Archivos Mensuales: enero 2014

Manuel Leguineche y Javier Reverte

fly letters

Por Winston Manrique Sabogal

Los dos escritores son pioneros de la generación de españoles que han ido en busca del mundo. En esta conversación repasan la historia de la literatura de viajes.

Tienen tantos kilómetros en sus pies que sumando sus viajes se podrían reclamar unas cuantas vueltas a la Tierra. Y aunque son herederos de la tradición de los grandes viajeros, comulgan encantados con la frase: “Todos somos turistas”. Son Manuel Leguineche (Vizcaya, 1941) y Javier Reverte (Madrid, 1944), dos periodistas que han cubierto importantes acontecimientos mundiales, y que reconvertidos en escritores han popularizado el género de literatura de viajes en España. Una brecha que en los setenta abrió Leguineche con El camino más corto, y en los noventa reanudó Reverte con El sueño de África.

Ahora, en un descanso de sus periplos, los dos amigos conversan sobre las rutas de la literatura de viajes hoy. Lo hacen en Brihuega (Guadalajara), amparados del tan mentado sol de julio, en la casa de piedra viva y toba donde viviera un amor platónico de Juan Ramón Jiménez, y que hoy pertecene a Leguineche.

leguineche frase

PREGUNTA. ¿Cuánto ha cambiado la literatura de viajes?

MANUEL LEGUINECHE. Hay una contribución británica, tenía que ser así, claro, que la reenfocó en el siglo XX. Está basada en una cultura previa, como una experiencia buscada, y con una visión un poco sarcástica, divertida y crítica. Son autores que buscan lo raro, no lo exótico como antes. Un escritor que influye en ese cambio es Bruce Chatwin con En la Patagonia. Y todo viene porque él quiere saber el origen de la piel de un animal prehistórico que había en su casa de niño y que había llevado su abuelo. Así es que un día aparece en la Patagonia y empieza a indagar, a ver y a sentir, aunque luego la gente se quejó de su versión. Él describe todo a su manera, es un hombre culto y leído, pero es un tramposo, o un mentiroso total, en el sentido literario, a lo largo de toda su obra.

JAVIER REVERTE. Y de su vida (interrumpe con una risa que contagia a su amigo al instante).

M. L. Es que Chatwin es un autor que ya no sólo mira y busca la realidad, sino que cuando se enfrenta a ella se arma de una idea. Sabe el tipo de libro que quiere hacer y el tipo de sorpresa que quiere dar al lector. A partir de ahí elabora una teoría que no sólo es la reproducción de la realidad, sino que todos sus apriorismos los recrea, los incorpora a la historia. Todo está escrito, pero estos grandes autores de viajes van leyéndose a sí mismos y van recomponiendo una idea de lo que quieren contar.

J. R. Los ingleses salen con ventaja en cuanto a capacidad de viajar y a tradición de escritores del género. A mí Chatwin no me gusta, pero independientemente de eso creo que la literatura viajera de los siglos XVIII y XIX, que es su boom, es informativa. No existe la televisión, ni el periodismo de masas, con lo cual todo lo que estos autores cuentan es novedoso.

P. Y ahora que los medios de comunicación muestran todos los rincones del planeta y más allá, ¿cuál es el papel de este género?

J. R. Hay que contar algo que sorprenda y sea sorprendente. No vas a contar cómo un masai mata un león porque lo ves en televisión. Lo que el escritor puede hacer es acercarse más a la antigüedad de la literatura, hacer una obra creativa en el sentido de crear una estructura literaria del viaje, no en el sentido de que cuente cosas que sean ficción, sino de escoger de la realidad aquello que tiene más peso literario. Seleccionar el mejor testimonio y tratar de comprender el lugar y a sus pobladores. También es una literatura más sensual, que busca más las sensaciones y los sentidos, lo que no transmiten otros medios. La nueva literatura de viajes debe ser menos periodística, más poética.

M. L. Claro, porque el resto de los libros en torno a los viajes está cubierto: guías, manuales y demás. El protagonista muchas veces no son las ruinas sino las personas. Autores ingleses como Colin Thubron o Paul Theroux, que no es inglés pero está en la senda, lo están poniendo muy difícil. Al estar todo contado y con la posibilidad de verlo en imágenes existe el peligro de exagerar tu peripecia. De mostrar heroicidad, y para asegurar el éxito añaden sorpresa, pero ésa es una carpintería muy tramposa.

P. ¿Por qué España siendo un país de descubridores no tiene una tradición de escritores viajeros, salvo los de Crónicas de Indias?

M. L. No sé muy bien, pero en 1898 hay una recuperación del paisaje que consiste en que gente como Azorín, Unamuno y Baroja contribuyen a acercarse a la literatura de viajes, de la que Cela puede ser un epígono con Viaje a la Alcarria.

J. R. También está Ciro Bayo, otro autor olvidado de 1898, que tiene dos libros estupendos: Lazarillo español y El peregrino en Indias.

M. L. Aquí se ha producido un fenómeno curioso. Hay un periodo de autarquía en el que no se viaja porque estamos encerrados en nosotros mismos y también por razones económicas. Ahora los españoles son de los que más viajan en Europa, porque tienen todo por descubrir.

J. R. Nuestra generación, la que ronda los 60 años, es un poco la primera que viaja desde los tiempos de la caída del imperio español. La caída de un imperio siempre produce tristeza. Y aquí produjo una vuelta hacia dentro, se opacó la curiosidad por el mundo. Dimos paso a un intento de negociar con nosotros mismos una alternativa política, histórica, cultural, social. Se viaja en 1898, pero sobre todo por España, en busca de qué es España. Ésa es la gran pregunta que se hacen los intelectuales. En cambio, nuestra generación se pregunta ¿qué coño es el mundo?, cuando queremos ser europeos y estamos viviendo en una dictadura intentamos aprender idiomas, saber qué son las democracias, qué libros nos han prohibido.

P. ¿Una generación que viaja por curiosidad geográfica, intelectual y política?

J. R. ¡Y sexual! (Y los dos estallan en una sola carcajada mientras se miran).

M. L. … Se busca una liberación.

J. R. Es un intento de liberación general, de comprensión sobre todo del mundo. Ahora, desde hace unos 10 o 15 años, todos viajan y eso no se correspondía con una literatura viajera porque no existía. De pronto, a finales de los setenta aparece el libro de Manu, El camino más corto,que sorprende porque nadie había hecho una vuelta al mundo en esos tiempos.

M. L. Luego tómate lo que quieras Javier (risas). Lo curioso es la dificultad de colocar este género. Hay un apriorismo que dice que en España no hay lectores para esta literatura. El viaje lo hice en 1965 y sólo 12 o 13 años más tarde se publicó, después de que nadie lo quisiera editar, hasta que lo vio Mario Lacruz.

P. La historia se repitió con Reverte a comienzos de los noventa.

J. R. Con El sueño de África, hasta que otro Mario, este Muchnik, lo publicó en 1996. Literatura es seleccionar. Toda literatura significa dos cosas: un impulso de unidad interna en sí misma, como una sinfonía, con una selección y la búsqueda de su estructura literaria. La realidad contada desde la literatura.

P. ¿Y dónde queda la objetividad del viajero?

J. R. No creo en la objetividad, ni siquiera en periodismo. Es en lo subjetivo donde nos podemos identificar más con un libro o una obra de arte. Son puntos de vista, estilos, subjetivismo. Y es importante el humor, reírte un poco de ti mismo y de las cosas que te pasan, porque en un viaje metes la pata muchísimas veces.

M. L. La virtud está en el término medio de saber cuándo no hay que abusar del yo. Evitar hacerse protagonista de la historia, no hay necesidad de sublimar los episodios.

J. R. El escritor de viajes de hoy debe ser alguien cuyo yo aparezca en el relato como instrumento de comunicación con el otro, como vehículo para que hable el otro. Un ejemplo es Kapuscinski, buscar que el protagonista diluya su yo en los demás. Ya no vamos buscando piedras, ahora vamos buscando voces.

M. L. Kapuscinski insiste mucho en que hay que ir a un lugar muy preparado, documentado. La verdad es que cuando me explicó de dónde le viene esa curiosidad y esa visión global y universal que tiene hacia todo, dice que ha leído a Fernand Braudel, esa ordenación cartesiana, ese interés por todo y de ver las cosas en todos sus ángulos. Eso a mí me influyó mucho.

J. R. “Nada humano es ajeno para mí”, como decían los clásicos, eso lo ves en Kapuscinski. Por eso se habla de un iniciador de un periodismo humanístico. Y la literatura de viajes va en esa línea. Está obligada a ser humanística porque estamos en un mundo en el que desconfiamos de todo. Hay que buscar un pequeño marco de esperanza y ese marco está en el periodismo y la literatura de viajes, a través del elemento humano.

P. ¿Cuáles serían las recomendaciones básicas para un viajero?

M. L. Hay dos escuelas: una dice que hay que ir bien preparado, si vas con el conocimiento vas con algo ganado, nosotros comentamos que un viaje empieza siempre en una librería. La otra escuela recomienda ir con una retina nueva, para que todo lo que encuentres no sea reflejo de otras aventuras, y seas tú quien saques tus conclusiones.

J. R. Nosotros somos de la primera escuela. Otro elemento importante es la emoción, es lo que queda. Además de documentarse sobre el lugar al que vas, es mejor viajar solo. Así necesitas comunicarte, abrirte e integrarte. Y, claro, dejar espacio a la incertidumbre, a la improvisación.

M. L. La primera recomendación es tomar el viaje como cura de humildad y luego cultivar el sentido del humor, tomarse las cosas con calma. Eso te hace disfrutar más, y es un arma frente a lo malo que pueda pasar.

J. R. Hay una escuela a la que sólo le interesan las cosas en su estado “tradicional” y “puro”. Un día una periodista al ver a unos pigmeos con vaqueros decía “yo no puedo filmar esto, no son auténticos”, y mi respuesta fue: “No, si los auténticos son ellos tal cual los ves”. El autor tiene que reflejar que no quedan paraísos perdidos y que pretende seguir comprendiendo la evolución de lugares y culturas.

M. L. Son puntos de vista que permiten ver, por ejemplo, que la música y el viaje son los grandes perjudicados de la globalización, sólo que esos cambios son un elemento para el escritor viajero.

P. ¿Qué decir a quienes reniegan del progreso como contaminación?

J. R. Hay muchos aspectos positivos en el progreso. Si te puedes tomar un refresco frío en lugar de un agua con barro está bien. Si me encuentro a un masai con un móvil habrá quien me chille pero creo que él necesita más el teléfono que yo. Y dice alguien, “es que el nomadismo es una cultura que estamos estropeando”, y yo recuerdo la anécdota de unos bosquimanos en Namibia que iban por el desierto de Kalahari y se toparon con un grifo, lo abrieron, salió agua y dejaron de ser nómadas. ¡Tenían agua para beber y para el ganado! Nadie es nómada por vocación, se es nómada para conseguir cosas. A nadie le gusta tener sed o hambre.

M. L. Hay una tendencia un poco mesiánica a cargarse todo lo que sea el progreso. Algunos piensan que así se pierde el color local, sin embargo les pagamos a los indios para que bailen para nosotros, los prostituimos.

J. R. Es la filosofía que yo llamo del “buen salvaje”, abogan por una cultura que no evolucione y que creen debe conservarse como museos vivos. Es como la diferencia entre viajero y turista. ¿Eso qué quiere decir, que tú llegas a un sitio y eres el único que debe estar ahí? ¿Y que los del autocar no tienen derecho?

M. L. Hace años tuve una cura de humildad en la estación de trenes de Milán cuando al bajar leí: “Todos somos turistas”.

J. R. ¡Claro, es verdad! El salir ya es positivo, te pone en contacto con el otro, contigo mismo. Sólo que algunos tenemos el privilegio de que no tenemos billete de vuelta.

M. L. Ésa es la diferencia. Me lo dijo Paul Bowles en Tánger: “El viajero es el señor que sabe cuando sale pero no cuando regresa”.

J. R. Además, la palabra aventura se identifica con riesgo, y para mí es menos grandilocuente, es abrirte a lo que no conoces. El viaje también se ha convertido en una necesidad, es estupendo. Que la gente salga es fundamental no sólo para cambiar de rutina, sino también para contrarrestar aquello de que “yo soy de aquí de vocación” o “de pura cepa”, y esas cosas que se dicen. El viaje permite ver que hay gente, valores y culturas maravillosos en todas partes. Como dicen, viajar acaba con los nacionalismos.

P. ¿No es un poco cómodo el viajero español?

M. L. ¡A un viaje hay que ir llorado! Lo hemos dicho, los peores viajes hacen los mejores libros. Hasta de lo malo tienes que sacar una moraleja. El viajero español puede tener defectos como exceso de impaciencia y temor. Otro defecto de todos los viajeros es la necesidad compulsiva de comprar y llevarte algo, cuando viajar con menos equipaje es más cómodo. Muchas veces se hace por la necesidad de demostrar a los demás lo que has hecho y donde has estado.

J. R. No hay que olvidar que aquí había poca tradición y cultura viajeras, y eso conlleva cierto temor. Aunque cada vez se ven más jóvenesmacuteros españoles y que la gente viaja sin itinerario. España va cambiando. Además, la gente compra menos. Nuestra filosofía, cuando éramos más jóvenes, era la misma de John Huston: “A nuestra edad ya no me compro nada que no se pueda beber”.

“Los peores viajes dejan los mejores libros”

Manuel Leguineche (1941-2014)- Periodista, escritor y viajero nato

Artículo publicado por EL PAÍS,en julio de 2010

+info en mil y una páginas

Anuncios
Etiquetado , , ,

Nacionalismos, movida de ficha

traza

Lo que no se quiere oír sobre Cataluña

El problema del encaje catalán en España es el del encaje de un pueblo norteño en un país sureño

Por César Molina

Hay cuestiones de fondo sobre Cataluña que no se quieren oír y, mucho menos, escuchar. No puedo obligar a nadie a escucharme pero, al menos, voy a intentar hacerme oír. En este artículo quiero aportar cuatro reflexiones sobre Cataluña y sobre la relación de Cataluña con España. Bien a un lado del Ebro, bien al otro o bien a los dos, estas cosas no se quieren oír. En primer lugar discutiré el “hecho diferencial” catalán desde la dialéctica Norte-Sur en la Europa actual. El problema del encaje de Cataluña en España, como el de Lombardía en Italia, es el del encaje de un pueblo norteño en un país sureño. A continuación caracterizaré a Cataluña como una sociedad compleja aún vertebrada por una mentalidad menestral cuyas raíces se remontan a la baja Edad Media. Cataluña se desarrolló y llegó a ser lo que es gracias al decreto de Nueva Planta de 1714, no a pesar de él. En tercer lugar argumentaré que el contencioso Cataluña-España oculta otro contencioso entre catalanes que tiene importantes consecuencias para la sociedad catalana. A España y a Cataluña les irá mejor juntas que separadas si consiguen un acuerdo de convivencia que potencie el futuro de ambas. Por último daré unas pinceladas sobre qué hacer en la situación actual. Mis argumentos surgen de consideraciones geográficas e históricas que considero razonables.

LOS CATALANES, EUROPEOS PATA NEGRA

Los catalanes son europeos desde el siglo IX. A eso, en castellano, se le llama ser pata negra. El concepto actual de Europa nació con Carlomagno, cuya capital Aquisgrán dista solo un centenar de kilómetros de las actuales capitales de la Unión Europea Bruselas y Luxemburgo. Esta coincidencia geográfica no es casual. Robert Kaplan señala en su reciente libro La venganza de la geografía que la columna vertebral de Europa sigue estando en la diagonal que va del Canal de la Mancha a los Alpes, ruta de comunicación principal del imperio franco. En ese mapa, carolingio y actual, Cataluña ocupa una situación peculiar. Desde finales del siglo VIII fue parte de la Marca Hispánica, zona defensiva entre el Imperio y Al-Ándalus que, según Vicens Vives, se caracterizaba no por ser una fortaleza de montaña sino por ser un corredor protegido por montañas. Este carácter de corredor y de portal de la península Ibérica hacia Europa ha conformado, para Vicens, el europeísmo distintivo de la mentalidad catalana y su “permanente éxtasis transpirenaico”. Esta mentalidad y este éxtasis constituyen, en mi opinión, el llamado “hecho diferencial catalán”.

Tony Judt se refiere repetidamente a Cataluña en su ensayo de 1996 ¿Una gran ilusión? Judt establece un paralelismo entre las regiones europeas de Baden-Württemberg, Rhône-Alpes, Cataluña y la antigua Lombardía carolingia, autodenominadas los Cuatro Motores de Europa en un acuerdo que firmaron en 1988. Son regiones prósperas, ninguna de las cuales incluye a la capital del Estado, que se consideran culturalmente más próximas entre sí que con otras regiones de sus respectivos países. Según Judt se sienten europeas, pagan sus impuestos, están mejor educadas, tienen una ética del trabajo y una industriosidad que no comparten otras regiones de los Estados a los que pertenecen —regiones a las que se ven obligadas a subvencionar— y tienen poco peso en la toma de decisiones de sus gobiernos. Como señala Kaplan, son regiones “norteñas, que no se sienten identificadas con las que creen regiones atrasadas, perezosas y subsidiadas del sur mediterráneo”. Vicens Vives nunca lo hubiese escrito tan crudamente. El problema del encaje catalán en España es el del encaje de un pueblo norteño en un país sureño. Es un problema de muy difícil solución, agravado por la ausencia histórica de un Cavour catalán que impulsase un proyecto nacional capaz de integrar a los demás pueblos de la Península. Es un problema que se arrastra desde hace siglos y que no se arreglará ignorándolo o negándolo.

Una anécdota del ya centenario Swann ayuda a entender quién es qué en la relación con Europa. Unos parvenus amigos suyos habían tenido la ocurrencia de contratar a unos aristócratas arruinados para ponerlos de porteros en su mansión. Swann se lo desaconsejó, advirtiéndoles que las visitas de calidad nunca pasarían del portal. En el debate sobre la integración en Europa de una Cataluña independiente, los independentistas tendrían todo que perder si el debate se situara en el terreno de la estricta legalidad de los Tratados, pero tendrían todo que ganar si se situase en el terreno de la legitimidad, es decir, si el debate fuese sobre quién es el parvenu. Lo más probable es que la discusión se sitúe, llegado el caso, en un punto intermedio entre las dos alternativas. Lo que desde Madrid se ve como un problema jurídico es, en realidad, un problema político en el que las autoridades españolas pueden llevarse más de una sorpresa. Quizá sea útil recordar, como precedente, la alfombra roja que se puso a otro pata negra europeo, la también carolingia Eslovenia, para su integración en la Unión Europea y en el euro en un tiempo récord. O la posición europea sobre el corredor mediterráneo.

UNA MENTALIDAD MENESTRAL

Sigo con Vicens Vives, buen conocedor de los catalanes. Y sigo con su ensayo Noticia de Cataluña, que debería ser leído y releído con mucha atención tanto al norte como al sur del Ebro. Para Vicens lo más distintivo de la mentalidad catalana, junto a su europeísmo, es su carácter menestral. La menestralía, con fuerte presencia ya en la Cataluña del siglo XIII, es “una mentalidad más que una situación, un concepto de la vida más que una forma de ganársela”. Surge de la “gente de gremio, pueblo menor, hombre y herramienta”. Los menestrales “acabaron ocupando un lugar entre las minorías dirigentes del país, desde el que difundieron el espíritu originario de clase: la dedicación al trabajo, la inclinación práctica de la vida y la limitación de horizontes” y “constituyeron la reserva humana y social de Cataluña, la plataforma sobre la que iban a montarse los siglos XVIII y XIX”. La mentalidad menestral sigue articulando hoy en día una sociedad catalana que, a pesar de su complejidad actual, se sigue reconociendo en el trabajo entendido no como “castigo divino” sino como “signo de elección” y sigue mostrando una característica falta de ambición en su proyección hacia el mundo exterior.

El feudalismo catalán, surgido dentro del imperio carolingio, tuvo muy poco que ver con el del resto de la Península. Fue mucho más robusto y “europeo”, y creó unas instituciones que, en lo esencial, perduraron hasta principios del siglo XVIII. Hasta el 11 de septiembre de 1714, para ser más precisos. Cuando Ortega achaca la anomalía histórica de España a la anomalía de su feudalismo y a la baja calidad de los godos que la invadieron, se olvida del caso catalán. Las instituciones medievales franco-catalanas fueron solidísimas, hasta el punto de poder asimilar la mentalidad menestral sin cambiar sustanciándote, porque la menestralía encajaba bien en el corporativismo de la época. Pero esa solidez institucional, en ausencia de un monarca absoluto que la pusiera en cuestión para afirmar su propio poder, fue la causa principal del estancamiento y declive de Cataluña desde mediados del siglo XV hasta principios del XVIII. Este declive fue tanto económico como cultural. Por poner un ejemplo de cada, ambos apuntados por Vicens, si Cataluña no se aprovechó del comercio con América hasta el siglo XVIII fue por falta de ambición y de emprendimiento, no porque tuviese ningún impedimento legal para hacerlo. Se aprovechaban los genoveses, portugueses, franceses, holandeses… pero no los catalanes. En el ámbito cultural, los siglos XVI y XVII, siglos de oro del castellano, el inglés y el francés, fueron un desierto para el catalán. Aherrojada por sus instituciones medievales, respetadas hasta por el Conde-Duque de Olivares, Cataluña dormitó durante dos siglos y medio hasta que un Borbón, Felipe V, precipitó el cambio y la empujó hacia la modernidad. ¿Qué hubiera pasado si en vez del Borbón hubiese ganado la guerra el Habsburgo? A mí me parece probable que Cataluña, constreñida por sus instituciones, se hubiese perdido la revolución industrial. Cataluña se desarrolló gracias al decreto de Nueva Planta, no a pesar de él.

La mentalidad menestral —trabajo, sentido práctico de la vida y limitación de horizontes— ha vertebrado Cataluña durante cinco siglos y sigue siendo la más relevante hoy en día. Esto es particularmente cierto para el independentismo catalán actual. Menestrales son la monja Forcades, Carme Forcadell y Oriol Junqueras, todos ellos en la versión casa pairal. En versión pro domo mea, menestrales son Jordi Pujol y Artur Mas, entre muchos otros. El denominador común de la menestralía es la nostalgia de un medioevo idealizado, el gusto por una fuerte regulación de la sociedad y de la actividad económica —de lo que es buena muestra el Estatuto catalán en vigor, con sus 223 artículos y 152 páginas— la limitación de horizontes y la falta de ambición para proponer un proyecto capaz de integrar a todos los catalanes y, también, a todos los españoles. El modelo de sociedad del independentismo menestral parece inspirado en el pueblo de loshobbits.

Sin embargo, proyectos ambiciosos de catalanizar España construyendo una sociedad moderna basada en el trabajo existieron en las segunda mitades de los siglos XVIII y del XIX. Relata Vicens cómo, en la primera circunstancia, se produjo una auténtica diáspora de catalanes por tierras de la antigua Corona de Castilla, colonizando Sierra Morena, renovando las artes de pesca en Galicia y Andalucía, estableciendo sus oficios en las ciudades de la meseta… Ilustrados como Campomanes soñaron con transformar España adoptando instituciones catalanas. En el siglo XIX “Cataluña predicó a las otras Españas el evangelio de la redención por el trabajo” para conseguir el resurgimiento económico y la industrialización. El fracaso de estos intentos provocó el retraimiento de los catalanes, que todavía dura, su aversión a participar en el gobierno del Estado tanto a nivel político como burocrático, que también perdura, y el fortalecimiento de la mentalidad menestral ante la quiebra de alternativas más ambiciosas.

cataluña necesidad

CATALUÑA Y ESPAÑA SE NECESITAN

Tanto España como Cataluña necesitan desesperadamente un proyecto nacional. Como he recordado en otras ocasiones, para Ortega una nación es un proyecto de futuro con capacidad integradora. Ese proyecto no lo tienen ahora mismo ni España ni Cataluña. En el primer caso no hay proyecto para afrontar la cuádruple crisis —económica, institucional, territorial y moral— que tiene gripada a la sociedad española. El régimen político de 1978 está basando su supervivencia en la táctica del avestruz, negando las crisis para no tener que hacer ningún cambio significativo. Si no cambia de actitud, durará poco. En el caso catalán el único proyecto político explícito es el independentista. En cierto modo, también es una manera de negar una crisis que afecta a Cataluña de manera muy parecida a la del resto de España. En cualquier caso, el proyecto independentista no es un proyecto integrador puesto que divide profundamente a la sociedad catalana en dos partes de tamaño similar y de convivencia complicada. No es, por tanto, un proyecto nacional, al menos en el sentido que le da Ortega a este término.

España necesita a Cataluña por dos motivos, uno en negativo y otro en positivo. En negativo, porque la ruta previsible del presente conflicto territorial lleva a una bunkerización de posiciones en España y en Cataluña que será la excusa perfecta para que la clase política no aborde ninguna de las reformas imprescindibles para afrontar con éxito los retos del siglo XXI, en particular la mejora del capital humano necesaria para evitar la proletarización de la sociedad española en la economía global. En positivo, porque la gran asignatura pendiente de España es la adopción de una cultura del trabajo como opción de realización personal y no como castigo divino. Eso lo hizo Cataluña hace muchos siglos y la emulación con Cataluña en una casa común puede ser un estímulo importante para que España consiga hacerlo.

Cataluña necesita a España también por dos motivos y también hay uno en negativo y otro en positivo. En negativo Cataluña necesita a España por una razón simétrica a la del párrafo anterior. Las reformas que hay que hacer en Cataluña son similares a las que hay que hacer en el conjunto de España, empezando por la de la clase política. La bunkerización conduce a no hacerlas y a culpar al adversarios de todos los males propios. Además, una confrontación creciente deja al independentismo como único proyecto político posible y eso tendría efectos divisivos muy grandes para la sociedad catalana. Lo que ahora se presenta interesadamente como una confrontación entre Cataluña y España se revelaría como una confrontación entre catalanes en la que los que ambicionan pensar y actuar “en grande” en mundo globalizado quedarían marginados. En positivo, Cataluña necesita ambición. Necesita que sus grandes empresas se hagan mucho mayores y se globalicen. Al contrario que Baden-Württemberg o Rhône-Alpes, Cataluña no tiene grandes empresas con proyección global y no las tiene por falta de ambición, no porque esté oprimida o expoliada. España, cuyas grandes empresas son globales, tiene la ambición que a Cataluña le falta. La emulación con España en una casa común puede ser un estímulo importante para que Cataluña consiga hacerlo.

QUÉ HACER CON CATALUÑA

Por las razones aducidas en el epígrafe anterior, el debate sobre qué hacer con Cataluña sólo tiene pleno sentido en el marco más amplio del debate sobre qué hacer con España. Ahora bien, si este último debate no pudiera tener lugar, porque la clase política se negase a ello, o si fracasara el intento de construir un proyecto de futuro atractivo para los españoles, lo mejor que podrían hacer los catalanes es soltar lastre y plantearse el debate por separado. Por lo dicho hasta aquí, tampoco está claro a priori que a nivel catalán pudiera consensuarse un proyecto integrador y ambicioso pero, en mi opinión, estaría justificado intentarlo.

La actual discusión sobre Cataluña, restringida a dos interlocutores bunkerizados, sólo sirve para disimular tras las respectivas banderas la falta de proyectos nacionales a nivel español y catalán. El Gobierno de España considera la cuestión catalana como un problema estrictamente jurídico, no halla lugar en la Constitución para autorizar una consulta y no ve necesario ni conveniente tomar ninguna iniciativa política para proponer un nuevo encaje de Cataluña en la casa común. Los catalanes deben conformarse con lo que hay y, además, resignarse a una ofensiva recentralizadora y “españolizadora”. Por otra parte, el independentismo catalán, encabezado por el Gobierno de la Generalitat, acelera un plan para proclamar unilateralmente la independencia en algún momento de 2015. El choque de trenes parece muy probable, porque ambos gobiernos esperan sacar grandes réditos políticos del conflicto en el corto plazo, que es el único horizonte que parece importarles. Si el choque se produce, la independencia de Cataluña será prácticamente inevitable, a pesar de que irá en contra del interés general de los catalanes y de todos los españoles.

Es necesario superar esta situación. El contencioso no debe dejarse en las solas manos de quienes no tienen ningún interés en resolverlo. La sociedad civil debería tener un papel mucho más activo, impulsando los necesarios debates —que van mucho más allá de independentismo sí o independentismo no— y dando mucho más protagonismo a la ambición en los proyectos de futuro. La clase política no está por la labor. Las grandes empresas y las personalidades del mundo económico catalán deberían hacer oír su voz con más fuerza, con el pluralismo que ello entraña, y lo mismo deberían hacer las del resto de España. Madrid y Barcelona son, junto con Milán, las grandes concentraciones humanas, económicas e industriales del sur de Europa. Un eje de cooperación a todos los niveles entre las dos grandes ciudades españolas es necesario para complementar y contrapesar a la gran Banana Azul europea, que tiene su extremo sur en la ciudad del Po y termina por el norte en Liverpool.

fly

No parece haber nadie en el mapa político que asuma la idea de España como nación de naciones para reconstruir sobre ella la casa común. A mí me parece que ya es demasiado tarde —no lo era hace cuatro años— para intentar una reforma federal de la constitución. Hay que ser más ambiciosos y la sociedad civil también tiene que tener un papel decisivo en este debate. No bastan albañiles: se necesitan arquitectos para evitar que se nos caiga la casa encima.

César Molinas, es economista y matemático.

Ha escrito Qué hacer con España

IlustraciónRiccardo Guasco y Emiliano Ponzi

Etiquetado , , , , , , , , , ,

Bakerantza

prison peace

De paz por presos, a paz por nada

Por José María Calleja

Hubo un tiempo, primeros noventa, en el que los presos de ETA reivindicaban su derecho a cumplir íntegras sus condenas. Un tiempo de grasiento dominio de lo colectivo, en el que las soluciones individuales eran traición. Un tiempo de calor de establo, cuando creían aún en la victoria, y los presos de la banda soñaban con una amnistía triunfal y para todos a la vez.

Los abogados de la banda decían a los presos que se negaran a acogerse a las vías individuales de redención de penas, que les hubieran puesto en la calle sin agotar la condena. El miedo que ETA sembraba en toda España a base de asesinatos, también paralizaba a los presos disidentes, que no se atrevían a salir del rebaño por temor a que la banda les asesinara —como le ocurrió a Yoyes— o por miedo a sufrir rechazo social al volver al pueblo, unidad de medida de pureza revolucionaria.

Si en los años noventa un miembro de la banda hubiera dicho que los presos de ETA tenían que reconocer el daño causado, asumir la ley penitenciaria de un Estado calificado por ellos como opresor, romper el colectivo de presos y recorrer una vía individual pequeño-burguesa para acogerse a los beneficios penitenciarios y salir a la calle, los mismos que hoy han reconocido todo lo anterior, le hubieran asesinado.

La historia de la banda terrorista ETA es la historia de una organización que se ha pasado la vida matando y llegando tarde. Matando también a los miembros de la propia banda (asesinato de Pertur) que llegaron con antelación a las conclusiones en las que hoy están los que han hecho durante años del asesinato una forma de vida.

Kepa Pikabea —24 asesinatos, dos secuestros, 30 años de cárcel en su currículum, expulsado de la banda—, reconoce que la estrategia de asesinar ha sido “inhumana y cruel” y que “hemos cometido muchos actos contra la dignidad humana”. (La luz al final del túnel– ‘Bakerantza’, documental de Eterio Ortega). Al final, cuarenta años de crímenes, secuestros, extorsiones, siembra de odio y miedo, no han servido para nada, decimos cada vez más.

Es duro el balance político y el balance personal. Después de asesinar a diez, quince, veinte personas, después de pasar más de media vida en la cárcel, se llega a la conclusión de que todo eso no ha servido para nada, de que Euskadi podría estar en el mismo nivel político que tiene hoy sin haber apilado casi mil cadáveres.

La reciente declaración del colectivo de presos etarras supone un certificado explícito de la derrota de la banda. Dos años después de que la dirección de ETA anunciara, en octubre de 2011, que no se producirían más asesinatos y asumiera su derrota, lo hacen ahora sus propios presos. Posiblemente, esta declaración se produce también porque hoy la banda esta encarcelada y solo unas decenas de etarras están en la calle, esperando a ser detenidos.

ETA ha pasado, en pocos años, de negarse a aceptar paz por presos, porque exigía la independencia y creía que la lograría doblegando al Estado, a la paz sin libertad para los presos. Medio millar de miembros de ETA siguen en la cárcel sin que ETA haya logrado ni uno solo de sus objetivos. Ni uno.

En unos años hemos pasado del Amnistia Osoa (Amnistía total), al “sálvese quien pueda” de las medidas individuales, a una reinserción que se promueve y que ya no se califica de traición. Lo colectivo ha dejado paso a lo individual. Todo ello sin la menor concesión política por parte del Estado. Todo ello sin haber logrado ni un solo punto de la manida alternativa KAS, los mandamientos por los que ETA asesinaba —¿se acuerdan?— y que ahora ni los propios etarras se atreven a mentar para no caer en el ridículo.

A la otrora denominada “vía armada”, reclamada con orgullo por generaciones de etarras como necesaria, urgente y revolucionaria, se la despacha ahora con un escueto “método” que, si bien no reconoce la dimensión del destrozo, huye de la retórica liberadora y asume implícitamente el fracaso.

ETA presos map

Lo que hizo ETA (p-m) en los años ochenta: negociar la vuelta a España de sus integrantes, organizar la rendición, incorporarse a la política renunciando a usar la violencia, —todo ello sin haber alcanzado ni uno solo de sus objetivos—, lo está haciendo ahora ETA (m) ¡con treinta años de retraso! Con treinta años de retraso y después de haber ensangrentado el país. Este es su nefasto balance. No deja de ser significativo que Arnaldo Otegi, que fue de ETA p-m, esté ahora proponiendo el fin de la violencia desde la cárcel.

Estamos a un rato de que ETA entregue sus armas, un gesto que tendrá un efecto simbólico y supondrá otro reconocimiento de la liquidación por cese del negocio de matar. Será otro certificado más que acreditará, como lo ha hecho el comunicado de los presos, que ETA se rinde sin conseguir ni uno solo de los objetivos por los que hace más de cuarenta años empezó a asesinar. Será otro gesto que acreditará el final de la violencia, un paso más en una banda que, después de cuatro décadas de asesinatos, solo ha conseguido muerte, terror y sufrimiento.

TXORIA TXORI

Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen aldegingo.
Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango
eta nik…
txoria nuen maite

Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habría escapado.
Pero así,
habría dejado de ser pájaro.
Y yo…
yo lo que amaba era un pájaro

Música- Mikel Laboa y El Orfeón Donostiarra

Ilustración- Emiliano Ponzi

Humor- Peridis

eta rajoy

+ info- en Euskadi en PAZ

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,
A %d blogueros les gusta esto: