La mentira

Elogio de la mentira

Por Antonio Dyaz

Xavier Álvarez es un héroe. Ha conseguido que la Corte Suprema de los Estados Unidos le reconozca su derecho inalienable a mentir. Mintió al decir que jugaba al hockey con los Detroit Red Wings, mintió acerca de estar casado con una estrella mexicana y mintió al comentar haber rescatado al embajador de EEUU durante la crisis de rehenes en Irán. Pero, solamente, cuando dijo haber recibido la Medalla de Honor al Mérito Militar, su mentira quebrantó la Ley y su caso saltó a los medios.

En nombre de la verdad han corrido ríos de sangre. Lo malo es que la verdad como tal, simplemente, no existe; de ahí, la sangre.

No es lo mismo engañar que mentir. Por eso no hay un código de publicidad mentirosa, sino engañosa. La publicidad miente, por supuesto, pero de una forma más o menos elegante pues nos encanta ser objeto de ese juego en que la verdad queda relegada a un segundo plano.

La mentira es una ventaja evolutiva que solo los primates superiores (y algunos futbolistas) hemos conseguido desarrollar. La tecnología nos hace más llevadero el octavo mandamiento de Moisés (en el caso, altamente improbable, de que esta leyenda del desierto contenga un ápice de verosimilitud). Por ejemplo, la ‘Realidad Aumentada’, de la que se espera un volumen de negocio de cientos de millones de dólares el próximo ejercicio, no es sino la enésima floritura de la mentira. ¿Por qué no llamarla ‘Realidad Falsa’? Porque suena mal. El marketing se ocupa de pulir esas aristas del lenguaje ya que pagamos para que nos mientan (por eso vamos al cine o compramos el periódico, entre otras cosas).

Sin mentiras, nuestras parejas y nuestras familias se habrían derrumbado hace tiempo (muchas de ellas se derrumban después de todo, a pesar de nuestra continuada y meritoria falta de sinceridad).

Sin mentiras, todo el sistema diplomático y de política exterior sería inútil y cada país estaría en guerra con el vecino solo por expresarse con franqueza ante los micrófonos de la ONU (o en sus legendarios urinarios).

Y sin mentiras, no habría abogados, lo que puede parecer una ventaja a simple vista pero que, sin duda, acarrearía algunos inconvenientes.

Si la primera vez que somos invitados al hogar familiar, nuestra futura suegra nos pregunta: “¿Te ha gustado la paella, hijo?”, un abismo se abre ante nosotros, sobre todo, si el arroz era incomestible. Podemos elegir entre destrozar nuestra incipiente relación espetando la expresión: “¡Ojalá te mueras, Francisca!”, o plegarnos a las convenciones y pronunciar esta otra relamida: “Estaba deliciosa, señora Paquita”.

La sinceridad está sobrevalorada y se ha convertido en una lacra que solo produce dolor. Mentir es divertido, sobre todo, si no se persigue fin alguno. Le recomiendo adquirir soltura deslizando en cualquier conversación pequeñas inexactitudes como estas: “Ayer me compré un termómetro” o “Me excita Lina Morgan”, para así perder el miedo, pues ¿quién quiere saber la verdad? Solo los débiles.

Finalicemos este alegato mencionando esas mentiras, susurradas entre las sábanas a nuestros seres queridos en bolas, con el único fin de obtener más caricias, más placer…

…o más dinero.

Publicado por © Iñigo Ortiz de Guzmán

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