocupar los puestos de poder. La lectura es más bien la contraria. Este tipo de información refleja con claridad cuál es la estructura social en la que se asienta el papel de la mujer. Las mujeres –que representan más de la mitad de la población mundial- sufren habitualmente un trato discriminatorio y estereotipado que obstaculiza y traba –no solo su carrera profesional, a la que muchas no llegan ni a tener acceso- sino su desarrollo como persona, su acceso a los derechos humanos más básicos y su libertad. Ese trato desigual —impregnado de desequilibrios— tiene un origen cultural y social, el mismo que motiva que haya un número desproporcionado de mujeres que sufre violencia y pobreza. De ahí la importancia de que haya repuestas políticas y sociales que tengan incidencia en la esfera pública y en la privada y que velen por la igualdad en todos los ámbitos donde la mujer se puede, quiere y debe desarrollar, también en su carrera profesional.

Casi a modo de curiosidad pero no exento de preocupación, hay otro dato similar que confirma esa falta de paridad. La curiosidad está en que precisamente se da en la lista —del periódico El Mundo— sobre las 25 personas más influyentes del “Poder Alternativo”. Entre estas —pertenecientes a las ONG, asociaciones y entidades con fines sociales— solo encontramos a 7 mujeres. Un porcentaje (28%) muy poco representativo de la verdadera presencia de la mujer en este ámbito de actuación, y que da motivos para pensar que también en un sector tan sensible a los más vulnerables se atribuye una mayor importancia a las características del hombre que a las de la mujer. Cuando menos da qué pensar y cuando más, para actuar. Hay mucho por hacer, eso está claro.

Assiego es abogada y activista. Especialista en Vulnerabilidad Social y Discriminación. Conferenciante, analista, docente y colaboradora en diferentes organizaciones desde una perspectiva de derechos.

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El Amazonas a bofetadas

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Por Cristovão Chico Buarque

(Ministro de Educación en Brasil)

Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le preguntaron al ex gobernador del Distrito Federal y actual Ministro de Educación de Brasil, Cristovão Chico Buarque, qué pensaba sobre la internacionalización de la Amazonia. Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo su pregunta, diciendo que esperaba la respuesta de un humanista y no de un brasileño.

 

Ésta fue la respuesta del Sr. Cristóvão Buarque:

 

Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro.
Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás, que es de suma importancia para la humanidad.
Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de petróleo del mundo entero.
El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio.
De la misma forma, el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado. Si la Amazonia es una reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar solamente por la voluntad de un dueño o de un país. Quemar la Amazonia es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales.
No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación.
También, antes que la Amazonia, me gustaría ver la internacionalización de los grandes museos del mundo. El Louvre no debe pertenecer solo a Francia. Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio cultural, como es el patrimonio natural amazónico, sea manipulado y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país.
No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro. Ese cuadro tendría que haber sido internacionalizado.
Durante este encuentro, las Naciones Unidas están realizando el Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de países tuvieron dificultades para participar, debido a situaciones desagradables surgidas en la frontera de los EE.UU. Por eso, creo que Nueva York, como sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos Manhatan debería pertenecer a toda la humanidad.
De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia… cada ciudad, con su belleza específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo entero.
Si EEUU quiere internacionalizar la Amazonia, para no correr el riesgo de dejarla en manos de los brasileños, internacionalicemos todos los arsenales nucleares. Basta pensar que ellos ya demostraron que son capaces de usar esas armas, provocando una destrucción miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas en los bosques de Brasil.
En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos han defendido la idea de internacionalizar las reservas forestales del mundo a cambio de la deuda.
Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos ellos sin importar el país donde nacieron, como patrimonio que merecen los cuidados del mundo entero. Mucho más de lo que se merece la Amazonia. Cuando los dirigentes traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían estudiar; que mueran cuando deberían vivir.
Como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo; pero, mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonia, sea nuestra. ¡Solamente nuestra!
Este artículo fue publicado en el NEW YORK TIMES, WASHINGTON POST, USA TODAY y en los diarios de mayor tirada de EUROPA y JAPÓN.
 
 
En Brasil y el resto de Latinoamérica, este artículo no fue publicado.
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Manuel Leguineche y Javier Reverte

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Por Winston Manrique Sabogal

Los dos escritores son pioneros de la generación de españoles que han ido en busca del mundo. En esta conversación repasan la historia de la literatura de viajes.

Tienen tantos kilómetros en sus pies que sumando sus viajes se podrían reclamar unas cuantas vueltas a la Tierra. Y aunque son herederos de la tradición de los grandes viajeros, comulgan encantados con la frase: “Todos somos turistas”. Son Manuel Leguineche (Vizcaya, 1941) y Javier Reverte (Madrid, 1944), dos periodistas que han cubierto importantes acontecimientos mundiales, y que reconvertidos en escritores han popularizado el género de literatura de viajes en España. Una brecha que en los setenta abrió Leguineche con El camino más corto, y en los noventa reanudó Reverte con El sueño de África.

Ahora, en un descanso de sus periplos, los dos amigos conversan sobre las rutas de la literatura de viajes hoy. Lo hacen en Brihuega (Guadalajara), amparados del tan mentado sol de julio, en la casa de piedra viva y toba donde viviera un amor platónico de Juan Ramón Jiménez, y que hoy pertecene a Leguineche.

leguineche frase

PREGUNTA. ¿Cuánto ha cambiado la literatura de viajes?

MANUEL LEGUINECHE. Hay una contribución británica, tenía que ser así, claro, que la reenfocó en el siglo XX. Está basada en una cultura previa, como una experiencia buscada, y con una visión un poco sarcástica, divertida y crítica. Son autores que buscan lo raro, no lo exótico como antes. Un escritor que influye en ese cambio es Bruce Chatwin con En la Patagonia. Y todo viene porque él quiere saber el origen de la piel de un animal prehistórico que había en su casa de niño y que había llevado su abuelo. Así es que un día aparece en la Patagonia y empieza a indagar, a ver y a sentir, aunque luego la gente se quejó de su versión. Él describe todo a su manera, es un hombre culto y leído, pero es un tramposo, o un mentiroso total, en el sentido literario, a lo largo de toda su obra.

JAVIER REVERTE. Y de su vida (interrumpe con una risa que contagia a su amigo al instante).

M. L. Es que Chatwin es un autor que ya no sólo mira y busca la realidad, sino que cuando se enfrenta a ella se arma de una idea. Sabe el tipo de libro que quiere hacer y el tipo de sorpresa que quiere dar al lector. A partir de ahí elabora una teoría que no sólo es la reproducción de la realidad, sino que todos sus apriorismos los recrea, los incorpora a la historia. Todo está escrito, pero estos grandes autores de viajes van leyéndose a sí mismos y van recomponiendo una idea de lo que quieren contar.

J. R. Los ingleses salen con ventaja en cuanto a capacidad de viajar y a tradición de escritores del género. A mí Chatwin no me gusta, pero independientemente de eso creo que la literatura viajera de los siglos XVIII y XIX, que es su boom, es informativa. No existe la televisión, ni el periodismo de masas, con lo cual todo lo que estos autores cuentan es novedoso.

P. Y ahora que los medios de comunicación muestran todos los rincones del planeta y más allá, ¿cuál es el papel de este género?

J. R. Hay que contar algo que sorprenda y sea sorprendente. No vas a contar cómo un masai mata un león porque lo ves en televisión. Lo que el escritor puede hacer es acercarse más a la antigüedad de la literatura, hacer una obra creativa en el sentido de crear una estructura literaria del viaje, no en el sentido de que cuente cosas que sean ficción, sino de escoger de la realidad aquello que tiene más peso literario. Seleccionar el mejor testimonio y tratar de comprender el lugar y a sus pobladores. También es una literatura más sensual, que busca más las sensaciones y los sentidos, lo que no transmiten otros medios. La nueva literatura de viajes debe ser menos periodística, más poética.

M. L. Claro, porque el resto de los libros en torno a los viajes está cubierto: guías, manuales y demás. El protagonista muchas veces no son las ruinas sino las personas. Autores ingleses como Colin Thubron o Paul Theroux, que no es inglés pero está en la senda, lo están poniendo muy difícil. Al estar todo contado y con la posibilidad de verlo en imágenes existe el peligro de exagerar tu peripecia. De mostrar heroicidad, y para asegurar el éxito añaden sorpresa, pero ésa es una carpintería muy tramposa.

P. ¿Por qué España siendo un país de descubridores no tiene una tradición de escritores viajeros, salvo los de Crónicas de Indias?

M. L. No sé muy bien, pero en 1898 hay una recuperación del paisaje que consiste en que gente como Azorín, Unamuno y Baroja contribuyen a acercarse a la literatura de viajes, de la que Cela puede ser un epígono con Viaje a la Alcarria.

J. R. También está Ciro Bayo, otro autor olvidado de 1898, que tiene dos libros estupendos: Lazarillo español y El peregrino en Indias.

M. L. Aquí se ha producido un fenómeno curioso. Hay un periodo de autarquía en el que no se viaja porque estamos encerrados en nosotros mismos y también por razones económicas. Ahora los españoles son de los que más viajan en Europa, porque tienen todo por descubrir.

J. R. Nuestra generación, la que ronda los 60 años, es un poco la primera que viaja desde los tiempos de la caída del imperio español. La caída de un imperio siempre produce tristeza. Y aquí produjo una vuelta hacia dentro, se opacó la curiosidad por el mundo. Dimos paso a un intento de negociar con nosotros mismos una alternativa política, histórica, cultural, social. Se viaja en 1898, pero sobre todo por España, en busca de qué es España. Ésa es la gran pregunta que se hacen los intelectuales. En cambio, nuestra generación se pregunta ¿qué coño es el mundo?, cuando queremos ser europeos y estamos viviendo en una dictadura intentamos aprender idiomas, saber qué son las democracias, qué libros nos han prohibido.

P. ¿Una generación que viaja por curiosidad geográfica, intelectual y política?

J. R. ¡Y sexual! (Y los dos estallan en una sola carcajada mientras se miran).

M. L. … Se busca una liberación.

J. R. Es un intento de liberación general, de comprensión sobre todo del mundo. Ahora, desde hace unos 10 o 15 años, todos viajan y eso no se correspondía con una literatura viajera porque no existía. De pronto, a finales de los setenta aparece el libro de Manu, El camino más corto,que sorprende porque nadie había hecho una vuelta al mundo en esos tiempos.

M. L. Luego tómate lo que quieras Javier (risas). Lo curioso es la dificultad de colocar este género. Hay un apriorismo que dice que en España no hay lectores para esta literatura. El viaje lo hice en 1965 y sólo 12 o 13 años más tarde se publicó, después de que nadie lo quisiera editar, hasta que lo vio Mario Lacruz.

P. La historia se repitió con Reverte a comienzos de los noventa.

J. R. Con El sueño de África, hasta que otro Mario, este Muchnik, lo publicó en 1996. Literatura es seleccionar. Toda literatura significa dos cosas: un impulso de unidad interna en sí misma, como una sinfonía, con una selección y la búsqueda de su estructura literaria. La realidad contada desde la literatura.

P. ¿Y dónde queda la objetividad del viajero?

J. R. No creo en la objetividad, ni siquiera en periodismo. Es en lo subjetivo donde nos podemos identificar más con un libro o una obra de arte. Son puntos de vista, estilos, subjetivismo. Y es importante el humor, reírte un poco de ti mismo y de las cosas que te pasan, porque en un viaje metes la pata muchísimas veces.

M. L. La virtud está en el término medio de saber cuándo no hay que abusar del yo. Evitar hacerse protagonista de la historia, no hay necesidad de sublimar los episodios.

J. R. El escritor de viajes de hoy debe ser alguien cuyo yo aparezca en el relato como instrumento de comunicación con el otro, como vehículo para que hable el otro. Un ejemplo es Kapuscinski, buscar que el protagonista diluya su yo en los demás. Ya no vamos buscando piedras, ahora vamos buscando voces.

M. L. Kapuscinski insiste mucho en que hay que ir a un lugar muy preparado, documentado. La verdad es que cuando me explicó de dónde le viene esa curiosidad y esa visión global y universal que tiene hacia todo, dice que ha leído a Fernand Braudel, esa ordenación cartesiana, ese interés por todo y de ver las cosas en todos sus ángulos. Eso a mí me influyó mucho.

J. R. “Nada humano es ajeno para mí”, como decían los clásicos, eso lo ves en Kapuscinski. Por eso se habla de un iniciador de un periodismo humanístico. Y la literatura de viajes va en esa línea. Está obligada a ser humanística porque estamos en un mundo en el que desconfiamos de todo. Hay que buscar un pequeño marco de esperanza y ese marco está en el periodismo y la literatura de viajes, a través del elemento humano.

P. ¿Cuáles serían las recomendaciones básicas para un viajero?

M. L. Hay dos escuelas: una dice que hay que ir bien preparado, si vas con el conocimiento vas con algo ganado, nosotros comentamos que un viaje empieza siempre en una librería. La otra escuela recomienda ir con una retina nueva, para que todo lo que encuentres no sea reflejo de otras aventuras, y seas tú quien saques tus conclusiones.

J. R. Nosotros somos de la primera escuela. Otro elemento importante es la emoción, es lo que queda. Además de documentarse sobre el lugar al que vas, es mejor viajar solo. Así necesitas comunicarte, abrirte e integrarte. Y, claro, dejar espacio a la incertidumbre, a la improvisación.

M. L. La primera recomendación es tomar el viaje como cura de humildad y luego cultivar el sentido del humor, tomarse las cosas con calma. Eso te hace disfrutar más, y es un arma frente a lo malo que pueda pasar.

J. R. Hay una escuela a la que sólo le interesan las cosas en su estado “tradicional” y “puro”. Un día una periodista al ver a unos pigmeos con vaqueros decía “yo no puedo filmar esto, no son auténticos”, y mi respuesta fue: “No, si los auténticos son ellos tal cual los ves”. El autor tiene que reflejar que no quedan paraísos perdidos y que pretende seguir comprendiendo la evolución de lugares y culturas.

M. L. Son puntos de vista que permiten ver, por ejemplo, que la música y el viaje son los grandes perjudicados de la globalización, sólo que esos cambios son un elemento para el escritor viajero.

P. ¿Qué decir a quienes reniegan del progreso como contaminación?

J. R. Hay muchos aspectos positivos en el progreso. Si te puedes tomar un refresco frío en lugar de un agua con barro está bien. Si me encuentro a un masai con un móvil habrá quien me chille pero creo que él necesita más el teléfono que yo. Y dice alguien, “es que el nomadismo es una cultura que estamos estropeando”, y yo recuerdo la anécdota de unos bosquimanos en Namibia que iban por el desierto de Kalahari y se toparon con un grifo, lo abrieron, salió agua y dejaron de ser nómadas. ¡Tenían agua para beber y para el ganado! Nadie es nómada por vocación, se es nómada para conseguir cosas. A nadie le gusta tener sed o hambre.

M. L. Hay una tendencia un poco mesiánica a cargarse todo lo que sea el progreso. Algunos piensan que así se pierde el color local, sin embargo les pagamos a los indios para que bailen para nosotros, los prostituimos.

J. R. Es la filosofía que yo llamo del “buen salvaje”, abogan por una cultura que no evolucione y que creen debe conservarse como museos vivos. Es como la diferencia entre viajero y turista. ¿Eso qué quiere decir, que tú llegas a un sitio y eres el único que debe estar ahí? ¿Y que los del autocar no tienen derecho?

M. L. Hace años tuve una cura de humildad en la estación de trenes de Milán cuando al bajar leí: “Todos somos turistas”.

J. R. ¡Claro, es verdad! El salir ya es positivo, te pone en contacto con el otro, contigo mismo. Sólo que algunos tenemos el privilegio de que no tenemos billete de vuelta.

M. L. Ésa es la diferencia. Me lo dijo Paul Bowles en Tánger: “El viajero es el señor que sabe cuando sale pero no cuando regresa”.

J. R. Además, la palabra aventura se identifica con riesgo, y para mí es menos grandilocuente, es abrirte a lo que no conoces. El viaje también se ha convertido en una necesidad, es estupendo. Que la gente salga es fundamental no sólo para cambiar de rutina, sino también para contrarrestar aquello de que “yo soy de aquí de vocación” o “de pura cepa”, y esas cosas que se dicen. El viaje permite ver que hay gente, valores y culturas maravillosos en todas partes. Como dicen, viajar acaba con los nacionalismos.

P. ¿No es un poco cómodo el viajero español?

M. L. ¡A un viaje hay que ir llorado! Lo hemos dicho, los peores viajes hacen los mejores libros. Hasta de lo malo tienes que sacar una moraleja. El viajero español puede tener defectos como exceso de impaciencia y temor. Otro defecto de todos los viajeros es la necesidad compulsiva de comprar y llevarte algo, cuando viajar con menos equipaje es más cómodo. Muchas veces se hace por la necesidad de demostrar a los demás lo que has hecho y donde has estado.

J. R. No hay que olvidar que aquí había poca tradición y cultura viajeras, y eso conlleva cierto temor. Aunque cada vez se ven más jóvenesmacuteros españoles y que la gente viaja sin itinerario. España va cambiando. Además, la gente compra menos. Nuestra filosofía, cuando éramos más jóvenes, era la misma de John Huston: “A nuestra edad ya no me compro nada que no se pueda beber”.

“Los peores viajes dejan los mejores libros”

Manuel Leguineche (1941-2014)- Periodista, escritor y viajero nato

Artículo publicado por EL PAÍS,en julio de 2010

+info en mil y una páginas

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Bakerantza

prison peace

De paz por presos, a paz por nada

Por José María Calleja

Hubo un tiempo, primeros noventa, en el que los presos de ETA reivindicaban su derecho a cumplir íntegras sus condenas. Un tiempo de grasiento dominio de lo colectivo, en el que las soluciones individuales eran traición. Un tiempo de calor de establo, cuando creían aún en la victoria, y los presos de la banda soñaban con una amnistía triunfal y para todos a la vez.

Los abogados de la banda decían a los presos que se negaran a acogerse a las vías individuales de redención de penas, que les hubieran puesto en la calle sin agotar la condena. El miedo que ETA sembraba en toda España a base de asesinatos, también paralizaba a los presos disidentes, que no se atrevían a salir del rebaño por temor a que la banda les asesinara —como le ocurrió a Yoyes— o por miedo a sufrir rechazo social al volver al pueblo, unidad de medida de pureza revolucionaria.

Si en los años noventa un miembro de la banda hubiera dicho que los presos de ETA tenían que reconocer el daño causado, asumir la ley penitenciaria de un Estado calificado por ellos como opresor, romper el colectivo de presos y recorrer una vía individual pequeño-burguesa para acogerse a los beneficios penitenciarios y salir a la calle, los mismos que hoy han reconocido todo lo anterior, le hubieran asesinado.

La historia de la banda terrorista ETA es la historia de una organización que se ha pasado la vida matando y llegando tarde. Matando también a los miembros de la propia banda (asesinato de Pertur) que llegaron con antelación a las conclusiones en las que hoy están los que han hecho durante años del asesinato una forma de vida.

Kepa Pikabea —24 asesinatos, dos secuestros, 30 años de cárcel en su currículum, expulsado de la banda—, reconoce que la estrategia de asesinar ha sido “inhumana y cruel” y que “hemos cometido muchos actos contra la dignidad humana”. (La luz al final del túnel– ‘Bakerantza’, documental de Eterio Ortega). Al final, cuarenta años de crímenes, secuestros, extorsiones, siembra de odio y miedo, no han servido para nada, decimos cada vez más.

Es duro el balance político y el balance personal. Después de asesinar a diez, quince, veinte personas, después de pasar más de media vida en la cárcel, se llega a la conclusión de que todo eso no ha servido para nada, de que Euskadi podría estar en el mismo nivel político que tiene hoy sin haber apilado casi mil cadáveres.

La reciente declaración del colectivo de presos etarras supone un certificado explícito de la derrota de la banda. Dos años después de que la dirección de ETA anunciara, en octubre de 2011, que no se producirían más asesinatos y asumiera su derrota, lo hacen ahora sus propios presos. Posiblemente, esta declaración se produce también porque hoy la banda esta encarcelada y solo unas decenas de etarras están en la calle, esperando a ser detenidos.

ETA ha pasado, en pocos años, de negarse a aceptar paz por presos, porque exigía la independencia y creía que la lograría doblegando al Estado, a la paz sin libertad para los presos. Medio millar de miembros de ETA siguen en la cárcel sin que ETA haya logrado ni uno solo de sus objetivos. Ni uno.

En unos años hemos pasado del Amnistia Osoa (Amnistía total), al “sálvese quien pueda” de las medidas individuales, a una reinserción que se promueve y que ya no se califica de traición. Lo colectivo ha dejado paso a lo individual. Todo ello sin la menor concesión política por parte del Estado. Todo ello sin haber logrado ni un solo punto de la manida alternativa KAS, los mandamientos por los que ETA asesinaba —¿se acuerdan?— y que ahora ni los propios etarras se atreven a mentar para no caer en el ridículo.

A la otrora denominada “vía armada”, reclamada con orgullo por generaciones de etarras como necesaria, urgente y revolucionaria, se la despacha ahora con un escueto “método” que, si bien no reconoce la dimensión del destrozo, huye de la retórica liberadora y asume implícitamente el fracaso.

ETA presos map

Lo que hizo ETA (p-m) en los años ochenta: negociar la vuelta a España de sus integrantes, organizar la rendición, incorporarse a la política renunciando a usar la violencia, —todo ello sin haber alcanzado ni uno solo de sus objetivos—, lo está haciendo ahora ETA (m) ¡con treinta años de retraso! Con treinta años de retraso y después de haber ensangrentado el país. Este es su nefasto balance. No deja de ser significativo que Arnaldo Otegi, que fue de ETA p-m, esté ahora proponiendo el fin de la violencia desde la cárcel.

Estamos a un rato de que ETA entregue sus armas, un gesto que tendrá un efecto simbólico y supondrá otro reconocimiento de la liquidación por cese del negocio de matar. Será otro certificado más que acreditará, como lo ha hecho el comunicado de los presos, que ETA se rinde sin conseguir ni uno solo de los objetivos por los que hace más de cuarenta años empezó a asesinar. Será otro gesto que acreditará el final de la violencia, un paso más en una banda que, después de cuatro décadas de asesinatos, solo ha conseguido muerte, terror y sufrimiento.

TXORIA TXORI

Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen aldegingo.
Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango
eta nik…
txoria nuen maite

Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habría escapado.
Pero así,
habría dejado de ser pájaro.
Y yo…
yo lo que amaba era un pájaro

Música- Mikel Laboa y El Orfeón Donostiarra

Ilustración- Emiliano Ponzi

Humor- Peridis

eta rajoy

+ info- en Euskadi en PAZ

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Una solución de dos Estados

jerusalén

Árboles en la nieve

Por Amos Oz (escritor, novelista y periodista israelí)

Existe un relato breve de Kafka que se titula Los árboles. En él, el autor dice que somos semejantes a unos árboles en la nieve, que parecen flotar, como si no tuvieran raíces. Es pura apariencia, escribe Kafka, porque todo el mundo sabe que los árboles tienen raíces bien enterradas. Y dice a continuación: pero eso también es pura apariencia.

Hace 60 años, una noche de invierno, en el kibutz Hulda, un chico de 15 años leyó este fragmento de Kafka, y se sintió transformado: los árboles, las colinas, los aullidos de los chacales en la noche invernal, todo había dejado de ser sencillo. Hay una realidad, y hay una realidad interior, y más. Los hechos pueden convertirse en el peor enemigo de la verdad. Este relato, Los árboles, no solo fue mi primer contacto con Kafka, sino que leerlo, como leer sus demás obras, contribuyó enormemente a mi formación. Además, Kafka tiene cierta manera de poner al descubierto una pesadilla en un lenguaje de lo más burocrático. Sus demonios llevan traje y corbata. Su infierno es un despacho vulgar y destartalado.

Hace tiempo leí que hacia el final de su vida, cuando estaba ya muy enfermo, Kafka coqueteó con la idea de seguir los pasos de varios judíos que habían ido a la escuela con él en Praga y emigrar a Israel. Incluso vi un cuaderno de ejercicios con el que intentó aprender hebreo por su cuenta. Llegué incluso a imaginar una situación en la que Kafka vivía en un kibutz de habla alemana en Israel, llevaba las cuentas de la comunidad y escribía en sus ratos libres, en una cabaña situada al borde del kibutz, que le habían concedido para que le sirviera de estudio.

Habría tenido nostalgia de Europa, como sus condiscípulos y como tantos otros que dejaron Europa y se fueron a Israel antes de Hitler. Todos aquellos —entre los que estaban mis padres y mis abuelos— que se fueron de Europa oriental o, mejor dicho, a las que expulsaron por la fuerza de Europa oriental, en los años treinta. Amaban Europa, pero Europa nunca les quiso a ellos. Hoy, todo el mundo es europeo, y el que no lo es está haciendo cola para serlo. Hace 80 o 90 años, los únicos que eran auténticos europeos en Europa eran los judíos como mis padres. Todos los demás eran patriotas búlgaros, patriotas irlandeses, patriotas noruegos… Los judíos eran europeos devotos. Eran políglotas, les encantaba que hubiera historias distintas, y los legados literarios, y los tesoros artísticos y, sobre todo, amaban la música. Y amaban los paisajes, los prados y los bosques, los torrentes y los bosques nevados, los estrechos callejones de las ciudades antiguas, las universidades y los cafés. Pero Europa nunca les quiso a ellos. Por ser genuinos europeos les tacharon de “cosmopolitas”, “parásitos”, “intelectuales sin raíces”. Cuando el antisemitismo se volvió violento en Polonia, en los años treinta, mis padres y mis abuelos, llenos de tristeza, decidieron irse de Europa y emigrar a Jerusalén. Escogieron Jerusalén, no porque quisieran desplazar a los árabes, sino porque no tenían ningún otro sitio donde ir. En los años treinta, todos los países del mundo cerraban sus puertas a los judíos. Canadá dijo que no iba a acoger a ninguno. Suiza mostró aún más dureza. Las calles europeas tenían pintadas en las que se leía: “Los judíos a Palestina” (sesenta años después, esas mismas paredes en Europa tenían pintadas contrarias: “Fuera los judíos de Palestina”…).

En cualquier caso, mi familia se estableció en Jerusalén en 1934 y gracias a ello sobrevivió al genocidio nazi alemán. Pero siempre echaron de menos Europa. Estaban furiosos con Europa, pero al mismo tiempo añorantes, unos sentimientos que se pueden describir como de amor decepcionado, amor no correspondido. Cuando era pequeño, mis padres me decían siempre: “Un día, no en nuestra vida pero quizá sí en la tuya, Jerusalén crecerá y se convertirá en una ciudad de verdad”. No entendía qué querían decir: para mí, Jerusalén era la única ciudad del mundo. Pero ahora sé que, cuando mis padres decían que Jerusalén se convertiría en una ciudad de verdad, se referían a una ciudad con un río en medio, con puentes sobre ese río, con bosques frondosos alrededor. Es decir: una ciudad europea.

kafka

Soy hijo de unos refugiados judíos a los que expulsaron de Europa con violencia. Por suerte para ellos: si no les hubieran echado de Europa en los años treinta, habrían muerto asesinados en la Europa de los años cuarenta.

Todavía llevo dentro de mí la ambivalencia de mis padres respecto a Europa: añoranza y rabia, fascinación y frustración.

En toda mi obra literaria se encontrarán con esos europeos desarraigados que luchan para crear un minúsculo enclave europeo, con librerías y salas de conciertos, en el calor y el polvo del desierto, en Jerusalén o el kibutz. Personajes que quieren reformar el mundo y no saben ni atarse los zapatos. Idealistas que debaten y discuten sin fin entre sí. Refugiados y supervivientes que se esfuerzan para construirse una patria pese a todas las adversidades.

Israel es un campo de refugiados. Palestina es un campo de refugiados. El conflicto entre israelíes y palestinos es un choque trágico entre dos derechos, entre dos antiguas víctimas de Europa. Los árabes fueron víctimas del imperialismo europeo, del colonialismo, la opresión y la humillación. Los judíos fueron víctimas de la persecución europea, de la discriminación, los pogromos y, al final, una matanza de dimensiones nunca vistas. Es una tragedia que esas dos antiguas víctimas de Europa tiendan a ver, cada una en la otra, la imagen de su pasada opresión.

El conflicto palestino-israelí es un choque trágico entre dos derechos. Los judíos israelíes no tienen ningún otro lugar donde ir, y los árabes palestinos tampoco tienen ningún otro lugar donde ir. No pueden unirse en una gran familia feliz porque no lo son, ni son felices ni son una familia: son dos familias desgraciadas. Creo firmemente en un compromiso histórico entre Israel y Palestina, una solución de dos Estados. No una luna de miel, sino un divorcio justo, que coloque a Israel al lado de Palestina, con Jerusalén oeste como capital de Israel y Jerusalén este como capital de Palestina. Algo similar al pacífico divorcio entre checos y eslovacos.

Muchos de mis relatos y novelas están situados en Israel, pero tratan de cosas grandes y sencillas: amor, pérdida, soledad, añoranza, muerte, deseo, desolación. Soy un testigo escéptico de mi época y un observador irónico y caritativo de la comedia humana. En mi opinión, Kafka fue el mayor profeta del siglo XX, capaz de prever la deshumanización y las tiranías, la crueldad del poder y la impotencia del ser humano. Él me enseñó que los árboles, y todas las demás cosas, no son nunca lo que parecen.

Discurso de Amos Oz pronunciado al recoger el Premio Kafka, el 24 de octubre de 2013 en Praga.

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“Hilillos de plastilina”

prestige pulpo

Crónica del ‘Des-Prestige’

Por Jesús Maraña

La lectura de las 263 páginas de la sentencia sobre la catástrofe del Prestige produce la sensación de ir atravesando una especie de chapapote jurídico-político. Las cosas que empiezan mal no suelen acabar bien. Esta historia comenzó con improvisaciones, actitudes prepotentes, desprecios a la lógica y engaños clamorosos. Continuó después con una de las más impresionantes reacciones de solidaridad y civismo vividas en este país, con 120.000 voluntarios recogiendo chapapote incluso con sus propias manos a falta de herramientas. Y, once años después, concluye (provisionalmente) su recorrido judicial con un relato que descarta toda responsabilidad penal por delitos medioambientales. Es decir, el mayor desastre ecológico sufrido en las costas españolas se salda sin encontrar culpable alguno, sin aclarar la causa del siniestro y sin despejar tampoco el monto de los daños provocados ni quién deberá pagarlos en la hipótesis de que la vía civil lo permita.

Conviene recordar que en el banquillo se sentaban tres jubilados: el capitán del barco y su jefe de máquinas, ambos de nacionalidad griega, y el exdirector de la Marina Mercante del Gobierno de Aznar, José Luis López-Sors. Al magistrado autor de esta sentencia, Juan Luis Pía, presidente de la sección 1 de la Audiencia Provincial de A Coruña, se le escapó al finalizar la vista oral que echaba de menos en ese banquillo a cargos públicos y altos responsables de la armadora del buque. No deberían, en ese sentido, presumir de su actuación los dirigentes del PP que intervinieron en el desaguisado, porque el fallo se limita a eximir de responsabilidad a esos tres jubilados desde el punto de vista penal. No es que el auto proclame que hay responsables políticos que se van de rositas. Esa no es la tarea de un tribunal. Pero la sentencia alude a las responsabilidades políticas cuando recuerda sin mencionarlos expresamente aquellos “hilillos de plastilina” de los que hablaba el hoy presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando critica que “las autoridades españolas trivializaron sobre los vertidos y no calibraron debidamente las consecuencias del hundimiento”. O cuando afirma que el entonces delegado gubernativo en Galicia, Arsenio Fernández de Mesa,  “desempeñó una tarea de coordinación difusa y confusa”.Estas consideraciones incluidas en el fallo judicial deberían haber formado parte de las conclusiones de una comisión de investigación parlamentaria que el PP abortó en su día en Galicia.

Sí pero no

El relato de la sentencia es un constante sí, pero no, quizás, no obstante. De modo que tan pronto deja claro que el barco tenía “fallos estructurales” y una “conservación y mantenimiento deficientes” como descarta que esas nefastas condiciones de navegación sean la causa del siniestro. Lo mismo admite que la carga “quizás era excesiva” como relativiza ese dato a la hora de explicar el hundimiento. Considera que“se han demostrado negligencias, incurias y modus operandi inaceptables”, pero que no conllevan responsabilidad penal (al menos para los tres únicos acusados). Asume que el capitán es un anciano con problemas cardiacos al frente de una tripulación insuficientemente cualificada, aunque tampoco considera que ese perfil profesional afectara a lo ocurrido. Describe someramente el entramado societario tras el que la armadora y el propietario de la carga esconden su responsabilidad, pero eso tampoco parece afectar al meollo jurídico-penal. El abanderamiento del barco en Bahamas responde al manual de opacidad en el macronegocio del transporte marítimo, pero estima el tribunal que “hay quien piensa que ese abanderamiento tiene mejor imagen que el español”. Alude el fallo también al disparate que supone que una entidad privada, la gigantesca ABS, sea la encargada de conceder o no permiso internacional de navegación a un mercante, lo cual convierte lo que debería ser un control de carácter público y transparente en un entramado absolutamente lucrativo.

Entre las muchas obviedades que recoge la sentencia destaca la de que no hay dolo o intencionalidad porque los tripulantes “no habrían navegado si fueran conscientes del riesgo”. Incluso se llega a afirmar solemnemente que “no se ha demostrado que los acusados quisieran hundir el buque”. Si se tratara de un accidente de avión, y existiera un aluvión de indicios de que el avión no estaba en condiciones de volar, el caso no podría despacharse con la obviedad de que los pilotos no pretendían estrellarse.

“Al quinto pino”

El punto quizás más polémico y clave del desastre del Prestige fue la famosa orden de enviar el barco “al quinto pino”, atribuida a Francisco Álvarez Cascos y negada por el entonces ministro de Fomento, que andaba de cacería. Acepta la sentencia que existen informes periciales “contradictorios” sobre si hubiera sido más conveniente (como quería el capitán) remolcar el Prestige a un puerto o ensenada cercana (Seno de Corcubión), blindar el buque de pantallas que frenaran los vertidos y abordar la operación de extraer el combustible. Pero los jueces de A Coruña vienen a concluir más o menos que se hizo lo que en ese momento se consideró menos arriesgado y que ni siquiera a posteriori “nadie ha sido capaz de señalar lo que debe hacerse aparte de algunas opiniones particulares más o menos técnicas”. Curiosamente los jueces firmantes sí ejercen de técnicos al afirmar que la decisión de enviar el barco al quinto pino es “cuestionable pero parcialmente eficaz”.

De modo que ese macronegocio opaco del transporte marítimo de hidrocarburos que la propia sentencia describe puede quedarse tranquilo. Y aquellas proclamadas intenciones de crear puertos refugio que limitaran los daños en otra situación similar pueden volver al cajón. Se calcula que este jucio ha costado millón y medio de euros, cuyas dos terceras partes pagarán los contribuyentes gallegos. Las indemnizaciones reclamadas tendrán que esperar a la vía civil o a los posibles recursos ante el Tribunal Supremo. Y es deseable que en esa instancia se corrija en lo posible lo que el periodista Gustavo Catalán definió como ‘Desprestige’ en el libro de referencia prologado por Manuel Rivas, impulsor del movimiento Nunca Máis. No debe quedar asentado, como en Aznalcóllar, que el que contamina no paga.

Galicia tiene hoy más medios técnicos y humanos para prevenir desastres marítimos. Hay que agradecérselos al movimiento civil que se produjo contra el chapapote, no desde luego a la impresentable reacción de las autoridades políticas ni al rigor y premura exigibles a la actuación judicial.

El Prestige, las claves del hundimiento Gráfico

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Pecar es casi gratis

el proceso

¡Arrepentíos!

Por Gustavo Dessal

La culpa es uno de esos elementos esenciales cuya ausencia o exceso provoca graves desajustes en los seres humanos. Una culpa excesiva puede hacer que alguien busque su propia destrucción, y un sujeto sin culpa es un instrumento apto para causar la destrucción de los otros.

Las grandes religiones monoteístas han comerciado desde siempre con el sentimiento de culpabilidad, cuya manipulación es altamente eficaz y rentable para dominar a poblaciones y colectividades enteras. Pero contrariamente a lo que el pensamiento ácrata proclama, la culpa (como el dolor) es una función indispensable para la vida, necesaria para regular nuestros actos y medir las consecuencias que suponen en nuestros semejantes. Por eso la culpa está indisolublemente ligada al amor, a tal punto que no resulta extraño que la falta de uno traiga como consecuencia la falta de la otra, tal como podemos reconstruir en el estudio de las personalidades psicopáticas.

Pero lo más sorprendente es que la investigación psicoanalítica haya descubierto que la culpa no depende de la realización de un acto prohibido o de una transgresión a la ley. Mientras Freud indagaba en el abismo infernal de la melancolía, donde la culpa alcanza la intensidad del delirio y el enfermo se acusa de hechos que no ha cometido, otro gran genio recorría el mismo camino con otros medios. En El proceso, Kafka nos demuestra que el ser humano está atrapado en el sentimiento de una falta inconsciente, que su pecado es tan originario como desconocido, y que su crimen es inapelable. Joseph K. será ejecutado sin que en ningún momento los lectores podamos saber la naturaleza de su delito. Ni siquiera él lo sabrá, y aun así acabará entregando el cuello a su verdugo.

quotes wallp

La culpa es esa misteriosa sustancia que no emana de ninguna realidad (prueba de ello es la escasa o nula culpa que las faltas reales provocan, por ejemplo, en nuestra cultura política contemporánea) sino que se destila en la profunda alquimia del inconsciente. Lo asombroso es que puede afectarnos de manera silenciosa, sin que seamos capaces de percibirla o tener de ella siquiera un signo o una intuición. Así, innumerables seres viven vidas atormentadas, se entregan a toda clase de acciones autopunitivas, se sumergen una y otra vez en al fracaso, empujados por un sentimiento de culpabilidad del que no tienen la más mínima sospecha y que, para colmo, no se fundamenta en ninguna transgresión real.

Esta característica de la condición humana ha sido exitosamente aprovechada por la Iglesia católica, que hizo de la confesión, el arrepentimiento y la penitencia una fabulosa empresa de lavado. No fueron necesarios demasiados siglos para que surgieran expertos en mercadotecnia que inventaron el upgrade de la confesión, una suerte de categoría premium en la cartilla del pecador: las indulgencias. Dado que la culpa ha de ser pagada, ¿por qué restringir los medios a las multas simbólicas de padrenuestros y avemarías? Del mismo modo que hoy usted tiene casi todas las aplicaciones para su smartphone en versión gratuita o de pago, por aquel entonces las indulgencias fueron algo así como las preferentes de la clase vip, a la que todo podía perdonársele.

Hoy en día el mensaje del arrepentimiento se transmite por canales más políticos que religiosos, y se nos quiere cargar con la culpa de esta falsa crisis atribuyéndola a nuestros excesos hipotecarios. Por supuesto, no falta tampoco en este caso el coro de idiotas, siempre listos en cualquier época, que repite la letanía de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y que ahora debemos lavar nuestra culpa en las aguas benditas del río ERE. Pero no es eso lo peor, sino que buena parte de la ciudadanía termine sucumbiendo a este mensaje, puesto que no hay nada más fácil de manipular que la culpa que todos llevamos dentro por el mero hecho de existir.

vivir x encima

© Iñigo Ortiz de Guzmán

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Zas!

Preguntas de periodistas que cambiaron el curso de la historia

Por Jaled Abdelrahim

Hay quien cree que los virajes de la historia y los grandes acontecimientos vienen derivados de guerras, de tratados, de políticas o de movilizaciones. Y no les falta razón. Pero existe un modo mucho más concreto y menos masivo que, en ocasiones, puede provocar tantos cambios o revelar tantas realidades como todos esos. Sin armas, sin pancartas, sin leyes y sin fines de semana en Camp David. La cuestión de un periodista en el lugar preciso y el momento adecuado también pueden provocar cataclismos. El signo de interrogación ha demostrado que, bien utilizado, es la herramienta más precisa de todas para poner a la estructura política en su sitio.

Es esa ocasión en la que el periodista, frente a frente con la personalidad de turno, emite las palabras precisas, la fórmula calculada, la pregunta perfecta. El momento en el que el mandatario de turno supura una gota de sudor ante la incisiva cuestión y le tiemblan los labios al emitir su respuesta. Un orgasmo profesional que hace que todas las horas perdidas en ruedas de prensa, eventos y convocatorias hayan merecido la pena.

Una periodista sueca cumplió esta semana con ese sueño. En el atril, de visita oficial acompañando al primer ministro de su país, Frederik Reinfeldt, está el presidente de los Estados Unidos de América. El líder del mundo piensa que es un país fácil. Un aliado europeo en el que no tendrá que preocuparse mucho más que de narrar el discurso preparado desde Washington para enfrentar las cuestiones que atañen a la actualidad planetaria. Contestar a alguna consulta que otra sobre los desaguisados por los que se preocupan los titulares de las últimas semanas. Una vez más, listo para dar las mismas repetitivas respuestas.

Entonces llegó su turno. Una oportunidad de inquirir al mandatario cosas como en qué momento se producirá el ataque bélico que viene gestionando su nación -a contracorriente a la opinión de casi todos los países del mundo-. O quizás sobre los acuerdos que ha venido a cerrar con la comunidad sueca. ¿Quizás pasar de soslayo y preguntarle qué es lo que más admira del norte de Europa? Pero no, ella tenía la frase perfecta: “Señor presidente. Ha dado charlas muy elocuentes sobre la fuerza moral de la no violencia. ¿Podría describir el dilema de ser el ganador de un premio Nobel de la Paz y prepararse para atacar Siria?”. ¡Zas, en toda la boca!

Tensión en los labios del mandatario norteamericano, momento de silencio en la sala y, seguidamente, esa confesión que nadie le había arrancado desde que se llevó aquel galardón cuando acababa de ser elegido. “Le remitiría al discurso que di cuando recibí el premio Nobel. Creo que empecé diciendo que, en comparación con anteriores galardonados, claramente no me lo merecía”. La periodista puede poner la tapa a su bolígrafo. El titular ya está más que claro.

Hay otras preguntas de esas que dejarán huella por los siglos de los siglos. La pasada semana fallecía el británico David Frost, aquel conductor de televisión al que en los años 70 el ex presidente estadounidense Richard Nixon concedió una serie de entrevistas. El mandatario, tres años después de su dimisión precipitada a causa del caso Watergate –un grave escándalo político de espionaje ilegal en 1972– pensó que el poco afilado incisivo del presentador le daría la oportunidad de recuperar su popularidad. Nixon se las prometía felices. Pero su suerte cambió en una de aquellas sesiones de preguntas. De pronto, el periodista cambió de aspecto. En vez del benévolo preguntador que siempre había sido, Frost sacó el león que llevaba dentro.

“Señor presidente, ¿por qué no quemó las cintas del Watergate?”, descolocó el periodista al expresidente, que había cobrado una importante suma por el sometimiento televisivo y acordado con el programa los temas que debían tratarse.

A partir de ese momento un Nixon fuera de sus casillas perdía el control que había tenido durante las otras sesiones de interrogantes.

Al final, tras el tercer grado inesperado al que le estaba sometiendo el británico, el propio exgobernante acabó por degollar su credibilidad ante las cámaras. “He defraudado al pueblo americano y tendré que cargar con ese peso el resto de mis días”, respondió cuando no aguantó más la presión de las consultas. Ni el mundo –ni el propio Frost– podía creer que el animador televisivo acabase de desenmascarar y doblegar a uno de los presidentes más difíciles de la historia de EE UU.

Aunque sin duda hay una cuestión que le gana la batalla a las cuestiones que cualquier ‘plumilla’ haya formulado nunca. El 9 de noviembre de 1989 el periodista italiano Riccardo Ehrman debía asistir en Berlín a una rueda de prensa que ofrecía Gunter Schabowski, alto miembro del Politburó y uno de los comunistas más poderosos de la República Democrática Alemana. El Telón de Acero era en aquella época el velo de disgregación y sangre que dividía al mundo en dos partes desiguales. Aquella parecía ser una rueda de prensa más a ese lado de la enladrillada frontera.

Pero algo distinto estaba sucediendo ese día. De pronto, periodistas y comunicador en sus puestos, Ehrman se topó de bruces con un Schabowski que estaba anunciando que los ciudadanos alemanes del Este podrían viajar con más facilidad al Oeste, una práctica soñada por la población oriental –a menudo víctima de ejecuciones y arrestos por el simple hecho de intentarlo–, y que el resto de periodistas se estaba tomando como un anuncio falso más que daba el ejecutivo comunista. Ya en otras ocasiones el gobierno de la RDA había asegurado la posibilidad del trasiego, no sin antes condicionarlo a la necesidad de un visado que era prácticamente imposible de conseguir.

Quizás por ese hecho ningún corresponsal de la sala movió un músculo tras el anuncio. Pero Ehrman vio la luz. ¿Podía estar presenciando en directo el momento histórico más relevante de la segunda mitad del siglo XX y nadie preguntaba nada? Hasta el propio mandatario estaba dando la noticia sin otorgarle demasiada importancia.

La mano de Ehrman se aupó como un resorte. Schabowski no había terminado su alocución y el brazo de Ehrman seguía erguido. “Vamos a ver qué tiene que preguntar nuestro colega italiano”, dijo el mandatario.

“Señor Schabowski, ¿cree usted que fue un error introducir la Ley de Viajes hace unos días?” (Ehrman se refería a una ley de permisos de viaje muy confusa que había provocado un éxodo de miles de alemanes a través de las fronteras de Checoslovaquia y Hungría).

Schabowski se puso nervioso. ¿Qué responder a eso? El funcionario, titubeando, sacó unos papeles de su bolsillo y le contestó que con esa ley los ciudadanos de la RDA podrían ir al Oeste sin pasaporte ni visado, solo mostrando el carnet de identidad o un documento parecido.

Entonces Ehrman remató la faena para llevarse las dos orejas y el rabo. “Ab wann?” (¿a partir de cuándo?). Schabowski volvió a consultar los papeles y, sin mirarle a la cara, casi tembloroso, respondió. “Ab sofort” (inmediatamente).

La pregunta del periodista fue emitida en directo por la televisión, aunque él ni siquiera sabía eso. El reportero, emocionado, se lo transmitió a la agencia Ansa, para la que trabajaba. Desde la oficina en Italia le respondieron que “si se había vuelto loco”. “¡El muro ha caído!”, les repetía él. Mientras, cientos de miles de ciudadanos de ambos lados del telón acudieron hasta el tabique para tirarlo abajo. Cuando el corresponsal acudió hasta allí para ver qué estaba sucediendo, un alemán le reconoció y dijo: “Ese es el periodista que hizo la pregunta”. Los trozos de piedra estaban siendo despedazados por la gente y una multitud se agolpó alrededor del italiano para levantarle en brazos.  Su cuestión había acabado con el mundo enfrentado. Había cambiado el rumbo de la historia.

Y un último ejemplo, de menos calado, pero de reciente sonoridad, ocurrió la semana pasada en Buenos Aires (Argentina). El comité que representa a Madrid para la candidatura de los Juegos Olímpicos, liderado por la alcaldesa de la capital española, Ana Botella, andaba de viaje oficial en el cono sur para explicar las razones por las que Madrid debería de ser la elegida para albergar el evento mundial en 2020. La edil se había estudiado los datos de infraestructuras, las fechas, los trabajos hechos y deshechos y probablemente conociera hasta la alineación de la selección de fútbol que ese año se convocará para tratar de colgarse la medalla dorada.

Aunque nada de eso le interesaba a Steven Wight, un periodista de Associated Press que estaba en la sala: “En materia de políticas sociales, usted representa a un país con una tasa de paro del 27%”, interpela el reportero a la alcaldesa, “¿cree que es una buena decisión política gastar el dinero de un país bajo una política de austeridad, dado que recientemente ha quedado demostrado que los Juegos Olímpicos no suponen un impulso para la economía?”.

Habrá quien eche la culpa al nivel de inglés de la corregidora, y quien sabiamente asuma que Botella no iba preparada precisamente para dar ese tipo de respuesta: “Tenemos el 90% de las infraestructuras hechas, son unas infraestructuras de gran calidad, tenemos instalaciones deportivas de gran calidad, y eso creemos que puede ser una nueva forma de ser candidato una ciudad con el 80% de las infraestructuras hechas”. ¡Toma ya! Quizás por incredulidad ante lo que estaba presenciando, o por pura vergüenza ajena, el presidente del COE, Alejandro Blanco, tiene que decirle a la alcaldesa a la oreja que “no han preguntado eso”. El error fue decírselo con el micrófono abierto. Otro minipunto para el equipo de los periodistas.

© Iñigo Ortiz de Guzmán

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