En sangrar anda el juego

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Lo peor de ser pobres

Por Andrés Trapiello

Cuando llegó el crac de 1929, algunos banqueros y bolsistas se arrojaron al vacío desde los rascacielos. Fueron las víctimas de las finanzas. Lo mismo ocurría con los ejércitos. Durante la primera Gran Guerra, generales y soldados marchaban al frente a pelear y matar o a que los matasen. Pero comprendieron que ni eran tan listos ni tan fuertes si las primeras víctimas tenían que ser ellos mismos, de modo que desarrollaron tácticas financieras y militares que les permitieran salvar su dinero y su pellejo en caso de que viniesen mal dadas. Les ha llevado mucho tiempo, pero puede decirse que los resultados son óptimos: se suicidan otros y mueren otros. Aunque los causantes de la ruina financiera sigan siendo los mismos que en 1929 y movidos por razones parecidas, la codicia y la usura, harían el ridículo suicidándose: eso se lo han dejado a los pobres, por lo mismo que en las guerras procuran que no mueran los soldados, como había ocurrido siempre, sino la población civil que no ha podido escapar de bombardeos y fuegos cruzados, o sea, también los pobres. A todos se nos hiela la sangre cuando oímos el número de víctimas civiles en las guerras de Iraq o Afganistán; a todos se nos ha apretado el corazón cuando se nos ha dicho que tal o cual persona se ha arrojado al vacío al írsele a desalojar por un desahucio de la casa donde vivía.

Los lectores (…) acaso recuerden que en ella se ha hablado alguna vez de las ventajas de una vida austera y sencilla, de la frugalidad frente a la glotonería, de la austeridad frente al despilfarro y del aprovechamiento de los recursos como alternativa a su consumo indiscriminado, del crecimiento en profundidad o elevación frente al crecimiento extensivo, en definitiva, de la virtud de aprender a ser feliz con poco para evitar ser desdichados en la abundancia, si acaso no lo somos como consecuencia de ella. No le importaba a uno que hubiera tales o cuales ricos, no envidiaba sus mansiones de gusto saudí ni sus yates o aviones ni sus fiestas. Le bastaban a uno bien pocas cosas: un trabajo justamente remunerado, lo preciso para poder tener un techo, unos cuantos libros, tres comidas al día no por frugales menos sazonadas, tiempo libre para dar de vez en cuando un paseo por el campo o visitar alguna ciudad especial, abrigo para el invierno y refresco para el verano y, claro, la salud para poder disfrutar de unos pocos amigos y una pequeña familia bien avenida. Puede alguien desear muchas más cosas, desde luego, pero dudo que pudiese nadie desearlas mejores.

Pues bien, estamos llegando a un punto en que ya ni siquiera les servimos pobres. Nos quieren en paro, sin casa, sin libros y, a ser posible, muertos. Preferirían, desde luego, que los muertos se quitaran de en medio con mayor discreción (lo de suicidarse deben de considerarlo un plagio de mal gusto y trasnochado), y seguramente en este momento están trabajando codo con codo los gobiernos y los banqueros para lograr una reducción tan apreciable como discreta de la población mundial, porque deben de encontrar irritante que una sola mujer que se arroja al vacío haya podido detener todos los desahucios.

Publicado en Magazine

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Un pensamiento en “En sangrar anda el juego

  1. Llevo un rato leyendo el blog y no puedo estar más de acuerdo. Pensaba comentar algo pero es imposible: nada que objetar.
    Volveré.

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