Archivos Mensuales: diciembre 2014

Ciudadana Cristina

infanta

Una infanta en el banquillo

Por Arturo González

En algunas cosas la democracia funciona. Por ejemplo, en la Justicia. A pesar del Poder político.

A lo tonto, a lo tonto, entre descreimientos y artimañas, ya la tenemos sentada en el banquillo de los reos. El juez Castro argumenta de modo irrebatible y fácilmente comprensible: si la fiscalía y Hacienda acusan por los mismos delitos a Urdangarin y su socio Torres y esposa, no hay razón por la que no se pueda juzgar a la hermana del Rey y tampoco se le puede aplicar la llamada doctrina Botín del Tribunal Supremo que señala que si no acusan la fiscalía y la abogacía estatal en un delito que alude al Estado, no puede juzgarse. O todos o ninguno.

Ahora vendrá un largo periodo de intentar recursos, pero el momento estelar de apertura de juicio oral ya es una realidad. Como recriminó la Audiencia de Valencia, sorprendente e indebidamente se libran la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, y el anterior Presidente de la Comunidad, Francisco Camps. Serán 17 los acusados. Veremos si por fin la Infanta renuncia a sus derechos sucesorios y si la Caixa le mantiene su trabajo en Suiza.

Con esto, la Monarquía no va a caer. Pero se la reconduce a lo asignado en la Constitución: solo el Rey es inviolable, y durante su mandato. Por eso el Gobierno se precipitó a proteger la figura del rey Juan Carlos cuando abdicó.

No se trata de que la condenen o no. Se trata de que sea juzgada como los demás ciudadanos, y como afirmó su padre. En unos momentos de deterioro político tan severo como el que padecemos, cuando la Ruleta de la fortuna electoral ha comenzado a girar, es un punto de normalidad y satisfacción. Ayer, Pedro Sánchez dio pena en su comida con una familia catalana en el programa Salvados; Pablo Iglesias se escaqueó en su defensa del derecho a decidir de los catalanes en su primer mitin en Barcelona con la triquiñuela de ‘derecho a decidir, sí, pero para todo’; el representante de Izquierda Unida, Alberto Garzón, acusó a Podemos de ambigüedad ideológica y apuntarse a posiciones socialdemócratas, como el PSOE; el ministro de Industria cursó una lección de nula inteligibilidad sobre el precio de la energía en el programa El Objetivo, sin que la audaz Ana Pastor le recuerde que el déficit tarifario viene de Aznar y no de la época de Zapatero; y el nuevo portavoz parlamentario del PP, Rafael Hernando, se sumó con entusiasmo a lo grosero en sus (falsas) críticas a Podemos, igualándose a Cospedal, Floriano y González-Pons.

Estamos, pues, ante una Infanta con amor, pero sin romance que la evoque en el futuro. Ante una monarquía descapitalizada, una familia desestructurada, unos seres sin ropajes, como refleja el pintor Antonio López en su cuadro recién entregado, que rompe, aunque aún no del todo, con la Historia. Una Infanta que quiso ser mujer objeto y un juez no se lo permitió.

Publicado- 21 Diciembre/ Blog- Puntadas sin Hilo

Ilustración- ‘La Gran Familia’ Alfons López

 

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Todos contra Podemos

man embudo

El Parlamento español está devaluado. Así lo entiende la mayoría de la gente. No importa si esta percepción es o no justa. El caso es que existe. Y motivos no faltan. El guion está escrito antes de los debates, cuyo nivel es ínfimo. Faltan Castelares, Azañas, Pasionarias. Los jefes de filas repiten como cotorras el mismo discurso y los diputados aprietan sin rechistar el botón que les mandan. El resultado de las votaciones está cantado. La mayoría absoluta del PP impone su ley. Consecuencia: el debate salta a las redes sociales y a la televisión, aupadas al status de forjadora de opinión y donde la discusión es más viva, intensa y plural, pero también, con frecuencia, descabellada, enloquecida, más pasional que racional. Podemos, desafío a los que nos metieron en este pozo, y que se forjó en gran medida gracias a los mediáticos parlamentos paralelos, se convierte cada vez más en beneficiario del cambio de paradigma y, al mismo tiempo, en diana contra la que llueven los dardos desde todos los ángulos.

Los líderes de los partidos ven que les resulta más rentable la televisión que el Congreso, así que prestan tanta o más atención a la tribuna catódica que a la parlamentaria. La formación de Pablo Iglesias, el enemigo común, aún sin diputados, se ha catapultado a alternativa de gobierno desde el trampolín televisivo. Las fuerzas tradicionales, tras reponerse de la conmoción, intentan subirse al mismo carro y contraatacar. Sus líderes, al menos los que se sienten capaces de adaptarse al medio, aceptan entrevistas arriesgadas, participan en tertulias diversas y hasta en programas de entretenimiento.

La gente que ya no forma opinión con los ecos de unas Cortes aburridas y previsibles conforma su voto con estas nuevas tribunas. Políticos desconocidos se convierten en rostros populares, se consolidan candidaturas de semidesconocidos, incluso en ocasiones por encima de la dirección de la formación de turno. Al mismo tiempo, el debate se degrada hasta el nivel de las peleas de gallos, el insulto se hace argumento, tanto por culpa de los propios políticos como de algunos periodistas energúmenos que obedecen la voz de su amo y olvidan que deben mantener las distancias. Con todo, el papel de la prensa —en papel o digital— sigue siendo clave: gracias a ella (y a los jueces) se desenmascaran nuevos escándalos cuyos ecos llegan luego al Parlamento convencional y al catódico.

Con la corrupción como tema estrella, los políticos —con la excepción de Podemos— intentan convencer de tres cosas: 1) de que los escándalos, aunque numerosos, son casos aislados, y de que el sistema, clave para la estabilidad democrática, no está podrido y desahuciado, sino tan solo enfermo, pero en vías de curación. 2) de que lo suyo no es para tanto, es decir, la táctica del y tú más,de cómo te atreves a acusarme si la altura de la mierda es mayor en tu patio que en el mío. Y 3) de que van a aplicar enérgicas medidas de regeneración para que resulte creíble el grito de ¡nunca más!

Se extiende la percepción de que el corrupto no es sólo el que quiere, sino el que puede, el que toca poder y tiene acceso a los dineros públicos. Según esta argumentación, basta con controlar un ayuntamiento, una diputación, una comunidad, un partido, un sindicato o una caja de ahorros para que, de formaespontánea, surjan como hongos los mangantes. Y si hay formaciones —como Podemos o Unión Progreso y Democracia— que permanecen incontaminadas es porque no han tenido aún la oportunidad de meter la mano en la bolsa.

Este disparate es alentado por los partidos tradicionales; cualquier cosa antes que asumir que la única forma de acabar con esta lacra es un estricto sistema de controles que la hagan materialmente imposible, además de aumentar las penas y dotar de más medios al aparato de la justicia para investigar y perseguir los casos que vayan aflorando.

mafalda gobierno

Entre tanto, se ha abierto la veda. Pim pam pum contra Podemos desde todos los flancos. Se entiende: amenaza a la hegemonía de populares y socialistas, a la Izquierda Unida (rival y eventual aliada) que parecía asentada como tercera fuerza, a minoritarios como UPyD y Ciudadanos, a nacionalistas y empresarios. Es lógico: ataca a un sistema que hace aguas, capitaliza la rabia de parados, trabajadores precarios e indignados de diversa condición. Se le achacan parentescos bolivarianos, propuestas que llevarían el país a la bancarrota, promesas imposibles de cumplir, comportamientos erráticos, indefiniciones ideológicas, cambios de posición cuando más cerca están de tocar poder, falta de experiencia de gestión…

Una cosa es prometer y otra dar trigo, le espetan. Si tocan poder se pegarán el batacazo. Ya verán, ya. Se escarba en busca de manchas en el pasado de sus dirigentes, de puntos flacos, de faltas de coherencia. Muchos de esos fiscales solo defienden con uñas y dientes el territorio de la política convencional que han convertido en forma de vida. Son esa casta, por utilizar el término de Podemos, corresponsable de la miseria, la podredumbre y la ira que presiden el paisaje social.

Entre tanto, Pablo Iglesias y los suyos se abren camino y multiplican apoyos, cierto que con algunos titubeos y correcciones de la trayectoria, conscientes de que el radicalismo inicial debe teñirse de pragmatismo, pero sin abjurar de los objetivos esenciales. Convencidos de que es ahora cuando se la juegan de verdad. Y sin perder la calma, marcando distancias con sus enemigos, sin caer como ellos en la descalificación y el insulto. Convencidos de que si les ladran es porque cabalgan.

Por Luis Matías López– Exredactor jefe y excorresponsal en Moscú de EL PAIS, miembro del Consejo Editorial de PUBLICO hasta la desaparición de su edición en papel.

Análisis- El Mundo es un Volcán

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El reino de la corrupción

La democracia es un sistema que descree de la bondad universal y desconfía de la codicia humana. Los políticos son piedra de escándalo. Y las respuestas del Gobierno son tardías e insuficientes.

Cada vez que surge un nuevo caso de corrupción nuestros políticos se escudan en que son mayoría los servidores públicos honestos y que solo unos pocos sinvergüenzas se han colado en sus filas. Con este innovador mensaje se presentó Mariano Rajoy en el pleno monográfico del Congreso sobre la corrupción, al que aportó dos proyectos de ley visados por su Gobierno hace casi dos años. A partir de estas premisas es inconcebible que el presidente del Gobierno pueda encabezar un programa serio para combatir un problema que se ha convertido en la segunda preocupación de los españoles. Todas las respuestas devienen tardías e insuficientes, como acaba de demostrar la microrreforma introducida por la Cámara sobre los viajes de diputados y senadores a raíz del caso Monago.

monago

Más de 800 Ayuntamientos (un 10% del total) están incursos en diversos procedimientos judiciales vinculados al muy heterogéneo dominio de la corrupción política; el número de imputados se cuenta por miles, según informes de la fiscalía. Minimizar estas cifras hasta el punto de convertir a esa legión de corruptos en una excepción es una desfachatez, si no un acto de cinismo. Al margen de la honradez individual, que se dilucida en los tribunales, la mayoría de los políticos tiene fundadas sospechas, cuando no indicios, de que su partido tiene vías de financiación irregulares, pero ese es un tabú cuya ruptura se castiga con la expulsión, como le sucedió al socialista Alonso Puerta en 1981. Habrían de pasar 26 años hasta que un concejal popular de Majadahonda pagara el mismo precio después de poner a la Fiscalía Anticorrupción tras la estela del caso Gürtel, una red mafiosa de la que se habría lucrado el PP, según el último auto del juez instructor.

Nuestros políticos conocen estas prácticas desde los tiempos de la Transición, pero han preferido guardar silencio para mantener el favor de sus jefes. Es hora de poner fin al espectáculo degradante de que nadie sepa en los partidos políticos, salvo sus tesoreros o sus gerentes, de dónde proceden los dineros con los que se financia la campaña electoral permanente en la que están metidos o cómo se pagan las obras de sus sedes y los salarios de sus empleados.

¿Tiene alguna lógica que los presidentes y secretarios generales puedan alegar ignorancia ante los jueces y librarse así de toda culpa en este tráfico indecente de cajas b y dineros negros? ¿Por qué los líderes que elaboran las listas electorales y aprueban los programas políticos están exentos de rendir cuentas sobre las finanzas de sus partidos? ¿Puede Rajoy eludir su responsabilidad en el caso Bárcenas con el simple trámite de pedir perdón al Parlamento por haberse equivocado en su nombramiento? Bienvenida sea la reforma del Código Penal (anunciada hace más de un año) que castigará el delito de financiación ilegal con uno a cinco años de cárcel, aunque solo se atajará el mal cuando los jefes máximos tengan que responder por una presunta administración desleal.

Este estado de cosas ha sido consustancial a la democracia creada al amparo de la Constitución de 1978. La debilidad de unos partidos renacidos tras 40 años de dictadura sirvió para blindar sus cuentas y excluirlas del escrutinio público. Galaxia Gutenberg acaba de publicar un libro póstumo de Javier Pradera titulado Corrupción y política. Los costes de la democracia. Escrito hace 20 años, en plena floración de escándalos (Juan Guerra, Hormaechea, Ibercorp, Mariano Rubio, Filesa, Cacerolo, Roldán, fondos reservados, etcétera), su lectura resulta de extraordinaria actualidad. La anatomía de la venalidad que Pradera disecciona con precisión forense es perfectamente aplicable a la sucesión de casos que monopolizan la actualidad informativa. Los cambios legislativos introducidos en estas dos décadas han tenido el efecto gatopardianode mantener intacta la corrupción estructural para financiar los partidos, a la que se ha sumado el creciente pillaje individual de muchos gestores.

Es cierto que se creó la Fiscalía Anticorrupción en 1995, que se han endurecido algunas sanciones penales, que la UDEF ha prestado una mayor dedicación a los delitos económicos que proliferan en el ámbito político, pero nada sustantivo ha cambiado en los mecanismos de adjudicación de contratos públicos, que es donde reside la gran corrupción, la que mueve millones de euros en forma de comisiones mafiosas. Este mecanismo perverso obliga por lo demás a las empresas concesionarias a falsificar su contabilidad con innumerables facturas falsas que a menudo se distribuyen entre los proveedores. En esta cadena fraudulenta participan miles de personas que están sometidas a una ley de silencio tanto más férrea cuanta mayor es la precariedad laboral. Los denunciantes no cuentan con ninguna protección.

No sorprende que en medio de este paisaje la economía sumergida suponga casi una quinta parte del PIB según diversos informes o que los inspectores de Hacienda estimen que el monto del fraude fiscal supera el déficit de todas las Administraciones públicas. Lejos de constituir un ejemplo nuestros políticos son piedra de escándalo, agravado por el impacto de una crisis económica que se traduce en el empobrecimiento de grandes grupos de población, el paro de más de cinco millones de personas según la EPA, una deflación salarial que no excluye de la pobreza a quienes trabajan y una pavorosa desigualdad que coloca a España en el segundo lugar del ranking europeo.

El Eurobarómetro de 2013 sobre corrupción registró que el 63% de los encuestados españoles (el porcentaje más alto de la UE) se consideraba afectado personalmente en su vida cotidiana, frente a una media comunitaria del 26%; el 95% consideraba que es un problema muy extendido en el país, principalmente en las instituciones locales y regionales. Todo ello consolida el convencimiento generalizado de que la gran corrupción gira en torno a las finanzas de los partidos, con una activa participación de las empresas contratistas de obras y servicios. Sindicatos y asociaciones patronales se han incorporado al festín al calor de los cursos de formación, los expedientes de regulación de empleo o las tarjetas opacas de algunas cajas. Que solo ocho de los 86 titulares de Bankia renunciaran a usarlas dice mucho del nivel ético de nuestras élites.

La democracia es un sistema que descree de la bondad universal y desconfía de la codicia humana. De ahí que exija contrapesos y controles rigurosos para impedir abusos de poder y sancionarlos cuando se produzcan. Un Tribunal de Cuentas nombrado mayoritariamente por los partidos, que más que vigilarse mutuamente practican una estrategia de no agresión, es un instrumento ineficaz para controlar sus finanzas. Algunos países europeos han creado comisiones independientes para fiscalizar a los partidos e incluso para adjudicar los contratos públicos. Hace casi dos años el Congreso acordó convocar una comisión de expertos para estudiar el dossier de la corrupción y proponer estrategias de choque. Nadie la ha recordado en el reciente debate parlamentario.

A un año de las elecciones generales es probable que no haya tiempo para comités, pero los partidos no pueden cruzarse de brazos tras una legislatura que ha sido una ciénaga en materia de corrupción. Y si así lo hacen estarán contribuyendo a ese súbito ascenso de Podemos, que más allá de la viabilidad o no de sus propuestas se nutre sobre todo de la náusea colectiva. Los abstencionistas de ayer, los participantes en las diversas mareas contra los recortes en sanidad y educación o simplemente la multitud de decepcionados con el PSOE suman ya un bloque de votantes potenciales que de momento ha roto, al menos en las encuestas, el statu quo de un bipartidismo asfixiante.

OPINIÓN- La Cuarta Página EL PAÍS

Ilustración- Bernardo Bergara

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Y, de repente, soy la Farrah Fawcett de la televisión

Lean, hablen, amen, coman y, si pueden, háganlo todo a la vez.

Por El Hombre Confuso

EL HOMBRE CONFUSO

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 Anoche sonaban las canciones de Hedwig and the Angry Inch mientras fuera llovía sin parar. La realidad, con un musical de fondo, parece mucho menos cruel. O eso es lo que algunos queremos pensar. Salimos a la calle creyendo que, en cualquier momento, empezará a sonar la música, los casuales transeúntes iniciarán una coreografía y todo formará parte de un sueño orquestado desde lo más hondo de nuestro corazón. Porque ahí es donde habitan los musicales. No esperen una lógica -de ser así, les garantizo que están muertos por dentro-, ni una explicación coherente. Tan sólo pónganse un poco de maquillaje, una buena peluca y créanse la Farrah Fawcett de su barrio. ¿Acaso tienen algo mejor que hacer? ¿Van a conformarse con ver la vida pasar mientras los demás protagonizan su propio musical? Pensaba que todavía tenían ganar de vivir…

El tiempo se detiene mientras Hedwig trata de recuperar el amor…

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