El palo y la zanahoria

Viernes de palo y zanahoria

Por Jesús Moreno Abad

La historia reciente de España es un relato de palo y zanahoria. Hace dos décadas, cuando hacer unas olimpiadas en España gustaba al COI por ser de un exotismo casi africano, los prohombres del país nos dijeron que si les hacíamos caso alcanzaríamos niveles de vida europeos. Que se nos caería el exceso de vello corporal propio de homo españolito alfredolandatalensis y evolucionaríamos como pokemons. Nos pusimos, pues, a cumplir con nuestra parte del trato: tirar del carro patrio y mirar la zanahoria.

Hicimos todo lo que nos dijeron. Nos dotamos de salarios bajos y de hipotecas altas. Cerramos industrias obsoletas y vendimos empresas públicas (pues eso nos daría un halo de modernidad, sólo comparable al cambio de la alpargata por las Nike). Y luego construimos casas; las que nos decían: cientos, miles, millones. En las ciudades, en el campo, en la costa y en el corral de la abuela, quien nos miraba fumando boquiabierta. Y había que estudiar, claro. Y lo hicimos: empollamos dos carreras, un máster y vimos todas las temporadas de Bricomanía. Lo habíamos conseguido: el milagro español había llegado.

En 2008 nos dimos cuenta del engaño. Nos habían puesto el palo y la zanahoria del revés. Perseguimos el palo mientras al otro lado del cordel se comían la zanahoria en el huerto entarimado del Ibex 35. ¡Qué íbamos a saber! Si los españoles no habíamos visto una zanahoria en nuestra vida.

El resto de la historia es conocida: paro y dinamita para el Estado del bienestar. Resultó que quienes se empacharon de zanahoria, expoliaron el huerto y recibieron asistencia médica para no morir de un ataque de gota (una inyección de 110.000 millones para la banca), acabaron diciendo que la crisis y el déficit eran culpa nuestra: de unos servicios públicos glotones y generosos y de unas condiciones por despido muy ventajosas.

Y ése es el final del relato. Cogieron el palo que creímos zanahoria y con él nos dan cada viernes tras el Consejo de Ministros. Impuestos, despidos, tasas universitarias, sanidad, educación… No va a parar. Lo ha advertido Rajoy: “Cada viernes, reformas”. Cada viernes, lentejas (si quieres las tomas y si no te sacarán los ojos). Cada viernes, pues, orfandad de zanahorias. Porque la que Rajoy enseñó en campaña sabemos ya que es de goma. Sólo queda el palo. Y éste no es de atrezo, aunque haya quien lo llame cariñosamente varita ponderadora de los flujos económicos.

Feliz viernes y cuerpo a tierra.

Opinión recogida por © Iñigo Ortiz de Guzmán

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