Zas!

Preguntas de periodistas que cambiaron el curso de la historia

Por Jaled Abdelrahim

Hay quien cree que los virajes de la historia y los grandes acontecimientos vienen derivados de guerras, de tratados, de políticas o de movilizaciones. Y no les falta razón. Pero existe un modo mucho más concreto y menos masivo que, en ocasiones, puede provocar tantos cambios o revelar tantas realidades como todos esos. Sin armas, sin pancartas, sin leyes y sin fines de semana en Camp David. La cuestión de un periodista en el lugar preciso y el momento adecuado también pueden provocar cataclismos. El signo de interrogación ha demostrado que, bien utilizado, es la herramienta más precisa de todas para poner a la estructura política en su sitio.

Es esa ocasión en la que el periodista, frente a frente con la personalidad de turno, emite las palabras precisas, la fórmula calculada, la pregunta perfecta. El momento en el que el mandatario de turno supura una gota de sudor ante la incisiva cuestión y le tiemblan los labios al emitir su respuesta. Un orgasmo profesional que hace que todas las horas perdidas en ruedas de prensa, eventos y convocatorias hayan merecido la pena.

Una periodista sueca cumplió esta semana con ese sueño. En el atril, de visita oficial acompañando al primer ministro de su país, Frederik Reinfeldt, está el presidente de los Estados Unidos de América. El líder del mundo piensa que es un país fácil. Un aliado europeo en el que no tendrá que preocuparse mucho más que de narrar el discurso preparado desde Washington para enfrentar las cuestiones que atañen a la actualidad planetaria. Contestar a alguna consulta que otra sobre los desaguisados por los que se preocupan los titulares de las últimas semanas. Una vez más, listo para dar las mismas repetitivas respuestas.

Entonces llegó su turno. Una oportunidad de inquirir al mandatario cosas como en qué momento se producirá el ataque bélico que viene gestionando su nación -a contracorriente a la opinión de casi todos los países del mundo-. O quizás sobre los acuerdos que ha venido a cerrar con la comunidad sueca. ¿Quizás pasar de soslayo y preguntarle qué es lo que más admira del norte de Europa? Pero no, ella tenía la frase perfecta: “Señor presidente. Ha dado charlas muy elocuentes sobre la fuerza moral de la no violencia. ¿Podría describir el dilema de ser el ganador de un premio Nobel de la Paz y prepararse para atacar Siria?”. ¡Zas, en toda la boca!

Tensión en los labios del mandatario norteamericano, momento de silencio en la sala y, seguidamente, esa confesión que nadie le había arrancado desde que se llevó aquel galardón cuando acababa de ser elegido. “Le remitiría al discurso que di cuando recibí el premio Nobel. Creo que empecé diciendo que, en comparación con anteriores galardonados, claramente no me lo merecía”. La periodista puede poner la tapa a su bolígrafo. El titular ya está más que claro.

Hay otras preguntas de esas que dejarán huella por los siglos de los siglos. La pasada semana fallecía el británico David Frost, aquel conductor de televisión al que en los años 70 el ex presidente estadounidense Richard Nixon concedió una serie de entrevistas. El mandatario, tres años después de su dimisión precipitada a causa del caso Watergate –un grave escándalo político de espionaje ilegal en 1972– pensó que el poco afilado incisivo del presentador le daría la oportunidad de recuperar su popularidad. Nixon se las prometía felices. Pero su suerte cambió en una de aquellas sesiones de preguntas. De pronto, el periodista cambió de aspecto. En vez del benévolo preguntador que siempre había sido, Frost sacó el león que llevaba dentro.

“Señor presidente, ¿por qué no quemó las cintas del Watergate?”, descolocó el periodista al expresidente, que había cobrado una importante suma por el sometimiento televisivo y acordado con el programa los temas que debían tratarse.

A partir de ese momento un Nixon fuera de sus casillas perdía el control que había tenido durante las otras sesiones de interrogantes.

Al final, tras el tercer grado inesperado al que le estaba sometiendo el británico, el propio exgobernante acabó por degollar su credibilidad ante las cámaras. “He defraudado al pueblo americano y tendré que cargar con ese peso el resto de mis días”, respondió cuando no aguantó más la presión de las consultas. Ni el mundo –ni el propio Frost– podía creer que el animador televisivo acabase de desenmascarar y doblegar a uno de los presidentes más difíciles de la historia de EE UU.

Aunque sin duda hay una cuestión que le gana la batalla a las cuestiones que cualquier ‘plumilla’ haya formulado nunca. El 9 de noviembre de 1989 el periodista italiano Riccardo Ehrman debía asistir en Berlín a una rueda de prensa que ofrecía Gunter Schabowski, alto miembro del Politburó y uno de los comunistas más poderosos de la República Democrática Alemana. El Telón de Acero era en aquella época el velo de disgregación y sangre que dividía al mundo en dos partes desiguales. Aquella parecía ser una rueda de prensa más a ese lado de la enladrillada frontera.

Pero algo distinto estaba sucediendo ese día. De pronto, periodistas y comunicador en sus puestos, Ehrman se topó de bruces con un Schabowski que estaba anunciando que los ciudadanos alemanes del Este podrían viajar con más facilidad al Oeste, una práctica soñada por la población oriental –a menudo víctima de ejecuciones y arrestos por el simple hecho de intentarlo–, y que el resto de periodistas se estaba tomando como un anuncio falso más que daba el ejecutivo comunista. Ya en otras ocasiones el gobierno de la RDA había asegurado la posibilidad del trasiego, no sin antes condicionarlo a la necesidad de un visado que era prácticamente imposible de conseguir.

Quizás por ese hecho ningún corresponsal de la sala movió un músculo tras el anuncio. Pero Ehrman vio la luz. ¿Podía estar presenciando en directo el momento histórico más relevante de la segunda mitad del siglo XX y nadie preguntaba nada? Hasta el propio mandatario estaba dando la noticia sin otorgarle demasiada importancia.

La mano de Ehrman se aupó como un resorte. Schabowski no había terminado su alocución y el brazo de Ehrman seguía erguido. “Vamos a ver qué tiene que preguntar nuestro colega italiano”, dijo el mandatario.

“Señor Schabowski, ¿cree usted que fue un error introducir la Ley de Viajes hace unos días?” (Ehrman se refería a una ley de permisos de viaje muy confusa que había provocado un éxodo de miles de alemanes a través de las fronteras de Checoslovaquia y Hungría).

Schabowski se puso nervioso. ¿Qué responder a eso? El funcionario, titubeando, sacó unos papeles de su bolsillo y le contestó que con esa ley los ciudadanos de la RDA podrían ir al Oeste sin pasaporte ni visado, solo mostrando el carnet de identidad o un documento parecido.

Entonces Ehrman remató la faena para llevarse las dos orejas y el rabo. “Ab wann?” (¿a partir de cuándo?). Schabowski volvió a consultar los papeles y, sin mirarle a la cara, casi tembloroso, respondió. “Ab sofort” (inmediatamente).

La pregunta del periodista fue emitida en directo por la televisión, aunque él ni siquiera sabía eso. El reportero, emocionado, se lo transmitió a la agencia Ansa, para la que trabajaba. Desde la oficina en Italia le respondieron que “si se había vuelto loco”. “¡El muro ha caído!”, les repetía él. Mientras, cientos de miles de ciudadanos de ambos lados del telón acudieron hasta el tabique para tirarlo abajo. Cuando el corresponsal acudió hasta allí para ver qué estaba sucediendo, un alemán le reconoció y dijo: “Ese es el periodista que hizo la pregunta”. Los trozos de piedra estaban siendo despedazados por la gente y una multitud se agolpó alrededor del italiano para levantarle en brazos.  Su cuestión había acabado con el mundo enfrentado. Había cambiado el rumbo de la historia.

Y un último ejemplo, de menos calado, pero de reciente sonoridad, ocurrió la semana pasada en Buenos Aires (Argentina). El comité que representa a Madrid para la candidatura de los Juegos Olímpicos, liderado por la alcaldesa de la capital española, Ana Botella, andaba de viaje oficial en el cono sur para explicar las razones por las que Madrid debería de ser la elegida para albergar el evento mundial en 2020. La edil se había estudiado los datos de infraestructuras, las fechas, los trabajos hechos y deshechos y probablemente conociera hasta la alineación de la selección de fútbol que ese año se convocará para tratar de colgarse la medalla dorada.

Aunque nada de eso le interesaba a Steven Wight, un periodista de Associated Press que estaba en la sala: “En materia de políticas sociales, usted representa a un país con una tasa de paro del 27%”, interpela el reportero a la alcaldesa, “¿cree que es una buena decisión política gastar el dinero de un país bajo una política de austeridad, dado que recientemente ha quedado demostrado que los Juegos Olímpicos no suponen un impulso para la economía?”.

Habrá quien eche la culpa al nivel de inglés de la corregidora, y quien sabiamente asuma que Botella no iba preparada precisamente para dar ese tipo de respuesta: “Tenemos el 90% de las infraestructuras hechas, son unas infraestructuras de gran calidad, tenemos instalaciones deportivas de gran calidad, y eso creemos que puede ser una nueva forma de ser candidato una ciudad con el 80% de las infraestructuras hechas”. ¡Toma ya! Quizás por incredulidad ante lo que estaba presenciando, o por pura vergüenza ajena, el presidente del COE, Alejandro Blanco, tiene que decirle a la alcaldesa a la oreja que “no han preguntado eso”. El error fue decírselo con el micrófono abierto. Otro minipunto para el equipo de los periodistas.

© Iñigo Ortiz de Guzmán

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