A la inversa

Es un error. Un error garrafal, imperdonable. Querer tener más, ser más que el otro. Aparte de los rollos nacionales. Por eso estamos donde estamos.

Un país llamado España observa cómo dos de sus buques insignia están siendo absorbidos por sendos países al otro lado del Atlántico. Absorto de que las administraciones de Argentina y Bolivia estén nacionalizando Repsol YPF y Red Eléctrica respectivamente. Estupefacto de ver que a pesar de los esfuerzos diplomáticos no hay nada que pare esa vorágine de “esto es mío a partir de ahora”. Incrédulo, ese gobierno, de que las cosas no ocurren porque sí. Habría que preguntárselo, o quizá es que ¿estamos haciendo lo mismo en este lado del Charco y aún no nos hemos dado cuenta? Lo mismo precisamente, pero a la inversa.
Hay en mente privatizar grandes empresas que se han erigido como estandartes de la soberanía española en los últimos años. No hay dinero, esgrimen los que dicen saber del tema. Bruselas nos machaca. Angela Merkel exige un plan de ahorro para que no entremos en bancarrota: subir el IVA, bajar el sueldo a los funcionarios, rebajar las prestaciones de desempleo y recortar las pensiones. Ea, ahí va eso. Pero, ¿qué hemos hecho nosotros para merecer esto? (Recordando a Almodóvar). Los ciudadanos poco, los gobiernos mucho y mal. Gastar y gastar por encima de nuestras posibilidades, con aeropuertos inservibles y demás “obras civiles”. Y, claro, ahora toca ver las orejas al lobo. Demasiadas casas, demasiados coches, demasiados iPads. Pero poco control en ayudas, mucha permisividad con la evasión de fortunas a paraísos fiscales, demasiado mangui banquero, político y hasta señoritos Reales. En fin… Erre que erre.

Del #reycazado, para otro tema.

Echemos la vista a un lado. Es normal. Privatizamos, y a ver si así podemos salir de ésta haciendo caja. Normal que dentro de poco Renfe deje de operar en bastantes pueblos recónditos de nuestra geografía, y simplemente porque empresarialmente -dirán- no es rentable. O te compras coche, o te quedas en casa. Ya ves. ¿Qué vives en ese pueblo innombrable -de lo largo que es- y deseas recibir correo a diario? Olvídate. Pero lo que es más preocupante. Pronto empezaremos a notar en nuestro bolsillo cuánto nos costará tener que pincharnos (encima en el culo, para mas inri), ponernos una gasa, e incluso cuando te traigan esa bandeja en el hospital te lo tendrás que “comer con patatas”. Y encima comida insípida, oye. O has cotizado toda tu vida, o estás perdido. Lo mejor de todo es que no habrá que no habrá listas de espera. ¡Qué triste!

Y no pegan de darnos golpes por aquí y por allá. Si no son unos, son los otros. La izquierda, la derecha, el centro, los pensamientos retrógados, los avariciosos. En definitiva, los ávidos de poder. Que eso da más dinero y buena reputación.


Casi tres de cada diez personas no tienen trabajo (el 50% de los jóvenes sin curro), los bancos y cajas -esas que se llaman sociales- apenas prestan dinero. Pero está mal que nos quejemos. Quizá no sea para tanto… Uno se harta de escuchar siempre la misma cantinela. Como si tuviésemos todos la culpa.

Al final, va a resultar que los que más tienen, más tendrán. Y los que no, menos podrán heredar. Viva la diferencia de clase, cultural. Si ya se sabía. Mal invento el de la agricultura: esto para tí, esto para mí. Hemos comido de la manzana prohibida. Y ya lo empezamos a notar en la urticaria que nos está dando. Lo peor es que no volveremos a los grados de libertad y de derechos adquiridos nunca más.

Por © Iñigo Ortiz de Guzmán

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