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Brexit time

‘To Brexit or not to Brexit’

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Reino Unido no está plenamente dentro de la UE, no participa de la moneda común ni del espacio Schengen

No existe un peligro real de que Reino Unido salga de la Unión Europea. Por una razón elemental: Reino Unido no está plenamente dentro de la UE. No participa de la moneda común ni del espacio Schengen. Y ha logrado amañar con Bruselas unas condiciones inaceptables para chantajear con la permanencia: ni cesión de soberanía, ni libertad de movimientos a los ciudadanos comunitarios, ni siquiera igualdad en los derechos laborales.

Eran los presupuestos desde los que David Cameron estaba seguro de haberse granjeado la victoria del referéndum. No proponía a sus compatriotas permanecer en la UE, reivindicaba una situación de privilegio y de excepción que discriminaba a los demás países y que retrataba al proyecto comunitario en su extrema fragilidad.

Está claro que la Unión Europea no puede permitirse la salida de Reino Unido. Por razones económicas. Por motivos geopolíticos y psicológicos. Y por cuestiones conceptuales, pero es la misma UE la que ha emprendido un camino de involución y ha degradado sus razones fundacionales. Lo demuestra la psicosis de la inmigración. Lo prueba el alzamiento de las fronteras. Lo explica el rebrote de los nacionalismos y de los neofascismos en la frontera Este. Lo acredita la vergüenza del pacto con Turquía.

Se le han dado al autócrata y teócrata Erdogan expectativas de integración en la UE como prebenda a la externalización de la crisis de los refugiados. Más lejos está Turquía de los estándares comunitarios —libertad de expresión, presos políticos, islamización—, más cerca se encuentra de incorporarse al sindiós comunitario.

El problema de idiosincrasia, de sentido, de crisis existencial, le sorprende a Europa en la tesitura de aferrarse a la victoria de Cameron, cuya euforia y temeridad en el momento de proponer el referéndum se resiente ahora de la tragedia personal que supondría perderlo. Debería abdicar, purgar su irresponsabilidad, expiar el abuso del estrés plebiscitario en las cuestiones viscerales, de Escocia a Bruselas.

Tony Judt tiene escrito que los británicos no son realmente europeos en la connotación y evolución comunitarias. La peculiaridad insular, la historia y el sentimentalismo del imperio explican que un vecino de Bristol sienta más cercana una playa de la India o un paisaje neozelandés que una aldea de Eslovenia o una isla griega.

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Se explica así la ineficacia de los mensajes apocalípticos que han coreografiado todas las instituciones, tratando de seducir a los escépticos con el miedo y la aprensión. La cuestión es que no se vota con la cabeza. Ni siquiera puede decirse que la victoria del Brexit constituya un revulsivo a la xenofobia. Nigel Farage se atribuirá todos los méritos en la eventualidad de la ruptura y en la simplificación del debate, pero no se explica el euroescepticismo sin el euroescepticismo que ha fomentado la UE.

Por Rubén Amón

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Por un mundo mejor

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París nos desnuda

Las sociedades sin memoria no pueden ganar la guerra. Y menos aún la paz

Por Ramón Lobo

Existen tres respuestas a un ataque como el de París. La primera nace de las tripas, que ya esgrime el Frente Nacional de Marie Le Pen –cerrar mezquitas, prohibir organizaciones islámicas–. La segunda, afirmar que estamos en guerra, intensificar los bombardeos en Siria, vengar los muertos. La tercera se centra en eliminar las causas que nutren el islamismo radical, apoyar a los musulmanes moderados, fomentar la educación. Es posible que ninguna de las tres sirva, y menos aún por separado. Vamos por partes.

No hay protección ante un suicida

Por mucho que se activen los colores y los números de las alertas de seguridad, por muchos policías y militares que se desplieguen en las calles y en las fronteras, no hay defensa posible contra un atacante que está dispuesto a morir. Él tiene una ventaja: sabe que va a matar; su objetivo está en desventaja: no sabe que va a morir.

El terrorista clásico trata de atentar, salvar su vida y escapar. Con él es posible la disuasión. El atacante fanatizado con premio celestial busca causar el máximo daño entre la población civil. Sus objetivos no tienen necesariamente una carga política –edificios simbólicos y centros oficiales que suelen estar más protegidos–, basta con que sean fáciles. Cualquiera puede ser la víctima, como sucedió en Londres en mayo de 2013: dos hombres rebanaron el cuello a un soldado de paisano.

Pese a todo, la seguridad es necesaria. Un ejemplo lo tenemos en el estadio de Francia, en el que los controles de acceso detectaron a uno de los atacantes que se inmoló en su huida. Es posible que los otros dos que estaban en las inmediaciones tuvieran también como misión hacerse estallar dentro de un recinto con más de 80.000 personas. Se puede proteger un estadio, pero no cada sala de conciertos, restaurante o café en una ciudad como París.

Defendemos la democracia y la libertad

Esta es la declaración más repetida por los líderes europeos y estadounidenses. El problema es dónde aplicamos tan nobles valores, a veces ni siquiera dentro de nuestras fronteras (ley mordaza, impunidad judicial). No los trasladamos a los territorios en los que explotamos las riquezas que alimentan nuestro sistema de vida. Donde abundan el petróleo, los minerales estratégicos y el trabajo esclavo no funcionan los principios porque los reemplazamos por los intereses.

Cuando se lanzan este tipo de declaraciones ampulosas, de consumo interno, se amplía la brecha con los mundos de la pobreza, la injusticia, el hambre, el machismo y la explotación porque demuestra que no entendemos nada, que seguimos aupados en un pedestal de superioridad moral que una parte del planeta no nos reconoce.

¿Qué tipo de democracia defendimos en Egipto al descabalgar a los Hermanos Musulmanes del poder pese a haber ganado las elecciones? ¿Qué tipo de libertad se defiende en los territorios ocupados por Israel? ¿Qué tipo de valores esgrimimos tras el 11-S con las cárceles secretas, los secuestros y los asesinatos selectivos?  ¿Qué tipo de principios impulsaron la invasión de Irak, el derrocamiento de Gadafi y la guerra civil en Siria? ¿Qué moralidad puede esgrimir el Consejo de Seguridad si en él tienen asiento permanente y derecho de veto los principales exportadores de armas? Carecemos de la auctoritas, solo tenemos la podestás. Y a la podestás se le puede contestar con otra fuerza. Es lo que está sucediendo.

Qué bombardeamos en Siria

Después de más de cuatro años de guerra, entre 250.000 y 300.000 muertos y cuatro millones de refugiados, seguimos sin saber qué defendemos en Siria, quiénes son nuestros aliados, cuáles son los objetivos. Al principio se apoyó al Ejército Libre de Siria con la esperanza de que pudieran derrotar al régimen de Basar el Asad. Nunca les dimos las armas y los medios necesarios para vencer a un Ejército profesional. Ante la incapacidad operativa de este grupo surgieron otros, casa vez más radicales como el Frente al Nusra (que rinde pleitesía a Al Qaeda) y el ISIS (actual Estado Islámico o Daesh). Algunos de nuestros amigos del Golfo como Qatar y Arabia Saudí han estado muy activos en el envío de dinero y armas. Podríamos preguntar al Ministerio de Defensa por las ventas de municiones españolas a Riad y seguirles la pista hasta Siria. Aquí nadie es inocente.

Barack Obama había advertido al dictador Asad sobre las consecuencias de lanzar armas químicas contra su población. Lo llamaron la línea roja. En agosto de 2013, el régimen utilizó este tipo de armas contra una posición del Ejército Libre de Siria en Ghouta. Murieron 1.400, muchos de ellos niños. EEUU no atacó tras sopesarlo durante semanas. Se acogió a un plan ruso para destruir las armas químicas del régimen.

El motivo de su inacción es sencillo: no sabía qué grupo representaba sus intereses. A quién beneficiaría un ataque contra Asad: ¿a Al Qaeda o al ISIS? Han pasados dos años y seguimos en el mismo punto. Del Ejército Libre de Siria quedan bolsas aisladas. Todos los intentos de crear una fuerza armada alternativa a los radicales y al régimen han fracasado.

Los bombardeos se centran en el ISIS pero carecemos de soldados o aliados en el terreno que hagan el trabajo de la infantería. A pesar de los ataques, el ISIS se ha hecho fuerte en amplias partes de Siria y en Irak, donde domina algunas zonas petroleras (financiación).

Desde hace un par de meses hay un nuevo actor bélico: Rusia, el aliado de Damasco. Ha pasado de un apoyo político, diplomático y militar, pero discreto, a bombardear en su nombre. Es el único que sabe lo que quiere: fortalecer a Asad a quien considera esencial para derrotar al ISIS. La única salida inteligente es que EEUU, Rusia, Francia, Reino Unido y Turquía, los más activos militarmente, coordinen sus acciones y objetivos.

La paradoja para Occidente es que después de impulsar una guerra contra Asad, sea hoy su única esperanza a corto plazo para derrotar al ISIS en Siria. Se busca desesperadamente una componenda con Moscú que permita salvar la cara: que al menos se vaya Basar.

También están los kurdos: tomaron Kobane en Siria y Sinjar en Irak. Son una fuerza de combate formidable. Pero apoyarse en ellos plantea problemas con Turquía, a quien le hemos comprado desde décadas la existencia de unos kurdos malos (los suyos) y unos buenos (los que luchaban contra Sadam Husein ). Y ahí seguimos atrapados.

Primero habría que derrotar al ISIS y después cambiar de régimen, democratizar Siria; pero ¿con qué herramientas sociales y políticas? La sociedad ha sido destruida, como en amplias zonas de Irak. Esa destrucción moral y emocional alimenta el ISIS y a los grupos radicales.

Refugees welcome

Será la investigación judicial la que determine la exactitud de los hechos, los nombres de los atacantes, su procedencia y el modo en que llegaron a las diversas escenas de los crímenes, pero existe la posibilidad de que uno o varios de los participantes en la matanza hayan entrado en Europa confundidos entre los refugiados sirios. Un pasaporte junto a un cadáver no prueba una vinculación: puede ser un documento robado, una trampa de los asesinos.

Los radicales, ultraconservadores y xenófobos europeos no esperan a las confirmaciones ni respetan los duelos. Se han apresurado a demandar el cierre de las fronteras, la reducción de las cuotas de refugiados e impedir la entrada de nuevos solicitantes de asilo. Volvemos al viejo debate: ¿seguridad o derechos humanos?, como si fuesen incompatibles. ¿Se deben cerrar las fronteras para impedir que entren algunos terroristas pese a que los refugiados son víctimas que escapan del mismo terror que hemos vivido en París?

Son tiempos propicios para los argumentos racistas, las mentiras y la Europa fortaleza. Si se prohibiera la llegada de nuevos refugiados y se expulsara a los que llegaron este año, no tendríamos más seguridad. Lo ocurrido el viernes seguiría siendo posible porque el mayor peligro potencial son los 20.000 combatientes extranjeros que luchan en Siria e Irak bajo la bandera negra de Daesh y los jóvenes que se radicalizan en nuestros barrios y compran el relato del ISIS . Es su salida de la crisis: ser un mártir frente a un mundo que les ignora.

La solución para los refugiados sirios es la misma que antes del 13-N: más fondos para ACNUR que gestiona los campamentos de Turquía, Líbano y Jordania, apoyo a los gobiernos que acogen a cuatro millones de personas cerca de las fronteras sirias, apertura de oficinas en la zona para tramitar las solicitudes de asilo y determinar quiénes tienen derecho al estatuto de refugiado junto a la investigación policial correspondiente sobre su pasado, ya que aquellos que han cometido crímenes de guerra no tienen derecho a asilo.

Todo es fruto de una gran improvisación: la crisis de los refugiados y los bombardeos. Se actúa a golpe de titular o de fotografía de niños ahogados sin un plan definido. Esta Siria desangrada existe desde hace más de cuatro años, pero nos acabamos de enterar este verano. ¿Quién se acuerda hoy de Aylan Kurdi? Él es otra víctima de la locura que han padecido Nueva York, Londres, Madrid, Beirut o París. Las sociedades sin memoria no pueden ganar la guerra. Y menos aún la paz.

Hay más guerras más allá de nuestras fronteras, más miserias, más almas que malviven… Es el momento de que nos dejemos de tantas patrañas individualistas. Pensemos en nosotros, en todos, en comunidad.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

 

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Pobreza energética

Eddy es un ciudadano colombiano que reside en España junto a su familia desde hace nueve años. En todo ese tiempo nunca le había faltado trabajo, hasta que hace un año perdió su empleo y se encontró de forma inesperada con la situación de tener que vivir sin suministro energético dado que los ingresos por desempleo no le alcanzan para pagar las facturas. La empresa energética que le suministraba luz y gas mandó a un técnico a su casa para que le quitase la llave de gas, con el fin de que no tuviese forma de poder conectarlo.

Con la crisis económica se ha acentuado en España este tipo de pobreza hasta ahora ignorada, la POBREZA ENERGÉTICA. Se estima que actualmente el 15% de la población española la padece, y que causa la muerte de 7000 personas cada invierno.

La subida de impuestos, la precariedad laboral y el desempleo son los principales factores que han ocasionado el aumento de esta incapacidad para pagar los servicios mínimos mínimos energéticos y el consecuente corte energético que las empresas están llevando a cabo, a pesar de que con ello se restringe el acceso a las necesidades básicas que hoy en día supone el uso de la electricidad y el gas.

Por César Dezfuli-Freelance Photojournalist

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Carmena sin paliativos

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Desayuno en Zahara 

Por Manuel Jabois

Inglaterra, siglo XIX. Una dama entra a vivir en una casa y allí la recibe la sirvienta. La dama da por hecho que la sirvienta se hará su propia comida; la sirvienta piensa que su obligación es alimentarse de los restos que deje la señora. Por eso el primer día, exageradamente, le sirve para desayunar cinco lonchas de tocino. Pero otra convención de sociedad se interpone entre ellas: la dama ha sido educada en la tradición de que nada puede quedar en el plato. Con los días la sirvienta pasa a ponerle siete lonchas, y luego nueve. Cada vez más agotada, pero digna, la señora ventila todo. “No me atrevo a suponer cómo acabó aquello”, escribe Chesterton, familiar de la dama, “pero lo lógico es que la sirvienta hubiera muerto de hambre y la señora hubiera reventado”. Aquella tragedia habría sido la consecuencia del “educado silencio de las dos clases sociales”. Cada una se comportaba como creía que debía comportarse, aunque fuese derecha a la muerte.

Pocas anécdotas ilustran mejor la ausencia de clase media. Sin embargo, en la época de la que hablaba Chesterton sí existía esa clase: era auténtica, además, porque era “realmente una clase y realmente estaba en medio”. Una clase tan orgullosa de sus conquistas culturales que la distancia respecto a la clase inferior era la pronunciación y la ortografía: “Había un mundo en el que era tan impensable deshacerse de un sonido como hacerse con un título nobiliario”. Dice Chesterton que ese universo acabó degradándose no sé si realmente o producto de la escritura: cuando miramos atrás, y éstas son las memorias de un autor, tendemos a cerrar paraísos.

En España sobrevive un franquismo sociológico muy tímido, salvo los desacomplejados habituales, que se activa con algunas cosas. Una de ellas es la conquista fantasmágorica que según ellos hizo el dictador: la clase media. Pareciera que en lugar de ganar la guerra ganaron la telefunken. Ahora que la crisis ha aumentado la desigualdad entre sirvienta y dama, se ha vuelto a poner de moda un prestigio social que tiene que ver poco con la clase media auténtica: el del acomodado que puede permitirse tener un coche peor y un sueldo peor para tener más razón, como si esa precariedad cool otorgara más credibilidad. A la corrupción y el derroche del PP se le ha respondido con una beatería que los nuevos se autoimponen bajándose los sueldos y presumiendo de bicicletas prestadas, como si comprar una pusiese bajo sospecha.

La foto que mejor define este estado de opinión es la de la alcaldesa de Madrid en Zahara de los Atunes (Cádiz). La imagen reúne los ingredientes de la facilidad con que se hace política hoy: un concejal del PP ha dicho que Carmena no puede irse de vacaciones hasta que pueda permitírselas el último madrileño. El sol y la playa predisponen a la hostilidad, como si fuesen lujos de árabes. La flor que lleva en la mano provoca el mismo impacto que si arrastrase el cadáver de un lince. Ni siquiera ha hecho falta que estuviese imputada como Rato para mover al escándalo, pues los imputados, como los gremlins, no pueden mojarse. Ahora también sabemos que no es recomendable que lo hagan los de izquierdas.

Y sin embargo Manuela Carmena, jueza de 71 años, medio siglo trabajando, se ha puesto a dar explicaciones de por qué ella no paga 4.000 euros en su semana de vacaciones. Como si en el hecho de poder pagarlos estuviese implícito un desaire social a los necesitados que defiende y una contradicción respecto a los corruptos que su partido denuncia.

Hace un siglo Chesterton hablaba así de la clase media perdida de su país: “Nunca se les ocurrió mantener con la aristocracia otras relaciones que no fueran de negocios. Había algo en ellos que desde entonces es muy raro encontrar en Inglaterra: estaban orgullosos de sí mismos”.

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En el límite entre el bien y el mal

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Este es Zapata

Por Nacho Vigalondo

La carrera política de Guillermo Zapata está en entredicho, probablemente para siempre, por culpa de un puñado de tweets que publicó hace años. Nadie pone en duda lo desagradables que son, y a partir de ahí quizás nos deberíamos preguntar cómo es que tamañas ofensas pasaron desapercibidas en su momento, y cómo su autor ha podido permanecer impune durante tanto tiempo.

Es fácil adivinar la respuesta. Las salidas de tono de Zapata no tuvieron ningún eco en su momento porque fueron publicadas ante un público reducido que, conociendo del sobra al autor, por su faceta activista y como escritor brillante con unos temas y estilo muy reconocibles, jamás se las hubiese tomado en serio, ni les hubiese proporcionado el doloroso eco que tienen ahora. Ha hecho falta que Zapata fuese nombrado concejal en Madrid en un partido que hace nada ni siquiera existía para que estas frases acabasen teniendo alguna repercusión. Poca broma.

Casos como el de Guillermo Zapata, similar al que yo mismo protagonicé en el 2011, siguen sonando a moda pasajera, cuando quizás deberíamos asimilar que han llegado para quedarse. Porque, aunque de aquí a unos meses muchos se lo pensarán dos veces antes de escribir bromas potencialmente dolorosas, el uso de las redes sociales como medio de comunicación inmediato, visceral y a veces muy, muy irreflexivo no ha frenado. De hecho está definiendo la vida de las nuevas generaciones hasta un límite que nosotros, por falta de distancia, somos incapaces de adivinar. Los que descubrimos Internet después de nuestra pubertad, a los que el fenómeno youtuber nos viene grande, somos como la primera generación que experimentó el tabaco sin conocer su relación con el cáncer de pulmón. Vamos identificando los problemas a medida que los padecemos, pero todavía no le hemos puesto nombre a los síndromes. De repente contamos con un número creciente de escándalos, imprudencias, agresiones, acosos y linchamientos y no parecemos aprender nada nuevo de un año para otro.

Ante este futuro incierto, pero con toda seguridad problemático, la respuesta podría ser un sistema de reglas estrictas que todos tuviésemos que acatar desde niños, una vigilancia que se proyectase sobre todas nuestras actualizaciones y estados de ánimo. Pero, siendo optimista, quiero pensar que la solución pasará por un proceso educativo que nos dé herramientas para defendernos, pero también nos ayude a traducir y entender la expresión del otro. Que aprendamos a ser críticos sin ser sádicos. Que sepamos cuestionar sin agredir, denunciar sin linchar. Que tengamos una visión lo suficientemente y firme del antisemitismo, de la homofobia, del machismo, del racismo y demás motores del odio como para condenarlos de manera incondicional pero, a la vez, sin consentir que se utilicen como moneda de cambio en maniobras oportunistas, por muy próximas que estén a nuestra agenda política. Que ser de izquierdas o de derechas no te vuelva ciego o hipersensible en función de quién y cómo ha patinado. Que, sobre todo, redescubramos la posibilidad de disculparnos y perdonar, dos comportamientos que nos inculcan de niños, pero que se convierten en objeto de indiferencia, desprecio o burla en las columnas y titulares que leemos de adultos.

Si alguien siente un interés real por cómo es y piensa Guillermo Zapata tiene una montaña de declaraciones y artículos que desgranan su visión sobre el bien común, el civismo y la posibilidad de la empatía a día de hoy. Recomiendo, por ejemplo, su hermosa lectura de la película Balada triste de trompeta o el entusiasmo con el que desgrana Freakangels, un bello tebeo británico en el que los superhéroes no se dedican a pelear entre sí, sino a recomponer un tejido social moribundo.

Sólo hace falta una conexión a Internet, unos cuantos minutos y un mínimo de curiosidad (o compasión).

+ info Carmena entra al trapo

carmela espe poder

Vídeo‘Desde el primer segundo’ La Voz de Iñaki Gabilondo

Artículo– “Los condenados a muerte por Franco se lo merecían”, afirma un alcalde de Lugo

IlustraciónManel Fontdevila & Bernardo Vergara

 

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Esto no es ser de derechas

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La vergüenza nacional

Por el poeta Luis García Montero

Después del debate oficial sobre el Estado de la Nación, más hueco que lleno de sustancia en su teatro parlamentario, los ciudadanos nos enfrentamos doloridos y estupefactos a la verdadera realidad de la vergüenza española. El PP está llevando la situación del país hasta unos límites de descomposición e indignidad difícilmente soportables. Aunque es grave ser el hazmerreír y el sainete de la comunidad internacional, mucho peor es soportar el aire cotidiano de la vida interior, la tristeza de volver con paso acelerado a la España del caciquismo, la prepotencia y los desmanes. Parece que la historia no va a acabar nunca con la avaricia y el deshonor del ruedo ibérico, la corte de los milagros y el cortijo de la escopeta nacional.

Ordenemos algunos síntomas del esperpento hispánico:

– Se publica la grabación de una entrevista entre Ignacio González, a día de hoy Presidente de la Comunidad de Madrid, y José Manuel Villarejo, uno de los inspectores de policía más subrepticios de nuestra historia reciente. La conversación tiene como centro la existencia de un Ático de lujo en Estepona, regalado al político madrileño a través de una turbia operación de ingeniería económica. El político pretende que no salga a la luz este escándalo.

– Del descaro se pasa al encarnizamiento. Las antiguas relaciones de camaradería entre el inspector y el político se convierten en una guerra feroz por la supervivencia. Ignacio González acusa de chantaje al policía y el policía se defiende denunciando el intento de entorpecimiento de las investigaciones.

– El País publica que el inspector Villarejo participa en 12 sociedades con 16 millones de capital. El policía vuelve a defenderse a través de Información sensible, una página web dirigida por su mujer. Denuncia que sufre una campaña de desprestigio promovida por la Casa Real. Está envuelto en la investigación de unas presiones, muy subidas de tono y de amenazas, que los servicios de inteligencia del Estado han hecho sobre la princesa Corina para que vuelva al lecho del Rey. La princesa Corina es la famosa amante que acompañaba a su majestad cuando se rompió la cadera mientras cazaba elefantes en Botsuana.

– El juez Pablo Ruz pide por segunda vez a la Agencia Tributaria un informe sobre la deuda que corresponde al PP en relación con las donaciones de empresarios anotadas en la caja B por el tesorero Luis Bárcenas. ¡Obras son amores y comisiones!

– El Ministerio de Hacienda, tan aficionado a hacer uso indebido de la información privada para desacreditar a sus adversarios políticos, decide en este caso guardar silencio y obstaculizar la labor de la justicia. La Oficina Nacional de Investigación del Fraude hace mutis. El juez insiste porque la diligencia solicitada es “útil, necesaria, idónea y posible para el total esclarecimiento de los hechos”. Pero el Gobierno de España lleva años dedicado al total oscurecimiento de sus delitos.

– El partido que Gobierna España propone como candidata a la Alcaldía de Madrid a Esperanza Aguirre, una política que se encuentra en el centro mismo de todas las tramas de corrupción que han degradado la vida institucional madrileña. En la cárcel, imputados, investigados, tiene a sus máximos colaboradores. Por si faltaba una guinda, doña Esperanza se dio a la fuga cuando un guardia municipal quiso ponerle una multa, arrollando sin miramientos al guardia y a su moto. Si esto es grave, más grave parece que un juez no viese delito en el acontecimiento.

– Madrid es una Comunidad en la que se producen unos 80 desahucios al día, unos 29.000 al año. Como las autoridades competentes no están muy dispuestas a buscar soluciones de carácter social, la Delegación del Gobierno se dedica a criminalizar a los movimientos antidesahucios. Una acción de protesta pacífica en la Junta de Distrito de Moratalaz llega a considerarse una grave agresión contra las Instituciones del Estado. Se desata una redada nocturna en los domicilios con aparato y armamento policial, una operación propia de la lucha contra el terrorismo.

– Se prohíbe un concierto de rock programado para el fin de semana en Madrid sin más justificación que la voluntad de reprimir y con el interés de establecer una atmósfera de Estado de excepción franquista para las próximas elecciones.

Cosas de órdago a la grande y de tristeza íntima. Son algunos acontecimientos en los que se mezcla de todo: la corrupción económica, la falta de escrúpulos políticos, los policías tocados, los jueces consentidores y la violación de los derechos cívicos. La España de charanga y pandereta, la España de la corte de los milagros, la España de Jarapellejos vuelve a imponerse con las mentiras, los silencios y las cloacas del PP en Madrid. La luz del amanecer cae todas las mañanas sobre la conciencia como un grito de desolación y de rabia. Los que van de españolistas nunca han respetado a España. Esto no es ser de derechas… esto es otra cosa.

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YOU

El plan C de las mujeres

Por Sonsóles Ónega

Hace más de un año y medio, cuando la novela Nosotras que lo quisimos todo (Editorial Planeta) no era más que un taco de folios sin compromiso editorial, se cruzó en mi vida un hombre con responsabilidades, cuya identidad omitiré porque no aporta nada a lo que quiero contar. Le hablé del taco de folios y del tema que en ellos trataba: el timo de la mujer trabajadora. El hombre me miró con cara de estupefacción y me dijo:

-El mundo no ha cambiado porque los hombres no hemos querido que cambie.

Por aquel entonces, yo ya había llegado a esa conclusión, pero no la introduje en la novela. Fue algo deliberado. Ni siquiera la puse en boca de Beatriz, la protagonista.

Tras aquella conversación, empecé a desear, más que nunca, publicar. Nunca antes, y esta es mi cuarta aventura editorial, me ha interesado tanto que un taco de folios se convierta en libro. Desde el 15 de enero está en las librerías.

Han pasado poco más de dos semanas en las que he asistido a una noria de reacciones. Desde el trasnochado discurso que nos sigue colgando el cartel de víctimas, hasta el comentario de “opta por no tener hijos”, pasando por quien sugiere que culpe a mi madre por no haberme hecho “un croquis sobre lo que significaba la maternidad”. Frente a eso, también me he encontrado un pelotón de mujeres cómplices que siente y padece el dilema, sí dilema, que se plantea la protagonista de la novela y que no difiere mucho del dilema, sí dilema, que atenaza a las mujeres más libres y con más derechos de la historia. Una generación de mujeres con las mismas oportunidades que los hombres, incapaz de conseguir los mismos resultados. Una generación de mujeres que se cobija bajo una realidad de leyes que sólo son leyes y no hacen milagros. Y una generación, en definitiva, que se lanzó a conquistar el mundo y se chocó de bruces con él. A todo eso yo lo llamo timo.

Es un timo descubrir que las promesas de igualdad no son reales. Saber que volverás a casa y empezarás una especie de segunda jornada sin remuneración extra. Aunque las cosas están cambiando, la mujer trabaja dentro y fuera de casa. Es una realidad estadística. Los datos recogidos en el Plan de Igualdad de Oportunidades 2014-2016 del Instituto de la Mujer dicen que dedicamos casi cinco horas diarias a tareas del hogar y la familia, frente a la hora y cincuenta y cuatro minutos de los hombres. Eso genera una desigualdad de manual que todos los organismos internacionales sitúan como nuestro primer obstáculo para concluir con éxito una carrera profesional. Habrá quien relativice los efectos de todo esto, pero quien tiene que encender la plancha a las tantas de la noche o quien roba horas al sueño para hacer purés se siente un poco timada… además de muy cansada.

La Organización Internacional del Trabajo señala en un reciente informe que el 100% de las mujeres que inicia un proyecto personal confía en el reparto equitativo del trabajo en casa, mientras que el 70% de los hombres cree que el peso recaerá sobre sus parejas. Esta expectativa de igualdad es otra de las barreras transparentes que confeccionan el timo. Es cierto que nos criamos en un entorno de igualdad relativa porque nuestras madres se ocupaban de todo. Pero creíamos que sería diferente cuando nos tocará ser madres y profesionales. Creímos también que las estructuras empresariales habrían evolucionado, como mínimo, al mismo ritmo que nosotras. Nada es exactamente así.

¿Qué hacemos? Movernos. Siento que hay partido porque hay ganas. Hay una revolución pendiente que pasa por dos palabras feas, pero eficaces: racionalidad y flexibilidad. Flexibilidad horaria y flexibilidad en el discurso. La sociedad nos debe a hombres y a mujeres un rediseño de las jornadas laborales. Nos debe también una despenalización de la madre profesional y una despenalización de la profesional que quiere ser madre. Es lo que yo llamo plan C. Existe. Tiene que existir. Lo que da sentido a este libro es la desdramatización del drama. La propia protagonista se salva de la destrucción construyendo su plan C contra todo y contra todos. La novela es un golpe en la mesa: si quieres, puedes; hazlo a tu manera. Ve y habla con tu jefe. No le llores. Los hombres no quieren lágrimas, quieren soluciones. “Ve y hazlo”, concluye Beatriz en su epílogo.

Quizá ese plan C empieza por hablar de la maternidad sin prejuicios y por plantear nuestras necesidades en cada momento. Así evitaremos que nos timen y que nos sintamos timadas. Cualquier opción será buena antes que arrojar la toalla, agotada de no llegar a nada queriendo llegar a todo. La sociedad no puede permitirse fugas de talento y nosotras no deberíamos dejar ni un hueco libre. No es una obligación tener una carrera, pero tampoco debería ser una opción renunciar a la maternidad. ¡Ya somos el país con uno de los índices de natalidad más bajo!
Hay un campo de batalla en el que la mujer no tiene papel y sobre el que Europa está poniendo el foco: la carreras técnicas. El 87,4% de ingenieros españoles son hombres. No hace mucho tiempo tuve la oportunidad de hablar sobre estos asuntos con Carlota Reyners, miembro del gabinete de la comisaria NeelieKroes. Me contó que en el sector de las TICs habrá unos ¡900.000 puestos en 2020! Hay que promocionar las formaciones y empleos científicos y tecnológicos entre las mujeres porque permiten más conciliación y, además, no lo neguemos, están mejor pagados. La Comisión Europea organiza un premio anual llamado Girlson ICT Award que, el año pasado, estuvo apoyado además por la iniciativa Codingweek, una semana dedicada a la programación para dar visibilidad a sus posibilidades. En Estados Unidos se enseña en los colegios. En Reino Unido hicieron un Hour of Code con mucho éxito y participaron tanto ellos como de ellas. España espera en el andén.

Así que sí, ha llegado la hora de las mujeres. Quizá también haya llegado la hora de que nos gobierne una mujer para cambiar ese mundo que no ha cambiado del todo. Sé que está manido, pero también siento que una mujer con poder es capaz de entender que sentirse timada no es una licencia literaria, ni siquiera una pose. Es una sensación. Un sentimiento. Y, para muchas mujeres, una realidad.

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Todos contra Podemos

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El Parlamento español está devaluado. Así lo entiende la mayoría de la gente. No importa si esta percepción es o no justa. El caso es que existe. Y motivos no faltan. El guion está escrito antes de los debates, cuyo nivel es ínfimo. Faltan Castelares, Azañas, Pasionarias. Los jefes de filas repiten como cotorras el mismo discurso y los diputados aprietan sin rechistar el botón que les mandan. El resultado de las votaciones está cantado. La mayoría absoluta del PP impone su ley. Consecuencia: el debate salta a las redes sociales y a la televisión, aupadas al status de forjadora de opinión y donde la discusión es más viva, intensa y plural, pero también, con frecuencia, descabellada, enloquecida, más pasional que racional. Podemos, desafío a los que nos metieron en este pozo, y que se forjó en gran medida gracias a los mediáticos parlamentos paralelos, se convierte cada vez más en beneficiario del cambio de paradigma y, al mismo tiempo, en diana contra la que llueven los dardos desde todos los ángulos.

Los líderes de los partidos ven que les resulta más rentable la televisión que el Congreso, así que prestan tanta o más atención a la tribuna catódica que a la parlamentaria. La formación de Pablo Iglesias, el enemigo común, aún sin diputados, se ha catapultado a alternativa de gobierno desde el trampolín televisivo. Las fuerzas tradicionales, tras reponerse de la conmoción, intentan subirse al mismo carro y contraatacar. Sus líderes, al menos los que se sienten capaces de adaptarse al medio, aceptan entrevistas arriesgadas, participan en tertulias diversas y hasta en programas de entretenimiento.

La gente que ya no forma opinión con los ecos de unas Cortes aburridas y previsibles conforma su voto con estas nuevas tribunas. Políticos desconocidos se convierten en rostros populares, se consolidan candidaturas de semidesconocidos, incluso en ocasiones por encima de la dirección de la formación de turno. Al mismo tiempo, el debate se degrada hasta el nivel de las peleas de gallos, el insulto se hace argumento, tanto por culpa de los propios políticos como de algunos periodistas energúmenos que obedecen la voz de su amo y olvidan que deben mantener las distancias. Con todo, el papel de la prensa —en papel o digital— sigue siendo clave: gracias a ella (y a los jueces) se desenmascaran nuevos escándalos cuyos ecos llegan luego al Parlamento convencional y al catódico.

Con la corrupción como tema estrella, los políticos —con la excepción de Podemos— intentan convencer de tres cosas: 1) de que los escándalos, aunque numerosos, son casos aislados, y de que el sistema, clave para la estabilidad democrática, no está podrido y desahuciado, sino tan solo enfermo, pero en vías de curación. 2) de que lo suyo no es para tanto, es decir, la táctica del y tú más,de cómo te atreves a acusarme si la altura de la mierda es mayor en tu patio que en el mío. Y 3) de que van a aplicar enérgicas medidas de regeneración para que resulte creíble el grito de ¡nunca más!

Se extiende la percepción de que el corrupto no es sólo el que quiere, sino el que puede, el que toca poder y tiene acceso a los dineros públicos. Según esta argumentación, basta con controlar un ayuntamiento, una diputación, una comunidad, un partido, un sindicato o una caja de ahorros para que, de formaespontánea, surjan como hongos los mangantes. Y si hay formaciones —como Podemos o Unión Progreso y Democracia— que permanecen incontaminadas es porque no han tenido aún la oportunidad de meter la mano en la bolsa.

Este disparate es alentado por los partidos tradicionales; cualquier cosa antes que asumir que la única forma de acabar con esta lacra es un estricto sistema de controles que la hagan materialmente imposible, además de aumentar las penas y dotar de más medios al aparato de la justicia para investigar y perseguir los casos que vayan aflorando.

mafalda gobierno

Entre tanto, se ha abierto la veda. Pim pam pum contra Podemos desde todos los flancos. Se entiende: amenaza a la hegemonía de populares y socialistas, a la Izquierda Unida (rival y eventual aliada) que parecía asentada como tercera fuerza, a minoritarios como UPyD y Ciudadanos, a nacionalistas y empresarios. Es lógico: ataca a un sistema que hace aguas, capitaliza la rabia de parados, trabajadores precarios e indignados de diversa condición. Se le achacan parentescos bolivarianos, propuestas que llevarían el país a la bancarrota, promesas imposibles de cumplir, comportamientos erráticos, indefiniciones ideológicas, cambios de posición cuando más cerca están de tocar poder, falta de experiencia de gestión…

Una cosa es prometer y otra dar trigo, le espetan. Si tocan poder se pegarán el batacazo. Ya verán, ya. Se escarba en busca de manchas en el pasado de sus dirigentes, de puntos flacos, de faltas de coherencia. Muchos de esos fiscales solo defienden con uñas y dientes el territorio de la política convencional que han convertido en forma de vida. Son esa casta, por utilizar el término de Podemos, corresponsable de la miseria, la podredumbre y la ira que presiden el paisaje social.

Entre tanto, Pablo Iglesias y los suyos se abren camino y multiplican apoyos, cierto que con algunos titubeos y correcciones de la trayectoria, conscientes de que el radicalismo inicial debe teñirse de pragmatismo, pero sin abjurar de los objetivos esenciales. Convencidos de que es ahora cuando se la juegan de verdad. Y sin perder la calma, marcando distancias con sus enemigos, sin caer como ellos en la descalificación y el insulto. Convencidos de que si les ladran es porque cabalgan.

Por Luis Matías López– Exredactor jefe y excorresponsal en Moscú de EL PAIS, miembro del Consejo Editorial de PUBLICO hasta la desaparición de su edición en papel.

Análisis- El Mundo es un Volcán

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“si no le gustan mis principios, tengo otros”

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La injusticia universal

Por José María Mena

La justicia universal exige que no queden sin castigo los crímenes más graves contra la humanidad. Los estados deben asegurar que sean efectivamente sometidos a la acción de la justicia los culpables de esos gravísimos crímenes. No debe haber lugar ni tiempo de impunidad ni de perdón para ellos. Este es el espíritu de la jurisdicción universal, plasmado en distintos convenios a partir de la Segunda Guerra Mundial, como expresión de la solidaridad ética y democrática que se pretendía instaurar en el mundo entero.

Con este espíritu se crearon los tribunales internacionales para juzgar los crímenes de guerra y los genocidios de Ruanda y de Yugoslavia en 1993 y 1994. Con este espíritu, en 1998, se firmó el Estatuto de Roma que creó el Tribunal Penal Internacional (TPI) como jurisdicción complementaria de las jurisdicciones nacionales. Los 139 estados firmantes del Estatuto de Roma se comprometieron a juzgar a los responsables, o a aportar pruebas y a entregarles cuando los juzgue el TPI. Pero hay 54 estados miembros de las Naciones Unidas que no han aceptado someterse al compromiso recíproco de la jurisdicción universal. Entre ellos se encuentran China, Estados Unidos, Israel y Rusia.

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España ya había asumido este compromiso internacional en la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985. Su artículo 23.4 permitía que los tribunales españoles juzgaran a los españoles o extranjeros que, fuera de España, hubieran cometido crímenes de genocidio, u otros gravísimos crímenes previstos en Tratados internacionales suscritos por España. Con base en este artículo prosperaron ante la Audiencia Nacional las querellas por los crímenes de Guatemala, y por los de Pinochet. Seguidamente se formularon nuevas querellas contra Israel, por los crímenes de Sabra y Shatila, siendo comandante de la operación Ariel Sharon, en 1982; contra los militares de EE UU por el asesinato de Couso en Bagdad en 2003, y contra los dirigentes chinos por el genocidio del Tibet.

Ante la reacción de los Estados incomodados por la actuación de la justicia española, el Gobierno del PSOE, con el apoyo del PP y de algún otro grupo parlamentario, acometió la primera reforma del artículo 23.4. Desde entonces sólo serían admisibles las querellas si afectaban a intereses españoles. Nuestra ejemplar solidaridad con las víctimas sin vínculos con España quedaba enterrada. Ya lo dijo Groucho Marx, “si no le gustan mis principios, tengo otros”. El 15 de Octubre de 2009, el mismo día en que el presidente Zapatero debía ser recibido en Tel Aviv, se publicaba en el BOE la reforma que impedía la persecución de los crímenes de Sabra y Shatila.

El asunto de China siguió su lenta pero implacable tramitación, impulsada por un querellante de origen tibetano pero nacionalizado español. En este caso, por lo tanto, el requisito de vinculación del delito con intereses españoles estaba cumplido. Cuando, en noviembre de 2013, la Audiencia Nacional ordenó el procesamiento y la busca y captura internacional contra Jiang Zemin y Li Pen, expresidente y exprimer ministro de China, el gobierno español, según dicen, percibió la gravedad de la irritación oriental.

Con más celeridad, si cabe, que en el asunto de Israel, se improvisó una nueva reforma del artículo 23.4, que quedaba cocinada en enero de 2014, por el trámite de urgencia. El PSOE no la apoyó. El diputado del PP Castillo Calvín echó en cara “a los señores socialistas cómo se gestó la reforma del 2009 como ley complementaria de la ley de reforma de la oficina judicial”, con la que, obviamente, no tenía nada que ver. Y también les recordó que con esta trampa parlamentaria el Gobierno socialista en 2009 había evitado la lentitud de pasar por la aprobación del Consejo de Ministros, y los riesgos de los informes del Consejo del Poder Judicial y del Consejo de Estado. Todo ello con la aquiescencia y la complicidad del PP, que ahora reprocha al PSOE que no esté a la recíproca. O sea, que si ambos fueron tramposos cuando lo de Israel, ahora, con lo de China, unos son reincidentes, y los otros desmemoriados, y desagradecidos.

justicia españolisto

Con la nueva reforma, aquellos gravísimos crímenes, cometidos fuera de España, ya sólo se podrán perseguir en España si los extranjeros que los hayan cometido viven habitualmente en España. Los dirigentes chinos quedan excluidos. Incluso podrían venir de vacaciones impunemente. El diputado Castillo menospreció en el Congreso a “la justicia quijotesca que buscando remediar las injusticias no consigue resultado alguno”. Es la declaración de la injusticia universal. Ciertamente no sería probable concluir el proceso con un juicio y una pena. Pero la orden internacional de captura, y el proceso, con la publicidad de sus pruebas, tienen la carga de un reproche ético y democrático de trascendencia mundial. Esto es lo que irrita a los poderosos imputables, y provoca tramposas celeridades de reformas “a la carta”. Es la inmensa fuerza disuasoria de de la justicia universal.

José María de Mena Álvarez es el exfiscal jefe del TSJ de Catalunya

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Rusia devoradora

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Putin: regreso al pasado

Por Antonio Elorza

La intervención de Putin en Crimea acumula rasgos comunes con la estrategia expansionista de Hitler en los años treinta

Cuando a principios de marzo Hillary Clinton hizo notar que la intervención de Putin en Crimea recordaba la estrategia expansionista de Hitler en los años 30, se ganó buen número de críticas. Evidentemente, el recurso a Hitler parecía demagógico, las situaciones eran muy diferentes, etc. No obstante, si por encima de la distancia histórica atendemos al análisis del procedimiento, los rasgos comunes se acumulan —justificación de la violencia por la protección de ciudadanos e intereses soviéticos, desprecio del Derecho internacional, voluntad anexionista—, con la variante esencial de que los antecedentes del irredentismo de Putin se encuentran en la historia soviética.

Concretamente, a) en la concepción de un espacio político, la exURSS, que ha de estar sometido directa o indirectamente a la dominación de Moscú: el “círculo próximo” de que hablara hacia 1992 el neodemócrata Ambarzumov; b) en el recurso al nacionalismo granruso —que dijera Lenin— como factor de cohesión interno, y c) por fin en la táctica de impulsar el propio dominio mediante la convergencia de movilizaciones de minorías comunistas —hoy rusas— en el país a dominar, cuya acción insurreccional legitima la intervención armada, bien por tropas regulares (Georgia), bien por un ejército ruso enmascarado (Crimea), o por ambas cosas juntas, como ahora puede suceder.

La concesión masiva de pasaportes rusos a los grupos rusófonos o afines, para presentar así la invasión como pedida protectora de sus ciudadanos, ya experimentada con éxito en Osetia del Sur, se repite en Ucrania. De ahí la alarma de Hillary Clinton: también los sudetes eran de lengua alemana, pero eso no justificaba mutilar Checoslovaquia. Por eso conviene desconfiar de las declaraciones de Putin. Él mismo lo explicó: el fin de la URSS fue la gran catástrofe del siglo XX. ¿Por qué no reconstruirla en la medida de lo posible, a favor de debilidades ajenas? Pudo verse en 2008: la intervención en Osetia era una cosa, bombardear e invadir Georgia, otra. Ahora el juego es claro: siendo imposible tutelar Ucrania, toca su desmantelamiento.

“La defensa del socialismo es el deber internacionalista supremo” dijo Brezhnev (Suslov) para justificar la invasión de Praga en 1968. Y antes hubo Hungría en 1956. Pero en vez de “socialismo” se trataba ante todo del espacio conquistado en 1945, explicó pronto Brezhnev. Era una idea de Stalin, hoy viva: había que conservar el legado imperial zarista, aunque tantos rusos siguieran en la miseria. Para lograr ahora el regreso al 91, ¿qué mejor que reproducir el procedimiento ya patentado desde 1920-21 en el Cáucaso, para desde la subversión de minorías locales legitimar la intervención armada? Los grupos armados, minoritarios aunque pertenezcan a la mayoría étnica, se presentan por Moscú como expresión de toda la sociedad. Ay de quién les toque. Lo importante es que el orden (ruso) reine en Ucrania.

Ilustración- Joao Fazenda

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